What's next?
2.-
La mañana del lunes amaneció bajo una garúa fina que cubría el campus universitario con un halo gris. Para el resto del mundo, el comienzo de semana traía la rutina de siempre: alumnos corriendo hacia sus aulas, cafeterías llenas y profesores revisando cronogramas. Sin embargo, en el edificio de administración, la realidad había cambiado de manera irreversible bajo una superficie de absoluta normalidad.
Elena llegó a su oficina a las 7:45 a.m., exactamente diez minutos antes de su horario habitual. Vestía un traje sastre azul marino impecable, el cabello recogido en su moño estricto y las gafas de armazón oscuro asentadas con precisión sobre el puente de su nariz. Su postura transmitía la elegancia distante de siempre. Nadie que la cruzara en los pasillos habría adivinado jamás que, debajo de la falda sastre y la lencería limpia, la piel de sus muslos aún guardaba leves hematomas de las manos de Reizel, ni que su mente repasaba una y otra vez, con un morbo adictivo, el recuerdo de la noche anterior.
Su primera tarea del día no fue revisar los balances presupuestarios. Se detuvo ante el escritorio de la recepción de la coordinación, donde su asistente, Sofía, ya estaba organizando la correspondencia del día.
Sofía tenía 25 años, era eficiente, graduada con honores y poseía un carácter alegre que equilibraba la frialdad de su jefa. Llevaba dos años trabajando codo a codo con Elena, a quien respetaba profundamente como mentora profesional.
—Buenos días, Licenciada Elena —saludó Sofía con una sonrisa amable, levantando una carpeta—. Ya tengo listos los reportes para la junta directiva.
Elena la miró detenidamente. La sugestión implantada por Reizel actuaba dentro de su cerebro como un engranaje perfecto: la empatía y la lealtad profesional hacia su joven asistente habían sido completamente reconfiguradas. No sentía culpa ni compasión. Al contrario, ver a Sofía tan ajena al destino que le esperaba le provocaba a Elena una secreta punzada de excitación y orgullo servil. Entregar a otra mujer a su amo era la demostración definitiva de su subordinación.
—Gracias, Sofía —respondió Elena con su tono de voz glacial y controlado, sin dejar entrever la menor grieta—. Necesito que reprogrames la reunión con la Decana para el jueves por la tarde. Y respecto al expediente del alumno Reizel... quiero que te encargues personalmente de su caso.
Sofía parpadeó, confundida por la mención del nombre.
—¿Reizel? ¿El alumno de último semestre de finanzas? Creo que sus entregas estaban al corriente, profesora. ¿Hay algún problema con su titulación?
—No es un problema, es una revisión especial de titulación que requiere atención personalizada —mintió Elena con absoluta solidez, manteniendo la mirada fija en los ojos de la joven—. El jueves a las seis de la tarde, cuando la planta baja quede vacía, quiero que lo recibas en mi oficina para cotejar sus créditos en el sistema. Yo me ausentaré una hora para atender un asunto en rectoría. Te quedarás a solas con él para cerrar el trámite.
Sofía dudó un segundo. Salir fuera del horario de atención no era lo habitual, pero la autoridad de Elena era indiscutible dentro del departamento.
—De acuerdo, Licenciada. Yo me encargo de recibirlo a esa hora.
—Excelente. Asegúrate de cerrar bien la puerta principal del área para que no haya interrupciones —añadió Elena, dibujando una sonrisa imperceptible antes de darse la vuelta y encerrarse en su despacho.
Durante los tres días siguientes, el ambiente en la oficina se mantuvo en una calma tensa. Elena cumplió su papel a la perfección, sin fallar un solo detalle de su trabajo cotidiano. Por las noches, recluida en la solitaria privacidad de su apartamento, la coordinadora revivía las sensaciones del sometimiento psíquico. Sabía que su voluntad había sido vulnerada, pero la dependencia química y psicológica creada por el poder de Reizel convertía esa violación en el único motor de su existencia. Deseaba volver a ser usada, pero sabía que su primera orden era servir de carnada.
El jueves por la tarde llegó con una rapidez sofocante. A las 5:50 p.m., el personal administrativo comenzó a evacuar el edificio. Elena recogió sus pertenencias con lentitud calculada, observando desde la puerta de su despacho a Sofía, quien terminaba de capturar unos datos en su computadora.
—Me retiro a rectoría, Sofía. El joven Reizel no tardará en llegar. Recuerda no dejar la oficina sola —dijo Elena al pasar junto al mostrador.
—Descuide, Licenciada. Aquí lo espero —respondió Sofía, ajustándose la blusa blanca de algodón mientras abría el sistema de archivos académicos.
Elena salió al pasillo, pero no fue hacia la salida principal. Se dirigió al baño de personal ubicado a pocos metros, donde se encerró a esperar. Su corazón batía con fuerza contra sus costillas; la expectación de saber lo que ocurriría al otro lado de la pared la hacía sudar frío.
