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Cap 8
Punto de vista: Damián (26 años)
El silencio dentro de mi habitación era absoluto. El aire estaba saturado del olor a sudor, sexo y hormonas. Yaciendo en el centro de la cama matrimonial, sentía el peso de los cuerpos de las cuatro mujeres distribuidos sobre mí como un trofeo vivo. Valeria descansaba con la cabeza en mi hombro, respirando tranquilamente; Sabrina dormía a medias pegada a mi pecho, mientras Camila y Renata abrazaban mis piernas.
Sin embargo, en el piso inferior, fuera del alcance de nuestros sentidos adormilados por el cansancio, la seguridad física de la casa sufrió una brecha imperceptible.
Punto de vista: Narrador Omisciente
Un joven de dieciocho años, vecino de la cuadra trasera y conocido por andar metiéndose en propiedad privada por pura curiosidad y vandalismo menor, saltó la barda del patio posterior. Al ver que el Mustang de Damián estaba aparcado al frente pero que la casa parecía completamente desierta y en silencio, decidió probar suerte abriendo la puerta corredera del tragaluz trasero, la cual tenía un fallo en el pestillo.
Se deslizó al interior del pasillo del servicio sin hacer el menor ruido. Caminó en puntillas por la primera planta, notando que la sala estaba vacía. Al pasar junto a la puerta que conducía al sótano —el taller privado de Damián—, vio que la hoja de madera estaba entreabierta unos pocos centímetros. Un resplandor intermitente y brillante de color verde fluorescente provenía del fondo de las escaleras.
Movido por la curiosidad, el joven bajó los escalones de concreto en silencio. Entró al taller y se quedó maravillado por la cantidad de equipo tecnológico: monitores con códigos en cascada, impresoras 3D de precisión, centrifugadoras biomédicas y brazos robóticos en miniatura.
Justo en el centro del mostrador principal, sobre la cuna de recarga magnética, había un pequeño contenedor cilíndrico de cristal blindado y titanio. Dentro del recipiente, un fluido viscoso brillaba con una luz verde intensa. En la parte frontal del cartucho, una pantalla LED indicaba: Carga de Nanobots: 100% / Estado: Listo para Inyección.
Pensando que se trataba de algún tipo de sustancia rara, droga sintética de alto valor o algún componente tecnológico caro que podía vender en el mercado negro, el chico estiró la mano, desacopló el frasco del puerto magnético con un chasquido suave y se lo guardó rápidamente en el bolsillo interno de su sudadera.
En ese preciso instante, el piso de madera del techo del sótano crujió. Eran los pasos de las chicas que empezaban a despertarse en el segundo piso.
Asustado por la posibilidad de ser atrapado, el joven dio media vuelta, subió las escaleras del sótano a toda prisa, atravesó la cocina y salió por la puerta trasera por donde había entrado, saltando la barda del patio hacia la calle posterior sin dejar más rastro que una leve marca de tierra en el suelo.
Punto de vista: Damián (26 años)
En el segundo piso, el movimiento de las cobijas me hizo abrir los ojos. Camila y Renata se estaban incorporando lentamente, estirando sus cuerpos atléticos con pereza y sonriendo con esa sumisión afectuosa que la falsa agencia mantenía intacta en sus mentes.
—Mmm... qué bien dormí —murmuró Camila, dándome un beso suave en la mejilla—. Voy a bajar por un poco de agua, Damián. ¿Quieres algo?
—No, Camila, estoy bien —respondí con voz serena.
—Yo te acompaño, Cami —agregó Renata, poniéndose una bata ligera sobre la piel desnuda—. De paso voy a revisar si el cartucho del taller ya avanzó en su carga para que tengas todo listo para mañana.
—Está bien —asentí.
Las dos hermanas salieron del cuarto y bajaron las escaleras. Valeria y Sabrina continuaron dormidas a mi lado, profundamente agotadas por la sesión de sexo intenso que habíamos compartido.
