What's next?

Cap 2

Chapter 2 by K45

Punto de vista: Damián (26 años)

Tomé el teléfono de la mesa de noche, desbloqueando la pantalla brillante que iluminaba la penumbra de mi habitación. La lista de notificaciones de Valeria ocupaba casi todo el panel de entrada: llamadas perdidas a lo largo de la tarde, audios de voz llenos de frustración y mensajes que fluctuaban entre el enojo, la tristeza y el reclamo desesperado.

"Damián, ¿de verdad te cuesta tanto trabajo responder un simple hola?"

"Ya me cansé de competir contra tus computadoras."

"Si ya no quieres estar conmigo, dímelo de una vez y dejamos de perder el tiempo."

Sonreí en la oscuridad, deslizando los dedos sobre el teclado virtual. Valeria siempre había sido apasionada, impulsiva y sumamente demandante de mi atención. Antes de obsesionarme con los algoritmos de reprogramación neuronal y el desarrollo de los nanobots, yo solía llevarla a cenar a lugares caros, comprarle la ropa que le gustaba y dedicarle fines de semana enteros. Ella extrañaba a ese Damián. Y mañana, gracias a la ciencia, recuperaría a una versión infinitamente más complaciente, entregada y dispuesta a todo.

Le redacté un mensaje largo, calibrando cada frase para generar la expectativa adecuada:

"Hola, mi amor. Perdóname por no responder antes, estaba cerrando una fase crítica en el taller y no podía interrumpir el proceso. Sé que he estado distante estos meses y tienes toda la razón en estar molesta. Pero ya terminé la parte más pesada. Mañana es un día dedicado 100% para ti. Vamos a ir a donde tú quieras, te voy a comprar todo lo que te ha gustado últimamente y cenaremos en el lugar que elijas. Pasa por mi casa a mediodía, te tengo una sorpresa preparada que te va a encantar. Te amo."

Presioné enviar. El doble check azul no tardó ni diez segundos en aparecer. La respuesta de Valeria llegó casi al instante, delatando que había estado esperando junto al teléfono todo este tiempo:

"¿En serio, Damián? No estás jugando conmigo, ¿verdad? Tengo muchas ganas de verte... está bien, pasaré a tu casa a las doce. Más te vale no estar encerrado en el sótano cuando llegue. Yo también te amo."

Bloqueé el teléfono y lo dejé sobre la mesita. El primer anzuelo estaba echado. Valeria vendría por su propia voluntad, con la guardia baja, ilusionada por la promesa de un día romántico y la atención romántica que tanto añoraba. Sería la candidata perfecta para recibir la segunda dosis directamente en un entorno controlado. La idea de transformarla, de ver cómo su mente justificaba una rendición sexual absoluta bajo el concepto de una "reconciliación apasionada", me provocó un escalofrío de anticipación en la nuca.

Sin embargo, para que el plan mantuviera un orden riguroso y sin contratiempos, debía gestionar las expectativas de los demás sujetos en la casa.

Salí de mi cuarto a pasos silenciosos. El pasillo del segundo piso estaba a oscuras, salvo por la luz que se filtraba por debajo de la puerta de Renata. Escuché el sonido sordo de la televisión encendida y el crujido del colchón mientras ella intentaba acomodarse. Aún sufría por la sobrecarga muscular del entrenamiento de básquetbol.

Apreté suavemente el picaporte y abrí la puerta un par de centímetros.

Renata estaba acostada boca abajo, vistiendo únicamente una camiseta holgada y ropa interior, abrazando una almohada mientras se frotaba el muslo derecho con una mueca de dolor en el rostro. Al notar la luz del pasillo, alzó la cabeza con el cabello revuelto.

—¿Damián? —preguntó con voz adormilada y un toque de molestia—. ¿Qué pasa?

—Sobre lo que dijiste en la cena, Renata —dije con voz baja y serena, apoyando la mano en el marco de la puerta—. De tu fatiga muscular y el tratamiento que le di a Camila.

Ella se giró levemente, acomodándose sobre los codos y mirándome con curisidad.

