Gran Cambio
Great Shift
Chapter 1
by
K45
Author's note: Hi, this is a new story, created by me and Lyra (an AI), I hope you enjoy it.
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Nota del autor: Hola, esta es una nueva historia, creada por mí y Lyra (una IA), espero que la disfruten.
Capitulo 1
Lucas acomodó los anteojos sobre el puente de su nariz, un gesto casi inconsciente cada vez que salía de la oficina del director. En sus manos sostenía el boletín de calificaciones del último parcial de la universidad: todo notas perfectas, cartas de felicitación de dos de sus profesores más estrictos y una mención honorífica en camino.
Cualquiera pensaría que un chico de 21 años caminaría con la cabeza en alto tras algo así, pero Lucas no. Sabía exactamente dónde estaba parado en la escala social del campus. Para el resto de los estudiantes, él era simplemente invisible. Un "perdedor" inteligente que se sentaba al fondo de la clase, que vestía sudaderas tres tallas más grandes para pasar desapercibido y del que nadie recordaba el nombre a menos que necesitaran ayuda con las tareas de cálculo. Sus hermanos mayores, Mateo y Tomás, de 23 y 24 años, siempre habían tenido esa chispa de popularidad, fuerza y presencia que a él le faltaba.
Guardó el papel en su mochila desgastada y caminó de regreso a casa. Al cruzar el umbral de la puerta, el silencio de la casa lo recibió. Su padre, Carlos, de 46 años, todavía estaba en el trabajo, y sus hermanos andaban fuera. Solo estaba su madre, Elena, de 44 años, cocinando algo en la planta baja.
—Hola, mamá, ya llegué —dijo Lucas, dejando la mochila en una silla.
Elena le sonrió desde la cocina, pero antes de que pudiera responderle, el mundo entero se detuvieron.
No hubo truenos ni alarmas. Solo un destello blanco, absoluto y cegador que cubrió cada rincón del planeta de un milisegundo a otro. Una ola de energía invisible golpeó sus cuerpos. Lucas sintió un tirón violento en el centro de su pecho, como si su propia alma fuera arrancada hacia arriba a una velocidad cósmica. La vista se le nubló por completo y cayó de rodillas al suelo de la sala, perdiendo el conocimiento junto a su madre, que se desplomó pesadamente en la cocina.
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El frío del asfalto contra su mejilla fue lo que despertó a Lucas.
Abrió los ojos, desorientado. El dolor de cabeza era difuso, pero lo primero que le llamó la atención fue que la perspectiva de su entorno era mucho más baja. Y lo más extraño de todo: estaba tirado en medio de la acera de la calle principal, a un par de manzanas de su casa. ¿Cómo demonios había llegado ahí si estaba en su sala?
Trató de incorporarse apoyando las manos en el suelo, pero de inmediato sintió una ligereza extraña en sus extremidades. Su mirada bajó automáticamente hacia su propio pecho y el aire se le atascó en la garganta.
Dos pechos enormes, redondos y turgentes, apenas contenidos por una ajustada blusa de tirantes que dejaba al descubierto un escote de infarto, dominaban su campo de visión. Un mechón largo de cabello rubio, perfectamente cuidado y sedoso, cayó sobre sus hombros.
—¿Qué... qué demonios es esto? —exclamó.
Al escuchar el sonido, se tapó la boca con ambas manos. Su voz ya no era la de un chico de 21 años. Era una voz melodiosa, increíblemente sensual, aguda pero con un toque rasposo que derretía a cualquiera. Reconoció esa voz de inmediato. Era la voz de Vanessa, la chica más hermosa, deseada y popular de toda su universidad.
El pánico se apoderó de él. Miró hacia abajo: afortunadamente llevaba puestos unos tenis deportivos de marca, pantalones cortos vaqueros que apenas cubrían sus nuevas y moldeadas nalgas, y unas piernas infinitas. Sin pensarlo dos veces, Lucas se echó a correr en dirección a su casa. El movimiento le resultó extrañamente fácil debido a la gran condición física del cuerpo, pero la sensación del rebote pesado y constante de sus nuevos senos contra su pecho lo descolocaba por completo, haciéndolo hiperventilar.
Llegó a su casa en menos de dos minutos. Con las manos temblorosas, buscó en los bolsillos del pantalón corto. No había llaves. Desesperado, metió la mano debajo de la maceta de la entrada y sacó la llave de repuesto. Introdujo la llave, giró el pomo y entró cerrando de un portazo.
