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Chapter 9 by Locoloco
¿Kurenai se rompe?
si, ella se rinde
La luz del nuevo amanecer se filtraba a través de las cortinas entreabiertas, pintando el departamento de tonos dorados y naranjas. El aire olía a sexo, a sudor seco, a fluidos mezclados. Era un olor primitivo, animal, que impregnaba cada rincón de la habitación.
Kurenai Yuhi despertó lentamente, sus párpados pesados, su cuerpo adolorido pero extrañamente relajado. Por un momento, no recordó dónde estaba. Luego, los eventos de la noche anterior regresaron a ella como un torrente: el té, la traición de Hinata, el afrodisíaco, el gangbang con los clones de Naruto.
Se incorporó con dificultad, su vientre protestando, su ano dolorido, su vagina sensible. Estaba desnuda, cubierta solo por una sábana delgada que alguien había colocado sobre ella. Miró a su alrededor, parpadeando para enfocar.
Y entonces escuchó los ruidos.
Gemidos. Chasquidos húmedos. El ritmo constante de cuerpos chocando.
Kurenai giró la cabeza hacia la fuente del sonido y sintió que su corazón se aceleraba.
En el centro del apartamento, sobre una colchoneta, Naruto yacía de espaldas, su cuerpo musculoso brillando de sudor. Montándolo, con las caderas moviéndose en un ritmo frenético, estaba Sakura. Su cabello rosa estaba despeinado, sus ojos verdes cerrados, sus labios entreabiertos emitiendo gemidos rítmicos. El collar rojo alrededor de su cuello se balanceaba con cada movimiento.
Y detrás de ella, arrodillada, estaba Ayame. Su cuerpo desnudo se presionaba contra la espalda de Sakura, sus pechos aplastados contra la piel sudorosa de la rosa, sus manos acariciando los costados de Sakura mientras lamía y mordisqueaba su cuello.
Naruto tenía una mano en cada cadera de Sakura, guiando su ritmo, mientras miraba a las dos mujeres con una sonrisa de pura satisfacción. Su polla, aún erecta y brillante, se deslizaba dentro y fuera de Sakura con una facilidad obscena.
—Así es —decía Naruto, su voz ronca—. Muévete, Sakura. Muévete para mí.
—S-sí, Naruto-kun... —jadeaba Sakura, sus pechos rebotando con cada embestida.
Ayame, mientras tanto, deslizó una mano hacia abajo, encontrando el clítoris de Sakura, masajeándolo con movimientos circulares mientras seguía lamiendo su cuello.
—¿Te gusta, Sakura-chan? —susurró Ayame entre besos—. ¿Te gusta que te follen mientras te toco?
—S-sí... Ayame... también...
Kurenai observaba la escena con una mezcla de horror y fascinación. Su mente lógica, entrenada, le decía que esto estaba mal. Que ella era una jōnin, una sensei, una mujer adulta. Que estos eran sus estudiantes, sus subordinados, niños en comparación con ella.
Pero su cuerpo... su cuerpo respondía de maneras que no podía controlar.
Sintió la humedad crecer entre sus piernas, sintió sus pezones endurecerse bajo la sábana. El recuerdo del placer de la noche anterior, abrumador e inolvidable, palpitaba en su memoria como una promesa.
—Has despertado.
La voz era suave, casi un susurro, directamente en su oído. Kurenai se sobresaltó, girando la cabeza para encontrarse con un par de ojos blancos que la miraban fijamente.
Hinata estaba a su lado, desnuda, su cuerpo pálido brillando en la luz matutina. Su cabello azul oscuro caía suelto sobre sus hombros, y el collar negro alrededor de su cuello era un recordatorio constante de su lealtad.
—H-Hinata... —tartamudeó Kurenai, intentando incorporarse—. ¿Qué...?
—Shhh —Hinata puso un dedo sobre los labios de su sensei, sonriendo con una dulzura que resultaba casi siniestra—. Solo observa, sensei. Mira lo felices que son. Mira cómo disfrutan.
