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pues se acuesta con la diosa
La habitación estaba sumida en una penumbra espesa, iluminada solo por el resplandor púrpura que emanaba de la nueva naturaleza de Astrea. El aire estaba saturado con el aroma a azufre, almizcle y el hedor dulce del fango corrosivo. Astrea, ahora la Primera Súcubo, se encontraba arrodillada ante Asmodeus, su cuerpo vibrando no solo por la transformación física, sino por una hambre voraz que nunca había experimentado en sus milenios de existencia divina.
Asmodeus la miró con desprecio y deseo, la mirada de un dueño que contempla una propiedad recién adquirida. Con un movimiento brusco, la tomó del mentón, obligándola a mirar hacia arriba. La transformación final se había completado: el cabello castaño de la diosa se había tornado de un negro azabache, profundo como el vacío, y su piel, antes blanquecina, ahora lucía un rojo carmesí intenso, brillante y cálido. Sobre esa piel roja, tatuajes negros, como prueba de oscuridad, se extendían desde sus muñecas hasta su cuello.
—Mírate, Astrea —susurró Asmodeus, su voz cargada de una malicia que la hacía estremecer—. Ya no eres la luz de nadie. Eres una aberración. Una aberración de la Mazmorra.
—Sí... —gimió ella, su lengua lamiendo sus propios labios rojos— amo. Hazme sentir el peso de tu monstruosidad. Quiero que me tomes, que me rompas, que me hagas olvidar que alguna vez fui una diosa.
Asmodeo no fue gentil. La derribó sobre la cama. No hubo preludios románticos ni palabras dulces; solo la cruda necesidad de un depredador reclamando su territorio. Cuando él se posicionó sobre ella, Astrea abrió las piernas con una urgencia desesperada, sus alas de murciélago agitándose violentamente contra el colchón y su cola negra envolviendo la pierna de Asmodeus, apretando con fuerza.
Cuando Asmodeus entró en ella, el impacto fue devastador. Astrea soltó un grito que fue una mezcla de agonía y un éxtasis tan intenso que casi la hizo desmayar. Como diosa, su cuerpo había sido como un templo intocable de justicia. Ahora, ese templo estaba siendo profanado. Fue la chispa que encendió la hoguera de su nueva naturaleza.
Cada embestida de Asmodeus era como un martillo golpeando el acero de su voluntad. Él no solo estaba tomando su cuerpo, estaba anclando su alma a la oscuridad de la Mazmorra. Astrea sintió cómo el placer se filtraba por sus venas. Ella arqueaba la espalda, sus cuernos rozando la cabecera de la cama, mientras sus manos se clavaban en la espalda de Asmodeus, arañando la piel del monstruo en un intento frenético de acercarlo más, de fundirse completamente con él.
—¡Más! ¡Más! —gritaba ella, su voz ya no era la de una mujer, sino el ronroneo seductor de un súcubo en celo—. ¡Lléname de tu maldad! ¡Hazme tu esclava!
Asmodeus la azotaba con una fuerza brutal, disfrutando de la forma en que el cuerpo rojo de la diosa se sacudía bajo él. Podía sentir cómo ella se quebraba, cómo la última chispa de la "Justicia" se extinguía para ser reemplazada por una devoción absoluta hacia él. El acto era una ceremonia de corrupción; con cada gemido, Astrea anunciaba su nueva identidad a su amo.
Mientras el placer la inundaba en olas tormentosas, la mente de Astrea comenzó a divagar hacia sus hijas. Una sonrisa cruel y depravada se dibujó en sus labios mientras miraba hacia la puerta de la habitación. Podía imaginar a Alisse, a Ryuu y a los demás, durmiendo plácidamente en sus habitaciones, creyendo que su diosa estaba a salvo y que su familia seguía siendo el bastión de la moralidad en Orario.
"Pobres niñas..." pensó Astrea, mientras soltaba un grito final cuando Asmodeus alcanzó el clímax, llenándola con su semilla. "No saben lo que las espera. Pronto, Alisse dejará de jugar a la capitana heroica para convertirse en una perra que suplique por el fango de Asmodeus. Ryuu... mi querida y limpia Ryuu, se deleitará en la corrupción más absoluta".
Astrea sintió una satisfacción perversa al imaginar el momento en que sus hijas despertarían para descubrir que su diosa ya no era la diosa que conocían, sino un demonio que las guiaría hacia la caída. Ya no habría más misiones de rescate ni defensa de los inocentes. La Familia Astrea se convertiría en la pesadilla de la Mazmorra. Se dedicarían a cazar a los aventureros, a aquellos que se atrevieran a "importunar" la voluntad de la Mazmorra, matándolos sin piedad y robando sus piedras mágicas para alimentar sus propios deseos y lujos.
Cuando Asmodeus finalmente se retiró, Astrea quedó tendida, con el cuerpo rojo exhausto y tembloroso, el cabello negro esparcido como una mancha de aceite sobre las sábanas. Sus ojos púrpuras brillaban con una lealtad ciega. Se acercó a él y le beso, aceptando su lugar como la primera y más devota de los súcubos.
—Gracias, mi señor —susurró ella, ronroneando—. Ahora, es hora de que empiece a preparar a mis hijas. Quiero que sientan el mismo placer que yo... el placer de dejar de ser esas tontas justicieras para convertirse en tus putas.
Asmodeus sonriendo, sabiendo que la caída de la Familia Astrea sería una tragedia, para los aventureros, y una obra maestra de depravación para él. El camino hacia la corrupción total de la mansión estaba despejado, y la Diosa demonio estaba ansiosa por ver a sus hijas ser como ella es ahora.
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