Apenas pasaron dos minutos cuando el eco de unos pasos apresurados subiendo los escalones rompió la calma de la casa. La puerta de mi habitación se abrió de golpe. Camila y Renata entraron con rostros de confusión y ligera alarma.
—¡Damián! ¡Damián, baja rápido! —gritó Renata, acercándose a la cama.
—¿Qué pasa? —pregunté, incorporándome de inmediato.
—Bajamos al taller a revisar la cuna de carga y el frasco verde no está —explicó Camila con tono agitado—. La máquina está sonando con una alarma de desconexión forzada. ¡Alguien se lo llevó!
Valeria y Sabrina se despertaron al instante ante los gritos, frotándose los ojos con desorientación.
—¿Cómo que no está? —preguntó Valeria, poniéndose la bata a toda prisa—. ¿Alguien entró a la casa?
Me puse los pantalones de un solo tirón, manteniendo una calma fría y calculadora. No había espacio para el pánico; la pánico es una emoción inútil ante los contratiempos técnicos.
—Tranquilas todas —ordené con voz firme y autoritaria—. Quédense aquí con Valeria. Yo voy a revisar.
Bajé las escaleras del sótano a paso rápido, seguido de cerca por las chicas, que no quisieron quedarse arriba. Al entrar a mi taller, la alarma acústica de la cuna magnética emitía un pitido rojo intermitente. La base de acoplamiento estaba vacía. El cartucho de nanobots concentrados que había estado preparando para mi madre Elena había desaparecido.
Caminé directamente hacia la consola central de seguridad y tecleé mi clave de acceso. Abrí el software de monitoreo en circuito cerrado de la casa. Las cámaras de alta definición con visión nocturna y detección de movimiento registraron todo lo ocurrido diez minutos atrás.
En el Monitor 3 se veía claramente la silueta de un chico de unos dieciocho años entrando por la puerta trasera del pasillo, bajando las escaleras del sótano, tomando el frasco con luz verde de la cuna magnética y huyendo a toda prisa al escuchar ruido en la planta alta.
—¡Es un idiota de la cuadra de atrás! —exclamó Camila al ver la pantalla, apretando los puños con rabia—. ¡Se metió a robar! Damián, voy a buscarlo ahorita mismo y le parto la madre para recuperar el frasco.
—No, Camila. Quédate tranquila —ordené, deteniéndola con un gesto de la mano.
—¿Pero cómo, Damián? —intervino Valeria, acercándose a mi lado con una expresión de preocupación en su rostro perfecto—. Se llevó la dosis de nanobots. Era la que ibas a usar con tu mamá hoy o mañana. ¿No te preocupa que ese tipo descubra lo que hace o que se la inyecte a alguien?
Emití una pequeña risa fría, cruzándome de brazos mientras observaba la imagen congelada del ladrón en el monitor.
—No me preocupa en lo más mínimo —respondí con absoluta tranquilidad—. Para empezar, ese idiota no tiene la menor idea de lo que acaba de robar. Para un profano, ese frasco parece simplemente un compuesto químico, un fertilizante especial o una sustancia sintética para vapear. No tiene la pluma inyectora neumática, que es el único dispositivo calibrado para introducir los bots en el torrente sanguíneo con la presión y la frecuencia de radio requeridas. Sin la pluma, ese frasco es inservible para él.
—¿Y no hay peligro de que lo rompa o se lo tome? —preguntó Sabrina, acomodándose los lentes con curiosidad analítica.
—Si se lo toma o lo rompe, los nanobots se desactivarán al contacto con los ácidos estomacales o con el aire sin la clave de activación magnética —expliqué con frialdad científica—. Se convertirán en simple polvo inerte. Ese chico perdió su tiempo robando algo que jamás podrá usar ni vender.
Valeria suspiró aliviada, abrazándome por la cintura desde un lado.
—Qué alivio, mi amor... Pero de todas formas perdiste el compuesto que ya estaba listo. ¿Cuánto vas a tardar en hacer otro?