—Ah... sí. Mañana dijiste que podía probar tu maquetita esa, ¿no? En serio me duelen un chingo las piernas, Damián. Siento los gemidos hechos un nudo.

—Lo sé. Pero vas a tener que esperar un poco más. Mañana por la mañana tengo la agenda llena; Valeria viene a las doce y me voy a dedicar a ella todo el día. Vamos a salir. Así que tu sesión del tratamiento metabólico tendrá que ser pasado mañana. Necesito recalibrar los reactivos y preparar el equipo adecuadamente para tu nivel de carga atlética.

Renata soltó un bufido de frustración, dejándose caer de nuevo contra la almohada con un dramatismo típico de ella.

—¡Ay, no mames! —protestó en un susurro irritado—. ¿En serio me vas a hacer esperar otra noche con las piernas tiesas por irte de compras con tu novia? Qué flojera me dan sus dramas de pareja.

—Es importante, Renata —respondí sin alterar el tono—. Además, el tratamiento que te voy a aplicar a ti requiere una concentración de micro-estímulos distinta a la de Camila. Tu masa muscular es mayor y tu acumulación de ácido láctico está más profunda. Te conviene que lo haga bien y sin prisas. Pasado mañana te voy a dejar como nueva. Te lo garantizo.

Renata me miró de reojo, suspirando de mala gana pero cediendo ante la lógica de mi explicación.

—Está bien, ya qué... Pero me lo cumples, ¿eh? Si pasado mañana me sales con otra excusa, me voy a meter a tu taller a la fuerza.

—Cuenta con eso. Descansa, Renata.

Cerré la puerta despacio. Dejar a Renata en espera no solo le daba el tiempo necesario a los nanobots para alcanzar la recarga del 100% en la cuna magnética, sino que acumulaba en ella una expectativa psicológica favorable. Ella misma estaba deseando recibir la inyección, asociando la experiencia previa de su hermana con un alivio físico genuino. Para cuando llegara su turno, su cerebro no ofrecería la menor resistencia cognitiva; atribuiría cualquier cambio en su conducta al "alivio del dolor" y al éxtasis del proceso metabólico.

Me giré para regresar a mi habitación, pero al dar dos pasos en el pasillo penumbroso, una mano tibia y suave se deslizó por mi cintura desde la sombra de la esquina.

Era Camila.

Llevaba un baby-doll de encaje negro increíblemente corto y transparente que apenas cubría sus glúteos firmes de deportista, dejando al descubierto sus piernas largas y la sombra de su pecho sin sostén. Había estado esperando en el pasillo, en silencio, escuchando mi conversación con Renata. Su aliento olía a pasta de dientes y menta, pero sus ojos brillaban con la misma necesidad salvaje que la había consumido horas atrás en el taller.

—Escuché que mañana viene Valeria... —susurró Camila contra mi cuello, rodeándome con ambos brazos y pegando su cuerpo ardiente contra mi espalda—. Dijiste que le vas a dedicar todo el día a ella.

—Es parte del plan, Camila —murmuré, girándome despacio para mirarla a los ojos.

—No me importa su plan —respondió ella con una posesividad que rozaba el descaro, subiendo sus manos por mi pecho hasta agarrarme la nuca con firmeza—. Ella no te merece. No sabe lo que es estar contigo de verdad. Pero si vas a estar fuera mañana... significa que esta noche eres completamente mío.

La reescritura en la mente de Camila funcionaba a la perfección. La idea de que otra mujer —incluso mi novia oficial— tuviera mi atención despertaba en ella una combinación de celos y deseo competitivo que la hacía aún más entregada. Su psique interpretaba estos celos como la prueba irrefutable de que estaba profundamente enamorada de mí, reforzando la red de falsa agencia en cada uno de sus pensamientos.

—Camila, mamá y Sabrina están durmiendo a unos metros de aquí —dije, provocándola sutilmente al poner a prueba su desinhibición.

—Que se jodan —contestó en un murmullo audaz, esbozando una sonrisa perversa mientras bajaba la mano para sujetar mi entrepierna por encima del pantalón—. Si hacen ruido las despierto a besos. Entra a tu cuarto ya, Damián. Necesito sentirte adentro otra vez o no voy a poder dormir en toda la noche.