Kurenai obedeció, su mirada volviendo al trío en la colchoneta. Sakura se había inclinado hacia adelante, sus pechos rozando el pecho de Naruto, sus labios encontrando los de él en un beso profundo y húmedo. Ayame se había movido detrás de Naruto, su lengua deslizándose por su espalda, sus manos masajeando sus hombros.
—Ellos son felices, sensei —continuó Hinata, su voz como miel venenosa—. Son libres. Han aceptado lo que son. Han aceptado a quién pertenecen.
La mano de Hinata se deslizó bajo la sábana, encontrando el pecho de Kurenai. Sus dedos, fríos y hábiles, comenzaron a acariciar la piel sensible, rodeando el pezón con una lentitud deliberada.
Kurenai contuvo el aliento, su cuerpo tensándose.
—H-Hinata... no deberías...
—¿Por qué no? —preguntó Hinata, su voz un susurro seductor—. ¿Por qué negarnos lo que deseamos? ¿Por qué luchar contra lo que nuestro cuerpo anhela?
Sus dedos encontraron el pezón de Kurenai, pellizcándolo suavemente, haciéndola jadear.
—Tú también lo sentiste anoche, ¿verdad, sensei? —continuó Hinata, su boca acercándose a la oreja de Kurenai—. Ese placer tan intenso que te hizo olvidar quién eras. Ese momento en que tu mente se apagó y solo existió la sensación.
Kurenai quería negarlo. Quería apartar la mano de Hinata, levantarse, vestirse y salir corriendo. Pero su cuerpo no la obedecía. En lugar de eso, se arqueó ligeramente hacia el tacto de Hinata, un gemido escapando de sus labios.
—Quieres más, ¿verdad? —susurró Hinata, su lengua rozando el lóbulo de la oreja de Kurenai—. Quieres sentir esa plenitud otra vez. Quieres ser llenada, poseída, reclamada.
La mano de Hinata descendió, deslizándose sobre el vientre de Kurenai, hasta encontrar el vello púbico y, más abajo, los labios húmedos y calientes de su sexo.
—Estás mojada, sensei —dijo Hinata, con una sonrisa en la voz—. Tan mojada. Tu cuerpo ya ha elegido. Solo tu mente se resiste.
Kurenai gimió cuando los dedos de Hinata encontraron su clítoris, acariciándolo con una precisión que la sorprendió. Su cabeza se inclinó hacia atrás, sus ojos cerrados, su respiración acelerada.
—Déjate llevar, sensei —susurró Hinata, su voz como un hechizo—. Deja de luchar. Acepta lo que eres. Acepta a quién perteneces.
—No... —jadeó Kurenai, pero la palabra sonó hueca, incluso para ella misma.
—Mira allí —dijo Hinata, señalando con la cabeza hacia la mesita de noche.
Kurenai abrió los ojos y siguió su mirada. Sobre la mesita, perfectamente colocado, había un collar de perro.
Era de cuero rojo oscuro, casi granate parecía que brillaba bajo la luz. Kurenai sabía que significaría para ella. Lo sabía instintivamente. "SUMISA"
—Es para ti, sensei —dijo Hinata, su voz ahora seria, sin rastro de la dulzura anterior—. Si te lo pones, serás como nosotras. Serás de Naruto-kun. Te haremos la marca, como a nosotras. Un lindo corazón con su inicial, sobre tu útero. Y serás su esclava por el resto de tu vida.
Kurenai miró el collar, su corazón latiendo con fuerza.
—O puedes irte —continuó Hinata, su tono volviéndose frío—. Puedes levantarte, vestirte, y salir por esa puerta. Y olvidar que esto pasó. Olvidar nuestro lazo de sensei y estudiante. Olvidar el placer que sentiste anoche. Olvidarte detodo.
La mano de Hinata se retiró, dejando a Kurenai sintiéndose vacía, fría.