—Ese es el único inconveniente real —admití, mirando la consola de síntesis química—. La formulación de una nueva cepa concentrada de nanobots requiere un proceso de cultivo molecular en la centrifugadora de precisión. Normalmente la cuna tarda doce horas en hacer la recarga estándar, pero si fuerzo los reactivos primarios en el sintetizador manual del taller, puedo tener un cartucho completamente funcional y cargado al 100% en exactamente cinco horas.
—¿Cinco horas nada más? —preguntó Renata con asombro.
—Así es. El único costo es el consumo de reactivos base, pero tengo de sobra en el almacén blindado —asentí serenamente—. Son las cuatro de la tarde. Si pongo a trabajar el sintetizador ahora mismo, el nuevo frasco estará listo exactamente a las nueve de la noche.
—Mi suegra Elena ya habrá llegado a la casa para esa hora —comentó Valeria con un tono astuto y calculador—. Pero estará descansando en su habitación o cenando tranquilamente. Tendrás la noche entera para aplicarle la dosis con calma.
—Exactamente, mi reina —sonreí, dándole un beso corto en los labios—. Un pequeño retraso de unas cuantas horas no cambia en nada el resultado final de nuestra estrategia.
Me acerqué a la mesa de trabajo principal. Abrí el compartimento inferior de acero reforzado, saqué un nuevo frasco de cristal blindado vacío y lo coloqué en la cámara de síntesis del centrifugador. Tecleé los comandos en la pantalla táctil: Iniciar Síntesis Sintética / Cepa: Falsa Agencia / Modo de Aceleración: 5 Horas.
La máquina comenzó a zumbar con un sonido grave y constante. Las luces de los reactivos se encendieron, iniciando el proceso de ensamblaje molecular de los millones de micro-dispositivos que formarían la nueva dosis.
Giré la cabeza hacia las cuatro mujeres que me observaban con devoción desde la entrada del taller.
—Camila, Renata —ordené—. Vayan a revisar y asegurar el pestillo de la puerta trasera del patio para que no vuelva a entrar ningún curioso. Sabrina, sube a la sala y mantén la vista afuera por si llega mi madre. Valeria, ven conmigo; me vas a ayudar a calibrar los parámetros de la pluma inyectora mientras la máquina trabaja.
—A tus órdenes, mi señor —respondieron Camila, Renata y Sabrina al unísono, retirándose para cumplir sus tareas con obediencia ciega.
Valeria caminó hacia mí con una sonrisa radiante, colocando sus manos sobre mis hombros mientras la centrifugadora trabajaba a toda marcha detrás de nosotros.
—Me encanta ver cómo nada te despeina, Damián —susurró ella al oído—. El imperio no se detiene por un ladrón de poca monta.
—Jamás, Vale —contesté, sujetándola de la cadera—. A las nueve de la noche el frasco estará listo, y la casa entera será oficialmente nuestra.
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Punto de vista: Víctor Manuel Vicente (18 años)
Crucé la calle trasera corriendo como si llevara al mismísimo diablo detrás de mí. Con el corazón martillándome en el pecho y las manos sudadas metidas en los bolsillos de mi sudadera, no dejé de mirar por encima del hombro hasta que doblé la esquina de mi pasaje.
En la mano apretaba ese extraño frasco de cristal blindado que le había quitado al tipo del taller de la otra cuadra. La luz verde fluorescente que salía del líquido viscoso atravesaba la tela de mi bolsa, proyectando un resplandor en la penumbra. No tenía la menor idea de qué carajos era esa mierda, pero brillaba demasiado como para ser algo barato. Si era alguna droga nueva o un químico de laboratorio, en la esquina me darían unos buenos miles de pesos por él. Con eso me bastaba para largarme un par de días de mi propia casa.
Llegué a la fachada de mi casa: una construcción de dos pisos con portón negro donde vivía mi propia pesadilla personal.
Abrí la puerta de alambre sin hacer ruido y me deslicé hacia el pasillo principal. En esta casa yo no era más que un cero a la izquierda, una sombra inservible a la que solo le hablaban para ordenar mandados o para recordar lo patético que era.
