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Chapter 116 by bla12 bla12

¿Cómo se prepara para el encuentro?

Va de compras

La luz de la mañana se filtraba por la ventana de Magi como un intruso, iluminando sobre la mesa de su salón los dos mundos en los que ahora habitaba. Por un lado, el sobre de Evans: grueso, vulgar, cargado con el fajo de billetes que aún parecía conservar el aroma a humedad y a la derrota de Sofia. Por otro, la tarjeta de Vance: mínima, gélida, con esa caligrafía elegante que ya se le había grabado en el pulso como una marca de propiedad.

La presa dentro de ella todavía sentía en sus oídos el eco del silencio de Sofia en el baño, pero la cazadora ya había tomado el mando. No hubo espacio para el remordimiento. Magi tomó el dinero manchado —el precio por haber dejado a su única amiga a merced de Evans— y salió a la calle.

En la boutique del distrito comercial, el aire acondicionado y el aroma a lirios blancos se sintieron como una purificación necesaria. —Busco algo para una cena de negocios —le dijo a la vendedora con una voz que no reconoció; era más baja, más firme—. Formal, pero que no pase desapercibido.

Cuando encontró el vestido, supo que era el fin de su metamorfosis. Era de un negro tan profundo que parecía absorber la luz de la tienda, igual que ella había absorbido la oscuridad de la noche anterior. La falda, corta y de un corte arquitectónico, terminaba desafiante muy por encima de las rodillas, mientras que el escote corazón descendía con una profundidad calculada, creando un equilibrio letal entre la elegancia y la provocación pura. La tela, un crepé pesado, se amoldaba a su cuerpo como una segunda piel.

Al mirarse al espejo, el vestido transformó su anatomía en una declaración de intenciones. Las piernas que habían temblado en los pedestales de la Gruta de Neptuno, y que horas antes habían caminado sobre el suelo húmedo de Evans en lencería, eran ahora columnas fuertes y definidas. El escote que antes ocultaba bajo máscaras y delantales de satén era ahora un marco para su piel, una oferta consciente. No era la exposición forzada del acuario ni el juego perverso del carcelero; esto era una estrategia de guerra.

Pagó con los billetes de Evans. Sintió un placer sombrío al ver cómo la vendedora contaba el dinero de la traición para entregarle aquella armadura de seda. Era justicia poética: la carne de Sofia financiaba el ascenso de Magi.

El día de la cena, el ritual fue casi religioso. Se bañó con lentitud, como si quisiera arrancar de sus poros los últimos vestigios de la "celadora eficiente" y el rastro de la mirada de Evans. Frente al espejo del baño, comenzó la construcción del personaje.

El maquillaje fue su primera capa de defensa. Una base impecable ocultó las sombras del cansancio, uniformando su piel hasta convertirla en mármol frío. En los ojos, un ahumado intenso pero discreto afiló su mirada, dotándola de una profundidad depredadora. Y en los labios, un rojo oscuro, casi color vino —el color de la sangre seca—, que servía como advertencia: podía seducir, pero también podía herir.

Se calzó el vestido y sintió el crujido sutil de las costuras. El roce de la tela costosa sobre sus muslos era un recordatorio constante de su ascenso. Se peinó el cabello hasta que cayó sobre sus hombros como una cortina de seda negra, ocultando y revelando a la vez.

A las 19:55 en punto, un sedán de lujo negro, con los cristales tan oscuros como sus pensamientos, se detuvo frente al edificio. Magi lo observó desde la ventana. No tuvo prisa. Dejó que el conductor esperara un minuto completo, ejerciendo ese pequeño y nuevo derecho al poder antes de bajar.

Al salir, el conductor le abrió la puerta con una inclinación de cabeza. Magi se deslizó en el interior, acomodando la falda sobre sus muslos con un gesto que ya se sentía natural, casi instintivo. El habitáculo olía a cuero nuevo y a un silencio absoluto, solo roto por el suave ronroneo del motor.

Mientras el coche se deslizaba hacia el Club Náutico, Magi buscó su reflejo en la ventanilla. Ya no estaba la chica asustada que lanzaba monedas al aire esperando un milagro, ni la mujer que se desnudaba por miedo ante un carcelero. En su lugar, había una estratega. Iba a encontrarse con Alexander Vance no como una empleada sumisa, sino como una mujer que ya conocía el sabor de la sangre y el precio de la supervivencia.

La presa finalmente se había quedado sin voz. Solo quedaba la cazadora, lista para su próxima pieza en el Club Náutico.

¿Como va el encuentro con Vance?

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