Gustav

Gustav

Chapter 1 by K45

Nota de la autora: Hola de nuevo, esta es mi historia con la ayuda de Lyra (una IA). Todos los personajes son mayores de edad y esta historia también contiene errores, así que pido disculpas de antemano. ¡Espero que la disfruten! :)

Historia escrita en español

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Nota del autor: ¡Hola de nuevo! Esta es mi historia, escrita con la ayuda de Lyra (una IA). Todos los personajes son legales de edad, y esta historia también contiene errores, así que pido disculpas de antemano. ¡Espero que lo disfrutes! :)

Historia escrita en español

Capítulo 1: Greta

Estaba de pie junto al escritorio de mi habitación, intentando organizar unos apuntes de la universidad mientras Gustav buscaba un libro en la estantería del fondo. Era una tarde tranquila de estudio, como muchas otras. Nada fuera de lo común.

De pronto, una punzada fría me atravesó la nuca y un escalofrío seco descendió por mi columna. Sentí que el piso se inclinaba bruscamente. Mis tobillos cedieron y perdí el equilibrio, dando un traspié tan torpe que tropecé con mis propios pies sobre la alfombra. Tuve que apoyarme con brusquedad contra el borde de la mesa para no irme de cabeza al suelo, haciendo zumbar los lapiceros dentro de su soporte.

—Vaya... pero qué torpeza la mía —murmuré para mí misma, tratando de recuperar el aire.

Parpadeé varias veces. La extraña sensación de desorientación física duró apenas un segundo, pero cuando volví a abrir los ojos, el ambiente en la habitación se sentía completamente distinto. Una ola de calor denso, pesado y abrasador brotó de la parte baja de mi vientre y se extendió en segundos hasta la punta de mis dedos. Mis manos empezaron a temblar, no por el tropiezo, sino por una electricidad repentina que me erizó cada vello del cuerpo.

Me giré lentamente hacia el espejo de cuerpo entero que tenía colgado en la puerta del armario.

Al ver mi propio reflejo, la respiración se me enganchó en la garganta. Llevaba puesto un suéter de lana holgado y unos jeans sencillos, la ropa cómoda que solía usar para estar en casa. Sin embargo, en ese preciso instante, ver esa tela cubriéndome me pareció una aberración insoportable. Contemplé el contorno de mi figura y un pensamiento intrusivo, aplastante, nítido y cargado de una euforia desbordante se instaló en mi mente: Soy hermosa. Dios mío, mira este cuerpo... es perfecto. ¿Por qué demonios llevo tanta ropa encima?

Cualquier pudor, la timidez habitual sobre mi aspecto o el recato que siempre había mantenido se disolvieron en un pestañeo, como si nunca hubieran existido. Mis manos actuaron por puro instinto, obedeciendo a una urgencia implacable. Agarré el borde inferior del suéter y lo tiré hacia arriba con brusquedad, despeinándome mientras me lo sacaba de un jalón para arrojarlo al suelo.

Quedé en un sujetador de encaje rosa. Mis senos se desbordaban ligeramente por la parte superior de las copas. Me quedé paralizada frente al cristal, fascinada por mi propia piel, sintiendo el sudor frío y erótico que empezaba a brotar en mi escote.

—... pero mira qué tetas —solté en un susurro entrecortado, con una sonrisa desinhibida dibujándose en mis labios—. ¿De verdad esto es mío? , son increíbles...

Estiré los dedos y me llevé ambas manos al busto. Apreté la carne suave con firmeza, hundiendo las yemas y sintiendo la hipersensibilidad de mis pezoneras chocando contra la tela del encaje. Un gemido agudo y suave se me escapó del pecho. Con dedos torpes y ansiosos, busqué el broche trasero del sujetador y lo desenganché. Los tirantes cayeron por mis hombros y mis pechos quedaron libres de golpe, rebotando ligeramente antes de asentarse sobre mi torso.

Me pasé las palmas desnudas por la piel, sobándome, amasando mis propios senos con una fascinación que jamás había experimentado. Me incliné hacia el reflejo, me tomé el pecho izquierdo con ambas manos, levantándolo con firmeza, y me llevé el pezón directamente a la boca. Lo chupé con avaricia, saboreando mi propia piel, sintiendo cómo entre mis piernas una humedad tibia y espesa comenzaba a empapar la ropa interior.

En ese momento, escuché el roce de los pasos tras de mí.

