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Chapter 72 by bla12

¿Qué pasa el próximo día?

Nuevo contrato

La mañana llegó con una frialdad metálica. Celia se había dormido con el minivestido negro arrugado sobre su cuerpo, aferrándose a él como si la tela sintética pudiera filtrar sus pesadillas. Al despertar, no sintió el vacío de la desnudez, sino el roce áspero y reconfortante del tejido contra su piel. Era una prenda barata y vulgar, pero era suya. Se aferró a esa pequeña victoria mientras caminaban hacia el Studio Lumière, sintiendo que las medias opacas le devolvían, por fin, una frágil propiedad sobre sus propias piernas.

Magi, a su lado, caminaba como una sonámbula funcional. El vestido negro en ella no era una defensa; era una anécdota. Su mente seguía habitando la caja de archivo gris, el lugar donde el Coleccionista la había diseccionado y dado por terminada.

Al llegar, la atmósfera del estudio era distinta, más densa. Elara las esperaba en su oficina, con Lilith apoyada contra el ventanal, una sombra elegante y predadora.

—Buenos días, queridas —comenzó Elara, entrelazando sus dedos sobre el escritorio—. Habéis causado un impacto... sísmico. Las fotos de vuestra sesión como "polos opuestos" han llegado a los oídos adecuados.

Su sonrisa era tan fina que parecía un corte de bisturí.

—Un caballero de recursos ilimitados ha visto el material. Ha hecho una oferta exorbitante por una sesión privada con ambas. Esta misma noche.

Nombró la cifra. A Celia se le cortó la respiración; era una cantidad que podría comprar vidas enteras.

—¿A cambio de qué? —preguntó Magi. Su voz era un eco plano, desprovisto de curiosidad.

—No será una sesión de fotos convencional —intervino Lilith, saboreando el momento—. Será una "experiencia inmersiva". El cliente no solo mirará. Él estará en la escena. Él dirigirá el movimiento. Interactuará con el lienzo.

—¿Interactuar? —el pulso de Celia se disparó, golpeando contra la tela del vestido—. ¿Qué significa eso? ¿Qué... qué espera que hagamos?

—Lo que él decida —respondió Lilith con una naturalidad glacial—. Dentro de los límites del arte. Y creedme, sus límites son... muy generosos.

—¡No! —la protesta brotó de Celia, visceral y desesperada—. ¡Magi, por favor! ¡Diles que no! ¡Esto no es una foto, es otra cosa!

Celia buscó desesperadamente los ojos de su hermana. Necesitaba que la mujer que llevaba su mismo vestido, la que ayer parecía haber vuelto un poco a la vida, se alzara con ella. Buscaba un ancla en medio de la marea de degradación.

Lo que encontró la heló hasta la médula.

Magi no miraba a Celia. Miraba a Elara con una fijeza profesional, analizando la propuesta como quien estudia un contrato de suministros. En sus ojos no había horror, ni siquiera el pudor de quien sabe que ese vestido corto es el preludio de algo peor. Había una aceptación operativa, una aquiescencia tan profunda que resultaba inhumana.

—Magi... —susurró Celia, su voz quebrándose.

Magi desvió lentamente la mirada hacia su hermana. No hubo un destello de sororidad, solo un análisis técnico.

—La oferta es razonable —dijo Magi, y su voz sonó como el roce de dos piedras—. Es el siguiente paso lógico en nuestra progresión.

Las palabras cayeron como lápidas. "El siguiente paso lógico". Celia comprendió en ese instante que el vestido negro, su pequeño triunfo de tela barata, no había sido un paso hacia la libertad, sino el uniforme de entrenamiento para lo que vendría.

La protesta de Celia murió en su garganta. No la detuvo una amenaza, sino el vacío absoluto en la mirada de Magi. Había perdido a su hermana. No ante Elara, sino ante la criatura eficiente y hueca en la que el estudio la había transformado.

—Excelente —concluyó Elara, levantándose—. La sesión empieza al anochecer. Lilith os preparará. Quitáos esa ropa de calle. Volved a los conjuntos negros de ayer. El cliente quiere que el punto de partida sea el mismo que lo cautivó en las fotos. Quiere ser él quien imponga la primera mancha en vuestra nueva realidad.

Salieron de la oficina en silencio. Celia caminaba como un autómata; el vestido negro, que minutos antes sentía como una armadura, ahora le quemaba la piel como si estuviera hecho de ortigas. Magi caminaba a su lado, recta y serena, el vestido siendo solo una capa irrelevante de una cebolla que ya había sido pelada hasta el corazón.

La frágil barrera de tela se había desintegrado. Celia comprendió, con un terror mudo, que no importaba cuánta ropa se pusieran: la verdadera desnudez era la de Magi, que ya no tenía nada que ocultar porque ya no le quedaba nada que proteger.

¿Qué hacen antes de ir con el cliente?

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