Reizel
El Manipulador
Nota de la autora: Hola de nuevo, esta es mi historia con la ayuda de Lyra (una IA). Todos los personajes son mayores de edad y esta historia también contiene errores, así que pido disculpas de antemano. ¡Espero que la disfruten! :)
Historia escrita en español
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Author's Note: Hello again! This is my story, written with the help of Lyra (an AI). All characters are age legals, and this story also contains errors, so I apologize in advance. I hope you enjoy it! :)
Story written in Spanish
1.-
El pasillo principal del edificio de administración de la universidad estaba casi vacío a las 7:00 p.m. El eco de los pasos rompía el silencio del cierre de turno, mientras las luces fluorescentes zumbaban con un tono cansino.
Elena, de 34 años, acomodaba los últimos expedientes en su escritorio. Como coordinadora académica del área de finanzas, su rutina era milimétrica, impecable y estricta. Jamás dejaba un pendiente para el día siguiente, ni toleraba la indisciplina en su departamento. Para sus colegas, era una mujer inalcanzable, de carácter frío y control absoluto sobre su vida personal y profesional.
Un golpe suave en el marco de la puerta abierta interrumpió su trabajo.
—Profesora Elena, disculpe la hora —dijo Reizel, apoyado casualmente contra el marco. Tenía 22 años y vestía una chaqueta sencilla, sosteniendo un par de hojas impresas.
Elena levantó la vista por encima de sus gafas de lectura. Reizel era un alumno de último semestre al que apenas había prestado atención; discreto, de calificaciones promedio y una presencia que solía pasar desapercibida en los salones concurridos.
—Las revisiones de proyectos terminaron a las seis, Reizel —respondió ella con tono neutral, ordenando los papeles en una carpeta azul—. Tendrás que enviar tu avance por correo mañana temprano.
—No vengo por el proyecto, Elena —dijo él, dando un paso hacia el interior de la oficina y cerrando la puerta detrás de sí con un chasquido seco del pestillo.
Elena frunció el ceño ante la falta de respeto y el tuteo directo.
—¿Qué significa esto? Abre la puerta.
Reizel no respondió verbalmente. Solo caminó con calma hacia el escritorio, manteniendo la mirada fija en los ojos de Elena. A medida que se acercaba, la luz de la lámpara de escritorio pareció distorsionarse ligeramente en la periferia de la visión de la coordinadora.
Elena intentó ponerse de pie para exigirle que se retirara, pero al apoyar las manos sobre la madera, sintió una pesadez repentina en los brazos. Un murmullo denso y cálido comenzó a propagarse en su nuca, como si la temperatura de la habitación hubiera subido diez grados en un segundo.
—¿Qué... me estás...? —articuló ella, intentando apartar la vista.
Su cerebro registró la amenaza inmediatamente. La lógica le ordenaba gritar, caminar hacia la salida o usar el teléfono del escritorio. Sin embargo, cuando Reizel colocó ambas manos sobre la mesa y se inclinó hacia ella, esa orden lógica chocó contra una barrera invisible.
El poder no borraba la conciencia. Elena veía la situación con absoluta claridad. Sabía que la persona frente a ella estaba alterando su percepción, forzando un cortocircuito en sus inhibiciones. Podía sentir el pulso acelerado de su propio cuello y el sudor frío en la espalda. Me está manipulando, pensó con lucidez, sintiendo una punzada inicial de pánico.
Pero junto a ese pensamiento, la influencia de Reizel inyectó una sobrecarga de dopamina que transformó la resistencia en una sensación de alivio placentero. Cada intento de la mente de Elena por rechazar la intrusión era recompensado por su propio cuerpo con una oleada de calor y euforia.
—Vas a escucharme con atención —dijo Reizel con voz pausada, sin elevar el tono—. Tu mente es tuya, Elena. Sabes perfectamente lo que estoy haciendo. Sabes que no tenías ninguna intención de someterte a esto hace dos minutos.
Elena apretó los dientes. Las lágrimas de esfuerzo psicológico acudieron a sus ojos.
—Tú... no tienes derecho... —susurró, aunque su tono ya carecía de firmeza.
—Pero no quieres que pare, ¿verdad? —continuó él, rodeando el escritorio despacio.
La contradicción interna de Elena alcanzó su punto máximo. Su orgullo profesional y su autonomía se desmoronaban, pero el placer sensorial de ceder el control resultaba abrumador. La sensación de responsabilidad que llevaba a cuestas durante años parecía disolverse en el aire. La manipulación se sentía como una liberación concedida a la fuerza.
Reizel se detuvo a su lado y le tocó el hombro. Elena se estremeció, cerrando los ojos por un segundo mientras la barrera final de su voluntad terminaba de fracturarse.
—Dilo —ordenó él con calma.
