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Chapter 44 by bla12 bla12

¿Cuál es la propuesta?

Limpiar

La puerta del apartamento 3B se cerró con un suave click, aislando a Magi del mundo exterior. El interior olía a polvo antiguo, a muebles de madera encerada y a una tenue nota de medicamentos. La estancia estaba abarrotada de recuerdos: porcelanas delicadas, relojes de péndulo parados, y fotografías en blanco y negro de personas de rostro severo.

El señor Evans se movió con lentitud hacia su butaca, indicándole a Magi que se sentara en un sofá frente a él. Ella permaneció de pie.

—Recibí su nota —repitió Magi, cruzando los brazos.

—Sí —asintió él, entrelazando sus dedos nudosos sobre las rodillas—. Las cámaras de seguridad… capturan todo. Anoche fue… preocupante. —Hizo una pausa, eligiendo las palabras con cuidado—. Podría acceder al sistema. Borrar esos archivos específicos. Nadie necesita ver… eso.

Magi contuvo el aliento. Era exactamente lo que quería oír. Pero esperó la trampa.

—¿A cambio de qué? —preguntó, su voz fría.

Evans bajó la mirada, repentinamente interesado en una mota de polvo en su pantalón.

—Estoy solo. Mi esposa… hace años que partió. Las tareas de la casa… se me acumulan. —Alzó la vista, y había una súplica genuina, pero también algo más, en sus ojos—. Necesito ayuda. Nada… inapropiado. Limpiar, ordenar, quizá preparar algo simple de comer. A cambio, su secreto estará a salvo conmigo.

Sonaba razonable. Demasiado razonable. Magi estudió su rostro arrugado, sus manos temblorosas. Asintió lentamente.

—De acuerdo.

Una transformación sutil ocurrió en el rostro de Evans. La vulnerabilidad se esfumó, reemplazada por una chispa de satisfacción que hizo que a Magi se le encogiera el estómago.

—Excelente —dijo, levantándose con una energía que no había mostrado antes—. Entonces… no hay tiempo que perder. Podemos comenzar ahora.

La condujo por un pasillo estrecho hasta su dormitorio. La habitación estaba impecablemente ordenada, la cama hecha con precisión militar. Abrió las puertas de un armario alto. Colgada allí, había un disfraz sexy de sirvienta francesa.

El vestido era negro, de satén brillante, absurdamente corto, detenido apenas a mitad del muslo. El escote era profundo y cuadrado, diseñado para empujar y exponer el escote. El delantal era de encaje blanco transparente, más un adorno que una prenda práctica. Completaban el conjunto unas medias de red negras con una liga decorativa y una cofia diminuta de encaje que apenas se sujetaría en la cabeza.

—Es… de una fiesta de antaño —murmuró Evans, descolgando el outfit con reverencia. Su respiración se había acelerado levemente—. Le quedará… perfecto. Cámbiese aquí. Yo esperaré fuera.

Antes de que Magi pudiera reaccionar, salió y cerró la puerta, dejándola sola con la prenda en las manos. La rabia le quemó las mejillas. No había duda. Esto no era sobre ayuda doméstica. Era un fetiche meticulosamente planeado. La nota, la oferta, todo había sido una trampa para llegar a este momento exacto.

Por un instante, contempló arrojar el disfraz al suelo y salir corriendo. Pero la imagen de las grabaciones de seguridad, de su desnudez y vulnerabilidad archivadas en el sistema, la paralizó. Respiró hondo, apretando los puños. La resignación, ya tan familiar, volvió a apoderarse de ella.

Se quitó la ropa con movimientos bruscos y se puso el disfraz. La falda era tan corta que cada movimiento era una provocación. El escote la obligaba a mantener la espalda recta para no exponerse por completo. Se miró en el espejo del armario. No se reconoció. Era una parodia vulgar de sí misma.

Abrió la puerta. Evans la esperaba al otro lado. Al verla, sus ojos se dilataron detrás de los lentes y una mancha roja de excitación le subió por el cuello. La recorrió de arriba abajo con una mirada lenta y posesiva que le recordó a la de los clientes del acuario.

—Perfecta —susurró, con la voz un poco ronca—. Exactamente como lo imaginé. Ahora, el salón… necesita una limpieza profunda. —Señaló un plumero de plumas blancas y esponjosas con un mango largo y delgado—. Los estantes altos están llenos de polvo. —Se sentó en su butaca, cruzó las piernas y la miró fijamente—. Puede comenzar.

Magi tomó el plumero. Al levantar los brazos para alcanzar un estante alto, la minifalda se levantó peligrosamente, exponiendo las medias de red y la liga. Evans no disimuló su mirada, que se detuvo en sus piernas con un interés obsceno. Cada vez que se agachaba para recoger algo, aunque fuera un poco, el escote se abría de manera reveladora. El plumero, en sus manos, se sentía como un accesorio ridículo y humillante.

Él no dijo una palabra. Solo observaba, respirando pausadamente, disfrutando del espectáculo silencioso de su sumisión forzada. El trueque estaba en marcha. Ella interpretaba su fetiche a cambio de un poco de paz. Y mientras intentaba limpiar un jarrón sin doblarse demasiado, Magi entendió que había caído en la trampa de un viejo solitario y retorcido, cuyo poder no provenía de la fuerza, sino de la posesión de sus secretos y de la meticulosa planificación de sus fantasías.

¿Cómo termina la noche?

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