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Chapter 31 by bla12 bla12

¿Cómo termina la noche?

Normalizando la situación

El silencio entre Magi, Cloe y Lara al salir del acuario era tan denso como el agua de los tanques que acababan de limpiar. La puerta de servicio se cerró tras ellas con un clic metálico definitivo, aislando el mundo opresivo de May del aire nocturno de la ciudad. Sin mediar palabra, Cloe se encogió sobre sí misma y se alejó con pasos rápidos, perdida en su propia vergüenza. Lara, con la espalda recta pero la mirada vacía, subió a un taxi que parecía aguardarla, hundiéndose en el asiento trasero como en un refugio de cristal ahumado.

Magi se quedó sola en la acera, sintiendo el contraste brutal entre el calor artificial de la humillación y el frío nocturno que se le clavaba en las piernas desnudas. Llevaba puesto el vestido corto y holgado que había usado para llegar esa mañana, una prenda de algodón que le llegaba a mitad de los muslos y que ahora le parecía ridículamente inadecuada, una fina barrera entre el mundo y su vergüenza. Se ajustó instintivamente la chaqueta ligera que llevaba abierta, pero debajo, pegada a la piel, seguía la realidad: la tanga de encaje negro y el sujetador con aros que May les había obligado a ponerse como "parte integral del nuevo protocolo de imagen". La fina tira de la tanga le cortaba las nalgas con una familiaridad obscena, y el alambre del sujetador le oprimía el torso.

El eco de las risas y los murmullos de los hombres tras el cristal resonaba en sus oídos. Tomó aire, profundo, tratando de limpiar sus pulmones del olor a cloro y humillación. El autobús. Era su única opción.

Caminó hacia la parada, sintiendo cada paso como un eco de los que había dado en la pasarela. Su vestido, normal y sencillo, le rozaba la piel de una manera nueva, casi irritante. La memoria del peso del delantal de PVC y la delgada tira de la tanga de encaje era una presencia fantasmal, una sensación grabada a fuego. Notó, con un estremecimiento que no era solo por el frío, que su cuerpo empezaba a aceptar esas sensaciones. La vulnerabilidad se estaba volviendo una nueva y terrible normalidad.

Llegó a la parada justo cuando un grupo de jóvenes se agolpaba allí. Iban cargados con mochilas y tablas de skate, riendo a carcajadas, empujándose con una energía que a Magi le pareció de otro planeta. Uno de ellos, con el pelo teñido de rojo y una sudadera holgada, la miró de arriba abajo con una sonrisa despreocupada.

—Buenas noches, princesa —dijo, con una voz aún adolescente.

Magi sintió que se encogía por dentro. ¿Lo decía en serio? ¿Era una burla? ¿Podía él ver, a través de su ropa la sombra de la humillación? Pero la mirada del chico era vacía, solo la vista casual de un adolescente. Sus amigos se rieron, sin malicia, y siguieron con su conversación. Para ellos, ella era invisible, parte del mobiliario urbano. La indiferencia fue, irónicamente, un alivio. Nadie sabía. Nadie podía verlo.

El autobús llegó casi vacío. Magi se dirigió al fondo, al asiento largo de atrás, y se pegó a la ventana. El vidrio frío en contra su mejilla le recordó el del acuario. Cerrando los ojos, trató de no pensar. Pero su cuerpo recordaba. Cada vibración del vehículo, cada frenazo, le traía la memoria de agacharse, de estirarse, de sentirse observada. Se dio cuenta de que se había sentado con las piernas muy juntas, los brazos cruzados sobre el pecho, la espalda arqueada. Posturas de defensa que ya eran un reflejo automático, una coraza invisible.

El trayecto se le hizo eterno. Cuando por fin bajó, las dos manzanas hasta su apartamento fueron una caminata sonámbula. Su reflejo en los escaparates oscuros era el de una extraña. Una mujer morena con un vestido sencillo, cansada. Pero ella ya no se veía ahí. Se veía en la pasarela, bajo las luces azuladas, con el delantal de PVC y la mirada hambrienta de los hombres tras el cristal.

La soledad de su apartamento fue un golpe sordo. Dejó caer la bolsa y se apoyó contra la puerta, respirando hondo. La tentación de arrancarse la ropa y meterse en la ducha, frotarse hasta quitarse la capa de suciedad invisible, era abrumadora. Pero no lo hizo. Se quedó allí, en la penumbra, sintiendo el roce del vestido sobre la piel, la marca de la tanga. Era como si quitárselo fuera admitir que lo anormal había sido real. Dejarlo puesto era normalizarlo. Y, horriblemente, esa segunda opción le requería menos energía.

Al día siguiente, llegar al acuario fue como volver a la escena de un crimen. El olor a sal y cloro le dio náuseas por primera vez. Caminó mecánicamente hacia los vestuarios del personal común, con la esperanza vana de encontrar su ropa de trabajo habitual en su casillero.

Al abrir la puerta metálica del casillero, el corazón se le heló.

Doblado con una precisión militar, estaba el uniforme. No uno nuevo, no el delantal de PVC o el mono de red. Era el primero. El short diminuto de color caqui y la remera ajustada blanca que May les había hecho usar. La prenda que la había obligado a quitarse la ropa interior porque se marcaba demasiado.

No había nota. No hacía falta. El mensaje era claro como el agua de los tanques: Tu lugar es este. Nunca lo olvides. Hoy no hay espectáculo para invitados, solo eres lo que aparentas.

Magi miró a su alrededor. Otras empleadas se cambiaban, hablaban de sus planes para el fin de semana, se quejaban del calor. Nadie parecía notar el nudo de horror en su garganta. Nadie miraba su casillero abierto.

Con una calma que le aterró, cogió el uniforme. Sus dedos no temblaron. La rabia no llegó. En su lugar, una fría y plana aceptación inundó cada poro de su ser. Se dirigió a una cabina, se encerró y se vistió.

Se miró en el espejo de metal de la cabina. La imagen era familiar ahora: la tela blanca transparentándose bajo la luz, marcando cada curva, el short tan corto que la hacía sentirse desnuda. Se tocó el abdomen, donde el short se hundía. Ya no sintió vergüenza. Sintió… nada. Un vacío resignado.

A su lado, Cloe abrochaba su propia versión del uniforme con dedos torpes, los ojos hinchados y rojos, evitando todo contacto visual. Lara ya se había marchado, escapando rápido como siempre, ahogando sus fantasmas en quien sabe qué.

La mañana transcurrió en una niebla gris. Magi limpió vidrios, alimentó peces, respondió preguntas de visitantes con una sonrisa vacía. Su cuerpo estaba allí, pero su mente flotaba en el agua fría del estanque de contacto, sintiendo aún el roce de las rayas y las manos vendadas de los hombres. Cada vez que se agachaba, la memoria de la exposición total bajo el delantal de PVC la hacía estremecer. La habían despojado de su pudor, y ahora hasta la ropa más inocente le parecía un disfraz ridículo.

¿Cómo sigue el día?

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