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Chapter 83 by bla12 bla12

¿Qué pasa cuando llega a su departamento?

Un vecino la ayuda

El taxi se detuvo finalmente frente al destartalado edificio de Magi. Ella tenía la mano en el picaporte, lista para escapar, para correr descalza y semidesnuda hacia la relativa seguridad de su portal.

Pero el click del seguro central activándose la paralizó. El conductor había bloqueado las puertas.

—¿Tan pronto, preciosa? —dijo el hombre, volviéndose en su asiento para mirarla directamente. Su aliento olía a **** barato y a cigarrillos—. La carrera fue tan... agradable. ¿No quieres invitarme a subir? Por un café, claro. —Su sonrisa era una mueca lasciva que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones.

—Abra la puerta —exigió Magi, tratando de que su voz no sonara quebrada por el pánico—. Ahora mismo.

—O ¿qué? —se burló él, desabrochándose el cinturón de seguridad y moviéndose con torpeza hacia el asiento trasero—. ¿Vas a gritar? Mírate, nena. ¿Quién va a creerle a una putita en tanga que se subió sola a mi taxi?

Se acercaba. Magi retrocedió contra la ventanilla, buscando algo con qué defenderse, pero solo tenía sus manos vacías. La desesperación le cerró la garganta. Estaba atrapada.

De repente, unos golpes secos y autoritarios resonaron en la ventanilla del conductor. Toc, toc, toc.

No eran golpes de furia descontrolada, sino de una exigencia calmada y gélida.

El conductor se detuvo, sobresaltado.

—¿Qué carajos...?

Magi giró la cabeza. Afuera, de pie bajo la luz amarillenta del farol, con una postura rígida y una expresión de desdén absoluto, estaba el señor Evans.

Llevaba su bata de seda oscura asomando bajo una gabardina ligera mal abrochada, como si hubiera bajado tras ver algo desde su ventana que le pertenecía siendo amenazado. Sus gafas gruesas brillaban reflejando la luz de la calle, ocultando sus ojos, pero su mandíbula estaba tensa.

El conductor bajó la ventanilla unos centímetros, irritado.

—¿Qué quiere, abuelo? Lárguese.

—Abra la puerta —dijo Evans. Su voz no se alzó. Fue un tono bajo, monocorde, el tono de un hombre que no está acostumbrado a pedir, sino a disponer—. Inmediatamente.

—¿Y usted quién es? —se burló el conductor, aunque su sonrisa vaciló ante la inmovilidad perturbadora del anciano—. ¿Su chulo?

—Soy el hombre que ha memorizado su matrícula mientras bajaba las escaleras —respondió Evans con una tranquilidad que helaba la sangre mucho más que cualquier grito—. Y soy quien se asegurará de que la policía lo encuentre antes de que pueda volver a arrancar ese motor si no abre ese seguro en tres segundos.

Evans se inclinó ligeramente, acercando su rostro a la ventanilla.

—Ella viene conmigo. Y usted desaparece. Ahora.

El conductor miró a Evans, luego a Magi. Había algo en la presencia del anciano, una oscuridad palpable y una autoridad perversa que superaba su propia vulgaridad de matón barato. No era un héroe defendiendo a una damisela; era un propietario reclamando un objeto.

Maldiciendo entre dientes, el conductor accionó el seguro con un movimiento brusco.

El click fue el sonido más dulce que Magi había escuchado en su vida.

Empujó la puerta y se lanzó fuera, tambaleándose sobre el pavimento frío, casi cayendo a los pies de Evans.

El taxi arrancó con un chirrido de neumáticos, alejándose a toda velocidad, como si el conductor quisiera escapar de la mirada del anciano.

El silencio de la noche cayó sobre ellos. Magi seguía temblando, abrazándose a sí misma para cubrir su desnudez, la adrenalina abandonando su cuerpo y dejándola exhausta.