En la sala, el televisor estaba encendido a todo volumen. Un presentador de noticias con el rostro pálido y la corbata de lado hablaba frenéticamente frente a la cámara:
*"... repetimos, el fenómeno ha sido global. Las autoridades científicas lo denominan 'El Gran Cambio'. Aproximadamente el noventa por ciento de la población mundial ha intercambiado cuerpos de manera aleatoria. Se insta a la población a mantener la calma y regresar a sus hogares..."*
Lucas se quedó paralizado frente a la pantalla, procesando las palabras del reportero mientras se miraba las manos delicadas, las uñas pintadas y sentía el calor hormonal de un cuerpo femenino completamente ajeno.
De repente, un gemido agudo y extraño rompió el silencio de la casa. Provenía de la planta alta.
Lucas contuvo el aliento. Eran sonidos rítmicos, lascivos, acompañados por el crujido de los resortes de una cama. Subió las escaleras despacio, pisando con cuidado de no hacer ruido con sus tenis. A medida que se acercaba al pasillo principal, los sonidos se hacían más claros: jadeos pesados, una respiración ronca y el eco húmedo de algo frotándose con fuerza.
La puerta del cuarto de sus padres estaba entreabierta. Lucas se asomó con el corazón latiéndole a mil por hora en el pecho.
Lo que vio lo dejó helado. Sobre la cama matrimonial estaba el cuerpo de su madre, Elena. Pero su rostro no tenía la expresión dulce de siempre; tenía los ojos desorbitados por el placer, la boca abierta y una mirada cargada de una lujuria vulgar. Estaba completamente desnuda de la cintura para abajo, con las piernas abiertas de par en par, masturbándose salvajemente con un enorme consolador de látex negro. Su vagina estaba completamente empapada, chorreando fluidos que manchaban las sábanas.
Ante la visión de ese cuerpo tan familiar siendo profanado de esa manera, el nuevo cuerpo de Lucas reaccionó de inmediato. Sintió una descarga de calor eléctrico entre sus propias piernas, humedeciéndose al instante debido a la intensa libido de la chica popular.
—¿Qué... ¿qué estás haciendo? —logró articular Lucas, con su voz femenina temblando por la impresión.
La mujer en la cama se detuvo en seco al escuchar la voz. Miró hacia la puerta, pero no se quitó el consolador; lo dejó profundamente insertado dentro de sí mientras soltataba una risa ronca y descarada, recorriendo el cuerpo sexy de Lucas con unos ojos hambrientos.
—Pero qué rica estás,... —dijo la "madre", usando la voz de Elena pero con un tono asqueroso y vulgar—. Ven aquí, deja que esta zorra te dé un buen momento. Mira cómo me tienes.
A Lucas se le revolvió el estómago. Escuchar ese vocabulario salir del cuerpo de su madre era una pesadilla psicológica, pero gracias a las noticias de la televisión, sabía perfectamente que la mente de su madre ya no estaba ahí.
—¿Quién eres? —preguntó Lucas, tratando de mantener la distancia—. ¿Qué le hiciste al chico?
La mujer soltó una carcajada sucia, dándole un pequeño empujón al consolador dentro de ella, haciéndolo sonar húmedo.
—¿Ese chico? ¿Te refieres al pito chico que estaba aquí hace un rato? Ese pendejo se despertó pegando gritos, diciendo que era una mujer y que este no era su cuerpo... pero cayó en el cuerpo de un feo. Incluso se desnudó más rápido que yo para revisarse, y yo me reí en su cara de su pito chico. ¡Vaya porquería de pene que tenía, jajaja!
Lucas sintió un escalofrío terrible. El cuerpo de un feo... el pito chico del que se había burlado... ¡Ese era su propio cuerpo original! Su mente colapsó por un segundo al entender que la mujer que gritaba que era una mujer se había despertado en el cuerpo de Lucas, había sido humillada en esa misma habitación y se había ido corriendo.
—Ese hombre joven se puso su ropa y se fue corriendo, no sé adónde —continuó la mujer, agarrándose los pechos con ambas manos y apretándolos con una mueca lasciva—. Y yo me quedé solo en este hermoso cuerpo de milf. Mira mis pechos, están pesados, grandes y buenísimos... Mi vaginita se está mojando tanto... ¡Oh, qué lindo se siente!
Lucas unió las piezas en su cabeza. La forma de hablar, las expresiones vulgares, la fijación ordinaria... Solo había una persona en todo el vecindario que hablaba así.