Mi padre se había vuelto a casar hacía tres años con Beatriz, una mujer madura de cuarenta y dos años que parecía sacada de una revista. Mi padre, un contratista que se la pasaba viajando gran parte del año por trabajo, cometió el error de dejarle el control absoluto del dinero y de la casa a Beatriz. Y con Beatriz venía su hija de mi misma edad, Melissa, de dieciocho años.
Las dos eran unas mujeres ridículamente atractivas, un par de diosas de piel clara, curvas exuberantes y una presencia imponente que dejaba mudo a cualquiera. Pero para mi desgracia, ambas me trataban con total frialdad y desprecio. Beatriz era una madrastra dominante que disfrutaba teniéndome bajo su mando, y Melissa era una chiquilla arrogante que usaba su belleza para tenerme de recadero, tratándome como si fuera su sirviente personal.
Intenté pasar directo hacia las escaleras que llevaban a mi cuarto, pero la voz rasposa, elegante y helada de Beatriz cortó el aire de la sala.
—¿A dónde crees que vas con tanta prisa, Víctor? —preguntó Beatriz desde el sillón de piel.
Me detuve en seco, apretando el frasco dentro de la bolsa.
Al girarme, la vi. Beatriz estaba recostada en el sofá con una copa de vino blanco en la mano. Vestía una bata de seda negra con encaje que dejaba al descubierto sus piernas largas y carnosas, unos muslos anchos y un escote profundo que resaltaba el volumen de sus pechos. A sus cuarenta y dos años, la mujer tenía un cuerpo escultural que me hacía tragar saliva cada vez que la tenía cerca, una mezcla de madurez y poder que me ponía los nervios de punta.
A su lado, sentada en la mesa de centro lijándose las uñas, estaba Melissa. Mi hermanastra llevaba un top de tirantes sumamente ajustado y unos shorts de mezclilla tan cortos que dejaban ver la mitad de sus nalgas redondas. Tenía una figura idéntica a la de su madre: caderas anchas, cintura diminuta y una actitud distante que se le notaba en la forma de mirarme por encima del hombro.
—Respóndeme cuando te hablo, inútil —reiteró Beatriz, poniéndose de pie con la elegancia de una pantera. Sus tacones resonaron contra el piso de loseta—. ¿Qué traes ahí que te tienes tan nervioso?
—Nada, Beatriz. No traigo nada —mentí, dando un paso hacia atrás.
—No me mientas —intervino Melissa sin levantar la vista de sus uñas, soltando una risita burlona—. Llegas sudando y tapándote la bolsa de la sudadera. Seguro volvió a robarse alguna pendejada.
Beatriz caminó hacia mí a paso rápido. Su presencia era abrumadora; olía a perfume caro y a vino. Sin darme tiempo a reaccionar, me agarró del brazo con una fuerza sorprendente y me metió la mano en la bolsa de la sudadera, sacando el frasco de cristal de un solo tirón.
—¡Hey! ¡Dámelo! ¡Eso es mío! —grité, intentando quitárselo.
—¡Te me callas! En esta casa nada es tuyo mientras mi marido me siga mandando a mí el dinero para mantenerte —me espetó Beatriz, dándome un empujón en el pecho que me hizo dar dos pasos hacia atrás.
Beatriz levantó el cilindro metálico a la altura de sus ojos. La luz verde fluorescente iluminó su rostro maduro y sus labios pintados de rojo oscuro. Melissa se levantó de la mesa de centro, acercándose con curiosidad a su madre para mirar la sustancia viscosa.
—¿Qué es esa porquería, mamá? —preguntó Melissa, arrugando la nariz—. Parece una de esas cosas químicas de laboratorio.
—No tengo la menor idea, pero brilla como si fuera algo caro —respondió Beatriz, girando el frasco entre sus dedos.
En la parte superior del cartucho había una pequeña boquilla de presión metálica con un botón de alivio manual. Beatriz, por pura ignorancia y buscando abrir el envase para olerlo, presionó con fuerza el resorte metálico.
¡CHIK!
Una pequeña aguja neumática saltó de la base, pinchándole el dedo pulgar a Beatriz.