Evans no la ayudó a levantarse de inmediato. Se quedó mirándola desde arriba, sus ojos recorriendo su cuerpo semidesnudo, la tanga, la piel erizada por el frío y el miedo. No había la preocupación cálida de un salvador en su mirada, sino la molestia crítica de quien encuentra su posesión maltratada.

—Qué descuido, Magi —murmuró finalmente, con un chasquido de lengua—. Te dije que te esperaba. No me gusta que lo que es mío llegue... manoseado por cualquiera.

Se quitó la gabardina y se la colocó sobre los hombros. La tela era pesada y olía a naftalina y a su colonia antigua, envolviéndola no como un abrazo, sino como una red.

—G-gracias... —logró balbucear ella, aferrándose a la prenda ajena, confundida por el terror y el alivio.

—Vamos —ordenó él, ignorando su gratitud—. No estás en condiciones de estar sola.

La guió dentro del edificio, pero no hacia las escaleras que llevaban a su piso. La llevó directamente a su puerta, la del 3B. Abrió y la hizo pasar.

El apartamento estaba en penumbra, cálido y oliendo a cera vieja y libros.

—Siéntate —le indicó, señalando el sofá de cuero oscuro.

Magi obedeció, encogiéndose en una esquina del sofá. La gabardina de Evans era lo único que la cubría; debajo, seguía desnuda salvo por la minúscula tanga. Sentía el cuero frío del sofá contra sus piernas desnudas donde el abrigo se abría.

Evans desapareció en la cocina y regresó minutos después con dos tazas humeantes y un pequeño botiquín.

—Café. Negro. Necesitas entrar en calor —dijo, dejando la taza en la mesita frente a ella.

Luego, se sentó en el borde del sofá, incómodamente cerca. Abrió el botiquín.

—Tienes las rodillas sucias. Y raspadas —observó, mojando un algodón en desinfectante—. Y los pies...

Sin pedir permiso, tomó una de las piernas de Magi y la colocó sobre su regazo. El contacto de sus manos secas y frías contra su piel caliente la hizo estremecerse.

—No te muevas —advirtió él, pasando el algodón por una raspadura en su rodilla.

Magi apretó la gabardina contra su pecho, observando cómo él la limpiaba. No le ofreció ropa. No le dijo que se cubriera las piernas. Limpiaba la suciedad de la calle de su piel con una meticulosidad posesiva, deteniéndose en cada marca, evaluando el daño.

—Ese animal... —murmuró Evans, más para sí mismo, mientras limpiaba una mancha de grasa en su tobillo—. No sabe tratar materiales finos.

Cuando terminó, cerró el botiquín, pero no retiró la mano de su pierna inmediatamente. La dejó allí un segundo, un peso muerto y reclamante.

—Esta noche te quedas aquí —anunció, levantándose—. Tu puerta no es segura. Y tú... tú necesitas vigilancia.

Magi asintió, demasiado agotada para discutir, demasiado asustada para volver a su soledad.

—¿Dónde...? —empezó a preguntar, su voz un hilo.

—Dormirás en mi cama —dijo él, con naturalidad—. Es la habitación más segura. Yo tomaré el sofá.

Fue a buscar una manta y una almohada para él, y luego señaló el dormitorio.

—Ve. La cama está limpia. Intenta descansar.

Magi caminó hacia el dormitorio, arrastrando la gabardina que le quedaba enorme, sintiendo la mirada de Evans clavada en su espalda desnuda hasta que cerró la puerta.

Se metió en la cama de Evans, entre sábanas que olían a él, sin quitarse la gabardina, usándola como una segunda piel protectora sobre su desnudez.

No durmió bien. Cada vez que cerraba los ojos, veía al taxista. Pero entonces, oía los pasos lentos y arrastrados de Evans al otro lado de la puerta, patrullando su salón, y una extraña sensación de seguridad la invadía.

Estaba a salvo del mundo exterior. Pero estaba encerrada con el lobo. Y esa noche, bajo el techo de Evans, Magi comprendió que su seguridad tenía un precio que él, tarde o temprano, vendría a cobrar.

¿Qué pasa en el acuario?

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