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Chapter 2
by
traviezisha
Capítulo 1
Divina Blasfemia
Él, era un hombre de esos que la Providencia, en su ironía más refinada, forja para tentar a los espíritus más libertinos: casado, padre de familia, devoto hasta la médula de un Dios que, a su saber, lo vigilaba desde lo alto con ojos de fuego. Se llamaba (o se hacía llamar en nuestros encuentros clandestinos) Álvaro, y su fe era un muro de hierro que yo, con la paciencia de una inquisidora invertida, me propuse derribar no con martillos, sino con la lengua, con la garganta… y con la más dulce de las blasfemias. Heterosexual confeso, repetía en cada mensaje que nunca había deseado a otro hombre, que solo la curiosidad al verme vestida de mujer lo había arrastrado hasta mí; Entre sus piernas, latía una verga tan perfecta, tan obscenamente divina, que siempre perdoné de inmediato todas sus dudas, todas sus cobardías y todas sus mentiras piadosas.
La primera vez que nos vimos en aquel Airbnb de las afueras de la ciudad que yo misma había rentado y pagado, apenas me permitió arrodillarme. «Sólo con condón», ordenó con voz temblorosa, como si el látex fuera el último baluarte de su salvación eterna. Me arrodillé igual, devota ya antes de tiempo, y tomé entre mis labios aquella obra maestra de la carne: gruesa, venosa, de un color oscuro que brillaba como ébano pulido bajo la luz tenue. Era larga, recta, con un glande en forma de casco de obispo que parecía diseñado por el mismo Satanás para escandalizar a los ángeles. La chupé con lentitud sacrílega, saboreando el látex y el calor que traspasaba, mientras él gemía (y seguramente se persignaba mentalmente). No me dejó tragarme su leche sagrada; se corrió dentro del condón y lo anudó como quien guarda una reliquia impura. La segunda vez fue idéntica: mismo Airbnb, misma regla, misma verga perfecta que yo adoraba en silencio mientras él luchaba contra el placer que le parecía pecado mortal.
Pero entre encuentro y encuentro, en las conversaciones que manteníamos a deshoras, yo fui tejiendo mi red. Le escribía con la devoción de una novicia: «Tu verga es perfecta, Álvaro. Tan perfecta que podría casarme con ella. La vestiría con un traje negro, le pondría una corbata de seda, y en el altar de una iglesia llena de todos mis conocidos la besaría de forma obscena, lamiendo cada vena mientras el sacerdote (si es que se atrevía) nos declaraba verga y mujer». Él respondía con mensajes entrecortados: «Estás loca», «Eso que dices es demasiado», «Dios me perdone por leer esto». Y yo, implacable, seguía: «Imagíname de rodillas ante el altar, con tu verga asomando del pantalón como un ídolo vivo, y yo besándola delante de todos, metiéndomela entera en la boca mientras el órgano toca las marchas nupciales». Sus respuestas se volvían más cortas, más cargadas de culpa y, al mismo tiempo, de una excitación que ya no podía ocultar.
Llegó cierta noche en que antes de la faena, conversando, me preguntó por mis creencias. Estábamos en el Airbnb, él vestido, yo, con mi lencería vulgar y diminuta, de rodillas a sus pies. «¿Tú crees en Dios?», quiso saber, como si mi respuesta pudiera salvarlo o condenarlo. Sonreí con la dulzura de un demonio que acaba de encontrar la grieta perfecta en la armadura divina. «Mi único Dios es tu verga, Álvaro. La adoro. Es mi único propósito, mi salvadora y mi condena. Quiero postrarme ante ella, besarla, beberla, vivir solo para ella». Sus ojos se encendieron con un fuego que ya no era de fe cristiana. Algo se rompió en él. La culpa, en lugar de detenerlo, lo inflamó. Se levantó, se bajó los pantalones con violencia y dejó que su verga, ya dura como un mandamiento, apuntara directamente a mi rostro.
«Entonces adórala, puta sacrílega», gruñó, y por primera vez su voz no tembló. «De rodillas. Siempre que la veas, a partir de ahora, te arrodillas. Es una orden».
Y así comenzó la divina blasfemia.
Inventó un ritual que él mismo llamó «La Comunión de la Carne Prohibida», y lo hizo con la misma seriedad con que un sacerdote consagra el pan. Cada vez que nos encontrábamos en el Airbnb, yo debía quedarme vestida solo con aquella provocativa lencería que apenas cubría mis curvas y acentuaba mis formas femeninas, arrodillarme en el suelo frío y esperar con la boca abierta. Él se plantaba frente a mí, verga en mano, y recitaba una parodia obscena del ofertorio: «Esta es mi verga, que será entregada a ti. Tomad y comedla toda». Entonces me la metía hasta la garganta, sin condón ya, obligándome a lamer cada centímetro como quien lame la herida de Cristo. Cuando estaba a punto de correrse, se retiraba y me pintaba la cara con su leche espesa, diciendo: «Este es mi semen, el nuevo y eterno testamento. Bebed de él y tendréis vida». Yo tragaba lo que caía en mi lengua y le daba las gracias entre gemidos de placer: «Gracias, mi Dios. Gracias por tu santa leche»; siempre, dirigiéndome hacia su verga.
