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Chapter 45 by bla12 bla12

¿Cómo sigue la reunión?

Con un juego de póker

La tensión en la lujosa sala privada era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Roberto, con su sonrisa de reptil, observaba a Magi como si evaluara una pieza de ganado. Emilio, inmóvil, era una estatua de hielo. Adrián, en cambio, parecía relajado, como si disfrutara del ambiente cargado.

—Una reunión de negocios siempre deja los nervios de punta, Adrián —comentó Roberto, tomando un sorbo de su brandy—. Y tenemos por delante la... ejecución del plan del viernes. Un poco de distensión no vendría mal para afianzar la confianza del grupo. Para asegurarnos de que todos en esta sala estamos en la misma página.

Adrián arqueó una ceja, interesado.

—¿Tienes algo en mente, Roberto?

—Un juego de póker —propuso el hombre, su mirada deslizándose hacia Magi—. Texas Hold'em. Pero con un toque especial para hacerlo más... interesante.

Emilio, por primera vez, asintió lentamente, su mirada gélida fija en Magi.

—Las fichas serán prendas de ropa —continuó Roberto, y una sonrisa lasciva se dibujó en sus labios—. Cada uno empieza con lo que lleva puesto. La última persona vestida, o la que se rinda, pierde. La ganadora... bueno, el ganador, se lleva un bonus de confianza de todos los presentes.

Magi sintió el golpe, pero no la parálisis. Era una subasta de su dignidad, sí, pero su mente, entrenada en la academia para evaluar amenazas y diseñar estrategias de escape, se activó. Este no era un ritual de humillación, era una prueba de resistencia. Un juego de poder donde ella podía demostrar su temple. Negarse era arruinar la misión por debilidad. Aceptar significaba batallar.

Adrián río, un sonido seco y aprobatorio. Miró a Magi, no con lujuria, sino con la curiosidad de un científico que va a realizar un experimento cruel.

—Me gusta. Un juego que separa a los tibios de los comprometidos. ¿Aceptas el desafío, Magda? —preguntó, pero su tono no dejaba espacio para una negativa. Era una orden, y ella la tomaría como un desafío directo.

Magi los miró a los tres: los halcones rodeando a su presa. En lugar de miedo, sintió una rabia fría. No se desnudaría sin luchar, y si perdía una pieza, sería a costa de que ellos perdieran dos.

—Acepto —respondió con voz firme, sin susurros. El vestido rojo se sintió ahora como una armadura de la que no quería desprenderse, pero que estaba dispuesta a arriesgar para ganar control.

Roberto repartió las cartas con manos expertas. Magi, con el vestido rojo sintiéndose como una burbuja frágil, miró sus cartas con la concentración de un francotirador. Su mente calculaba las probabilidades de ganar la mano con una intensidad brutal, sabiendo que la victoria en la mesa era la única forma de conservar su ropa en el cuerpo.

La primera ronda fue rápida. Magi, con una mano mediocre, se retiró de inmediato. No por miedo, sino por cálculo táctico; no iba a gastar fichas en faroles débiles. Emilio, con un farol impasible, ganó la mano. Roberto, riendo, se quitó la chaqueta sin esfuerzo. Emilio, con la misma frialdad, se desabrochó el reloj de pulsera, un objeto que valía más que el sueldo de un año de Magi. No se trataba de valor, sino de sumisión y estatus, y ella no tenía intenciones de sumarse.

La segunda mano, Magi recibió un par de damas. Una mano fuerte. Pero al mirar las apuestas, supo que Roberto y Emilio iban con todo. Igualar significaría arriesgar una prenda. Se retiró de nuevo. No era el momento de exponerse. La paciencia era su arma.

—¿Tan pronto, querida? —se burló Roberto—. No se gana la confianza siendo timorata.

Adrián, que había estado observándola con intensidad, ganó la tercera mano. Sonrió y, sin apartar los ojos de ella, se desabrochó el primer botón de su camisa.

La cuarta mano fue la crucial. Magi recibió un proyecto de color. Tenía posibilidades. Pero las apuestas subieron rápidamente. Roberto, sin chaqueta, apostó su camisa. Emilio, con su impasibilidad habitual, igualó la apuesta. Adrián los miró y luego a Magi.

—Veo tu apuesta —dijo Adrián, dirigiendo la palabra a Magi—. Y la subo. —Hizo una pausa dramática—. Subo... los zapatos.

Era una apuesta relativamente baja, pero era la primera vez que la presionaban directamente. La estrategia de ahorro se había terminado. Tenía que demostrar que estaba dispuesta a jugar en serio.

Con el corazón latiéndole en el pecho, Magi asintió.

—Veo.

Las cartas comunitarias no le ayudaron. Su proyecto de color se esfumó. Emilio, con un full house, barrió la mesa.

—Parece que la suerte no está de tu lado, preciosa —dijo Roberto—. Toca pagar.

Todos los ojos se clavaron en ella. Magi, sintiendo el leve pinchazo de la derrota, pero negándose a mostrar la humillación, se inclinó y se desabrochó los tacones de aguja rojos. Al dejarlos caer al suelo, sus pies desnudos se posaron sobre la fría madera. Se sentía infinitamente más pequeña, más ****, pero no derrotada. Era el coste de la entrada, y ahora era un peso menos que cargar.

—El juego continúa —anunció Adrián, y su sonrisa era ahora de pura anticipación—. Reparte de nuevo, Roberto.

Magi miró sus nuevas cartas, su concentración se endureció. No se trataba de sobrevivir. Se trataba de ganar. Era una prueba de fuego, y ella, ya descalza, estaba lista para enfrentarse a ellos. Si perdía, sería la última en ceder. Si ganaba, el golpe a su ego sería tan satisfactorio como la conservación de su dignidad.

¿Cómo va la próxima mano?

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