Elena respiró hondo, abriendo los ojos. La mirada antes severa y distante ahora reflejaba una devoción empañada por la fascinación. Sabía que su mente había sido doblegada, pero la sensación resultante era demasiado intensa como para desear volver a la normalidad.
—Sé lo que estás haciendo... —murmuró Elena, ajustándose las gafas con manos temblorosas pero dispuestas—. Y no me importa.
Reizel rodeó la silla de cuero de la oficina y se detuvo a la espalda de Elena. Ella se quedó rígida por un instante, con las palmas de las manos aún apoyadas sobre la superficie de madera pulida del escritorio. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo del joven justo detrás de ella. Su pulso era un galope desbocado en su garganta, pero el pánico original había sido aplastado por una abrumadora ola de placer neurológico. La paradoja era perfecta: su intelecto, educado en la lógica y el control, observaba la escena desde una esquina de su propia mente con espantosa claridad. Sabía que Reizel era un alumno, conocía su expediente, sabía que esto era un atropello y una violación absoluta de su voluntad. Y, sin embargo, la sola proximidad de Reizel hacía que sus piernas temblaran de anticipación y que una humedad cálida se extendiera entre sus muslos.
—Buena chica, Elena —murmuró Reizel cerca de su oído. Su aliento rozó la piel de su cuello, haciendo que los vellos de sus brazos se erizaran instintivamente.
Él pasó una mano por encima del hombro de la mujer, deslizándola con lentitud por el cuello de su blusa de seda blanca hasta llegar al primer botón. Elena contuvo el aliento. En condiciones normales, habría abofeteado a cualquiera que intentara tocarla de esa manera. Habría llamado a la seguridad del campus en un segundo. Pero cuando los dedos de Reizel desabrocharon el primer botón, el chasquido del hilo al ceder sonó en los oídos de Elena como una música celestial. Una descarga eléctrica le recorrió la espina dorsal.
—Mírame —ordenó él.
Elena giró la cabeza en la silla. Sus ojos, antes fríos y capaces de intimidar al consejo universitario entero, estaban ahora empañados por una niebla de lujuria y sumisión. Reizel no sonreía de forma burlona ni exagerada; su rostro mantenía una serenidad casi clínica, el semblante de alguien que simplemente está reclamando algo que le pertenece por derecho.
Él se desabrochó el cinturón sin prisa. El sonido metálico de la hebilla resonó en la oficina en penumbras. Elena tragó saliva, viendo cómo Reizel bajaba la cremallera de su pantalón y sacaba su miembro. Era grueso, pesado y ya completamente erecto, latiendo suavemente en la penumbra del despacho.
Un gemido ahogado se le escapó a la profesora a través de los labios entreabiertos. La sola visión de esa carne la hizo sentir una punzada de necesidad tan agudo en el vientre que tuvo que sujetarse del borde de la mesa para no caerse de la silla.
—Sabes qué hacer —dijo él, dando un paso adelante y situándose a centímetros de su rostro.
Elena no vaciló. La barrera moral no es que se hubiera borrado; estaba ahí, flotando en su mente como un testigo mudo, pero el deseo implantado y amplificado por el poder de Reizel era infinitamente más fuerte. Se deslizó de la silla de cuero y cayó de rodillas sobre la alfombra gris de la oficina. La alfombra era áspera contra sus medias de nylon, pero no le importó.
Con manos temblorosas de pura devoción, sujetó la base del pene de Reizel. La piel era suave, caliente, casi ardiente. Se acercó y pegó la mejilla a su muslo un segundo, respirando el aroma viril que desprendía, antes de abrir la boca por completo.
La punta rozó sus labios y Elena soltó un suspiro ahogado antes de meterse la cabeza del miembro en la boca. El sabor salado y el calor directo invadieron sus papilas gustativas. Una sobrecarga de endorfinas la golpeó de lleno. Comenzó a chupar con un fervor casi religioso, deslizando la lengua por el frenillo, usando la saliva para lubricar el movimiento mientras metía cada vez más centímetros dentro de su cavidad bucal.
—Ah... así, Elena —murmuró Reizel, pasándole la mano por el cabello meticulosamente peinado, deshaciéndole el moño perfecto y dejando que las hebras castañas cayeran en desorden sobre sus hombros.
Elena intensificó el ritmo. Hundía la cabeza hasta que la punta le tocaba el fondo de la garganta, ahogándose ligeramente, pero el reflejo de arcada quedaba anulado por la inmensa recompensa de placer que su cerebro le otorgaba cada vez que complacía a su nuevo amo. Sabía que era una degradación; su mente consciente le gritaba que era la coordinadora académica, que tenía 34 años, que este chico era un cero a la izquierda de 22 años. Pero esa misma conciencia volvía la experiencia mil veces más excitante. Ser reducida a una hembra en celo a los pies de un estudiante al que el resto del campus ignoraba le producía un orgasmo mental previo al físico.
