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Chapter 75 by bla12

¿Cómo empezó el encuentro?

Con una actuación en conjunto

El aire en la suite era frío, filtrado y cargado de un silencio expectante. El Cliente, un hombre de mediana edad con canas distinguidas y un traje que destilaba un poder silencioso, bajó su vaso de brandy. Sus modales eran impecables, su voz un susurro culto que cortaba el aire como el filo de una daga de hielo.

—Buenas noches —dijo, y su mirada escrutó la forma en que la seda del kimono caía sobre los hombros de Magi y cómo el temblor de Celia alteraba el drapeado marfil—. El escenario es suyo. Empezaremos con... una complicidad forzada.

Se levantó y tomó una cámara compacta pero obscenamente cara. No buscaba la disección clínica; buscaba capturar la voluntad siendo entregada por manos familiares.

—Magi, colócate detrás de Celia. Rodéala con tus brazos. Como un abrazo —instruyó con calma—. Pero tus manos... no deben consolar. Que exploren. Tómale las muñecas. Guíalas para que sea ella misma quien desate el nudo de su kimono.

La orden hizo que a Celia se le helara la sangre. Magi, sin embargo, se movió con la fluidez de una sombra. Se colocó detrás de su hermana, su cuerpo firme contra la espalda vibrante de Celia. Sus brazos la envolvieron sin calidez. Sus manos descendieron y encontraron las de Celia, que se aferraban al cordón de seda como a un último resto de dignidad.

—No... —susurró Celia, un jadeo roto. —Shhh —fue la única respuesta de Magi.

Sus dedos fríos se cerraron sobre las muñecas de su hermana, forzándolas con una suavidad implacable a tirar del cordón. El nudo se deshizo. El kimono de Celia se abrió de par en par, revelando su torso desnudo y la microtanga de seda negra. El tejido era tan mínimo y delicado que, en contraste con la seda marfil, parecía una marca de propiedad grabada directamente sobre su piel.

Un sollozo escapó de Celia. El click de la cámara capturó el momento exacto de la rendición: la mirada impasible de Magi frente al rostro descompuesto de la pequeña, ambas enmarcadas por la seda abierta.

—Excelente —murmuró el Cliente—. Ahora la reciprocidad. Celia, desata el kimono de tu hermana. Túrnense en la entrega.

Celia, con lágrimas de humillación corriendo por sus mejillas, fue guiada por las manos de Magi hacia el nudo perfecto de su hermana. Cuando el kimono de Magi cayó, revelando su cuerpo desnudo excepto por los hilos negros de seda, Celia buscó en ella algún rastro de vergüenza. No encontró nada. Magi ofrecía su piel a la lente con la indiferencia de una estatua, y la fragilidad de la lencería de regalo solo enfatizaba su absoluta falta de defensas.

—Bien. Ahora, la conclusión —la voz del Cliente bajó de tono—. Quítense lo último que llevan puesto. Lento. No es deseo, es... el desembalaje final.

Magi se despojó de la microtanga de seda con un movimiento fluido. La prenda, ligera como una telaraña, cayó al mármol oscuro sin hacer ruido. Luego se volvió hacia Celia, cuyas manos se negaban a obedecer. Magi no habló; simplemente tomó las manos de su hermana una vez más y, con la misma frialdad con la que había desatado la seda, la guió para que deslizara los finos hilos negros por sus caderas.

Al caer la seda negra, Celia sintió que perdía la última barrera entre ella y el abismo. Un temblor incontrolable la recorrió de pies a cabeza. Estaba más desnuda que nunca; la suavidad del "regalo" había sido solo un preludio para esta exposición total ante el Cliente y ante la mirada vacía de su propia sangre.

—Perfecto —el Cliente se acercó, la cámara en modo ráfaga—. Ahora, la danza. Magi, toma la cara de Celia. Haz que te mire. Celia, búscala. Busca en ella algo que ya no esté.

Magi obedeció. Tomó el rostro bañado en lágrimas de su hermana. Sus ojos, helados, se encontraron con los de Celia, que suplicaban un "¿por qué?". No hubo respuesta. Solo el obturador capturando el desastre: una hermana era el verdugo y la otra el sacrificio.

—Recuéstense en el terciopelo —indicó el Cliente hacia la plataforma granate—. Espalda contra espalda.

La piel de sus espaldas se encontró sobre el terciopelo. Antes, ese contacto habría sido un consuelo; ahora era una yuxtaposición grotesca entre la relajación cadavérica de Magi y la angustia vibrante de Celia. El Cliente se movía alrededor de ellas, disparando desde todos los ángulos, capturando la línea que formaban sus cuerpos sobre el rojo intenso.

—Giren. De frente, pero sin tocarse —ordenó—. Magi, pasa tu mano por el aire, a milímetros de Celia. Sigue su contorno sin llegar a contactar. Celia, cierra los ojos. Siente el calor, la promesa de un contacto que no llegará.

Magi ejecutó el movimiento con la precisión de un autómata. Su mano trazó el perfil del cuello, la curva del seno y la cadera de Celia. Celia, con los ojos cerrados, jadeaba, esperando un contacto que nunca ocurría. Era una tortura de anticipación pura.

—Abran los ojos —dijo el Cliente, y su voz sonaba ligeramente entrecortada por una excitación contenida—. Magi, ahora sí. Toca. Pon tu mano en su cuello. Con posesión.

La mano de Magi descendió y se posó en la garganta de Celia. No fue una caricia; fue la colocación de un sello. Celia clavó sus ojos en los de su hermana, buscando remordimiento. Solo encontró el estanque helado de su mirada. El Cliente disparó varias fotos más y bajó la cámara. Las observó durante un largo momento mientras el silencio solo era roto por su respiración.

—Es suficiente —declaró con placidez gélida—. La aniquilación de la resistencia a través de la propia hermana... es profundamente conmovedor.

Se acercó a la mesa, bebió un largo trago de brandy y no les dio permiso para moverse ni para cubrirse. Simplemente las dejó allí, desnudas y expuestas sobre el terciopelo rojo, dos figuras en un diorama de desolación. La victoria del Cliente era total: había convertido a Magi en la arquitecta de la destrucción de Celia, y la seda negra que antes las cubría ahora no era más que dos manchas oscuras en el suelo, olvidadas y sin valor.

¿Cómo sigue el espectáculo?

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