La tomé de la cadera, abrí la puerta de mi habitación y la empujé hacia adentro, cerrando con seguro inmediatamente.

Punto de vista: Camila (22 años)

La penumbra de la habitación de Damián se sentía mil veces más íntima que el taller. En cuanto escuché el sonido del seguro de la puerta, la adrenalina me recorrió las venas como una corriente eléctrica.

Me encanta estar aquí. Me encanta saber que mientras todo el mundo piensa que somos los hermanos que apenas se dirigen la palabra, yo estoy desnuda en su cama, entregándole el cuerpo con un hambre que me asusta y me fascina al mismo tiempo. Saber que mañana viene Valeria me quemaba por dentro, pero no de una forma triste, sino con un orgullo retorcido. Valeria no sabe nada. Ella cree que tiene al Damián aburrido y científico, mientras que yo tengo al hombre real, al que me tomó sobre una mesa de metal y me hizo gritar de placer hasta perder el aliento.

—Mírame, Damián... —susurré, quitándome el baby-doll de encaje de un solo tironazo y dejándolo caer al suelo.

Quedé completamente desnuda ante él bajo la tenue luz que entraba por la ventana. Mis pechos firmes subían y bajaban rápidamente por mi respiración agitada; los peजनों estaban duros como piedras, doliéndome por el deseo. Me abrí de piernas sutilmente, pasándome las manos por los muslos bien marcados por el voleibol, enseñándole lo húmeda que ya estaba.

—Soy diez veces más mujer que Valeria —le dije, mirándolo a los ojos con devoción y descaro—. Tócame. Hazme tuya de nuevo antes de que amanezca.

Damián no dijo nada, pero la forma en que su mirada recorrió mi cuerpo me hizo estremecer. Se acercó a la cama, quitándose la camiseta y los pantalones con movimientos pausados, dominantes. Ver su torso desnudo en la penumbra, sus hombros anchos y su miembro erguido y listo me hizo soltar un gemido ahogado de pura impaciencia.

Se subió a la cama y me atrapó entre sus brazos. Cuando sus labios presionaron los míos en un beso profundo, hambriento y lleno de saliva, sentí que me derretía por completo. Le rodeé la cintura con mis piernas, pegando mi centro caliente contra el suyo, sintiendo el roce de su piel contra la mía.

—Eres una adicta, Camila —murmuró él contra mi boca, rozando la punta de su miembro contra mi entrada húmeda.

—Soy tuya... es lo único que me importa —respondí, hundiéndome las uñas en sus hombros mientras me empujaba hacia abajo, dejando que se deslizara profundamente dentro de mí de un solo golpe preciso.

—¡AAAAHHH! —el grito se me escapó entre los dientes, sofocado contra su cuello.

La sensación de estiramiento y llenado me devolvió instantáneamente al éxtasis de la tarde. Mi vagina se contrajo con fuerza alrededor de su grosor, abrazándolo en una presión tibia y líquida. Empezó a moverse con un ritmo pesado, constante, haciendo que la cabecera de la cama golpeara suavemente contra la pared. Cada embestida resonaba en mi vientre, enviando olas de placer que me hacían arquear la espalda y agarrarme de las sábanas con desesperación.

—Eso es... sí... ¡justo ahí, Damián! —gemía en su oído, moviendo mis caderas a su compás—. Lléname toda... no me dejes pensar en nada más...

Me besaba, me mordía los hombros con suavidad y me sujetaba los pechos mientras me embestía sin piedad. La combinación de su dominio y la rendición absoluta de mi cuerpo me llevaba al límite una y otra vez. Pensar que este hombre tan fuerte era mi hermano, que esto era nuestro secreto prohibido y que la ciencia que él dominaba nos había unido de esta manera tan perfecta, me hacía sentir la mujer más afortunada del mundo.