—Pero si te vas —añadió Hinata, inclinándose para mirarla directamente a los ojos—, nunca sabrás lo que es ser completamente poseída. Nunca sabrás lo que es entregarte sin reservas. Nunca sabrás lo que es ser verdaderamente feliz.
El silencio se alargó. En la colchoneta, Sakura gimió, su cuerpo arqueándose mientras alcanzaba el clímax. Ayame la siguió momentos después, su gemido mezclándose con el de Sakura. Naruto gruñó, sus caderas levantándose mientras se corría dentro de Sakura.
Fue un sonido de completa satisfacción. De plenitud.
Kurenai lo observó todo. Vio la paz en los rostros de Sakura y Ayame. Vio la satisfacción en el de Naruto. Y sintió, en lo más profundo de su ser, que eso era lo que quería.
Sin decir una palabra, se incorporó. Sus piernas temblaban, pero se obligó a caminar hacia la mesita de noche. Tomó el collar entre sus manos, sintiendo el peso del cuero, el peso que conllevaba esta decisión en su vida.
—Kurenai-sensei... —dijo Hinata, detrás de ella.
Kurenai se volvió para mirarla. Hinata estaba de pie, desnuda, su collar negro brillando. Sus ojos blancos estaban fijos en ella, llenos de una mezcla de esperanza y deseo.
—¿Estás segura? —preguntó Hinata en voz baja.
Kurenai no respondió con palabras. En lugar de eso, cruzó la distancia entre ellas, tomó el rostro de Hinata entre sus manos, y la besó.
Fue un beso profundo, apasionado, lleno de confianza y afecto que ahora se transformaban en algo más. Hinata gimió contra sus labios, sus manos yendo a la cintura de Kurenai, atrayéndola más cerca.
Cuando se separaron, Kurenai tenía lágrimas en los ojos.
—Siempre supe que serías mi perdición, Hinata —susurró, con una sonrisa triste.
—No soy tu perdición, sensei —respondió Hinata, acariciando su mejilla—. Soy tu liberación.
Kurenai asintió, y luego, con manos firmes, se colocó el collar alrededor del cuello.
El cuero se ajustó perfectamente, como si hubiera sido hecho para ella... Era un peso extraño, pero también reconfortante. Como si siempre hubiera debido llevarlo.
—Naruto-kun —dijo Hinata, volviéndose hacia la colchoneta—. Kurenai-sensei ha elegido.
Naruto se incorporó, su polla aún húmeda, una sonrisa de triunfo en sus labios. Sakura y Ayame se hicieron a un lado, observando con curiosidad y anticipación.
Kurenai caminó hacia él, sus pasos firmes a pesar del temblor en sus piernas. Se detuvo frente a él, sus ojos rojos encontrando sus ojos azules.
—Naruto Uzumaki —dijo, su voz clara y fuerte—. Yo, Kurenai Yuhi, jōnin de Konoha, sensei del Equipo 8, tomo este collar como símbolo de mi entrega.
Hizo una pausa, sintiendo las palabras quemar en su garganta.
—Prometo obedecerte, servirte, y complacerte en todo lo que me pidas. Prometo entregarte mi cuerpo, mi mente, y mi voluntad. Prometo ser tuya, solo tuya, hasta el final de mis días.
Las palabras eran como un voto de casamiento, pero invertido. No era una unión de iguales. Era una declaración de sumisión total.
—Acepto tu marca sobre mi piel. Acepto tu dominio sobre mi vida. Acepto ser tu esclava, tu puta personal, tu posesión.
Naruto la miró, sus ojos brillando con orgullo y deseo.
—¿Y qué me dices de tu orgullo, Kurenai? —preguntó—. ¿De tu dignidad? ¿De tu posición como jōnin?
Kurenai sonrió, una sonrisa que era a la vez triste y liberada.
—Mi orgullo se doblega ante ti. Mi dignidad es tuya para tomarla. Mi posición... —sacudió la cabeza—. Mi posición ya no importa. Solo importas tú.
Naruto extendió la mano, tocando la barbilla de esta sensei, moviéndola ligeramente para que ella inclinara la cabeza.
