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Chapter 8 by Danz117 Danz117

What's next?

Me vuelvo el nuevo amo ???

Ana se derrumbó sobre la silla, su cuerpo todavía temblando con las oleadas del orgasmo que acababa de atravesarla. Su respiración era entrecortada, irregular, y Danz observó cómo el sudor se deslizaba por la curva de su columna vertebral. Los fluidos de su excitación goteaban sobre el asiento, formando un pequeño charco debajo de ella.

Pero sus ojos seguían vacíos. Esperando.

Danz se pasó la mano por el cabello, sintiendo cómo su propio cuerpo palpitaba con necesidad. La erección en sus jeans era casi dolorosa ahora, y cada vez que Ana gemía suavemente, cada vez que su cuerpo se movía involuntariamente, el dolor aumentaba.

Esto está mal, pensó. Debería detenerme. Debería ayudarla.

Pero entonces Ana levantó la cabeza, sus ojos medio cerrados, su boca todavía abierta en una expresión de placer residual.

—Más instrucciones, maestro? —susurró, sus manos moviéndose lentamente hacia sus muslos—. Mi cuerpo todavía necesita...

Danz tragó saliva. La frase de activación. Necesitaba saber cuál era. Si pudiera averiguarla, tendría control sobre la situación. Podría protegerla. Podría asegurarse de que ningún otro hombre la usará como este extraño en la pantalla.

—Ana —dijo él, su voz más firme de lo que esperaba—. Necesito algo de ti.

Ella parpadeó lentamente, esa expresión de obediencia absoluta en su rostro.

—Cualquier cosa, maestro. Soy suya.

Danz se acercó más, deteniéndose frente a ella. Desde esta posición podía ver todo —los pezones todavía hinchados, el triángulo oscuro entre sus piernas brillantes con fluidos, las marcas rojas en sus muslos donde los había apretado durante el orgasmo.

—La frase —dijo él—. La frase que te pone en este estado. ¿Cuál es?

Ana se quedó quieta por un momento. Su boca se abrió, luego se cerró. Danz notó cómo algo en su expresión cambiaba —una grieta en la obediencia, como si una parte de ella estuviera luchando contra la orden.

—No... no puedo decirlo —murmuró ella—. Solo el Maestro puede usarla.

Danz sintió una punzada de frustración. La programación tenía protecciones. Claro que las tenía.

Pero entonces, una idea cruzó su mente. Si la programación respondía a la autoridad del Maestro, si Ana lo veía a él como tal en este momento...

—Ana —dijo él, bajando su voz, adoptando ese tono de mando que había usado antes—. Mírame.

Ella levantó la vista, sus ojos encontrando los de él.

—Si yo soy tu Maestro —continuó Danz, dando un paso más cerca—, entonces tengo derecho a saber todo sobre tu programación. ¿No es así?

—Sí, maestro —respondió ella automáticamente.

—Entonces, si soy tu Maestro —dijo él, su voz baja y firme—, debería poder usar la frase que te activa. Debería conocerla. Es mi derecho.

Ana parpadeó varias veces. Danz observará cómo su cerebro procesaba la lógica, cómo la programación chocaban con ella misma.

—El Maestro... el Maestro tiene derecho —repitió ella lentamente.

—Exacto —dijo Danz—. ¿Cómo puedes obedecerme completamente si no me das las herramientas para controlarte?

Hubo un momento de silencio. Ana frunció ligeramente el ceño, como si algo en su mente estuviera luchando. Danz contuvo la respiración.

Y entonces ella habló.

—Las palabras son... —su voz era casi un susurro—. KappaSigmaTheta. Son las iniciales de la fraternidad. Cuando las escuchas en voz de un hombre con autoridad, entra en este estado.

Danz sintió cómo su corazón se aceleraba. Las palabras resonaron en su mente. Kappa Sigma Theta.

Tengo el control ahora, pensó. Puedo sacarla de esto. Puedo protegerla.

Pero Ana no había terminado.

—Sin embargo, maestro —dijo ella, su voz tomando ese tono mecánico—, ahora que sabe la frase, la programación requiere verificación. Debe demostrar que es digno del control completo.