Punto de vista: Damián (26 años)

El rendimiento físico de Camila bajo la influencia de la reescritura neomnésica continuaba siendo perfecto. Se movía debajo de mí con un desenfreno absoluto, adaptando su cuerpo atlético a cada exigencia de mi ritmo sin mostrar el menor rasgo de fatiga o pudor. Sus muslos me apretaban las caderas con una fuerza impresionante, acompañando cada una de mis embestidas con gemidos ahogados contra mi pecho para evitar despertar a nuestra madre en la habitación contigua.

—Damián... me voy a venir otra vez... —susurró Camila con la voz rota por la hiperventilación, con las pupilas completamente perdidas en la penumbra—. Viénte conmigo... por favor...

Aumenté la frecuencia de los golpes de pelvis, apretando su cadera firme contra el colchón. La respuesta del sujeto fue inmediata: sus paredes vaginales sufrieron un espasmo masivo que oprimió mi miembro como un tornillo hidráulico. Camila echó la cabeza hacia atrás, temblando convulsivamente mientras el orgasmo la devastaba por completo. Acepté el estímulo y me liberé profundamente en su interior, sintiendo el flujo caliente de mi semilla inundar su cérvix mientras ella contenía un grito de éxtasis contra mi hombro.

Nos quedamos inmóviles durante largos minutos, escuchando únicamente nuestra respiración agitada en el silencio del cuarto. Camila me abrazaba con una fuerza casi desesperada, acariciándome la espalda con los dedos sudorosos, besándome el cuello con una ternura ciega.

—Te amo... te amo tanto, Damián —murmuró, acurrucándose contra mi pecho mientras yo me salía despacio de su centro húmedo.

—Descansa, Camila —dije, pasándole la mano por el cabello húmedo.

Ella asintió con una sonrisa de absoluta plenitud en los labios. A los pocos minutos, vencida por el agotamiento físico de la jornada y la sobrecarga dopaminérgica, se quedó profundamente dormida a mi lado, respirando con una tranquilidad infantil.

Me incorporé en la cama, mirándola por un momento antes de levantarme. La consolidación del sujeto uno estaba terminada. Su devoción era incondicional y permanente.

Caminé hacia el ventanal de mi cuarto y miré hacia el jardín. El reloj digital de la mesa de noche marcaba las tres de la mañana. En pocas horas amanecería.

En el sótano, la luz violeta de la cuna inductiva cambiaría de intermitente a fija, señalando que la recarga de energía de los nanobots estaba al 100% de su capacidad operacional. El micro-inyector neumático estaría cargado, calibrado y listo para ser utilizado en el siguiente objetivo.

Valeria llegaría a las doce del día. Venía buscando al novio atento, al hombre que le prometió compras, atención y una cena romántica. No tenía la menor idea de que estaba caminando directamente hacia la trampa perfecta. Le aplicaría la dosis bajo la fachada de un perfume o un suero de belleza, y en cuestión de minutos, su exigente carácter y sus reclamos de pareja se disolverían en la misma marea de calor, desinhibición y falsa agencia que ya dominaba a mi hermana.

Y después de Valeria, llegaría el turno de Renata. Y luego el de Sabrina y mi madre Elena.

Volví a la cama y me acosté junto al cuerpo tibio de Camila, cerrando los ojos con la mente fría y despejada. El experimento estaba marchando sin un solo fallo. Mañana, la segunda pieza del dominio familiar caería exactamente según lo planificado.

Punto de vista: Damián (26 años)

El sol de la mañana se filtraba por las persianas de mi habitación, dibujando líneas de luz sobre la sábana. A mi lado, el lugar de Camila estaba vacío, aunque el aroma de su piel y la huella de su cuerpo en el colchón permanecían. Se había escabullido de vuelta a su cuarto antes del amanecer, actuando con la cautela natural que su propia mente dictaba para proteger nuestro "secreto".

Me levanté sin prisa. Baje al sótano para verificar el estado de los equipos antes de que el resto de la casa se despertara por completo. En la cuna magnética, el diodo de la pluma inyectora brillaba en un verde continuo y fijo: recarga energética completada al 100%. La densidad de los micro-condensadores de los nanobots estaba en su punto óptimo, lista para desplegar la red de falsa agencia en cualquier sujeto sin el menor riesgo de dispersión.

