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Capítulo 6

Chapter 6 by K45

Naruto terminó de abrocharse la chaqueta naranja con la serenidad resignada de quien ha aceptado que el universo entero se ha vuelto loco a su alrededor. A su lado, Tenten se levantaba con la agilidad fluida de una pantera, recogiéndose la ropa y ajustándose los moños de su cabello con movimientos precisos. Le dedicó a Naruto una mirada cargada de complicidad, devoción y una ligera chispa de posesión antes de desaparecer entre la espesura del bosque con un silbido de viento, dirigiéndose a la aldea para coordinar con Hinata, Ino y Sakura los planos de la armería del nuevo recinto Uzumaki.

Naruto se quedó solo en el claro durante unos minutos, escuchando el crujir de las hojas bajo el viento suave del atardecer.

—Cuatro... —murmuró, mirándose las palmas de las manos—. Tsunade, Hinata, Ino y Tenten. Y también Sakura. Bueno, eso son cinco en total si cuento el contrato personal de Sakura en el hospital.

—Cinco kunoichis de primer nivel en menos de un día solar —intervino Kurama, cuya silueta gigantesca se recostaba perezosamente dentro del espacio mental de Naruto, jugando con una de sus enormes colas—. Debo admitir que tu estúpido jutsu de reescritura es infinitamente más eficiente que cualquier estrategia militar que hayamos enfrentado en la Cuarta Guerra Shinobi. Si hubieras usado esta 'Verdad Absoluta' contra Madara o Kaguya, habrías terminado con ellos como tus sirvientes en lugar de sellarlos.

—No digas tonterías, Kurama —respondió Naruto en sus pensamientos, comenzando a caminar despacio por un sendero secundario que rodeaba los límites externos de Konoha—. Esto no es un juego. Cada palabra que sale de mi boca se vuelve una ley inquebrantable. Lo aterrador no es solo que se entreguen a mí, sino cómo la realidad misma retuerce sus pasados, sus metas y sus deseos para que todo encaje a la perfección. Es como si el mundo entero hubiera sido reescrito desde el origen para servir a este propósito.

—Y sin embargo, tu cuerpo de Uzumaki y mi chakra no muestran el menor signo de cansancio —se burló el zorro, soltando un resoplido de aire caliente—. Al contrario, parece que tu energía vital aumenta con cada mujer que reclamas. Es una simbiosis de chakra bastante peculiar. Pero dime, mocoso... ¿a dónde planeas ir ahora? Si regresas al centro de la aldea, te aseguro que no pasarán diez minutos antes de que te cruces con la chica del clan Hyūga o la heredera de las flores nuevamente.

Naruto miró hacia el horizonte, donde el sol comenzaba a ocultarse detrás del Rostro de los Hokages, tiñendo el cielo de un naranja cobrizo y violeta profundo.

—Voy a la torre de la Hokage —dijo Naruto con determinación—. Si Tsunade es la Quinta Hokage y además cayó bajo este efecto, necesito hablar con ella en su despacho. Necesito entender si las misiones, la administración de la aldea y los registros oficiales también están cambiando a causa de esto. Si la estructura política de Konoha se desmorona, no habrá aldea que proteger.

Avanzó a través de los tejados del distrito comercial. A esa hora, la aldea comenzaba a encender sus faroles de papel y las luces de las casas iluminaban las calles de piedra. Los transeúntes caminaban tranquilamente, los vendedores ambulantes recogían sus puestos y el olor a ramen, pescado asado y té verde impregnaba el aire nocturno.

Para sorpresa de Naruto, la gente en las calles no lo miraba con el rechazo o la indiferencia de años atrás, ni tampoco con la simple curiosidad de ver al héroe que regresaba de su viaje. Las miradas de los aldeanos tenían un matiz distinto: respeto absoluto, una deferencia casi reverencial. Cuando pasaba cerca de un guardia Chunin en un tejado, este se inclinaba levemente con la cabeza en señal de saludo, como si estuviera viendo pasar a un señor feudal o al heredero legítimo del mundo shinobi.

Naruto apretó los dientes. "La Verdad no solo afecta a las chicas... está reescribiendo mi estatus social en la mente de toda la población", comprendió con un escalofrío.

Al llegar a la gran estructura circular de la Torre Hokage, subió por las escaleras de caracol exteriores hasta el piso superior. La puerta de la oficina de Tsunade estaba entreabierta, permitiendo que una cálida luz dorada se filtrara hacia el pasillo.

