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Chapter 57 by bla12 bla12

¿Qué pasa el próximo día?

Magi le entrega a Cecilia su uniforme

El aire en el vestuario del Studio Lumière siempre olía a talco y a desinfectante, un aroma que pretendía limpiar pero que solo lograba enmascarar el sudor y la ansiedad. Celia se quedó de pie en el centro de la habitación, sintiendo el frío del suelo de cemento a través de los calcetines. El vestido rosa, ahora arrugado y manchado en un rincón, era la prueba de su inocencia perdida.

Magi estaba a su lado, pero no la miraba. Sus ojos estaban fijos en la percha que Lilith acababa de dejar colgada en la puerta. Un conjunto de dos piezas, una arquitectura de vergüenza.

—Es tu uniforme —dijo Magi, y su voz sonó plana, como un anuncio automatizado—. De ahora en adelante, será lo que uses para las sesiones.

Celia alargó una mano temblorosa. El tejido era negro, tan fino que casi se transparentaba entre sus dedos. La parte de abajo era una tanga de tiro alto, apenas un fino cordón elástico que se perdía en la ingle y la cadera. La parte superior, la del sostén, consistía en dos triángulos minúsculos de encaje unidos por un cordel que debía anudarse al cuello, dejando los costados y gran parte de los senos completamente al descubierto. Era, en esencia, un microbikini de encaje; la prenda más explícita que había visto jamás.

—No puedo —susurró, retirando la mano como si la prenda quemara.

—Tienes que hacerlo —respondió Magi, sin inflexión alguna—. Es más fácil si no piensas. Solo actúas.

Celia miró a su hermana, buscando un rastro de la mujer que la había criado, que le había secado las lágrimas cuando se caía de la bicicleta. Pero los ojos de Magi eran pozos oscuros y quietos. El miedo de Celia se mezcló con una rabia impotente.

—¿Y tú? ¿También llevas… esto? —preguntó, con un hilo de esperanza de que Magi compartiera su horror.

Magi, en respuesta, se quitó la sudadera. Debajo, no había ropa normal. Llevaba el mismo conjunto, un microbikini idéntico, pero de un color caramelo que se mimetizaba con su piel. En ella, la prenda no parecía un disfraz obsceno, sino una capa natural, casi invisible. Se movía con una familiaridad aterradora.

—Es solo ropa, Celia. La importancia se la das tú.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Con movimientos lentos, Celia se desvistió. El aire frío le erizó la piel y, al ponerse el conjunto negro, el encaje le picó como una docena de insectos. Al mirarse al espejo, la figura que la devolvía no era la de una universitaria; era una extraña delineada por hilos negros que enfatizaban cada curva. El entusiasmo morboso de antes había sido reemplazado por una comprensión sombría: esto no era una aventura, era una sentencia.

—Ya está —dijo Magi, evaluándola con una mirada crítica—. Ahora, a aprender a moverte con ello. No es ropa para estar quieta.

Ese primer día fue una lección prolongada en vulnerabilidad. Lo que en el vestuario parecía una simple prenda provocativa, se transformó en un instrumento de tortura bajo las luces del estudio. Celia intentó seguir a Magi en sus tareas, pero cada movimiento era una batalla. Al agacharse para recoger un cable, la diminuta tanga se clavó con una mordida dolorosa y humillante. Al levantar los brazos para alcanzar un filtro de cámara, los triángulos del sostén se desplazaron, rozando sus pezones con una precisión exasperante y dejando al descubierto casi toda la curva de sus senos.

Magi, por su parte, se movía con una eficiencia espectral. Su microbikini color caramelo era casi invisible, pero Celia notaba cómo, en ciertos ángulos, su silueta se revelaba con claridad brutal. Magi no parecía inmutarse. Limpiaba objetivos y preparaba cafés con una serenidad que a Celia le resultaba tan admirable como aterradora.

El verdadero problema llegó cuando Leo les pidió que movieran un difusor de luz pesado. Al hacer fuerza, uno de los finos cordeles elásticos de su espalda se tensó y produjo un sonido sutil pero ominoso: crrrrac. La advertencia estaba ahí: cualquier esfuerzo excesivo podría dejar su cuerpo completamente expuesto.

—Más cuidado —murmuró Magi—. La tela no perdona.

Celia asintió con un nudo de humillación en la garganta. Sentía las miradas de los asistentes, ahora más calculadoras, observando cómo la "nueva" lidiaba con su jaula de encaje. Sentía sus ojos como dedos invisibles palpando su incomodidad.

La jornada se arrastró, marcada por el roce constante del encaje y el miedo latente a un desastre textil. Cuando el sol comenzó a filtrarse de forma anaranjada por los ventanales, Celia estaba exhausta. Fue entonces cuando Elara apareció en el umbral, su silueta recortada contra la luz del atardecer.

—Bien —dijo, su voz cortando el silencio—. El día de adaptación ha terminado. Mañana no habrá tareas de mantenimiento.

Celia sintió un destello de alivio, seguido de inmediato por un escalofrío. Elara sonrió con una curva fina y fría.

—Mañana tendremos su primera sesión de fotos formal. Con el nuevo uniforme. Será una sesión individual, Celia. Para que te acostumbres a ser el centro de atención… sin distracciones.

La noticia cayó sobre ella como una losa. Miró el microbikini negro que llevaba puesto. Ya no era solo un uniforme incómodo; era el traje para su propio sacrificio, y la sesión de fotos sería el altar. Al ver su reflejo junto al de Magi, entendió que su hermana ya no era su protectora. Eran compañeras de celda, y la celda, ahora, era su propio cuerpo.

¿Cómo se desarrolla la sesión?

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