—¡Ay! ¡Maldita sea! —gritó Beatriz, soltando casi el frasco por el dolor repentino.
El cilindro cayó sobre la alfombra de la sala. Al entrar en contacto directo con la sangre del pinchazo, la carga de la sustancia reaccionó de inmediato. La luz verde fluorescente que emitía el fluido empezó a apagarse gradualmente mientras el líquido entraba en su sistema. Para nosotros, nadie sabía qué carajos era esa sustancia ni cómo funcionaba realmente; solo se veía como un químico extraño que acababa de perder su brillo dentro del recipiente.
Beatriz se llevó el pulgar a la boca, sobándose la zona pinchada mientras miraba el frasco ahora apagado en el suelo.
—¡Porquería inservible! —maldijo Beatriz, dándole una patada al cilindro metálico que lo mandó a rodar debajo de la mesa—. ¡Mira nada más lo que me hizo este trasto! ¡Me picó el dedo!
La rabia, la humillación acumulada de años y la frustración de ver arruinado lo único de valor que había conseguido en el día me hicieron explotar por dentro. Toda la timidez con la que siempre las trataba se convirtió en un coraje hiriente que me subió a la garganta.
—¡¿Por qué mierda te metes con mis cosas?! —le grité a Beatriz en la cara, con los puños apretados y el rostro rojo de coraje—. ¡¿Por qué carajos tienes que quitarme todo lo que traigo?! ¡Esa mierda era mía!
Melissa me miró con desprecio desde un lado, cruzándose de brazos.
—Cállate la boca, Víctor —dijo Melissa—. En esta casa tú no tienes derecho a reclamar nada.
—¡No me voy a callar nada! —le rugí a Melissa, y luego volví mis ojos llenos de rabia hacia Beatriz—. ¡Te la pasas quitándome todo! ¡Me quitas la libertad, me quitas todo lo mío! ¡¿Por qué tanto empeño en quitarme mis cosas?! ¡¿Por qué no me quitas la virginidad mejor, ya que tanto te gusta manipularme?! ¡¿Por qué no te metes a la cama conmigo y tienes sexo de una vez si tanto me quieres aplastar?!
El silencio que siguió a mi grito fue tan pesado que se podía escuchar el zumbido del refrigerador desde la cocina.
Melissa se quedó con la boca abierta, mirando a su madre con una sorpresa absoluta. Yo mismo me quedé helado por las palabras que acababan de salir de mi boca; el coraje me había hecho soltar la fantasía más oscura y reprimida que llevaba guardando desde que Beatriz había entrado a esta casa con su cuerpo de diosa madura.
Esperaba que Beatriz me soltara una bofetada que me volteara la cara, o que me mandara a mi cuarto a patadas.
Pero Beatriz no se movió.
En ese momento, la sustancia que había entrado por su dedo pulgar comenzó a hacer efecto en su cuerpo. De pronto, una ola de calor abrasador y repentino recorrió las venas de Beatriz, subiendo desde sus manos directamente hacia su cabeza y concentrándose con fuerza en su vientre. Sus ojos, antes fríos y distantes, se dilataron ligeramente. Una sensación de calor húmedo y desinhibición absoluta la envolvió por completo, transformando su expresión de molestia en una mirada cargada de un deseo salvaje, repentino e incontrolable.
Beatriz se llevó una mano al pecho, sintiendo cómo su respiración se volvía pesada y agitada. Su mirada se clavó en mí, recorriendo mi cuerpo con una voracidad que nunca antes le había visto.
—¿Así que eso es lo que quieres...? —murmuró Beatriz con una voz rasposa, grave y extrañamente agitada—. ¿Quieres que te quite la virginidad?
—Mamá... ¿qué te pasa? ¿Qué estás diciendo? —intervino Melissa, completamente pasmada y descolocada por la reacción de su madre. Jamás la había visto actuar de esa manera tan extraña y desenfrenada.
Beatriz ignoró a su hija por completo. La marea de calor interno la estaba dominando, reescribiendo sus impulsos y haciéndola ver mi presencia con una necesidad física abrumadora.