Gustav dio un paso al frente, dejando el libro sobre la mesa. Tenía los brazos cruzados y esa mirada tranquila que solía tener, pero para mí, en ese instante, su presencia lo cambió todo. Al verlo allí, parado en mi cuarto mientras yo estaba a medio desnudar, no sentí vergüenza, ni ganas de cubrirme, ni alarma. Al contrario: mi corazón dio un vuelco salvaje de devoción y deseo absoluto. Una verdad irrefutable inundó mi mente: Él es el dueño de esto. Todo este cuerpo le pertenece a él.

—Mira esto, Gustav... —dije con la voz entrecortada, arqueando la espalda frente al espejo para mostrarle el volumen de mi torso desnudo mientras me pellizcaba los pezones—. Mira lo que tengo para ti. Dios... soy la zorra de Gustav. Soy tu zorra y ni siquiera lo sabía.

Gustav no dijo nada. Solo caminó hacia el borde de mi cama y se sentó, observándome con superioridad. Su mirada me dominaba por completo. Sin perder un segundo, me llevé las manos al botón de mis vaqueros, los desabroché con prisa desesperada y me los bajé junto con mis bragas hasta las rodillas, tropezando ligeramente al sacármelos de los pies.

Quedé completamente desnuda en medio del cuarto, temblando sobre la alfombra.

Caminé hacia él sin dudarlo un instante. Me dejé caer de rodillas entre sus piernas y llevé mis manos directamente a su cinturón. Lo desabroché con dedos temblorosos y bajé su cremallera para liberar su miembro erecto. Al verlo ante mi rostro, la boca se me llenó de saliva y la cabeza me dio vueltas de pura euforia.

—Eres perfecto... todo en ti es perfecto —murmuré contra su piel antes de abrir la boca y tragarme su longitud de un solo movimiento.

El calor de mi garganta y el ritmo acelerado con el que empecé a mover la cabeza hicieron que soltara pequeños gemidos ahogados alrededor de su carne. Saborearlo era lo único que me importaba en el mundo. Sentía que cada fibra de mi ser había sido creada únicamente para servirle, para darle placer. Gustav me tomó con fuerza del cabello, guiando el compás de mis embestidas mientras me miraba desde arriba, y ese gesto de dominio me provocaba descargas eléctricas que me hacían temblar las piernas.

Después de unos minutos, me agarró de los brazos y me levantó del suelo para empujarme sobre el colchón. Me abrió las piernas de par en par sin delicadeza y se hundió de una sola estocada profunda dentro de mí.

—¡Ahhh! ¡, sí! —grité hacia el techo, clavando las uñas en las sábanas.

El impacto de su cuerpo contra el mío era firme y constante. Mi vagina, completamente empapada, se contraía furiosamente alrededor de su miembro, amoldándose a cada embestida violenta. El sonido de nuestra piel chocando resonaba en toda la habitación. Me sentía absurdamente dichosa, profundamente satisfecha de ser usada de esa manera.

—Di de quién eres, Greta —escuché que me ordenaba con voz firme mientras aceleraba el ritmo sobre mí.

—¡Tuya! ¡Soy la zorra de Gustav! ¡Soy tu perra, más fuerte! —le supliqué con la vista nublada por el placer.

Me tomó en diferentes posiciones. Me giró sobre la cama para ponerme a cuatro patas, sujetando mis caderas con fuerza y haciendo que mi trasero rebotara con cada golpe seco. Sentía que el orgasmo me iba a nublar la razón. Cuando finalmente sentí la descarga de su semen caliente llenándome las entrañas, mi cuerpo convulsionó en un clímax salvaje que me dejó sin aliento, jadeando con el rostro pegado a la almohada.

Gustav se acomodó la ropa despacio, sin prisa, y salió de la habitación. Yo me quedé tendida en la cama, intentando regular mi respiración mientras el sudor se enfriaba sobre mi piel.

Poco a poco, el calor abrasador que me nublaba la vista pareció asentarse, dejándome una claridad mental cristalina. Sin embargo, el pensamiento inicial no se disipó; al contrario, quedó grabado a fuego en mi mente. Me senté en el colchón y me miré el cuerpo desnudo, marcado y húmedo.

Sonreí con absoluta plenitud. No había dudas ni remordimientos en mi cabeza. Lo recordaba todo con un detalle exquisito y me parecía la experiencia más lógica e increíble de mi vida.

¿Cómo pude haber tardado tanto en darme cuenta?, pensé, pasándome la lengua por los labios. Siempre he sido la zorra de Gustav. Para eso estoy aquí.

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