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Chapter 37 by bla12 bla12

¿Como sigue la sesión?

Con miradas no deseadas

El viento frío del callejón se llevó el último resto de calor de su cuerpo. Magi estaba posada contra la pared de ladrillo, la áspera textura arañándole la espalda a través de los orificios de la seda perforada. Leo se había alejado para cambiar de objetivo, y en ese breve interludio de silencio, llegó el sonido.

Al principio fue un murmullo bajo, como el zumbido de un enjambre lejano. Luego, se individualizaron las voces. Provenían de más allá de las vallas negras que acordonaban el callejón, de la calle principal.

—¡Oye, mira eso! ¿Qué están filmando? —Una voz juvenil, cargada de curiosidad.

—Parece una sesión de fotos rara… ¡Mira cómo va vestida! —Otra voz, femenina, con una risita nerviosa.

Magi apretó los ojos, intentando concentrarse en la instrucción de Leo de "buscar una salida con la mirada". Pero no había salida. Solo el murmullo que crecía.

Un autobús se detuvo en el semáforo de la bocacalle. Caras curiosas se aplastaron sobre los vidrios. Un niño señaló con el dedo. Su madre le bajó la mano rápidamente, pero no apartó la vista.

—¿Es una modelo? ¡Qué vestido más extraño! —gritó alguien desde la parada de autobús.

Luego, aparecieron los celulares. Pequeños rectángulos brillantes que se alzaron por encima de las vallas o se deslizaron entre los huecos de las cintas de restricción. No era el flash profesional de Leo. Era el destello frío y anónimo de decenas de cámaras de celular, grabando, tomando fotos, transmitiendo en directo quizás.

Click-clack. El sonido de la cámara de Leo se mezcló con los clicks fantasma de los celulares. Él no parecía molesto. Al contrario, se movía con una energía renovada.

—Magi, gira la cabeza hacia las vallas. Sí, así. No mires a la cámara. Mira a ellos. Quiero capturar la reacción en tus ojos. La… conexión con el público —Su voz sonaba excitada.

Ella giró la cabeza. Su mirada se encontró con un mar de pantallas brillantes y caras sonrientes, curiosas, burlonas. Un grupo de chicos jóvenes le gritó algo que el viento arrastró, pero del que solo captó la palabra "¡caliente!" seguida de risas. Una mujer mayor frunció el ceño con desaprobación, pero no dejó de grabar con su celular.

El escarnio público era un peso físico que la aplastaba sobre la pared. No era la evaluación fría de los clientes de Elara. Esto era visceral, grosero, democratizado. Cada risa era una aguja, cada mirada un dedo señalándola. Se sintió como un animal enjaulado en un zoo, con la gente golpeando los barrotes.

Y al ver la intensidad de las miradas, Magi sintió la tela tensarse sobre su cuerpo, dándose cuenta de que los cordones de cuero, apretados y desajustados por los movimientos, habían estirado aún más la seda. Los orificios ahora se veían ligeramente más grandes, revelando parches de piel más amplios de lo que recordaba, suficiente para que, en un movimiento o al tensarse la tela, un orificio en el área del busto dejara ver brevemente el borde oscuro de su pezón.

—¡Perfecto! ¡Mantén esa expresión! —gritó Leo, disparando en ráfaga—. ¡La vulnerabilidad ante la mirada del vulgo! ¡Es oro puro!

Elara, que observaba desde un rincón con los brazos cruzados, asintió con aprobación. Un espectador le gritó algo a ella, preguntando qué vendían. Elara ignoró el comentario, pero una pequeña y fría sonrisa jugueteó en sus labios. El caos, la atención no solicitada, era parte del plan.

Magi intentó volver a su pose, pero ya no podía. Sus manos temblaban. El vestido de seda, antes la "armadura" ligera, ahora se sentía tan delgado como el papel, tan permeable como una gasa. Cada orificio de la tela perforada era una herida abierta por la que se colaba la vergüenza, con los puntos de luz magnificados por la atención de la calle y por la propia distorsión del tejido que ahora amenazaba con exponerla por completo.

—¡Una más! —anunció Leo—. Siéntate en el bordillo. Apoya la cabeza en tus manos. Agotamiento. Sobreexposición.

Magi se dejó caer en el bordillo de adoquines. La piedra fría le traspasó la fina seda. Enterró el rostro en sus manos, pero era inútil. Sabía que los celulares aún la estaban grabando, que su postura derrotada sería otra imagen para alimentar las redes sociales, otro meme, otro chiste. El murmullo de la multitud era ahora un rugido en sus oídos, un coro de voces anónimas que la juzgaban, la consumían y la descartaban en tiempo real.

Cuando Leo finalmente bajó la cámara y dijo "Tenemos suficiente", el silbido de un joven desde la calle fue el punto final. Magi se levantó, tambaleándose. Un asistente le acercó la bata, y ella se envolvió en ella como en una línea de vida.

Al subir al auto, el mundo exterior se atenuó, pero el eco del murmullo seguía ahí, grabado en su mente junto al click-clack de la cámara. Elara subió después y cerró la puerta, aislando el ruido.

—Buen trabajo —dijo, consultando su celular donde, sin duda, ya circulaban las primeras imágenes—. La reacción orgánica del público añade una capa de veracidad inestimable. Los coleccionistas pagarán el triple por una pieza que ya ha sido… probada en el mercado del escarnio.

El auto no se dirigió de inmediato al estudio. Elara dio una nueva instrucción a Leo.

—Perfecto. Ahora, llévala a tres cuadras de su apartamento. Quiero que camine el resto. Necesita experimentar la clausura de la sesión.

Magi abrió los ojos, horrorizada. —¡Elara, no puedes! Estoy... estoy casi desnuda. Mi edificio... la gente me conoce.

—Justamente —replicó Elara con un brillo gélido—. El último acto de la performance. El retorno de la diosa al mundo de los mortales. Es la transición, Magi. La tela debe llevar consigo la memoria de la calle hasta tu puerta. Es solo un paseo.

El coche se detuvo minutos después, no en el edificio de Magi, sino en una esquina anónima a tres cuadras de distancia. Elara le quitó la bata antes de que pudiera protestar.

—Ve. La luz del atardecer será perfecta para los puntos en la tela.

Magi se bajó del auto, sintiéndose arrojada al asfalto. El auto del estudio se alejó lentamente, dejando a Magi en la acera, sola, con la seda perforada como única piel, y la vergüenza como una manta pesada. Cada paso hacia su casa era un acto de exposición pública. La gente la miraba, no con la burla desenfrenada del callejón, sino con una curiosidad más íntima, más invasiva. Ella, que siempre se había movido entre las sombras de su propia vida, ahora era un faro, un espectáculo visible para sus vecinos, para cualquiera.

Caminó las tres cuadras con la cabeza gacha, sintiendo el viento frío filtrarse por los orificios que ya no solo revelaban, sino que apuntaban. Finalmente, llegó a la entrada de su edificio. El portero, un hombre mayor que la conocía de toda la vida, la miró con una mezcla de sorpresa y profunda pena antes de desviar la vista, como si ella fuera algo demasiado privado para ver en público.

Magi se deslizó dentro, sin atreverse a mirar a nadie en el ascensor. Al llegar a su piso, corrió hacia la puerta de su departamento. Al fin, el refugio. Entró, cerró de golpe y se apoyó contra la madera, el corazón latiéndole salvajemente contra la seda perforada.

Miró por última vez en dirección al auto, que ya se había ido. Ya no solo era una obra de arte para coleccionistas. Era una atracción pública. Y el espectáculo, sabía, acababa de comenzar.

¿Qué pasa el próximo día?

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