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Chapter 10 by bla12 bla12

¿Cómo termina el día?

Con felicitaciones

El silbato final de la Suboficial Costa sonó como la liberación de una condena. Magi se enderezó con un esfuerzo sobrehumano, cada músculo le gritaba, cada centímetro de su piel sentía el recuerdo abrasivo de la tela elástica y sudada que aún se le adhería como un parásito. Respiraba con dificultad, el pecho oprimido por la camisa que había sido su cárcel durante toda la sesión.

Se preparó mentalmente para la reprimenda, para el comentario ácido sobre su rendimiento, sobre el uniforme, sobre su propia existencia que parecía ser un error en aquel lugar. Bajó la mirada, fijándola en las grietas del asfalto, esperando la orden de quedarse después para limpiar el patio o planchar el uniforme diez veces más.

Pero la voz de Costa no llegó cargada de ira. Llegó con una frialdad calculada que era mucho peor.

—Cadete Rojas —llamó, y su voz cortó el murmullo cansado de los otros cadetes.

Magi alzó la vista, forzada por el tono de mando. Costa estaba frente a ella, las manos a la espalda, la expresión inescrutable.

—Hoy ha demostrado un grado notable de… resiliencia —dijo la Suboficial, y la palabra sonó como un latigazo—. A pesar de las adversidades logísticas —su mirada bajó brevemente al uniforme ajustado, húmedo y obsceno, y luego volvió a clavarse en los ojos de Magi—, ha completado la sesión sin quejarse. Sin flaquear. Eso es fortaleza mental. Algo que no se enseña en los manuales.

Hizo una pausa, dejando que las palabras, envenenadas de ironía cruel, se instalaran en el aire. Los compañeros de Magi escuchaban en un silencio incómodo.

—Es un ejemplo de cómo superar las limitaciones impuestas —continuó Costa, y una esquina de su boca se torció levemente en lo que podía ser una sonrisa o una mueca de desprecio—. Ha seguido las órdenes al pie de la letra, sin importar lo… incómodo de la situación. Eso es disciplina. Felicitaciones, cadete.

Las "felicitaciones" resonaron en los oídos de Magi como el eco de una bofetada. No eran un elogio. Eran la consagración de su humillación. Costa no la felicitaba por su esfuerzo, sino por su sumisión. Por aguantar la burla, la exposición, la violación de su intimidad, sin protestar. La convertía en cómplice de su propia degradación.

Magi sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Quiso gritar, quiso arrancarse ese uniforme que era ahora un trofeo de su vergüenza, quiso decirle a Costa que no quería sus felicitaciones, que lo único que quería era desaparecer.

Pero no lo hizo. Solo apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolió la sien, y musitó un seco y ronco:

—Gracias, Suboficial.

Eran las palabras más amargas que había pronunciado en su vida.

El trayecto hasta su departamento fue un borrón. No recordaba haber caminado, haber tomado el autobús. Solo era consciente del peso del uniforme sudado pegado a su piel, de la mirada de los extraños que parecían saber, de la quemazón del elogio de Costa en su mente.

Al cruzar la puerta de su pequeño departamento, la fachada de fortaleza que había mantenido con uñas y dientes se resquebrajó. La cerradura se cerro detrás de ella y fue el detonante.

Un sollozo seco, desgarrador, le escapó del pecho. Le siguieron otros, incontenibles, sacudiendo todo su cuerpo. Las lágrimas, contenidas durante horas, brotaron con una fuerza torrencial, calientes y saladas, surcando su rostro y mezclándose con el sudor frío que aún le cubría la piel.

Se desvistió con dedos temblorosas y torpes, arrojando el uniforme ajustado al rincón más oscuro de la habitación como si estuviera contaminado. Pero ni siquiera desnuda, bajo la ducha caliente que intentaba lavar la suciedad invisible de la jornada, podía escapar.

El agua corría por su cuerpo y ella seguía sintiendo las miradas, el roce de la tela, la voz fría de Costa felicitándola por su sumisión. Se frotó la piel hasta enrojecerla, intentando borrar la sensación de aquel tacto repugnante, de aquel elástico que la había convertido en un espectáculo.

Salió de la ducha y se envolvió en una toalla áspera, pero el frío no venía de fuera. Venía de dentro. Se dejó caer en el suelo, junto a la cama, y enterró la cara en las rodillas. Los sollozos la sacudían sin control.

No lloraba solo por el cansancio, o por la humillación del día. Lloraba por la certeza de que se estaba perdiendo a sí misma. Porque en algún momento, entre el agua helada y la tela elástica, entre las burlas y los elogios envenenados, la Magi que amaba los libros y el silencio se estaba desdibujando, siendo reemplazada por una cascara vacía que solo sabía aguantar y obedecer.

Y lo peor era que, al recibir aquellas felicitaciones, había aceptado la moneda. Había intercambiado un pedazo de su dignidad por un elogio de su verdugo. Y esa tracción hacia sí misma era la que más le dolía, la que hacía que las lágrimas no encontraran consuelo en la soledad de su pequeño departamento.

¿Cómo sigue su entrenamiento?

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