A las 6:02 p.m., Reizel caminó por el pasillo desierto. Vestía sus jeans habituales y una chaqueta oscura. Pasó frente a la puerta del baño sin detenerse y pushing la puerta de vidrio del área de coordinación. El pestillo de la entrada resonó con un chasquido al cerrarse tras él.
Sofía levantó la vista del monitor al escuchar los pasos.
—Hola, Reizel. Pasa —dijo con amabilidad profesional, señalando la silla frente a su escritorio—. La Licenciada Elena tuvo que salir un momento a rectoría, pero me dejó a cargo de revisar tus créditos de titulación. Toma asiento.
Reizel no se sentó. En lugar de eso, caminó despacio bordeando el escritorio, observando las paredes cubiertas de reconocimientos de la oficina antes de fijar su mirada en la joven.
—No hace falta que busques nada en la computadora, Sofía —dijo él con una voz grave, pausada y envolvente.
Sofía frunció el ceño, deteniendo sus dedos sobre el teclado. La actitud del estudiante era inusualmente confianzuda, rompiendo el espacio personal al situarse a menos de un metro de ella.
—¿Perdón? Tengo que verificar el historial en el sistema para dar la firma de validación. Es el procedimiento —contestó ella, intentando marcar distancia y adoptar una postura rígida, aunque una extraña corazonada de inquietud comenzó a erizarle la piel.
—El procedimiento cambió —dijo Reizel, dando el último paso hasta quedar pegado a la silla giratoria de la joven.
—Oye, Reizel, mantén la distancia o voy a tener que pedirte que te retires —expresó Sofía con firmeza, amagando con ponerse de pie.
Fue en ese instante cuando Reizel la tomó suavemente del mentón, obligándola a sostenerle la mirada de manera directa.
Sofía intentó apartar la cabeza con brusquedad, pero en el preciso segundo en que sus ojos se cruzaron con los de él, el aire pareció escaparse de la habitación. Una descarga de calor líquido se disparó desde la base de su cráneo hacia la espina dorsal.
—¿Qué... qué haces...? —alcanzó a articular Sofía, pero su voz sonó débil, ahogada por una repentina pesadez que le adormeció las extremidades.
El poder de Reizel se abrió paso en la mente de la joven como una corriente de agua hirviendo. La estructura cognitiva de Sofía, basada en el orden, la moralidad estricta y el pudor, intentó erigir una barrera defensiva de inmediato. Esto está mal, es un alumno, debo gritar, debo empujarlo, pensaba su conciencia con una claridad aterradora. Veía el rostro de Reizel a centímetros del suyo y reconocía que estaba siendo sometida a una manipulación mental abrumadora.
Sin embargo, a la par de esa resistencia consciente, la alteración neurológica inundó sus receptores cerebrales de una masa incontrolable de dopamina y oxitocina. Cada pensamiento de rechazo era sepultado por una marejada de placer sensorial físico tan intenso que sus muslos comenzaron a temblar bajo la falda.
—Sabes perfectamente lo que está pasando, Sofía —murmuró Reizel, deslazando los dedos desde su mentón hacia el cuello de su blusa—. Sabes que estoy entrando en tu mente y doblegando cada uno de tus pensamientos.
Las lágrimas de impotencia psicológica brotaron de los ojos de Sofía, deslizándose por sus mejillas acaloradas. Su mente era un campo de batalla donde la razón perdía terreno a cada segundo frente al éxtasis invasivo que Reizel le proporcionaba.
—No... por favor... yo no quiero esto... —susurró la chica, aunque sus manos, en lugar de empujarlo, se aferraron con fuerza a la tela de la chaqueta de Reizel, buscando apoyo para no colapsar en la silla.
—Sí lo quieres —corrigió él con voz serena y tajante—. Quieres dejar de pensar. Quieres entregarme la responsabilidad de tu vida.
—Es... es una locura... me estás manipulando... —gimió Sofía, dejando caer la cabeza hacia atrás. Su respiración se volvió agitada y entrecortada.
—Y es la mejor sensación que has tenido en tu vida, ¿no es así?
La pregunta resonó en el vacío de la oficina. Sofía intentó decir que no, intentó aferrarse a su dignidad, pero la sensación de rindiéndose al control de Reizel disolvió la última barrera de su resistencia. Un escalofrío eléctrico le recorrió el vientre, mojando sus bragas en cuestión de segundos. La contradicción era espantosa y exquisita a la vez: la certeza absoluta de estar siendo sometida la llenaba de una lujuria desenfrenada.
—Sí... Dios mío, sí... —admitió Sofía con un hilo de voz, rindiéndose por completo mientras sus ojos se nublaban de devoción—. Me estás manipulando... y es maravilloso...
Reizel sonrió con frialdad y le soltó el rostro.
—Ponte de pie y quítate la ropa.