Naruto no llamó a la puerta; simplemente la empujó suavemente y entró.

El escenario dentro del despacho era surrealista.

Tsunade estaba sentada tras su enorme escritorio de madera de caoba, pero no estaba sola. A su lado, revisando un montón de pergaminos oficiales de alta prioridad, se encontraba Shizune, acompañada por su pequeña cerdita Tonton. Y de pie junto a los grandes ventanales que daban hacia el pueblo, observando el mapa de expansión de Konoha, estaba Shikamaru Nara.

Pero lo que hizo que a Naruto se le helara el cuello fue la presencia de dos figuras más en la habitación.

Junto a la mesa de té de la esquina, vistiendo su habitual traje de combate de una sola pieza y con su abanico gigante plegado a la espalda, estaba Temari, la embajadora de la Aldea Oculta de la Arena y hermana del Kazekage. Y a su lado, descansando tras una larga caminata con un enorme pergamino de sellado a sus espaldas, se encontraba Karui, la kunoichi de tez morena y cabello rojo de la Aldea Oculta de la Nube, quien supuestamente había llegado esa misma tarde con un mensaje diplomático del Raikage.

Naruto se detuvo en seco en el umbral de la puerta. Mantuvo la boca herméticamente cerrada, sintiendo que la trampa se había vuelto a cerrar sobre él con una precisión matemática.

Tsunade levantó la mirada de los documentos. Sus ojos de color miel brillaron con una mezcla de autoridad imperial y una calidez íntima que solo estaba dirigida hacia él.

—Llegas justo a tiempo, Naruto —dijo Tsunade, apoyando los codos sobre el escritorio y cruzando los dedos frente a su rostro—. Estábamos discutiendo la reestructuración de los tratados territoriales y la asignación del nuevo recinto para el Clan Uzumaki.

—Tsunade-sama... —consiguió decir Naruto con voz cautelosa, manteniendo los pies plantados cerca de la salida—. ¿Qué hacen Temari y Karui aquí?

Temari se giró lentamente, cruzándose de brazos sobre su pecho prominente. Sus ojos verdes, habitualmente fríos y analíticos, tenían un destello de intensidad calculadora mientras miraba al joven rubio de arriba a abajo.

—¿Qué hacemos aquí? Es una pregunta absurda, Naruto —respondió Temari con su voz firme y rasposa—. La alianza entre la Arena y la Hoja ya no es un simple tratado de defensa mutua. Desde que Gaara y el consejo de Sunagakure recibieron el informe sobre la escala de tu poder y la reinstauración de la estirpe Uzumaki, las prioridades diplomáticas cambiaron por completo. No puedo permitir que solo las kunoichis de Konoha aseguren lazos de sangre contigo. La Aldea de la Arena necesita una garantía viva de tu protección.

—¿Qué...? —pestañeo Naruto, sintiendo que la cabeza le daba vueltas.

Karui dio un paso adelante, dando un golpe seco al suelo con el extremo de su funda de espadas. Su rostro mostraba esa actitud altanera y descarada tan característica de los shinobi de la Nube, pero en sus ojos amarillos había una chispa innegable de fascinación pura.

—El Viejo Raikage no es tonto, mocoso —dijo Karui, ajustándose el cinturón sobre sus caderas maduras y marcadas—. La Oculta de la Nube siempre ha buscado los mejores linajes y las reservas de chakra más grandes del mundo. Cuando llegó la noticia de que habías vuelto y que estabas tomando a las mujeres más fuertes de la aldea como tus consortes, el Raikage me envió directamente como su representante personal... y como tu futura concubina de la Nube. Si la Hoja va a tener al próximo gobernante del mundo shinobi, la Nube no se quedará afuera de la distribución de poder.

Naruto dio un paso atrás, tocando el marco de la puerta con la espalda. La presencia de Shizune y Shikamaru en la habitación le daba una sensación de irrealidad aún mayor.

—¡Shikamaru! —exclamó Naruto, buscando desesperadamente una voz de la razón entre la locura—. ¡Diles algo! ¡Esto es un disparate diplomático! ¡No pueden estar planeando tratados internacionales basados en... en esto!

Shikamaru suspiró profundamente, llevándose una mano a la nuca mientras soltaba una nube de humo de un cigarrillo que ni siquiera recordaba haber encendido. Sus ojos oscuros mostraban la apatía habitual, pero detrás de ellos había una claridad lógica desarmante.