Cargué la pluma en el bolsillo interior de mi chaqueta de cuero y volví a subir.

A las doce en punto, el timbre de la casa sonó. Fue mi madre quien abrió la puerta. Desde la parte alta de las escaleras pude escuchar la voz de Valeria, alegre pero con un deje de timidez al saludar a Elena y a Sabrina, que estaba en la sala revisando unos documentos.

—¡Hola, Sra. Elena! ¿Está Damián? Me dijo que pasara a esta hora —decía Valeria.

Baje los escalones con paso tranquilo. Valeria estaba de pie en el recibidor, viéndose realmente hermosa. Llevaba un vestido corto color crema que resaltaba su figura delgada y femenina, el cabello castaño suelto en ondas suaves sobre los hombros y una sonrisa vacilante en los labios. En cuanto nuestros ojos se cruzaron, su rostro se iluminó por completo, aunque apretó levemente su bolso contra su costado, denotando la ligera desconfianza de quien teme ser defraudada otra vez.

—Hola, mi amor —dije, acercándome a ella para darle un beso suave en los labios y rodearle la cintura.

Valeria se tensó un segundo por la sorpresa antes de relajarse y responder al beso, abrazándome del cuello con una calidez genuina.

—Hola... —susurró al separarnos, mirándome a los ojos como buscando alguna señal de que la promesa de anoche fuera real—. Cumpliste... estás listo.

—Te dije que hoy era todo para ti —sonreí, arreglándole un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Oye, Damián —intervino mi madre desde la cocina, asomándose con un cucharón en la mano—, ¿van a almorzar aquí con nosotras o van a salir? Hice bastante comida.

Desde el comedor, Camila nos observaba. Llevaba una camiseta holgada de entrenamiento y me miraba con una devoción disimulada, mordiéndose el labio inferior al ver a Valeria abrazada a mí. No había celos destructivos en su mirada; su cerebro procesaba la presencia de Valeria simplemente como una distracción temporal, convencida de que el vínculo carnal y la devoción verdadera eran exclusivos de ella y míos.

—Comeremos afuera, mamá —respondí con firmeza, mirando a mi madre y luego a Valeria—. Tengo planeado llevarla a pasear todo el día.

—Está bien, diviértanse mucho —sonrió Elena—. Se ven muy bonitos juntos.

—Hasta luego, Sra. Elena. Adiós, chicas —se despidió Valeria agitando la mano hacia la sala.

Salimos de la casa al aire fresco del mediodía. Aparcado frente a la acera, brillando bajo el sol, estaba mi Mustang GT 500 morado oscuro con la franja doble negra recorriendo el capó y el techo. Era una máquina impecable, con el rugido del motor V8 esperando a ser despertado.

Caminamos hacia el coche. Me adelanté un par de pasos y le abrí la puerta del copiloto con caballerosidad. Valeria me miró con una mezcla de sorpresa y deleite, soltando una pequeña risita.

—Vaya, qué caballero nos volvió el científico —bromeó, entrando al vehículo y acomodándose en el asiento de piel negra.

Cerré la puerta con un golpe firme, rodeé el auto y me acomodé en el asiento del conductor. Inserté la llave y encendí el motor. El estruendo grave del escape retumbó en la calle pacífica. Valeria dio un pequeño salto en su asiento, sonriendo de emoción mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.

—Y bien, mi reina... ¿a dónde quieres ir primero? —pregunté, metiendo primera velocidad y mirando a Valeria de reojo.

—Mmm... hay un lugar que se volvió súper famoso en redes últimamente —respondió ella, sacando su teléfono y mostrándome la pantalla—. Es una plaza comercial abierta con terraza, heladerías artesanales y una vista increíble del parque central. Dicen que es perfecto para parejas. ¿Podemos ir ahí?

—Lo que tú digas —contesté, acelerando el Mustang mientras nos incorporábamos a la avenida principal.