Sin dudar un solo segundo, Sofía se levantó de la silla giratoria. Sus manos, que momentos antes redactaban informes profesionales, comenzaron a desabrochar los botones de su blusa con una prisa ansiosa y torpe. La blusa cayó al suelo, seguida por su falda y sus zapatillas. En menos de un minuto, la joven asistente quedó en pie en medio de la oficina, cubierta únicamente por su lencería sencilla y temblando de expectación.
Reizel se sentó en la silla ejecutiva que pertenecía a Sofía y se desabrochó el pantalón, liberando su miembro erecto.
—A tus rodillas —ordenó.
Sofía cayó al suelo de inmediato. La alfombra del despacho acarició sus rodillas desnudas mientras se arrastraba hacia adelante. No había vergüenza en sus movimientos, solo una necesidad primaria impuesta por la reescritura de su voluntad. Se aproximó entre las piernas de Reizel, contemplando el pene grueso que latía a pocos centímetros de su rostro.
—Haz tu trabajo —dijo él.
Sofía inclinó la cabeza y envolvió la carne caliente con sus labios. Un gemido de satisfacción se ahogó en su garganta al probar el sabor de su nuevo amo. Comenzó a mover la cabeza de adelante hacia atrás con un ritmo desesperado, utilizando su saliva para lubricar la fricción, permitiendo que la punta le rozara el fondo de la boca mientras sus manos acariciaban con devoción los muslos de Reizel.
La puerta de la oficina se abrió con suavidad. Elena entró en la estancia, observando la escena con la mirada encendida. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra la madera, disfrutando del espectáculo de ver a su eficiente asistente reducida a una servidora sumisa a los pies del estudiante.
Reizel levantó la vista hacia Elena sin detener el movimiento de Sofía.
—Llegas a tiempo, Elena —dijo él con voz tranquila.
—No me lo perdería por nada, amo —respondió la coordinadora, acercándose lentamente mientras comenzaba a desabrocharse la chaqueta de su traje sastre—. Sofía es muy eficiente... pero estoy segura de que juntas podemos servirle mejor.
Sofía sacó el miembro de Reizel de su boca por un segundo, mirando a Elena con ojos brillantes y dilatados por la alteración psíquica. No hubo sorpresa ni rechazo al ver a su jefa allí; la red mental implantada por Reizel sincronizaba a las víctimas en una complicidad absoluta.
—Es increíble, Licenciada... —susurró Sofía, jadearte, con un Hilo de saliva uniendo su labio al glande de Reizel—. Nos manipuló a las dos... es lo mejor que nos ha pasado...
—Lo sé, Sofía. Ahora cállate y sigue alimentándolo —ordenó Elena con tono posesivo pero subordinado, quitándose la falda y quedando en lencería junto a la mesa.
Elena se arrodilló al lado de Sofía. Entre las dos mujeres comenzaron a lamer y acariciar el cuerpo de Reizel, compitiendo suavemente por complacerlo mientras sus propios cuerpos respondían a la presencia del joven con una excitación desmedida.
Reizel tomó a Sofía por las caderas y la levantó sin esfuerzo, colocándola de espaldas sobre el escritorio, encima de las carpetas de trabajo desparramadas. Alineó su miembro empapado en saliva con la entrada de la joven y se introdujo de una sola estocada profunda.
—¡AAAAAAHHH! —gritó Sofía, arqueando la espalda mientras sus uñas se clavaban en el borde del escritorio de madera.
El impacto de la penetración sacudió el cuerpo de la chica. Reizel comenzó a embestir con fuerza rítmica y constante, llenando la oficina con el sonido húmedo del contacto de sus pieles. Elena se inclinó sobre el rostro de Sofía, uniendo sus labios en un beso profundo y húmedo donde compartieron el sabor del fluido de Reizel, mientras las manos de Elena acariciaban los pechos descubiertos de la asistente para intensificar su orgasmo.
—Di de quién eres, Sofía —exigió Reizel entre embestidas, aumentando la velocidad de sus caderas.
—¡Tuya! ¡Soy tu perra, Reizel! ¡Soy la puta de la oficina! —gritaba Sofía fuera de sí, perdiendo la noción de la realidad a medida que las olas de placer mental y físico la destrozaban por dentro.
El clímax de Sofía llegó en forma de una convulsión violenta que apretó las paredes de su vagina alrededor del pene de Reizel. Segundos después, Reizel se aceleró al máximo y descargó una abundante oleada de semen en el fondo del vientre de la joven, llenándola por completo.
Sofía quedó tendida sobre el escritorio, jadeando, con las piernas abiertas y el líquido blanco empezando a escurrir por su muslo. Elena se acercó de inmediato, utilizando la punta de sus dedos para recoger parte del fluido sobrante y probarlo con devoción antes de mirar a Reizel.
—La Decana es la siguiente —dijo Elena, ajustándose el moño deshecho con una sonrisa de absoluta lealtad—. Su reunión es el próximo martes. Ya preparé la trampa.
Reizel se acomodó la ropa y contempló a las dos mujeres reducidas a sus pies en medio de la oficina desordenada.
—Excelente —concluyó Reizel con voz fría—. Esto apenas comienza.
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