—Es un fastidio enorme, Naruto... —dijo Shikamaru, mirando los planos desplegados sobre la mesa—. Pero desde el punto de vista geopolítico y táctico, es la jugada más brillante que se haya hecho en la historia de las Cinco Grandes Naciones. Si te casarías solo con chicas de Konoha, crearías un desequilibrio de poder aterrador. La Arena y la Nube se sentirían amenazadas por la concentración de chakra de la Bestia con Cola y el linaje Uzumaki en una sola aldea. Al integrar a Temari y a Karui en tu círculo íntimo, estás unificando a tres de las Cinco Naciones sin disparar un solo kunai ni derramar una gota de sangre. Mi padre y el consejo de la aldea ya firmaron la aprobación. Es lo más ilógico y al mismo tiempo lo más razonable que he visto.

—¡¿Razonable?! —gritó Naruto, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Están hablando de mí como si fuera un territorio que se están repartiendo!

—No te estás repartiendo tú, Naruto —intervino Tsunade con una voz suave pero tajante, poniéndose de pie tras su escritorio y caminando rodeando la mesa hasta quedar frente a él—. Tú eres el centro de este nuevo orden. Ellas no vienen a reclamarte; vienen a rendirse ante tu inevitable dominio. Y como la Quinta Hokage y la mujer que custodia tu espalda en esta oficina, es mi deber asegurarme de que recibas a cada una de ellas con la dignidad y la fuerza que te corresponden.

Temari caminó hacia Naruto con pasos lentos y contundentes. Su silueta alta, imponente y estilizada proyectaba una sombra de autoridad que habría intimidado a cualquier genin ordinario. Se detuvo a escasos centímetros de él, levantando la mentón para mirarlo directamente a los ojos.

—Así que este es el chico que va a reestructurar el mapa del mundo... —murmuró Temari, pasando un dedo pulgar por el borde de su abanico de hierro—. En la Arena estamos acostumbrados a los hombres fuertes, a los guerreros del desierto que no dudan. No necesito a un niño mimado que se asuste por tener a varias mujeres dispuestas a servirle en la cama y en la batalla. Mírame, Naruto Uzumaki. Si voy a ser tu consorte política y la representante de Sunagakure en tu cama, quiero ver el fuego del hombre que pretende gobernar este mundo.

El desafío en la voz de Temari, combinado con la provocación directa de Karui, que observaba desde atrás con los brazos cruzados y una sonrisa burlona, hizo que el orgullo latente de Naruto reaccionara de forma instintiva.

Su mente intentó buscar una respuesta diplomática, algo neutro que calmara la tensión en la oficina, pero el engranaje de la Verdad Absoluta en su garganta ya se había puesto en marcha, alimentado por la presencia de tantas voluntades poderosas en un solo lugar.

Naruto dio un paso hacia adelante, acortando la distancia con Temari hasta que sus pechos casi se tocaron. La miró fijamente con sus ojos azules, que por un breve instante reflejaron el brillo dorado y peligroso del chakra de Kurama.

—No te equivoces conmigo, Temari —dijo Naruto con una voz grave, imponente y cargada de una autoridad absoluta que hizo que incluso Shikamaru diera un paso atrás por puro instinto de supervivencia—. Yo no soy un niño asustado, ni necesito que me expliques cómo funciona el poder diplomático. Si Sunagakure me entrega a su mujer más inteligente, dominante y hermosa para asegurar la paz, no la recibiré como un simple tratado de papel. Serás la Dama del Viento en mi dinastía, la estratega que doblegará el desierto bajo mis órdenes y la concubina que aprenderá a someterse a mi voluntad en la intimidad cuando el deber de la aldea quede fuera de la habitación. Y tú, Karui...

Naruto giró levemente la cabeza hacia la pelirroja de la Nube, señalándola con una mirada que emanaba un dominio aplastante.

—Si la Oculta de la Nube quiere una alianza de sangre, no enviarás informes al Raikage sobre cómo me comporto. Te convertirás en mi tormenta personal, la guerrera salvaje que mantendrá mi sangre ardiendo en las noches de caza. Ninguna de las dos vino aquí a negociar. Vinieron porque este mundo ya pertenece a las palabras que yo decida pronunciar.

El sonido metálico del espacio-tiempo reestructurándose resonate de fondo —un crujido seco, como el chasquido de un látigo de chakra divino— sacudió los cimientos invisibles de la Torre Hokage.