—Cállate, Melissa... —dijo Beatriz, dando dos pasos lentos hacia mí mientras se pasaba la mano por la frente sudorosa—. El chico tiene razón... He sido muy dura con él... y ahora mismo siento un calor que me está quemando por dentro...
El corazón me dio un vuelco violento. No entendía qué le estaba pasando a Beatriz, pero la forma en que me miraba me provocó un escalofrío de excitación pura.
—Beatriz... yo... no quería decir eso... —balbuceé, dando un paso hacia atrás, sorprendido por el cambio repentino de su actitud.
—Pues ahora lo vas a cumplir, Víctor —dijo Beatriz, tomándome del cuello de la sudadera con una fuerza y una determinación insólitas—. Tú lo pediste... y no voy a aguantar este calor un segundo más.
Beatriz me jaló con fuerza hacia el sillón principal de la sala, empujándome sobre los cojines de piel. Quedé acostado de espaldas, mirando hacia arriba con los ojos desorbitados por el impacto.
Melissa se quedó congelada en el centro de la sala, abriendo los ojos de par en par, totalmente incrédula ante lo que estaba presenciando.
—¡Mamá! ¡¿Estás loca?! ¡¿Qué estás haciendo con Víctor?! —exclamó Melissa, con la voz temblorosa por la sorpresa.
Beatriz no le contestó. Con un movimiento desesperado y descarado, se desabrochó el cinturón de la bata de seda negra. La tela se abrió por completo, dejando al descubierto su cuerpo maduro de cuarenta y dos años enfundado únicamente en un conjunto de lencería de encaje borgoña. Sus pechos carnosos y pesados subían y bajaban al ritmo de su respiración agitada, mientras sus caderas anchas y sus muslos se mostraron en todo su esplendor.
—Mírame, Víctor... —dijo Beatriz, subiéndose sobre el sillón y poniéndose a horcajadas sobre mis piernas—. Me estás haciendo sentir algo que no puedo aguantar...
Se inclinó sobre mí, desabrochándome el pantalón de mezclilla con una prisa torpe y desesperada, bajándomelo junto con la ropa interior. Mi miembro, hinchado y duro por la visión del cuerpo desnudo de mi madrastra, quedó expuesto en el aire de la sala.
Beatriz se quitó la pantaleta de encaje de un solo tironazo. Se acomodó sobre mí, alineando su intimidad completamente húmeda con la punta de mi miembro. Sus ojos brillaban con una necesidad química e incontrolable.
—Vas a ser mío ahora mismo... —sentenció Beatriz con voz agitada.
Sin más preparación, Beatriz dejó caer todo el peso de sus caderas hacia abajo.
—¡AAAAAGH! —grité con todas mis fuerzas.
Sentir la estrechez, el calor abrasador y la carne apretada de mi madrastra envolviendo mi miembro de un solo golpe fue una sensación tan violenta que me dejó sin aire. Beatriz comenzó a mover sus caderas hacia arriba y hacia abajo con un ritmo desenfrenado, rítmico y pesado. Sus pechos enormes rebotaban frente a mi cara con cada impacto, mientras soltaba gemidos agudos y sin filtro, totalmente entregada a la marea de placer que la dominaba.
A un lado del sillón, Melissa presenciaba la escena en un estado de shock absoluto. Sus ojos no podían despegarse de los cuerpos de su madre y su hermanastro unidos en el centro de la sala. Ver a su madre, la mujer elegante y estricta de la casa, montada sobre mí de esa forma tan salvaje, gemiendo y entregándose sin el menor pudor, provocó un cortocircuito en la mente de Melissa.
El impacto inicial de la sorpresa empezó a transformarse en algo distinto dentro de Melissa. Al ver el ritmo desenfrenado de las embestidas, el sonido de los cuerpos chocando y la visión de mi miembro entrando y saliendo de la anatomía exuberante de su madre, Melissa sintió un choque eléctrico que le bajó directo entre las piernas.