Pero no se detuvo ahí. Su imaginación, liberada por fin del yugo de la cruz, se volvió tan perversa como la mía. Una noche me hizo tender en la cama, con las piernas abiertas, el clítoris en castidad totalmente expuesto, y mientras me follaba la boca con furia, me ordenó que rezara el Padrenuestro… pero sustituyendo cada «Dios» por «Verga». «Verga nuestra que estás en los cielos (jadeaba yo con la boca llena, seguramente no se entendía media palabra), santificada sea tu verga…». Cada vez que me equivocaba, me daba una bofetada en las mejillas con su verga mojada y me obligaba a repetir hasta que el sacrilegio sonara perfecto.
La cúspide de nuestra liturgia llegó durante un fin de semana entero que pasamos encerrados en un Airbnb apartado en las afueras. Allí decretó el más sucio de los ayunos: durante tres días completos, mi única fuente de hidratación sería su orina. «Si mi verga es tu Dios (me dijo con los ojos brillantes de lujuria y poder), entonces su miados son tu agua bendita». Me hizo colocar un embudo de goma en mi boca y, cada vez que sentía ganas, se paraba sobre mí y meaba en él, o directamente en mi garganta. El primer chorro fue caliente, salado, abundante; lo tragué con los ojos cerrados, sintiendo cómo me llenaba el estómago, cómo mi cuerpo aceptaba aquella comunión líquida y profana. «Bebe, zorra impía, susurraba él, bebe la esencia de tu Dios. No tomarás otra cosa». Durante tres días no probé agua, ni jugo, ni nada que no saliera de su verga. Cuando tenía sed, me arrodillaba y le suplicaba: «Por favor, mi Dios, dame de beber». Él sonreía, se bajaba los pantalones y me ofrecía su verga flácida. Yo la tomaba con reverencia, abría la boca y dejaba que el chorro dorado y caliente me inundara. A veces lo hacía despacio, obligándome a saborearlo; otras, con fuerza, casi ahogándome en sus orines sagrados. Y yo, en éxtasis, tragaba y gemía: «Amén. Amén. Amén».
Por las noches, mientras yo yacía en el suelo al pie de la cama con aquella lencería obscenamente diminuta y provocadora que se pegaba a mi piel sudorosa y marcaba cada curva de mi cuerpo entregado, con el sabor de su orina aún en la garganta, él me follaba la boca con lentitud, haciéndome recitar salmos invertidos: «El Señor es mi verga, nada me faltará. En prados de semen me hace reposar». Cuando se corría, me obligaba a mantener su leche espesa en la boca sin tragarla, como si fuera la hostia consagrada, y solo me permitía tragarla cuando el sabor amargo y salobre había impregnado hasta el último rincón de mi boca, de mi lengua y de mi garganta, cuando él, con voz grave, daba la orden. Luego me hacía arrodillarme más bajo y lamer con devoción absoluta toda la raíz de su verga, el surco entre sus muslos y la base gruesa donde latía su poder, llamando a cada pliegue y cada vena “el sagrado fundamento de mi Dios”. Yo pasaba mi lengua una y otra vez, lenta, obediente y babosa, recogiendo el sudor salado de su entrepierna mientras él se masturbaba lentamente sobre mi rostro, usándome como un trapo vivo y humillado.
Al tercer día, cuando por fin me permitió beber agua normal, la rechacé, mi cuerpo ya estaba marcado por su divinidad: el estómago lleno de su pis, la garganta irritada de tanto servirle, el rostro y el pecho cubiertos de costras secas de su semen. Yo estaba feliz, extasiada, completamente entregada. Él, por su parte, ya no hablaba de culpa. Su fe se había transmutado en algo más puro y más oscuro: la fe en su propia verga como único Dios posible.
Y así, en aquel Airbnb apartado, mientras afuera caía la lluvia y el mundo seguía creyendo en un cielo vacío, nosotros celebrábamos la única misa verdadera: la misa de la carne, la misa de la verga perfecta, la divina blasfemia que nos unía más que cualquier sacramento.
Desde entonces, cada vez que nos vemos en los Airbnbs que yo siempre pago, yo me arrodillo antes incluso de que él lo ordene. Porque su verga es mi altar, mi confesionario y mi paraíso. Y él, el devoto que se convirtió en Dios, sonríe y me ofrece su santa verga para que yo la adore… hasta que el pecado nos consuma a ambos. Amén.
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Divina Blasfemia
Rituales de una Devota Profana
*Advertencia* Este relato contiene escenas explícitas de carácter erótico, fuerte contenido sexual y una profunda blasfemia religiosa que puede resultar ofensivo o hiriente para personas creyentes. Si eres devoto o sensible a temas que profanan lo sagrado, te recomiendo no continuar su lectura. El texto que sigue está destinado exclusivamente a un público adulto sin reservas.
Updated on May 1, 2026
by traviezisha
Created on May 1, 2026
by traviezisha
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