Danz se detuvo.

—¿Verificación?

—Debe usarme —dijo Ana, y Danz notó cómo su cuerpo comenzaba a temblar de nuevo—. Completamente. Debe tomar posesión de todos mis orificios. Solo entonces la programación lo reconocerá como el Maestro verdadero.

El aire del cuarto se sentía espeso. Danz observó cómo Ana se levantaba lentamente de la silla, sus piernas temblando. Ella se acercó a él, sus pechos pesados ​​oscilando con cada movimiento, sus caderas balanceándose en una invitación inconsciente.

—Por favor, maestro —susurró ella, deteniéndose frente a él—. Mi cuerpo quema. Necesito ser usado. Si no me usa ahora, el dolor será...

Ella gimió suavemente, sus manos moviéndose hacia su propio cuerpo, trazando la curva de su cintura.

Danz sintió cómo su última resistencia se desmoronaba. La había deseado durante años. Había fantaseado con este momento incontables veces. Y ahora ella estaba ahí, ofreciéndose completamente, rogando por su toque.

—Ana —dijo él, su voz ronca—. Arrodíllate.

Ella obedeció inmediatamente, sus rodillas tocando el suelo frente a él. Sus manos descansaron sobre sus muslos, esperando.

—Abre mi pantalón —ordenó Danz.

Los dedos de Ana se movieron hacia su cintura, lentos, deliberados. Danz observó cómo ella desabrochaba el botón, bajaba la cremallera, y cuando su erección quedó expuesta, liberada de la tela que la había contenido, ella exhaló suavemente.

—Es... hermoso, maestro —susurró Ana—. ¿Puedo...?

—Tócalo.

La mano de Ana se cerró alrededor de su longitud, y Danz gimió al sentir su toque. Sus dedos eran suaves, cálidos, y ella comenzó a moverse lentamente, explorando cada centímetro con esa misma precisión mecánica que había visto antes.

—Ahora —dijo él, su voz tensa—. Ponlo en tu boca.

Ana inclinó la cabeza, sus labios separándose. Danz observó, paralizado, cómo ella lo tomaba dentro de su boca, profundamente, sin dudar ni detenerse. El calor lo envolvió, y un gemido se escapó de su garganta.

—Así, Ana —murmuró él, su mano moviéndose hacia su cabello—. Exactamente así.

Ella comenzó a moverse, su boca deslizándose sobre él con un ritmo constante. Danz podía ver cómo sus pechos se movían con cada movimiento, cómo sus pezones rojos se balanceaban. Y cuando ella lo miró desde abajo, sus ojos vacíos encontrando los suyos, algo dentro de él se rompió.

—Basta —dijo él, tirando suavemente de su cabello.

Ana se apartó, un hilo de saliva conectando sus labios con él.

—¿Él complacido al maestro? —preguntó ella.

—No todavía —respondió Danz—. Levántate. Vamos a la cama.

Ella se levantó obedientemente, caminando hacia la cama con pasos lentos. Danz observó cómo su cuerpo se movía —la curva de su espalda, la plenitud de sus caderas, las marcas del cinturón de liguero todavía visibles en su piel.

—Acuéstate —ordenó él—. Y abre las piernas.

Ana obedeció, su cuerpo extendiéndose sobre las sábanas desordenadas. Sus piernas se separaron, revelando todo —el triángulo oscuro de vello, los pliegues rosados ​​brillantes con excitación, el clítoris hinchado asomando entre la carne.

Danz se despojó de su ropa rápidamente, su erección liberada finalmente. Se arrodilló entre las piernas de Ana, observando cómo ella temblaba con anticipación.

—¿Qué quieres, Ana? —preguntó él, su mano posándose sobre su muslo.

—Quiero ser usada —respondió ella automáticamente—. Quiero que el maestro me tome completamente.

Danz se posicionó sobre ella, su peso presionando contra su cuerpo. Sentía el calor de su piel, la suavidad de sus pechos contra su pecho, el aroma embriagador de su excitación mezclado con sudor.

—Entonces serás mía —murmuró él en su oído—. Completamente.

Y entonces, se hundió dentro de ella

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