Manejé tranquilamente mientras la brisa entraba por las ventanas. La pluma inyectora pesaba de manera constante en el bolsillo de mi chaqueta. Durante todo el trayecto, el plan original seguía corriendo en el fondo de mi mente con la frialdad de un algoritmo: buscaría un momento a solas en el auto o en algún rincón privado de la plaza, le aplicaría la dosis de nanobots bajo el pretexto de un perfume o un toque sutil, y dejaría que la falsa agencia destruyera sus reclamos de pareja para convertirla en otra sierva complaciente, entregada al mismo desenfreno sexual que Camila.

Sin embargo, la tarde no transcurrió como una simple ejecución técnica.

Pasamos horas caminando por los pasillos al aire libre de la plaza. Le compré el vestido azul que se le quedó viendo en una boutique elegante y un par de sandalias que le gustaron. Comimos helados artesanales sentados en una banca bajo la sombra de un jacarandá, riéndonos de tonterías como no lo hacíamos en años. Valeria no dejaba de sonreír, tomándome de la mano con una fuerza infantil, apoyando su cabeza en mi hombro cada vez que nos deteníamos a descansar.

No había en ella segundas intenciones, ni manipulación, ni el deseo de sacar un beneficio material. Estaba genuinamente feliz solo porque su novio había vuelto a mirarla a los ojos.

Al caer la tarde, el cielo se tiñó de tonos violetas y anaranjados. Cenamos en la terraza del restaurante de la plaza, compartiendo una copa de vino mientras la brisa fresca de la noche comenzaba a soplar. Para cuando regresamos al estacionamiento y nos subimos al Mustang, Valeria lucía una expresión de plenitud absoluta, pero también un cansancio dulce.

Encendí el auto y tomé el camino de regreso hacia su casa. El ronroneo del motor V8 era el único sonido que llenaba la cabina en medio del tráfico nocturno de la ciudad.

De pronto, Valeria se giró en el asiento, apoyando la espalda contra la puerta y mirándome de perfil con una seriedad melancólica que me hizo bajar la velocidad.

—Damián... —murmuró con la voz suave, casi temblorosa.

—¿Qué pasa, amor? —pregunté sin despegar los ojos del camino.

—Estaba pensando en todo lo que hemos vivido... y en cómo han cambiado las cosas —suspiró ella, juguetando con los anillos de sus dedos—. Sabes... siento que he visto a tres Damián diferentes desde que nos conocemos.

Me quedé en silencio, escuchándola atentamente.

—Conocí al primer Damián... aquel chico flaquito, sin auto, que caminaba conmigo bajo la lluvia para ir por un café barato, pero que era el ser más cariñoso, atento y amoroso del mundo conmigo —dijo, y vi cómo sus ojos comenzaban a brillar con el reflejo de las luces de la calle—. Luego vi al segundo Damián... al atleta musculoso, al mejor en el básquet y en la natación, que igual me cargaba en sus brazos y me demostraba su amor frente a todos. Y luego... luego ese Damián dejó todo. Dejó el deporte, me dejó a mí a un lado... por encerrarse con unas máquinas en un sótano.

Valeria hizo una pausa, sorbiéndose la nariz. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, brillando bajo la luz de los semáforos.

—¿Qué fue lo que pasó, mi amor? —preguntó con la voz rota por el llanto, estirando la mano para posarla sobre mi rodilla con una desesperación pura—. Por favor dime... yo te amo. Sabes perfectamente que jamás he estado contigo por interés, ni por tu auto, ni por el dinero. Estoy contigo por lo que eres tú. Si te sientes mal, si tienes algún problema o te sientes abrumado por algo... dime, no te lo guardes por favor. Me importas muchísimo, Damián... no sé qué haría sin ti.

El llanto silencioso de Valeria resonó en la cabina del coche.

Me orillé en un tramo oscuro de la avenida y apagué el motor. El silencio cayó de golpe sobre nosotros.

Giré la cabeza para mirarla. Valeria tenía el rostro humedecido por las lágrimas, mirándome no con exigencia, sino con un amor incondicional, transparente y desgarrador. En ese instante, la lógica fría de mi mente de científico sufrió una sacudida violenta.