—Tú... ¿de casualidad eres José, el vagabundo de la calle de la esquina? —preguntó Lucas, con la voz rota.
La mujer abrió los ojos con sorpresa y sonrió de oreja a oreja, mostrando los dientes a través del rostro de Elena.
—Sí,, ¿cómo lo sabes? —respondió José, complacido—. ¿A poco tú también eres un hombre atrapado en el cuerpo de esa hermosa? Qué bien, carajo... Yo estoy más que agradecido de haber caído en esta zorra.
Mientras decía esto, José agarró la base del consolador y se lo sacó de golpe de la vagina. Un gemido fuerte y gutural resonó en la habitación mientras un chorro de fluidos caía sobre la cama, dejando el cuerpo de la madre de Lucas expuesto y chorreando frente a él.
Lucas sintió un nudo amargo en la garganta. La revelación de que aquella mente que habitaba su cuerpo original —la mujer atrapada en su antigua anatomía— había salido huyendo tras ser humillada por José, le revolvía el estómago. Sin embargo, guardó un silencio sepulcral al respecto; no iba a darle el gusto a ese vagabundo de saber que el "pito chico" del que tanto se burlaba era, en realidad, el cuerpo del chico que ahora tenía enfrente en el envase de una diosa universitaria.
José, totalmente ajeno al colapso interno de Lucas, soltó una última risotada áspera que retumbó con la voz de Elena. Sin el menor rastro de vergüenza o decencia, se bajó de la cama matrimonial de un salto. Estaba completamente desnudo de la cintura para abajo, con los muslos de Elena todavía brillando por la humedad de la masturbación y fluidos que continuaban chorreando de manera lasciva, dejando un rastro evidente a cada paso que daba.
—Tengo un hambre de la madre —gruñió José, rascándose el vientre del cuerpo de Elena con una vulgaridad que destrozaba cualquier recuerdo santo que Lucas tuviera de su madre—. Esta zorra debe tener buena comida abajo. Vamos a ver qué hay.
Lucas, paralizado por el asco y el impacto psicológico, no tuvo más remedio que seguirlo escaleras abajo. Ver el cuerpo de su madre caminar de esa forma, completamente expuesto, contoneando las caderas con la torpeza y la desfachatez de un borracho de la calle, era una tortura. Además, el propio cuerpo de Vanessa seguía reaccionando de manera autónoma; el calor entre sus piernas iba en aumento, humedeciendo sus propios shorts vaqueros debido a la tremenda carga hormonal de la chica popular.
Al llegar a la cocina, José empezó a abrir los armarios y la nevera a manotazos, sacando embutidos, pan y cualquier cosa que encontrara a mano. Dejó los ingredientes sobre la barra, ignorando por completo el hecho de estar desnudo y chorreando fluidos sobre el suelo de la cocina.
Lucas, intentando procesar la situación, se movió por el espacio de manera automática. Con una familiaridad absoluta y ciega, estiró el brazo de Vanessa hacia el estante superior del mueble de la esquina —un rincón oculto a simple vista—, sacó un bote de aderezo y luego abrió con precisión el cajón correcto para tomar un cuchillo, moviéndose exactamente como alguien que llevaba viviendo en esa casa toda su vida.
José, que en ese momento se estaba metiendo un pedazo de jamón crudo a la boca con los dedos, detuvo el masticar. Sus ojos, inyectados con la malicia habitual del vagabundo pero enmarcados en el rostro de Elena, se fijaron detenidamente en los movimientos de Lucas. Observó cómo la hermosa rubia se manejaba por la cocina sin dudar ni un segundo de dónde estaba cada utensilio.
Una sonrisa lenta y torcida comenzó a dibujarse en los labios de José.
—Espera un momento,... —dijo José, dejando caer el resto del jamón sobre la barra y dando un paso hacia Lucas, permitiendo que una gota más de su fluido vaginal resbalara por su pierna—. Tú no te estás moviendo como una visita. Conoces bien este cuchitril, ¿verdad? Sabías exactamente dónde estaba esa porquería en el estante de arriba.
Lucas se congeló con el cuchillo en la mano, dándose cuenta demasiado tarde de su error. Su mente de 21 años, acostumbrada a la rutina de su hogar, lo había traicionado al mover el cuerpo de Vanessa por inercia.
José se acercó aún más, acortando la distancia hasta que el aroma hormonal y húmedo del cuerpo de Elena invadió el espacio de Lucas. El vagabundo cruzó los brazos sobre los pechos pesados de la madre de Lucas, mirándolo fijamente con una expresión de triunfo.