—Entonces, Kurenai —dijo, su voz grave—. Arrodíllate.
Ella obedeció sin dudar. Sus rodillas golpearon el suelo, su cabeza inclinada, su cuerpo ofrecido.
—Bienvenida al harén, Kurenai —dijo Naruto, acariciando su cabello—. Bienvenida a tu nueva vida.
—Gracias, Naruto-sama —susurró ella, y las palabras salieron con una naturalidad que la sorprendió.
Naruto sonrió, y luego, sin previo aviso, la levantó y la tumbó sobre la colchoneta. Su cuerpo cubrió el de ella, su polla rozando su entrada, ya húmeda y lista.
—¿Lista para tu primera vez como esclava oficial? —preguntó él.
—Sí, Naruto-sama —respondió ella, abriendo las piernas—. Fóllame. Hazme tuya. Otra vez.
Él no necesitó más invitación. Empujó hacia adelante, penetrándola profundamente, y Kurenai gimió, sus brazos rodeando su cuello, sus piernas enganchándose alrededor de su cintura.
—Más —suplicó ella—. Más fuerte. No te contengas.
Naruto obedeció, aumentando el ritmo, embistiendo con fuerza, con posesión. Cada embestida era una declaración, cada gemido de ella una aceptación.
Sakura, Hinata y Ayame observaban, sonriendo, tocándose mutuamente mientras veían a su nueva hermana ser reclamada.
—Bienvenida, Kurenai-sensei —susurró Hinata, con una sonrisa de satisfacción.
—No soy tu sensei —jadeó Kurenai entre embestidas—. Soy tu hermana. Tu igual. Tu compañera de sumisión.
Hinata sintió que su corazón se llenaba de alegría. Se acercó, arrodillándose junto a ellos, y comenzó a acariciar el cabello de Kurenai mientras Naruto la follaba.
—Te quiero, kurenai —dijo Hinata, con lágrimas en los ojos—. Siempre te he querido.
—Y yo a ti, Hinata —respondió Kurenai, extendiendo una mano para tocar su mejilla—. Por eso estoy aquí. Por ti.
Naruto gruñó, sintiendo que se acercaba.
—Me voy a correr —anunció—. ¿Dónde quieres que lo haga?
—Dentro —respondió Kurenai, sin dudar—. Quiero sentirte dentro de mí. Quiero llevar tu semilla.
Él asintió y se dejó ir, vaciándose dentro de ella con un gruñido profundo. Kurenai se corrió al mismo tiempo, su cuerpo arqueándose, su grito llenando la habitación.
Cayeron juntos, jadeantes, sudorosos, satisfechos.
Cuando la respiración de Kurenai se calmó, sintió los brazos de Hinata rodeándola por detrás, y los cuerpos de Sakura y Ayame presionándose contra sus costados. Estaba rodeada, envuelta, protegida.
—Bienvenida, hermana —susurró Sakura.
—Bienvenida —dijo Ayame.
—Bienvenida al harén —completó Hinata.
Kurenai sonrió, lágrimas de felicidad rodando por sus mejillas. Había perdido su orgullo, su dignidad, su posición. Pero había ganado algo más valioso.
Una familia.
Y mientras la mañana avanzaba, las cuatro mujeres yacían enredadas con Naruto, sus cuerpos marcados por collares y tatuajes, sus corazones latiendo al unísono.
El harén de Naruto Uzumaki había crecido una vez más.
Y Kurenai Yuhi, la orgullosa jōnin, era ahora, y para siempre, su sumisa más reciente.
¿Qué sigue?
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El Descubrimiento de Naruto
el niño demonio que doma un harem
naruto niño descubre la pornografía de control mental, corrupción, male dom y harem, y crece que riendo vivir eso, por lo que después que sasuke deserta ve su oportunidad de formar un harem de mujeres ninfómanas sumisas y leales a el.
Updated on Jun 17, 2026
by Locoloco
Created on Jun 6, 2026
by Locoloco
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