Recordé los años de carrera, los momentos de fracaso donde nadie creía en mis proyectos, las noches en que no tenía nada y ella igual se quedaba dormida en mi hombro en una banca de parque. Camila había necesitado una reescritura química, un impulso sintético de nanobots para liberarse de sus inhibiciones y profesarme un amor absoluto. Pero Valeria no. Valeria me amaba sin necesidad de micro-dispositivos, sin reconfiguración neuronal, sin control mental. Me amaba en mis peores momentos y en mi aislamiento más oscuro.

Sentí una presión en el pecho, algo que no experimentaba desde hacía años: culpa genuina y una claridad emocional contundente.

Llevé mi mano al bolsillo interior de mi chaqueta. Mis dedos tocaron el metal frío de la pluma inyectora. El plan era sencillo: pincharle el hombro, dejar que los nanobots reescribieran sus emociones y tenerla convertida en una esclava de falsa agencia en diez minutos.

No.

Retiré la mano del bolsillo, dejando el dispositivo guardado en la oscuridad. Usar los nanobots en Valeria no sería un triunfo de la ciencia; sería una cobardía y una profanación del único sentimiento real y puro que me rodeaba. A ella no la iba a manipular. A ella no la iba a convertir en un sujeto de laboratorio. Valeria había estado conmigo en las buenas y en las malas, aguantando mis ausencias sin traicionarme. Ella se merecía ser la reina de mi vida por derecho propio, no por un truco químico.

Estiré los brazos, la tomé de la cintura y la atraje hacia mí, pegando su cuerpo contra el mío en un abrazo apretado y profundo. Valeria soltó un sollozo ahogado, escondiendo el rostro en mi cuello y rodeándome el torso con todas sus fuerzas.

—Perdóname, Valeria... —le dije al oído, con una sinceridad que no reconocía en mi propia voz—. Perdóname por haber sido un idiota estos meses.

—Damián... —susurró ella entre lágrimas, apretándome más fuerte.

—Tienes razón en todo lo que dijiste —continué, acariciándole el cabello suavemente—. Me encerré en mí mismo, me obsesioné con mis proyectos y me olvidé de lo más importante: de ti. No voy a dejar mis inventos, porque es mi trabajo y mi pasión, pero te juro por mi vida que las cosas van a cambiar desde hoy. Te voy a dar el tiempo que te mereces. Vamos a salir, voy a estar presente, voy a ser el hombre que siempre has tenido a tu lado. Ya no estás sola en esto.

Valeria alzó la cabeza, mirándome con los ojos hinchados pero brillando con una esperanza hermosa.

—¿De verdad, mi amor? ¿Me lo prometes?

—Te lo prometo —respondí, tomándole el rostro con ambas manos y besándole las lágrimas de las mejillas antes de darle un beso largo, cálido y profundo en los labios.

Valeria suspiró contra mi boca, entregándose al beso con una ternura infinita. La tensión de meses de distanciamiento se disolvió en ese único contacto en la penumbra del Mustang. Nos quedamos abrazados durante mucho tiempo, escuchando únicamente nuestra respiración tranquila mientras la noche avanzaba fuera del auto.

Punto de vista: Valeria (25 años)

Sentir sus brazos alrededor de mí otra vez, con esa firmeza y ese calor que tanto extrañaba, me hizo sentir como si finalmente hubiera regresado a casa.

Durante meses pensé que lo había perdido para siempre, que la frialdad de sus computadoras se lo había tragado por completo. Pero escucharlo pedirme perdón, sentir la sinceridad de sus palabras y ver cómo me miraba a los ojos me devolvió la vida. No me importaban los autos caros, ni los regalos que me compró hoy en la plaza; lo único que yo quería era a mi Damián. Al hombre que sabía escucharme y abrazarme cuando el mundo se ponía difícil.

Me acurruqué contra su pecho, sintiendo el latido fuerte y constante de su corazón bajo la chaqueta de cuero.