—Tú eres uno de los que vivían aquí, ¿verdad? —soltó José, con una voz ronca y divertida—. No eres ninguna extraña que andaba en la calle. Eres uno de los mocosos de esta casa, o tal vez el viejo... pero por cómo te mueves, eres uno de los que habitaban este nido. A ver, dime, zorrita... ¿cuál de todos los pendejos de esta familia eres tú?
Lucas sintió que la sangre se le congelaba en las venas mientras la ronca voz de José, saliendo de las cuerdas vocales de su madre, resonaba en las paredes de la cocina. El contraste era espantoso: el rostro de Elena, que siempre había irradiado ternura, orden y un instinto maternal intachable, ahora estaba crispado en una mueca de astucia callejera y burla. Además, el vagabundo seguía completamente desnudo de la cintura para abajo, exhibiendo sin pudor la intimidad de la mujer que le había dado la vida, de la cual goteaba un hilo espeso de fluido que terminaba por manchar el pulcro suelo de losetas blancas.
La mente de Lucas trabajaba a mil revoluciones por minuto. En su interior, el intelecto brillante que siempre lo había caracterizado —ese que los profesores de la universidad le habían elogiado apenas un par de horas atrás— analizaba la situación con frialdad. Si le confesaba a José quién era, perdería cualquier tipo de ventaja táctica. Un vagabundo con el cuerpo de una madre de familia y una mentalidad tan retorcida no dudaría en usar esa información para humillarlo o extorsionarlo dentro de su propia casa. Tenía que jugar sus cartas con astucia, pero el cuerpo de Vanessa no se lo estaba poniendo fácil.
Las hormonas de la chica más popular de la preparatoria seguían bullendo sin control. El choque biológico de encontrarse tan cerca de otro cuerpo desnudo, sumado a la intensa estimulación que José se había provocado en la planta alta, generaba un eco húmedo y una vibración eléctrica entre las piernas de Lucas. Sus shorts vaqueros se sentían cada vez más ajustados y calientes, y el peso de sus nuevos pechos subía y bajaba con una respiración agitada que delataba su nerviosismo.
—No sé de qué estás hablando —respondió Lucas, forzando la melodiosa y sensual voz de Vanessa para que sonara lo más firme posible, aunque un ligero temblor la traicionó—. Solo... entré porque la puerta estaba entornada y buscaba refugio. Todo el mundo se volvió loco ahí fuera. Vi el aderezo porque estaba a la vista.
José soltó una carcajada seca, un sonido gutural que denotaba que no se había tragado la mentira ni por un segundo. Dio un paso más hacia el frente, acortando la distancia. El olor a fluidos corporales mezclado con el aroma de la comida sobre la barra creó una atmósfera densa, casi asfixiante. El vagabundo estiró una de las manos de Elena y, con una brusquedad ordinaria, tomó a Lucas por la barbilla, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos.
—No me quieras ver la cara de pendejo, muñeca —siseó José, apretando los dedos delicados de Elena contra las mejillas perfectas y tersas de Vanessa—. He vivido en la calle los últimos diez años, sé cuándo alguien conoce un territorio. Te moviste por esta cocina con los ojos cerrados. Además, traías la llave de repuesto que la señora guardaba debajo de la maceta. ¿Me vas a decir que una universitaria que pasaba por la calle sabía ese secreto? No me jodas.
Lucas intentó soltarse del agarre, pero se dio cuenta de que, aunque el cuerpo de Vanessa era esbelto y saludable, la mente de José manejaba el cuerpo de Elena con una brusquedad ruda, propia de alguien acostumbrado a imponerse por la fuerza en los callejones.
—Suéltame —pidió Lucas, sintiendo cómo el vello de sus largos brazos rubios se erizaba por el miedo y una extraña excitación biológica que no podía contener—. No te importa quién soy. Las noticias dijeron que debemos mantener la calma y regresar a nuestras vidas. Tú estás en el cuerpo de mi... de la dueña de esta casa. Deberías largarte.
—¿Largarme? ¿De esta mansión? ¡Ni que estuviera loco! —José soltó la barbilla de Lucas y extendió los brazos, abriendo las piernas sin importarle el desastre que seguía chorreando por sus muslos—. Pasé de dormir en un colchón miado bajo el puente a tener un techo, comida en la nevera y este maldito monumento de cuerpo. Mira estas tetas, mira esta piel... está suavecita, limpia. Y lo mejor es que esta zorra tiene una maquinita aquí abajo que no para de pedir fuego. ¿Y tú me pides que me vaya?
