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Chapter 90 by bla12 bla12

¿Qué pasa el próximo día?

Reciben un recordatorio de la noche

En su taquilla Magi encuentro una pequeña caja de madera lacada. Dentro, sobre un terciopelo negro, descansa el instrumento que la otra eligió para su castigo. Magi encuentra el látigo de ratán fino. No hay nota. Solo el objeto, limpio e impecable, como un trofeo o una promesa. Es un recordatorio mudo de su elección forzada y de que las herramientas de su dolor ahora son su posesión, un regalo envenenado de May para asegurarse de que nunca olviden su lugar ni su participación en el juego.

El día en el acuario se desarrolló bajo una campana de vidrio tenso e irrompible. Para Magi, cada cruce de pasillo, cada vez que entregaba un informe a May, cada momento de silencio en la oficina, estaba marcado por el peso del pequeño pero devastador objeto en su taquilla. No era un regalo; era una semilla de terror plantada en lo más profundo de su ser.

Magi estaba en su taquilla, sus manos temblando ligeramente mientras tocaba la madera lacada. Al abrir la caja y ver el ratán, la realización le golpeó: May no solo les había dado el látigo que ellas habían elegido, sino el que su compañera había escogido para ella. El terror de la noche anterior se mezcló con una nueva y fría claridad. Mientras cerraba la caja con cuidado, Julia apareció en la puerta de la taquilla, pálida y con los ojos fijos en la taquilla de Magi.

—Magi... —susurró Julia, su voz apenas audible. Llevaba en sus manos una caja de madera idéntica, sujetándola con una rigidez que delataba su contenido. La sola vista de la caja resolvió cualquier duda. Magi asintió, una mueca amarga en los labios. No necesitaba que Julia dijera: tú tienes el ratán, yo tengo el de cuero. El mecanismo perverso del juego de May se había revelado: la elección del castigo de la otra era ahora la herramienta de la propia.

Magi no pudo hablar, solo levantó ligeramente el ratán envuelto en el terciopelo negro dentro de su propia caja. La mirada de Julia se oscureció de pánico y entendimiento. Ambas cerraron sus respectivas cajas al mismo tiempo, sellando el terror.

Ninguna de las dos mencionó el castigo de la noche anterior. El recuerdo de los látigos, la humillación pública en el ascensor o la desesperada intimidad que compartieron después, todo se encapsuló en un silencio denso y absoluto. Era un acuerdo no verbal, una negación forzada de que el suelo se había abierto bajo sus pies. Hablar de ello era darle realidad, era invitar a May a escuchar. Así que se limitaron a la superficie, a las tareas mundanas, construyendo un muro de silencio entre ellas y la verdad de lo que habían vivido.

La profecía autocumplida se apoderó de ellas. Donde antes había complicidad, ahora había un abismo de miedo anticipatorio. Magi veía a Julia limpiando un vidrio en la distancia y su mente, traicionera, dibujaba la imagen nítida y horrorosa del látigo de ratán silbando en el aire para impactar sobre la espalda ya marcada de la joven. Julia, al ver a Magi organizar papeles con manos que le temblaban levemente, imaginaba el látigo de cuero negro, pesado y frío, en esas mismas manos, volviéndose contra ella.

Evitaban todo contacto. Si sus miradas se cruzaban por accidente, se desviaban instantáneamente, como si hubieran visto algo prohibido. Si tenían que pasar por el mismo pasillo estrecho, una se pegaba a la pared para dejar un espacio exagerado a la otra. No hubo palabras, ni siquiera un susurro de complicidad. El silencio entre ellas ya no era de unión, sino de un terror compartido que las aislaba en lugar de unirlas.

May, como un director de orquesta sádico, parecía alimentarse de esa energía. No mencionó los látigos, pero su mirada recorría sus cuerpos con una curiosidad renovada, como si estuviera evaluando la calidad de la tensión que había sembrado. Una vez, al pasar junto a Magi, dijo suavemente:

—La tensión muscular afecta la flexibilidad. Algo a tener en cuenta para... performances futuras. —Y siguió caminando, dejando la amenaza flotando en el aire.

La jornada laboral terminó sin más incidentes. Pero la hora de salida trajo una nueva agonía: ¿Qué hacer con los látigos? No podían dejarlos en las taquillas. Llevárselos a casa era cargar físicamente con el símbolo de su tortura y su miedo.

Al final, actuaron por instinto de supervivencia. Magi, con movimientos furtivos, envolvió el látigo de ratán en una bolsa de papel marrón que encontró en la basura de la oficina y lo enterró en el fondo de su mochila, bajo libros y ropa. Julia hizo lo mismo con el de cuero, escondiéndolo como si fuera un cuerpo del que deshacerse.

El viaje a casa fue mudo y fantasmal. Cada una en su propio mundo de terror, sintiendo el bulto ominoso en sus mochilas como un corazón negro que latía contra sus espaldas. No se despidieron. Solo se miraron por última vez, una mirada rápida, cargada de un entendimiento tan profundo y aterrador que era casi insoportable, antes de girar y caminar en direcciones opuestas. El día terminó, pero la amenaza no. Se había trasladado a sus hogares, a sus espacios supuestamente seguros. Los látigos ya no estaban en el acuario; estaban con ellas. Y la profecía que ambos temían (que May las forzaría a usarlos) ahora parecía no una posibilidad, sino un destino inevitable que cargaban en sus propias mochilas, esperando el momento de ser desenvueltos.

¿Cómo sigue el día?

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