En la mente de Naruto, Kurama se cubrió el rostro con las nueve colas a la vez, soltando un rugido de risa histérica y resignación absoluta.

—¡Cómplices internacionales! ¡Acabas de anexar a la hermana del Kazekage y a la mejor espadachín de la Nube en un solo discurso! ¡Espectacular, Uzumaki! ¡Absolutamente espectacular!

—¡Maldita sea mi boca! —gritó Naruto internamente, dando un golpecito invisible en su propio cráneo—. ¡Solo quería sonar como un líder maduro frente a Temari! ¡¿Por qué mi boca sigue inventando títulos como 'Dama del Viento' y 'Tormenta Personal'?!

La realidad ya había sido moldeada.

Temari parpadeó lentamente. El matiz de desafío en sus ojos verdes se disolvió instantáneamente, reemplazado por una ola profunda de sumisión voluntaria, deseo ardiente y un respeto casi místico hacia el joven rubio. Sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso y sus labios se entreabrieron, dejando escapar un suspiro entrecortado mientras su postura rígida de embajadora se suavizaba por completo.

—N-Naruto... —murmuró Temari, perdiendo por primera vez en su vida la frialdad táctica que la caracterizaba—. Tienes razón... No vine a negociar. Vine a pertenecerte.

Karui, por su parte, soltó una carcajada baja y ronca, pero sus manos temblaban levemente por la excitación física que recorrió su cuerpo al escuchar las palabras del chico. Se desabrochó la correa de su espada larga y la dejó caer al suelo de madera de la oficina con un golpe seco, caminando hacia él con la mirada fija en sus labios.

—Por los truenos de la Nube... —dijo Karui, pasándose la lengua por sus labios carnosos con una mirada de pura hambre predatora—. El Raikage dijo que tenías agallas, pero esto... esto es exactamente lo que necesitaba oír. Un hombre que no pide permiso, sino que toma lo que le corresponde.

Tsunade, desde atrás del escritorio, sonrió con una satisfacción augusta, como una reina que ve a su emperador asumir el trono que le fue destinado desde el principio del tiempo.

—Shikamaru, Shizune... retírense —ordenó Tsunade con una voz de mando firme—. El resto de la reunión diplomática se llevará a cabo a puerta cerrada. Preparen los documentos de residencia definitiva para las embajadoras de la Arena y la Nube en el recinto Uzumaki.

Shikamaru asintió en silencio, guardando sus pergaminos con una rapidez pasmosa.

—Entendido, Hokage-sama —dijo Shikamaru, dirigiéndose hacia la salida junto a Shizune, quien llevaba a Tonton en brazos con cara de asombro—. Naruto... buena suerte con la geopolítica de tu cama. Parece que la Tercera Guerra Mundial Shinobi se ha cancelado oficialmente a cambio de tu vida privada.

La puerta de la oficina se cerró con un chasquido pesado, y el pestillo de bronce se deslizó automáticamente, sellando la habitación.

El silencio que quedó en el despacho de la Hokage era denso, caliente y cargado de una electricidad erótica y política que hacía que el aire fuera difícil de respirar.

Temari no esperó a que nadie diera la primera orden. Con un movimiento rápido de sus manos, desató la banda de tela que sujetaba su vestido ninja, dejándolo caer hasta su cintura y exponiendo sus pechos firmes, carnosos y erguidos, contenidos apenas por un top de malla transparente. Sus pezones oscuros se marcaban con fuerza a través de la tela, endurecidos por la excitación del momento.

—Como la Dama del Viento... es mi deber ser la primera en rendir homenaje a mi señor —susurró Temari, arrodillándose sobre la alfombra roja frente a Naruto y alcanzando con sus manos la hebilla de su pantalón.

Karui no se quedó atrás. Se colocó detrás de Naruto, rodeando su cuello con sus brazos fuertes y musculosos, pegando su pecho carnoso contra la espalda del chico mientras le mordisqueaba el lóbulo de la oreja derecha con saña juguetona.

—No pienses que la Nube se quedará atrás, rubio —susurró Karui en su oído, pasándole la mano por el abdomen hasta apretar su miembro rígido por encima de la tela de su ropa—. Voy a hacer que ruegues por un descanso antes de que termine la noche.

Tsunade se desabrochó su abrigo verde de Hokage, arrojándolo sobre el respaldo de su silla ejecutiva, y caminó hacia la mesa central de la oficina, desabrochando los botones superiores de su blusa gris para liberar el escote monumental que había dominado la aldea durante años.