José caminó hacia la barra, tomó una rebanada de jamón con los dedos y se la metió a la boca de un bocado, masticando con asco. Luego, volvió a clavar su mirada lasciva en el despampanante cuerpo de Lucas.
—Así que eres uno de los hijos de la doña... —comentó José de forma analítica, relamiéndose los labios con la lengua de Elena—. El viejo no eres. Y los otros dos grandulones que vivían aquí no se moverían con tanto miedo como tú. Tú eres el menor, ¿verdad? El cerebrito. El que siempre caminaba mirando al suelo cuando pasaba junto a mi esquina.
Lucas apretó los puños, sintiendo las uñas pintadas de Vanessa clavarse en sus propias palmas. El vagabundo lo había descifrado en cuestión de minutos. No había forma de ocultarlo más, pero tampoco iba a rebajarse a rogar.
—¿Y qué si lo soy? —soltó Lucas, irguiendo la espalda, lo que provocó que sus enormes pechos se tensaran bajo la blusa de tirantes, atrayendo de inmediato la atención de los ojos hambrientos de José—. Este es mi hogar. Mi madre... el cuerpo que estás usando es el de mi madre. Ten un poco de respeto y búscate algo de ropa. Es repugnante verte así.
—¿Repugnante? —José soltó una risotada que degeneró en un gemido cuando, de manera deliberada, deslizó una de las manos de Elena hacia su propia entrepierna abierta, tocándose frente a Lucas sin el menor pudor—. A mí me parece una bendición del cielo, mocoso. Además, tú no estás en posición de exigir nada. Mírate. Eres una delicia. Si sales a la calle vestida así, con ese par de globos rebotando y ese short que te corta las nalgas, los hombres te van a devorar viva en cinco minutos. El mundo cambió, cerebrito. Las reglas de antes ya no sirven para un carajo.
José dejó de tocarse y se apoyó contra la barra de la cocina, cruzando las piernas de Elena de una forma que dejaba expuesta su húmeda intimidad por completo. Una gota más de fluido cayó al suelo con un leve sonido que hizo que a Lucas se le diera un vuelco el corazón.
—Hagamos un trato, "Vanessa" —dijo José, usando un tono burlón y arrastrando las palabras—. Tú quieres quedarte en tu casita, ¿no? Quieres tu techo, tu cama y estar seguro mientras descubres qué carajo pasó con el resto de tu patética familia. Y yo quiero disfrutar de las comodidades de los ricos. Así que nos vamos a llevar bien. Tú vas a ser mi sumisa y complaciente compañerita de casa... y yo voy a dejar que te quedes aquí.
Lucas sintió una oleada de indignación, pero antes de que pudiera replicar, José continuó, su rostro ensombreciéndose con una amenaza implícita.
—Porque si no quieres... te echo a patadas a la calle ahora mismo. Y déjame decirte que con ese cuerpo de zorra fina que te cargas, durarías muy poco limpia ahí fuera. Además, piénsalo... tu madre ya no está aquí. Este cuerpo es mío ahora. Y si me da la gana, puedo hacer que esta linda milf se divierta mucho contigo. Al fin y al cabo, tu nuevo cuerpo ya está chorreando también, ¿o crees que no me di cuenta de cómo respiras?
Lucas bajó la mirada por una fracción de segundo y sintió una vergüenza abrasadora. Era verdad. El calor hormonal de Vanessa lo estaba traicionando por completo; una mancha húmeda comenzaba a delinearse tímidamente en el centro de sus shorts vaqueros, respondiendo a la cruda y primitiva atmósfera sexual que el vagabundo había desatado en la cocina. Estaba atrapado en su propia casa, con el cuerpo de su madre convertido en una exhibicionista lasciva y bajo el control de un criminal de la calle que conocía perfectamente su debilidad.
Lucas tragó saliva, sintiendo el nudo de humillación y asco apretarse en su garganta, pero su mente analítica no dejó de calcular las opciones. Estaba acorralado. Si José lo echaba a la calle en ese cuerpo de infarto, no solo estaría desprotegido en un mundo sumido en el caos, sino que dejaría el hogar de su familia y el cuerpo de su madre por completo a merced de un vagabundo demente. Tenía que ceder, pero no iba a hacerlo gratis; tenía que proteger lo que quedaba de la dignidad de su hogar.
