Más adentro
Un dedito
Un finísimo hilillo de saliva, cual catenaria, unían el sexo y la lengua en el espacio. El perfume que emanaba del templo mayor tenía a Laura hinoptizada, lo miró, escrutó y estudió, cada detalle, cada pliegue, sus formas y movimientos. Tímidamente, volvió con su lengua a ofrendar placeres inconfesables, con su lengua lamió de nuevo la vulva, los labios y por fin el clítoris que sobresalía sonrosado.
En medio de tanta fruicción, no se le ocurrió otra azaña que insertar un dedo por ese pequeño orificio que estaba bajo su lengua. La carnosidad, la humedad y el calor que sentía en su dedo, los movimientos de cadera descompasados que sentía en su boca, la sensación de hacer algo salvaje y nuevo, nunca había pensado que pudiera haber llegado hasta este punto, pero la verdad era que quería más, quería follarla, quería correrse , quería tener todas las sensaciones posibles y le llegó de sopetón, quería follarsela, a saco, sin ningún pudor ni miramiento, lujuria por lujuria, sexo sudoroso y placentero. había llegado al punto de no retorno.
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