—Te amo tanto, Damián... —le susurré, dándole un beso tierno en la barbilla—. No te pides que dejes tus cosas, sé lo listo que eres y lo mucho que significan tus inventos para ti. Solo quiero un rinconcito en tu vida, no quiero que me dejes fuera.

—Nunca más te voy a dejar fuera, Valeria —contestó él, acariciándome la espalda con una ternura que me derribó todas las defensas—. Eres mi reina. Y de ahora en adelante te voy a tratar como tal.

Sonreí en la penumbra, dándole un último beso suave en los labios antes de acomodarme en mi asiento. Damián encendió el motor del Mustang y el rugido del V8 volvió a resonar, pero esta vez la atmósfera en el auto era completamente distinta: ligera, cálida, llena de una paz que no habíamos sentido en años.

Punto de vista: Damián (26 años)

La dejé en la entrada de su casa a las diez de la noche. Valeria se despidió de mí con una sonrisa radiante, dándome un último beso en los labios antes de entrar a su hogar con las bolsas de las compras que le había hecho. La vi cerrar la puerta y me quedé un minuto en el auto, respirando hondo, sintiendo una extraña mezcla de alivio y firmeza moral.

Valeria estaba a salvo. Sería mi pareja real, mi refugio de cordura en medio del dominio absoluto que estaba construyendo a mi alrededor.

Manejé de regreso a mi casa bajo las luces de la ciudad. Al estacionar el Mustang en la entrada y apagar el motor, la realidad del taller y del experimento me golpeó de nuevo. La decisión de proteger a Valeria no cambiaba en nada el destino del resto de los sujetos. Al contrario: consolidar mi control sobre la casa me permitiría proteger mi espacio y mi libertad para estar con Valeria sin que nadie cuestionara mis movimientos.

Entré a la casa en silencio. La luz de la sala estaba apagada, pero en la cocina había una pequeña lámpara encendida.

Al acercarme, vi a Camila sentada en una de las banquetas de la barra, vistiendo un short muy corto y una camiseta sin mangas, bebiendo un vaso de leche. En cuanto escuchó mis pasos, se giró bruscamente. Sus ojos se iluminaron con una mezcla de ansiedad y deseo contenido.

—Llegaste... —susurró Camila, levantándose de la banqueta y caminando hacia mí con ese paso sensual y pesado que la caracterizaba desde la reescritura.

—Llegué, Camila —respondí en voz baja.

Se acercó tanto que su pecho desnudo bajo la camiseta rozó mi chaqueta. Me miró los labios, oliendo el perfume de Valeria en mi cuello, pero lejos de molestarse, su mente reaccionó con una sumisión todavía más profunda.

—Hueles a ella... —murmuró, sonriendo de forma perversa mientras bajaba la mano para acariciarme la cintura por encima de la chaqueta—. Pero no me importa. Sé que regresaste a casa conmigo. ¿Vas a bajar al taller o vienes a mi cuarto?

La miré fríamente. La red de falsa agencia en Camila seguía intacta, alimentando su devoción y su deseo por mí de forma inquebrantable.

—Voy al taller a preparar las calibraciones de mañana —dije tranquilamente—. Mañana le toca a Renata.

Camila sonrió, mordiéndose el labio y dándome un beso rápido en la mejilla antes de alejarse hacia las escaleras.

—Suerte con ella... es muy necia, pero apuesto a que la vas a dejar tan mansita como a mí. Te espero despierta arriba si te cansas.

Se fue a su habitación moviendo las caderas en la penumbra.

Bajé las escaleras del sótano y encendí las luces del taller. El olor a metal y circuito me recibió como de costumbre. Saqué la pluma inyectora de mi chaqueta y la coloqué en el escáner del escritorio para revisar los registros de carga.

100% de batería. Reactivos químicos estables.

Mañana por la mañana, Renata vendría por su "tratamiento para la fatiga muscular". Y después de ella, el turno sería para Sabrina y mi madre Elena. Valeria sería mi reina libre en el mundo exterior, pero dentro de estas paredes, el dominio absoluto de la falsa agencia estaba a punto de completarse.

Start your own immersive adult AI roleplay story
Ad

What's next?

Back Start Over View Story Map

0 comments