—Está bien —dijo Lucas, sosteniendo la mirada fija en los ojos de José, forzando a que la melodiosa voz de Vanessa sonara lo más fría y cortante posible—. Acepto el trato de quedarme aquí contigo bajo tus términos... pero con una condición innegociable.
José enarcó una ceja, su rostro (el rostro de Elena) mostrando una sonrisa burlona mientras cruzaba los brazos sobre los pesados pechos de la madre de Lucas.
—¿Ah, sí? Mira qué valiente la. A ver, habla, cerebrito, ¿cuál es tu maldita condición?
—Cuando haya otras personas aquí, cuando mis hermanos, mi padre o quien sea regrese o esté presente, te vas a comportar —sentenció Lucas con firmeza, apuntándolo con el dedo delicado de Vanessa—. No vas a andar desnudándote, ni chorreando, ni actuando como un pervertido asqueroso. No voy a tolerar que uses el cuerpo de mi madre para humillarla o rebajarla enfrente de los demás. En público, vas a actuar como la dueña de esta casa. Si aceptas eso, me quedo. Si no, haz lo que quieras, pero no te lo pondré fácil.
José soltó una carcajada ronca que vibró de forma lasciva en las paredes de la cocina. Se frotó la barbilla, mirando a Lucas de arriba abajo, relamiéndose los labios al contemplar el par de enormes pechos que se alzaban desafiantes bajo la ajustada blusa de tirantes y las piernas perfectas que asomaban de los shorts vaqueros.
—Vaya, vaya... te preocupas por la reputación de la doña —dijo José, dando un paso lento hacia adelante, permitiendo que otra gota de sus fluidos vaginales resbalara por su muslo desnudo—. Está bien, me parece justo. Puedo actuar como una maldita dama fina cuando los mocosos o el viejo anden cerca. No tengo ganas de que me armen un problema. Pero... ya que te pones tan exigente con tus condiciones, yo voy a poner una cláusula en nuestro pequeño contrato, muñeca.
José acortó la distancia por completo, deteniéndose a solo unos centímetros de Lucas. El calor de ambos cuerpos y la densa atmósfera hormonal de la cocina se volvieron casi asfixiantes.
—Si quieres que respete el cuerpo de tu madre en público... a cambio, yo voy a poder agarrar, saborear y tocar este maldito monumento de cuerpo en el que estás metido cuando a mí se me dé la gana —siseó José con los ojos encendidos de lujuria, extendiendo una mano para acariciar con brusquedad el largo cabello rubio de Vanessa—. Cada vez que estemos solos tú y yo en esta casa, eres mi juguete. ¿Entendido?
A Lucas se le dio un vuelco el corazón. Una oleada de pánico y asco lo recorrió al pensar en las manos de su propia madre (ahora controladas por el vagabundo) recorriendo su nueva anatomía femenina. Sin embargo, al mismo tiempo, la intensa libido y la sumisión biológica inherentes al cuerpo de la chica popular respondieron al mandato con una fuerte pulsación eléctrica entre sus piernas, humedeciendo aún más sus pantalones cortos. Sabiendo que era el único camino para mantener el control de la situación, Lucas apretó los dientes y clavó sus ojos pintados en los de José.
—Acepto —respondió Lucas, con la voz entrecortada por la tensión—. Pero con la misma regla: **nunca enfrente de otras personas**. Ni un solo roce, ni una sola mirada sucia cuando haya testigos. Lo que pase a solas, se queda a solas. ¿Tenemos un trato?
José sonrió de oreja a oreja, una expresión de triunfo absoluto que deformó las facciones de Elena. Sin previo aviso, extendió ambas manos y agarró con fuerza los dos enormes y firmes pechos de Lucas, apretándolos sin piedad y haciéndolos rebotar bajo la blusa.
—¡Tenemos un trato, zorrita! —exclamó José, soltando un gemido de satisfacción mientras sentía la increíble suavidad del cuerpo de Vanessa—. Mierda... estás durísima. Esto va a ser muy divertido.
Lucas soltó un jadeo involuntario, agudo y sumamente sensual, debido a la tremenda sensibilidad de sus nuevos pezones, mientras se obligaba a quedarse quieto, soportando el manoseo y sabiendo que la verdadera batalla por sobrevivir en este nuevo mundo apenas comenzaba.
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Un evento sobrenatural global e irreversible transformó las mentes del 90% de la población mundial, intercambiándolas a cuerpos aleatorios. / A global and irreversible supernatural event transformed the minds of 90% of the world's population, swapping them into random bodies.
Updated on Jun 13, 2026
Created on Jun 13, 2026
by K45
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