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Chapter 4 by Danz117 Danz117

Accidente

Danz ve como funciona

Muy bien. Ahora quiero que vengas. Pero despacio. Tómate tu tiempo.

Los movimientos de Ana se volvieron más profundos. Sus dedos se curvaron dentro de ella, buscando ese punto que Danz sabía que existía aunque nunca lo había visto hacer. Sus pechos se levantaban con cada respiración, los pezones duros apuntando hacia el techo.

Y entonces, algo cambió.

Su respiración se aceleró. Sus párpados temblaron. Por primera vez, su expresión mostró algo: una grieta en esa máscara vacía. Sus labios se separaron y un gemido salió de su garganta, pero inmediatamente lo silenció mordiéndose el labio inferior.

—Puedes hacer ruido, Ana. Quiero escucharte.

El fue permiso todo lo que necesitaba. Ana arqueó la espalda, sus pechos balanceándose con el movimiento, y un gemido largo y gutural emergió de ella. Sus dedos se movían más rápido ahora, empapados, resbaladizos.

—Maestro, estoy cerca...

—Espera.

Ana se detuvo. Su cuerpo temblaba con el esfuerzo de detenerse, pero sus manos quedaron inmóviles. Danz podía ver los fluidos brillando en sus dedos, elpezon de su clítoris hinchado y necesitado.

—Cuéntame qué quieres.

—Quiero venir, maestro. Por favor.

La voz de Ana ahora tenía una matiz de desesperación. No era la voz monótona de antes —era una mujer al borde, rogando.

—Begámoslo.

—Por favor, maestro. Por favor, permítame terminar. Mi cuerpo lo necesita. Estoy tan cerca. Por favor...

—Ven.

Ana se derrumbó. Su cuerpo se arqueó completamente, sus pechos apuntando hacia el techo, y un grito salió de su garganta. Danz observó cómo los músculos de su abdomen se contraían en oleadas, cómo sus muslos se apretaban alrededor de su mano, cómo todo su cuerpo se sacudía con la intensidad del orgasmo.

Y luego, tan rápido como había comenzado, Ana se quedó completamente quieta.

Sus manos descansaron sobre sus muslos. Su respiración volvió a la normalidad con una rapidez antinatural. Sus ojos se abrieron, enfocándose en la pantalla.

—Gracias, maestro.

—Muy bien, Ana. Ahora vamos a ajustar tu programación. Olvidarás lo que pasó hoy. Olvidarás haber visto a ese chico en la escuela. Solo recordarás haber estado estudiando en tu cuarto.

—Entendido, maestro.

—Repite conmigo. No recordaré nada.

—No recordaré nada —repitió Ana, su voz volviendo a ese tono monocorde.

—Mañana a la misma hora.

—Mañana a la misma hora.

La pantalla se oscureció.

Ana cerró la computadora lentamente. Sus ojos permanecieron vacíos por varios segundos, mirando la pantalla negra. Y entonces, como una muñeca a la que le dan cuerda, parpadeó varias veces y sus hombros se relajaron.

Sus manos se movieron hacia su ropa, vistiéndose mecánicamente. Cuando terminó, se sentó en la cama y miró alrededor del cuarto con expresión confundida.

—¿Qué...?

Danz observó cómo Ana fruncía el ceño, mirando su propio cuerpo, tocándose la ropa interior como si no recordara habérsela puesto.

No recordaba nada.

El Maestro había dicho la verdad. Había borrado su memoria de la sesión completa.

Danz permaneció en el armario, su cuerpo tensado, su erección todavía dolorosa contra sus jeans, mientras Ana salía del cuarto sin saber que él estaba ahí.

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