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Chapter 98 by bla12 bla12

¿Cómo empieza el evento?

Con la examinación de las “estatuas”

La música era un latido bajo y pulsante que vibraba a través de los pedestales y se instalaba en los huesos de Magi. Bajo los focos, cada fibra de su cuerpo gritaba por moverse, por ajustar la tira de cuero que se le clavaba en el muslo, por rascarse el lugar donde el metal de la máscara presionaba contra su piel. Pero permaneció inmóvil, respirando superficialmente a través de las estrechas rendijas, su mundo reducido a un túnel de visión que abarcaba la penumbra y los destellos de luz negra.

Los primeros clientes se acercaron con cautela, copas en mano, formando un semicírculo de curiosidad. Susurraban, señalaban, reían entre dientes. Magi sentía sus miradas como hormigas recorriendo su piel.

—Mira esta, parece de verdad —dijo una voz masculina, demasiado cerca.

Un hombre, con la corbata desajustada y el aliento a whisky, se acercó a su pedestal. Su mirada subió y bajó por su cuerpo con una lentitud obscena.

—¿Crees que siente? —preguntó a su compañero, sin apartar los ojos de ella.

—Solo una forma de saberlo —respondió el otro, con una risa burlona.

El primer hombre alargó la mano. Magi contuvo la respiración, todo su cuerpo se tensó en una oración silenciosa. Sus dedos, húmedos por el sudor de la copa, no tocaron su piel, sino la capa de red que cubría su hombro. La pellizcó y frotó entre el pulgar y el índice, como evaluando la calidad de una tela.

—Plástico —declaró, decepcionado, y se alejó.

Magi exhaló, una descarga de adrenalina temblorosa recorriéndola. No estaba a salvo, solo había sido evaluada y encontrada queriendo.

No todas las interacciones fueron tan inocuas. Un grupo de mujeres, elegantemente vestidas, se detuvo frente a Lara. Su máscara de plumas verdes y azules y su torso de látex brillante la convertían en la realeza del espectáculo.

—Qué detalles más exquisitos —comentó una, bebiendo de su cóctel—. Mira el trabajo de las escamas.

—¿Crees que está incómoda? —preguntó otra, con fingida compasión.

—Por Dios, Susan, es una estatua. No siente —dijo la primera, y antes de que alguien pudiera reaccionar, extendió su larga uña esmaltada y rasgó suavemente una de las "escamas" de acrílico de la falda de Lara, produciendo un sonido crujiente. Lara no se inmutó, pero Magi, desde su pedestal, vio cómo los dedos de su compañera se crispaban levemente contra su muslo.

La moneda especial del establecimiento —una ficha pesada de latón con el tridente de Neptuno— era la llave para la interacción. Un hombre joven, con aire de timidez falsa, lanzó una a los pies del pedestal de Cloe, vestida de algas.

—Baila —ordenó, con una voz que pretendía ser autoritaria.

Cloe, cuyo traje de seda viscosa apenas la cubría, se congeló. La regla era moverse solo con la moneda, pero no había coreografía. Con movimientos torpes, forzados por el pánico, meció las caderas, haciendo que las tiras de tela se enrollaran y desenrollaran sobre su cuerpo, revelando y ocultando flashes de piel en un espectáculo patético. El hombre rió, grabando con su teléfono, antes de perderse entre la multitud. Cloe se detuvo, temblando visiblemente.

Pero fue Sofia quien atrajo la peor atención. Su máscara de porcelana agrietada y su corsé blanco roto parecían una invitación para algunos. Un tipo corpulento, con los nudillos tatuados, le arrojó una ficha que golpeó su estómago.

—¡Vamos, rota! —gritó—. ¡Rompe más!

Sofia permaneció inmóvil, sus ojos brillando de terror tras las grietas de la máscara. El hombre, enfurecido por la falta de respuesta, escupió hacia el pedestal. El escupitajo cayó sobre su pierna, brillando bajo la luz negra. Una ola de asco y rabia recorrió a Magi, pero ella tampoco podía moverse.

Julia, con su máscara de gasa color carne y su atuendo casi invisible, era la que más hipnotizaba. La gente se paraba frente a ella, entrecerrando los ojos, tratando de descifrar si realmente tenía un rostro o no. Un hombre se acercó tanto que su aliento empañó la gasa.

—No hay nada ahí —murmuró, fascinado y perturbado—. Es como un fantasma.

Extendió la mano y, con una osadía que nadie más había tenido, pasó el dedo por donde debería estar su mejilla. La gasa se hundió bajo el tacto, dando la ilusión de tocar piel real y todavía no tocar nada. Julia no parpadeó, no respiró hondo. Era la estatua perfecta, y esa perfección era la más aterradora de todas.

Magi vio todo. Vio la humillación de Cloe, el asco de Sofia, el objeto de fascinación en que se había convertido Julia, la elegancia violada de Lara. Y supo que las máscaras no las protegían. Las convertían en pantallas en blanco donde cada cliente podía proyectar sus propias fantasías, crueldades y curiosidades. El anonimato no era un escudo; era una invitación a ser cualquiera y, por lo tanto, nadie.

Un nuevo grupo se detuvo frente a ella. Uno de ellos, un hombre de mediana edad con una sonrisa tranquila estudió su máscara de metal steampunk con genuino interés. Lanzó una ficha a sus pies.

—No quiero que te muevas —dijo, con una voz calmada que cortaba el ruido de la fiesta—. Solo quiero ver cómo respiras. Quiero ver el esfuerzo por no moverte.

Magi sintió que el pánico la ahogaba. Su respiración, hasta ahora controlada, se volvió de repente un evento público, algo que debía ser medido y observado. Intentó contenerla, hacerla superficial, pero cada inhalación se sentía como un grito, cada exhalación como una rendición. El hombre observaba, sonriendo levemente, disfrutando no del cuerpo expuesto, sino de la voluntad rota que se revelaba en el más mínimo e involuntario de los movimientos: el simple acto de respirar.

En ese momento, comprendió la verdadera naturaleza de su papel. No era una estatua. Era un animal disecado, clavado en un pedestal, y el cliente era un coleccionista que disfrutaba no del animal, sino de la precisión del taxidermista.

¿Cómo sigue el evento?

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