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Chapter 60 by bla12 bla12

¿Cómo termina el día?

Volviendo a su casa

La limpieza del estudio fue un suplicio meticuloso. Arrodilladas en el suelo frío, Magi y Cloe restregaron cada mancha de champagne y recogieron cada miga de canapé aplastado. La pegajosidad del **** se mezclaba con el polvo, creando una capa obscena que se adhería a sus manos y a sus pieles ya de por sí expuestas. May las observó desde la puerta durante los primeros diez minutos, asegurándose de que comprendieran la profundidad de su castigo, antes de retirarse con un suspiro de falsa decepción.

No intercambiaron una palabra. Cloe limpiaba con una rabia silenciosa, sus miradas ocasionales hacia Magi cargadas de un reproche mudo pero elocuente. Magi, por su parte, se sumió en un silencio hosco, la breve llama de su rebeldía extinguida y reemplazada por la ceniza fría de las consecuencias. Cada movimiento del trapo sobre el suelo era un recordatorio: cualquier acto de desafío solo profundizaba el hoyo.

Cuando por fin terminaron, el estudio ****ía con un brillo artificial y vacío. May reapareció, como si hubiera estado esperando justo detrás de la puerta. En sus manos llevaba dos camperas viejas y gastadas de mezclilla, similares a la que le había dado a Magi antes.

—Tomen —dijo, extendiéndolas—. No quiero que cojan un resfriado. Sería una lástima para la inversión.

Era un gesto vacío. Las camperas solo les llegaban a mitad del muslo, dejando sus piernas desnudas y sus pies sucios y fríos expuestos al aire. Pero se las pusieron con avidez, agradecidas por la más mínima capa de protección contra el mundo exterior.

—A sus casas —ordenó May—. Mañana, horario habitual.

El viaje de regreso fue una humillación pública en cámara lenta. El traqueteo del autobús era un martilleo monótono que se sincronizaba con el latir acelerado del corazón de Magi. Iba sentada en la última fila, encogida dentro de la campera prestada de May que olía a cloro, grasa y sudor ajeno. La mezclilla áspera le rozaba la piel de los brazos, pero era una molestia menor comparada con la exposición brutal de sus piernas desnudas bajo el dobladillo corto de la chaqueta.

Cada parada era una agonía. Las puertas se abrían dejando entrar miradas curiosas, frías o abiertamente morbosas. Un grupo de adolescentes en la parte delantera no dejaba de señalar en su dirección y reírse entre dientes, sus carcajadas cortando el aire como cuchillos. Magi apretó la campera contra su cuerpo, deseando que la tela la absorbiera, que se volviera invisible.

Frente a ella, una mujer mayor con un carrito de la compra la observó con una mezcla de lástima y desaprobación, luego apartó la vista con un rápido movimiento de cabeza, como si hubiera visto algo indecente. Magi bajó la mirada hacia sus propias manos, que aferraban el asiento con fuerza, los nudillos blancos. En el reflejo distorsionado de la ventana, vio su figura: una joven con la cara pálida, el pelo revuelto, las piernas sucias y desnudas bajo una chaqueta de trabajo. Parecía una fugitiva, una sobreviviente de algo terrible.

El contraste con los demás pasajeros era doloroso. Hombres con trajes impecables, mujeres con vestidos elegantes, estudiantes con mochilas de libros… todos vivían en un mundo de normalidad que a ella se le antojaba tan lejano como otro planeta. Ella era un espectro, un recordatorio sucio y avergonzado de que bajo la fachada de la ciudad, existían pesadillas como la suya.

Cerró los ojos, intentando aislarse del runrún de las conversaciones y del traqueteo del motor. Pero en la oscuridad, solo veía la mirada furiosa de Alexander Vance, la sonrisa cruel de May, y el charco dorado de champagne expandiéndose sobre el suelo como un presagio de más humillación por venir.

Cuando por fin llegó a su parada, bajó del autobús con la cabeza gacha, esprintando los pocos metros hasta la puerta de su edificio como si los demonios la persiguieran. Al cruzar el umbral, sintió el alivio momentáneo de estar, por fin, a salvo de las miradas. Pero era un alivio amargo. Sabía que las cuatro paredes de su apartamento no eran un refugio real, sino solo el escenario donde esperar la próxima orden, la siguiente caída en su espiral de sumisión.

Subió las escaleras con paso cansado, cada escalón un esfuerzo. Al abrir la puerta de su apartamento, la oscuridad y el silencio la recibieron como un manto pesado. Se dejó caer contra la puerta, sin fuerzas ni siquiera para encender la luz. Allí, en la penumbra, rodeada de los olores familiares de su hogar, por primera vez en mucho tiempo, Magi lloró. No con sollozos dramáticos, sino con lágrimas silenciosas y amargas que le quemaban las mejillas y le salpicaban las manos, mientras el eco de las risas del autobús aún resonaba en sus oídos.

La mañana llegó con la luz grisácea filtrándose por la persiana. Magi se vistió mecánicamente con su armadura de ropa holgada, preparándose mentalmente para otro día en el acuario, para las miradas de sus compañeros, para las nuevas humillaciones que May sin duda había preparado.

Justo cuando salía de su apartamento, sonó su teléfono. Un mensaje de May.

«Hoy no vengas. Descansa. Te espero a las 5:00 PM en el acuario, en la entrada principal. Hay un evento especial esta noche. Necesito que estés… preparada.»

Magi se quedó paralizada en el descansillo, leyendo y releyendo el mensaje. «No vengas.» «Descansa.» Palabras que nunca había escuchado de May. Eran más aterradoras que cualquier regaño. ¿Qué clase de "evento especial" requería que faltara al trabajo y se presentara a una hora específica? ¿"Preparada”?

Con un nudo de ansiedad y una ominosa apretándole el estómago, Magi giró sobre sus talones y regresó a su apartamento. No iba a trabajar. Tenía todo el día por delante para agonizar, para preguntarse qué nuevo abismo le esperaba a las 5:00 PM en la entrada principal del acuario. El "descanso" que May le había ordenado era, en sí mismo, la tortura más refinada hasta ahora.

¿Qué pasa en la reunión con May?

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