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Chapter 69 by bla12 bla12

¿Cómo va la actuación?

Con muchas miradas

La orden de May no había sido una sugerencia. Era un decreto, frío y preciso, como todo lo que salía de su boca. "Nadar. Flotar. Girar." Tres verbos que delineaban los confines de su nueva prisión de cristal y agua salada.

El tanque circular, bautizado pomposamente como "La Galería Abisal" para el evento, era el centro del vestíbulo principal. Magi era la única pieza de exposición. No había peces exóticos ni corales multicolores. Solo ella, su cuerpo convertido en un lienzo por las meticulosas y humillantes manos de Julián.

Las algas pintadas en sus caderas se enroscaban como dedos verdes, dirigiéndose con obscena intención hacia sus partes más íntimas. Las "flores" que rodeaban sus pechos no eran delicadas; eran pétalos abiertos y carnosos, de un rosa demasiado vibrante, que hacían que sus pezones, erectos por el frío y la tensión, parecieran los centros de esas flores grotescas. Lo más perturbador era la "cola" pintada directamente sobre su piel: escamas iridiscentes que cubrían sus nalgas, sus ingles, la parte superior de sus muslos, creando la ilusión de una cola de sirena que, al no existir físicamente, solo servía para enfatizar su completa desnudez. La pintura corporal, que desde lejos podía parecer arte, de cerca era una guía turística de su vulnerabilidad, acentuando cada curva, cada hueco, cada pliegue de su anatomía.

La danza comenzó. Lenta, forzada. Cada movimiento estaba coreografiado para mostrar una parte diferente del "arte". Un giro lento para exhibir la espalda, donde un dragón estilizado se enroscaba alrededor de su columna, su cola desapareciendo en la grieta de sus nalgas. Una extensión de brazo para estirar el torso y hacer que los pétalos de las flores se tensaran. Flotar de espaldas, con las piernas levemente abiertas, ofreciendo la visión más obscena y calculada a los que miraban desde abajo. Sin la cola física, cada movimiento era una exposición cruda de su anatomía real, apenas velada por la delgada y engañosa capa de pintura que se sentía más como un barniz que como una cobertura.

Y los espectadores llegaron. Primero, los curiosos, que señalaban con dedos inocentes. Pero pronto, la inocencia fue desplazada por otra cosa. Sus miradas no eran de asombro, sino de análisis frío, de evaluación lujuriosa. Recorrían cada centímetro de su cuerpo pintado como si estudiaran un catálogo. Susurraban. Algunos reían con una complicidad que le helaba la sangre más que el agua.

Un hombre de traje impecable, con una corbata que costaba más que su alquiler, no se conformó con mirar. Alzó su teléfono y comenzó a grabar. No fue un video rápido, de unos segundos. Fue una filmación meticulosa, de minutos, haciendo zoom en sus caderas, en su pecho, en el lugar donde el dragón pintado se perdía entre sus nalgas. Su mirada no era de admiración al arte; era de posesión. La devoraba a través de la pantalla, convirtiéndola en un objeto de fantasía, en un recuerdo digital para su colección privada. Magi intentó desviar la mirada, pero la orden de May era clara: "Contacto visual con el público. Sonrisa profesional." Forzó los labios en algo que pretendía ser enigmático y que solo era una mueca de agonía.

Una mujer elegantemente vestida, con un vestido que gritaba dinero antiguo, le dio un codazo a su acompañante, un hombre joven lo suficiente para ser su hijo y señaló directamente hacia Magi. No con asombro, sino con una sonrisa de complicidad perversa, como si estuvieran evaluando una escultura erótica en un museo privado. El joven sonrió, asintió, y su mirada se posó en Magi con una familiaridad que no le correspondía, como si ya la conociera de antemano.

Era una disección en vivo. Cada burbuja de aire que escapaba de sus labios no era un efecto acuático más; era un suspiro ahogado de dignidad, un gemido silencioso que se perdía en la inmensidad azul. El dolor en sus músculos, tensos por las posturas antinaturales y las horas de inmovilidad, era un latigazo constante, un recordatorio físico de su servidumbre.

Pero lo peor, lo que realmente quebraba su espíritu, era el silencio. El ensordecedor silencio subacuático, que magnificaba el distante murmullo de la multitud. Podía ver sus bocas moverse, sus risas mudas, sus miradas lascivas, pero no podía oírlos. Estaba completamente aislada en su acuario de vergüenza, condenada a interpretar su papel de sirena decorativa para un público que no podía—o no quería—escuchar su sufrimiento.

Después de lo que pareció una eternidad de seis horas, la luz en el agua parpadeó dos veces, la señal de que podía salir. Emerger fue un alivio y una nueva tortura. El aire frío del vestíbulo le golpeó la piel húmeda, provocándole escalofríos violentos. La pintura, al secarse, se contrajo, agrietándose como una costra sobre su piel, tirando de los vellos, recordándole cada centímetro que había estado expuesto. Al salir del agua, la ilusión de la cola pintada se desvaneció por completo, dejando solo la realidad de su cuerpo desnudo y marcado, con la piel pálida y arrugada donde la pintura no había cubierto, como un negativo perverso de su propio cuerpo.

May la esperaba en la plataforma de servicio, no con una toalla suave, sino con una áspera y pequeña, como las que se usan para limpiar vidrios.

—Un éxito rotundo —dijo, sin un ápice de emoción en la voz, mientras Magi se envolvía—. Los números de visitas se dispararon un 300% en la franja horaria. Los comentarios en redes son... entusiastas. —Hizo una pausa, observando cómo Magi temblaba.

Magi apretó la toalla áspera contra su cuerpo, sintiendo que la pintura no se iba con el agua, sino que se absorbía en su piel, manchándola por dentro, tintando su ser con la vergüenza de la exposición.

Al salir a la zona de staff, tuvo que cruzar el vestíbulo. Ya no era un lugar de paso; era el escenario de su nueva y más pública forma de servidumbre. Algunos visitantes rezagados la reconocieron. Un par de adolescentes le lanzaron miradas y sonrisitas. Un hombre mayor le guiñó un ojo.

Y a través de las gigantescas puertas de cristal del acuario, vio la ciudad. Los coches pasaban, la gente caminaba rápido, absorta en sus vidas. Desde aquí, eran solo sombras, figuras anónimas. Pero ella sabía que entre ellas estaban el hombre del traje, la mujer del vestido caro, el joven de la mirada familiar. La ciudad, indiferente y bulliciosa, se había convertido en un cómplice silencioso de su exhibición, conteniendo a los espectadores de su degradación y llevándose sus secretos a casa, guardados en sus teléfonos y en sus miradas.

¿Qué pasa después?

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