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Chapter 39 by bla12 bla12

¿Qué pasa al día siguiente?

Cambio de uniforme

Al día siguiente, el despertador sonó a la hora habitual. El ritual de vestirse con su ropa civil (unos jeans y una sudadera) le pareció un acto surrealista, como ponerse un disfraz sobre una herida abierta. Bajó por las escaleras, evitando el ascensor como la peste. Al salir a la calle, cada mirada de un transeúnte le parecía cargada de conocimiento, de juicio. Paranoica o no, la vergüenza era una capa invisible que llevaba puesta.

Llegar al acuario fue volver al origen de la pesadilla. La puerta del vestuario se abrió y las tres entraron al unísono, como un solo organismo derrotado. Y allí estaban, colgando implacables: los tres bikinis. Magi sintió un vacío en el estómago. No era sorpresa, era la confirmación de una nueva y terrible normalidad.

El ritual de vestirse fue mudo y eficiente. Lara primero, con la precisión de un soldado. Luego Cloe, con lágrimas silenciosas que mojaron la tela verde antes de ponérsela. Magi, por último, sintiendo cómo los elásticos le ****ían la piel familiarmente, cómo las pequeñas etiquetas rozaban como reproches.

Al salir a los pasillos principales, el impacto fue inmediato. El acuario estaba abierto. Y aunque era un día entre semana y no había niños, los visitantes (adultos, turistas, parejas) se congregaban frente a los tanques. El murmullo de la gente se cortó en seco cuando las vieron pasar. Docenas de pares de ojos se clavaron en ellas, acompañados del silencio incómodo, cargado de sorpresa, morbo y una intensa curiosidad.

May las esperaba junto al tanque circular de mantarrayas, un lugar abierto y central.

—Buenos días —dijo, con una voz que cortó el tenso silencia—. El tanque de las mantarrayas necesita una limpieza profunda. Con las herramientas habituales—. Les señaló los cepillos y raspadores.

El trabajo comenzó. Y con él, la interacción forzada. La exposición fue constante y brutal.

Para limpiar el fondo del tanque, Magi tuvo que sumergirse parcialmente. El agua fría convirtió la tela roja del bikini en una segunda piel transparente. Un grupo de turistas europeos de mediana edad se acercó, fingiendo observar las mantarrayas mientras sus miradas se deslizaban una y otra vez hacia ella. Uno de los hombres, con una cámara con zoom, comenzó a tomar fotos descaradamente del tanque, enfocando obscenamente. May, desde lejos, observaba con una sonrisa apenas contenida.

Cloe, para limpiar la parte superior curva del vidrio, tuvo que subir a una escalera pequeña e inestable. Cada movimiento hacia arriba estiraba el bikini verde hasta el límite, exponiendo la totalidad de sus piernas y la curva inferior de sus nalgas. Una pareja joven, justo al otro lado del cristal, dejó de besarse para observarla. La chica susurró algo al oído del chico, y ambos rieron, avergonzados pero fascinados. Cloe sintió el calor de sus miradas como un foco quemando su piel.

Lara, limpiando el borde exterior del tanque, tuvo que rodearlo. Para ello, debía escurrirse entre grupos de visitantes. Su paso era un partimiento de aguas. La gente se apartaba, no por educación, sino por la incomodidad vibrante que emanaba de su casi desnudez. Un hombre mayor con una gorra de golf la miró de arriba abajo con desprecio claro, murmurando un "qué vergüenza" lo suficientemente alto para que ella lo escuchara. Una mujer, en cambio, le sonrió con una lástima que dolía más que el desprecio. Lara mantuvo la mirada al frente, pero su mandíbula estaba tan tensa que le dolía.

May no se limitó a observar. Se convirtió en la narradora de su humillación. Se paseaba entre los visitantes, respondiendo preguntas con un tono ligero:

—"Sí, es parte de nuestro nuevo protocolo de mantenimiento ecológico. Menos tela, menos contaminación microplástica en el agua" —le dijo a un visitante confundido.

—"Oh, ellas están encantadas. ¿A quién no le gustaría trabajar con este calor?" —comentó con una sonrisa a otro, mientras Cloe tiritaba visiblemente de frío y vergüenza.

La interacción más directa llegó cuando un grupo de tres hombres, algo ebrios y con pinta de estar de despedida, se acercó directamente a Magi.

—Oye, preciosa, ¿ese es el tour VIP? —dijo uno, con una sonrisa borracha—. ¿Cuánto hay que pagar para ayudar a limpiar?

Magi intentó ignorarlos, pero uno de ellos alargó la mano y rozó con la punta de los dedos el agua que le goteaba por la espalda. Ella se apartó como si la hubiera electrocutado.

—No se toca —intervino la voz fría de May, apareciendo como una sombra—. Solo se mira. —Los hombres se rieron, pero se alejaron, aleccionados por el tono de autoridad.

Cada minuto fue una eternidad. La "comodidad" que habían encontrado en la desnudez privada del sótano era un espejismo lejano. Aquí, bajo la mirada de decenas de extraños, el bikini era mucho peor que estar desnudas. Era un anuncio, un catálogo, una invitación a ser evaluadas, comentadas, fotografiadas y juzgadas. La mínima tela no las protegía; las enmarcaba. Las convertía en el escaparate viviente de la perversión de May, y cada visita, cada mirada, cada risa o comentario, era un clavo más en el ataúd de su dignidad. Trabajaban, sí. Pero su verdadera función era ser el espectáculo.

¿Cómo termina la jornada?

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