Reizel la tomó del cabello con firmeza y empezó a marcar el ritmo, empujando su cadera hacia adelante con estocadas lentas y profundas. Elena agarraba los muslos de Reizel, clavándole las uñas a través de la tela del pantalón mientras sus mejillas se ahuecaban con cada succión. El sonido húmedo y constante de sus labios trabajando llenaba la habitación cerrada.
—Ponte de pie —ordenó Reizel de pronto, sacando el miembro de su boca con un chasquido.
Elena se levantó de inmediato, jadeando, con la barbilla cubierta por un hilo de saliva brillante. Sus ojos imploraban por más. Reizel la giró con brusquedad, inclinándola sobre la gran mesa de caoba donde instantes antes yacían los estados financieros de la universidad. Los expedientes salieron volando al suelo, desparramándose en el piso, pero a Elena no le importó en absoluto.
Él le levantó la falda de tubo hasta la cintura con un movimiento rápido y rasgó la tela de sus bragas de encaje hacia un lado. No perdió tiempo en preliminares corporales; la vagina de Elena ya estaba empapada, manchando la tela de sus medias, exudando un calor ansioso.
Reizel alineó la punta de su pene con la entrada estrecha de la mujer y se hundió de un solo empuje firme hasta el fondo.
—¡AAAAHHH! —el grito de Elena fue ahogado por su propia mano, que se llevó a la boca para no alertar al personal de limpieza que pudiera estar en otros pisos.
La sensación de ser llenada por completo por el miembro de Reizel le hizo perder la noción del tiempo. El dolor inicial de la penetración brusca se transformó al instante en un placer abrasador. Reizel comenzó a embestir con fuerza desde atrás, sus caderas impactando repetidamente contra los glúteos de Elena con un chasquido sordo y rítmico.
La mesa de caoba rechinaba bajo el peso y el impulso de los cuerpos. Elena se sujetaba de los bordes del escritorio, sintiendo cómo los codos se le doblaban con cada estocada. Tenía la cabeza apoyada contra la madera fría, pero su vientre era un horno.
—Eres mía, ¿verdad? —preguntó Reizel, sujetándole las caderas con fuerza, dejando marcas rojas en su piel clara.
—Sí... sí, Dios mío, sí... —gemía Elena fuera de sí, moviendo la cadera hacia atrás para buscar más profundidad—. Soy tuya, Reizel... soy tu perra, tu puta... azótame, úsame como quieras...
El orgasmo la alcanzó con la violencia de una ola gigantesca. Sus músculos vaginales se contrajeron salvajemente alrededor del pene de Reizel, ordeñándolo en espasmos incontrolables. Elena apretó los ojos, llorando de puro éxtasis mientras su cuerpo temblaba entero sobre la mesa. Reizel aceleró el ritmo al sentir las contracciones de la mujer y, con unas cuantas estocadas finales y profundas, se liberó dentro de ella, llenando su cuello uterino con chorros de semen denso y caliente.
Elena dejó ir un último gemido largo y rasgado mientras sentía la semilla de Reizel inundar su interior. Se quedó ahí, jadearte, derramada sobre el escritorio, sintiendo cómo el líquido tibio empezaba a gotear lentamente por sus muslos.
Reizel se retiró despacio y se ajustó la ropa con la misma calma con la que había entrado. Elena se giró despacio, acomodándose la falda destrozada, sin la menor intención de limpiarse. Quería conservar esa sensación dentro de ella el mayor tiempo posible.
—Escúchame bien, Elena —dijo Reizel, mirándola desde arriba mientras ella permanecía sentada en el borde del escritorio con las piernas abiertas y la respiración aún agitada—. Mañana actuarás exactamente como siempre. Nadie en esta facultad puede notar un solo cambio en tu actitud. Seguirás siendo la coordinadora estricta y fría.
—Lo haré... amo, lo haré —respondió ella con voz sumisa, tocándose los labios que aún conservaban el gusto a él.
—Y hay algo más —continuó Reizel con voz helada—. Necesito más. Tu asistente, Sofía... y la decana. Quiero que empieces a preparar el terreno para que vengan a esta oficina a solas conmigo la próxima semana.
Elena sintió una punzada de celos, pero el poder en su mente transformó de inmediato ese dolor en un retorcido orgullo servil. Sabía lo que le esperaba a sus compañeras, sabía que sus mentes serían quebradas y sometidas igual que la suya.
—Entendido —dijo Elena, poniéndose de pie con torpeza pero con una sonrisa devota en el rostro—. Yo misma se las entregaré, amo. Todo por usted.
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