—Esta oficina ha visto firmarse muchos tratados, Naruto —dijo Tsunade con una sonrisa sensualmente dominante—. Pero esta noche firmaremos el tratado definitivo de dominación.

Temari tiró hacia abajo de los pantalones de Naruto, liberando su miembro erguido, grueso y venoso, que se elevó con una fuerza imponente en medio de la oficina de la Hokage. La embajadora de la Arena abrió la boca con un ahogado suspiro de admiración al ver las proporciones masivas de la carne del chico.

—Es... es colosal —susurró Temari, tomándolo con ambas manos para sentir la temperatura abrasadora de su chakra—. Esto podría romper a cualquier mujer común... pero en la Arena sabemos resistir la tormenta.

Temari se inclinó hacia adelante y envolvió la cabeza del miembro de Naruto con su boca cálida y experta, comenzando una succión profunda, pausada y rítmica, usando su lengua para lamer la grieta central mientras sus manos masajeaban la base y sus testículos con una firmeza calculada.

—¡AAAAAAH! —Naruto apretó las manos contra los hombros de Karui, quien lo sujetaba desde atrás mientras continuaba besándole el cuello y pasándole las manos por el torso desnudo.

La sensación de tener a la estratega más fría de la Arena arrodillada a sus pies, entregándose con una devoción total en la oficina de la máxima autoridad de Konoha, mientras la espadachín de la Nube lo estimulaba desde atrás, era una sobrecarga sensorial que desafiaba cualquier límite de autocontrol.

—¡Maldita sea... Temari! —jaeó Naruto, sintiendo que sus caderas se movían por instinto hacia adelante, empujando su miembro más profundo en la garganta de la rubia.

Temari emitió un gemido ahogado de placer y sumisión, ajustando su garganta para recibir las embestidas de Naruto sin retirarse, dejando que su saliva escurriera por la barbilla mientras sus ojos verdes se llenaban de lágrimas de puro éxtasis.

Karui, impaciente por su propia dosis de placer, se quitó la falda ninja y sus prendas inferiores de un solo tirón, quedando completamente desnuda de la cintura para abajo. Se subió sobre la mesa de conferencias de la Hokage, separando sus piernas carnosas y tonificadas para mostrar su sexo moreno, húmedo y reluciente por los jugos de su propia excitación.

—¡Suficiente preludio, Temari! —ordenó Karui con voz entrecortada, tocándose el clítoris con dos dedos mientras miraba a Naruto con ojos desorbitados—. ¡Tráelo aquí! ¡Quiero sentir la fuerza del Zorro en la carne de la Nube ahora mismo!

Temari se retiró con un chasquido húmedo, dejando la carne de Naruto brillando por la saliva. Se levantó con la cara sonrojada y la respiración agitada, tomando a Naruto de la mano y guiándolo hacia la mesa donde Karui lo esperaba con las piernas abiertas de par en par.

—Tómala, mi señor —susurró Temari en su oído, pasándole las manos por la espalda—. Muéstrale cómo somete la Hoja a las guerreras de las otras aldeas.

Naruto no dudó más. El instinto primordial de su cuerpo de Uzumaki y la fuerza de la Verdad Absoluta tomaron el control total de sus acciones. Se colocó entre las piernas de Karui, alineó la punta de su miembro gigante con la entrada apretada de la pelirroja y se empujó hacia adentro con un solo movimiento destructivo y lleno de poder.

—¡AAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH! —el grito de Karui resonó en la oficina de la Hokage, un alarido de puro placer y sorpresa dolorosa mientras su vagina apretada era desgarrada y estirada hasta los límites por la masa de carne de Naruto. Se agarró con las uñas a la madera de la mesa, arqueando la espalda mientras sus pechos se sacudían violentamente.

—¡Eres... eres un monstruo, Naruto! —gimió Karui fuera de sí, apretando sus muslos morenos alrededor de la cintura del chico mientras sus paredes vaginales intentaban adaptarse al grosor aplastante—. ¡Me estás llenando por completo! ¡Siento que me vas a partir en dos!

Naruto comenzó a embestir con un ritmo salvaje, rápido y constante, haciendo que la gran mesa de madera de caoba crujiera y se desplazara centímetros sobre la alfombra con cada impacto de sus caderas. Karui respondía con gemidos desinhibidos, echa la cabeza hacia atrás mientras la piel de su vientre se abultaba ligeramente con cada estocada profunda de Naruto.