Involuntariamente, Melissa apretó los muslos. Un calor denso comenzó a humedecer su propia ropa interior. La visión de la escena era tan grotesca, prohibida y extrañamente excitante que la chiquilla de dieciocho años no pudo evitar llevarse una mano a la entrepierna por encima de los shorts de mezclilla.
—Dios mío... —murmuró Melissa en un susurro casi inaudible, con las mejillas ardiendo de color rojo intenso.
Lentamente, como hipnotizada por el espectáculo, Melissa se desabrochó el botón de sus shorts cortos. Deslizó la mano por debajo de la tela, tocando su propia intimidad empapada por encima de la panti. Comenzó a masturbarse ahí mismo, de pie a un lado del sillón, respirando agitadamente mientras observaba cómo su madre se retorcía sobre mi cuerpo.
—¡Ahhh! ¡Víctor! ¡Qué bien se siente! —gemía Beatriz fuera de sí, acelerando el movimiento de sus caderas mientras me sujetaba de los hombros con fuerza.
—¡Beatriz...! —gimoteé, clavando mis manos en sus caderas carnosas, llevado al límite por la intensidad de su entrega.
Melissa, al ver el éxtasis en el rostro de su madre y al sentir la fricción de sus propios dedos contra su piel caliente, perdió por completo cualquier tipo de inhibición o duda. La excitación visual de ver a su madrastro poseyendo a su madre la superó. No necesitaba ninguna sustancia; la pura escena prohibida y el deseo reprimido la hicieron romper sus barreras.
Sin pensarlo dos veces, Melissa se bajó los shorts y la ropa interior hasta los tobillos, dejándolos caer al piso. Se acercó al sillón con los ojos encendidos de deseo, respirando de forma entrecortada.
—No me dejen fuera... —dijo Melissa con voz temblorosa y descarada, arrodillándose sobre el sillón justo al lado de la cabeza de su madre.
Beatriz, atrapada en su propio trance de placer, no se opuso. Melissa se inclinó sobre mí, acercando sus pechos firmes y su rostro a mi cara. Se juntó conmigo en un beso apasionado, húmedo y torpe, metiéndome la lengua con una necesidad salvaje mientras usaba sus manos para acariciarme el torso.
—Miren cómo las tengo a las dos... —logré articular entre jadeos, sintiendo la locura de tener a madre e hija entregadas a mí en la misma sala.
Melissa bajó la mano hacia el punto donde el cuerpo de su madre y el mío se unían, tocándome la base del miembro mientras sentía el flujo de ambas. La estimulación doble fue demasiado para mí. Entre el movimiento desenfrenado de Beatriz sobre mi cuerpo y los besos y caricias desesperadas de Melissa, el calor en mi vientre llegó a su punto de quiebre.
—¡Me voy a venir! —advertí con la voz rota.
Beatriz dio tres embestidas finales y profundas, apretándome con la fuerza de sus músculos internos, mientras Melissa se pegaba a mi boca con un gemido agudo.
Con un espasmo violento que me sacudió entero, eyaculé torpemente dentro de Beatriz. La marea caliente se descargó en lo profundo de su vientre, haciéndola soltar un grito de éxtasis puro mientras colapsaba sobre mi pecho, temblando convulsivamente por su propio orgasmo. Al mismo tiempo, Melissa, al sentir la vibración de mi clímax y ver la entrega de su madre, alcanzó su propio orgasmo de pie, gimiendo contra mi cuello mientras su cuerpo se contraía de placer.
El silencio volvió a la sala.
Beatriz quedó tendida sobre mí, respirando con dificultad, con una sonrisa de satisfacción absoluta dibujada en los labios, completamente dominada por el efecto de la sustancia. A nuestro lado, Melissa se dejó caer sobre los cojines, recostando la cabeza en mi hombro, mirándome con unos ojos llenos de una devoción y un deseo nuevos que jamás habrían existido de no ser por lo que acababa de presenciar.
Las dos mujeres más atractivas y dominantes de la casa estaban ahora rendidas a mis pies, unidas en el mismo sillón, cambiando para siempre la dinámica de este hogar.
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