Temari no se quedó mirando. Se colocó al lado de Naruto, tomando uno de sus brazos para pegarlo a sus pechos desnudos mientras se inclinaba para besar apasionadamente a Karui en la boca, uniendo a la Arena y a la Nube en una danza de saliva y gemidos sobre la mesa de la Hokage.

Tsunade caminó hacia ellos desde el fondo de la habitación, observando la escena con una mirada ardiente de orgullo y deseo. Se colocó detrás de Naruto, pasando sus manos por sus cadera para ayudarlo a mantener el ritmo de las embestidas mientras le susurraba al oído con su voz grave y madura:

—Eso es, mi emperador... Domina a las naciones. Haz que la Nube y la Arena entiendan cuál es su lugar bajo tu reinado.

El ritmo de la cópula se volvió frenético. El choque de la carne de Naruto contra los muslos de Karui producía un sonido húmedo y rítmico que llenaba cada rincón del despacho. La kunoichi de la Nube estaba completamente entregada, con los ojos en blanco por la sobrecarga de placer, arañando la madera y suplicando por más con cada respiración.

—¡Me voy a correr! ¡Me voy a correr, Naruto! ¡Hazlo dentro! ¡Llena a la Nube con tu semilla real! —chilló Karui, alcanzando un orgasmo cataclísmico que provocó que su vagina se contrajera en espasmos violentos alrededor del miembro del chico.

Naruto sintió que la presión en su vientre bajo alcanzaba el punto de ruptura. Hundió su cuerpo al máximo dentro de Karui, clavando sus dedos en las caderas de la chica, y descargó un torrente masivo, denso y caliente de semen en lo más profundo de su canal de parto.

—¡AAAAAAAH! —gritó Naruto, sintiendo cómo las oleadas de su propia sustancia inundaban a Karui por completo, llenándola hasta el borde hasta que un exceso blanco comenzó a escurrir entre sus muslos sobre la mesa.

Karui colapsó sobre la madera, jadeando convulsivamente, con una sonrisa de absoluta dicha y derrota grabada en el rostro.

Sin darle un solo segundo de descanso a su cuerpo, Temari tomó a Naruto por el cuello y lo giró hacia ella, empujándolo para que se sentara en la silla ejecutiva de la Hokage. La embajadora de la Arena se montó de inmediato sobre su regazo, guiando el miembro aún erguido y bañado en fluidos de Karui hacia su propia entrada.

Con un suspiro hondo y un gemido de placer que le hizo temblar las pestañas, Temari se dejó caer por completo sobre él, sepultando la longitud de Naruto dentro de su estrechez imperial.

—Ahora es mi turno... mi señor —susurró Temari, comenzando a mover sus caderas hacia arriba y hacia abajo con un ritmo majestuoso, lento y dominante, usando su cuerpo para extraer cada gota de fuerza del nuevo gobernante de su vida.

La noche en la Torre Hokage continuó durante horas, una maratón de placer, diplomacia y sumisión en la que la Arena, la Nube y la propia Hokage se rindieron ante la Verdad Absoluta del Uzumaki.

Cuando las primeras luces del alba comenzaron a teñir el cielo de Konoha, Naruto se encontraba sentado en la gran ventana de la oficina, mirando hacia la aldea que despertaba. A sus pies, recostadas sobre alfombras y cojines de seda, Temari, Karui y Tsunade dormían profundamente, abrazadas entre sí en un desnudo estado de paz y satisfacción absoluta.

Naruto contempló el horizonte, sintiendo el chakra de Kurama fluir por sus venas con una armonía perfecta. Sabía que su vida anterior había quedado atrás para siempre. No había marcha atrás, no había secreto que guardar. El mundo entero estaba empezando a girar alrededor de su voz, y las fronteras de las naciones shinobi pronto no serían más que las líneas de su propio imperio personal.

—¿Estás listo para lo que viene ahora, mocoso? —preguntó Kurama con un tono de seriedad mezclado con diversión—. Todavía quedan la Niebla y la Roca... y ni hablar de las kunoichis que faltan en esta aldea.

Naruto esbozó una pequeña sonrisa, la primera sonrisa real y confiada que tenía desde que había comenzado esta locura.

—Que vengan —susurró Naruto para sí mismo, mirando cómo el sol naciente iluminaba el Rostro de los Hokages—. Si este es el destino que mi palabra reescribió, me aseguraré de gobernar este mundo como el hombre más poderoso que haya existido jamás.

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