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Cap 5
Punto de vista: Damián (26 años)
El amanecer se filtraba lentamente por entre las rendijas de la persiana, proyectando un haz de luz dorada sobre la cama. Desperté envuelto en una sensación de éxtasis físico puro, una calidez intensa que recorría mi columna vertebral y hacía que cada fibra de mi cuerpo reaccionara de inmediato.
Abrí los ojos despacio, parpadeando para adaptarme a la penumbra de la habitación, y al bajar la mirada hacia la parte inferior del colchón, descubrí la causa de esa estimulación constante.
Valeria estaba arrodillada entre mis piernas, completamente desnuda, sujetando la base de mi miembro con una mano suave mientras lo introducía de lleno en su boca húmeda y caliente. Tenía los ojos cerrados, concentrada por completo en el movimiento de su cabeza, marcando un ritmo profundo y pausado que hacía que el placer se acumulara de forma implacable en mi vientre. Sus labios se ceñían con firmeza a mi piel, deslizándose hasta el fondo de su garganta antes de ascender lentamente, dejando un rastro brillante por la saliva.
Al sentir que me incorporaba ligeramente en la cama, Valeria abrió los ojos y me miró hacia arriba sin interrumpir el movimiento. Sus pupilas estaban dilatadas, reflejando una entrega absoluta que combinaba la ternura de su rostro con un descaro sensual que nunca antes le había visto con tanta soltura por las mañanas.
—A-Amor... —murmuré, sujetándole el cabello por la nuca para acompañar su compás.
El ritmo de su boca se volvió más rápido, succionando con fuerza cada vez que llegaba a la cabeza. Sentí la marejada de éxtasis subir sin freno. Mi abdomen se tensó de golpe al alcanzar el límite absoluto.
—Vale... me voy a correr... —le advertí con la voz rasposa por el deseo.
Lejos de apartarse, Valeria apretó aún más el agarre de sus manos en mis muslos, tragándose la longitud completa de un solo movimiento y manteniéndose firmemente acoplada a mí. Sentí los espasmos del orgasmo liberarse en su garganta; grandes estallidos de calor que ella fue recibiendo y tragando trago a trago, sin perder el aliento, hasta dejar mi miembro totalmente limpio con la punta de la lengua.
Se separó despacio, limpiándose la comisura de los labios con el dorso de la mano y mirándome con una sonrisa radiante, llena de plenitud.
—¿Y bien, mi amor? —preguntó, acomodándose sobre mi pecho con la respiración ligeramente agitada—. ¿Qué tal me salió? ¿Te gustó la sorpresa matutina?
La tomé del rostro y le di un beso largo en los labios, sintiendo el gusto de nuestra propia intimidad.
—Fue excelente, mi reina... verdaderamente increíble —respondí, acariciándole la espalda desnuda mientras ella se acurrucaba a mi lado.
Sin embargo, el peso de los acontecimientos de los últimos días y la profunda honestidad con la que me había hablado el día anterior regresaron a mi mente. La miré fijamente a los ojos. Había llegado el momento de cerrar el círculo de secretos. No quería construir esta nueva etapa de nuestra vida sobre mentiras parciales, especialmente ahora que había prometido darle su lugar.
—Vale... hay algo muy serio que tengo que contarte —dije, cambiando el tono de voz a uno mucho más reflexivo y profesional.
Valeria se acomodó sobre el colchón, apoyando la barbilla en mi tórax para mirarme con curiosidad.
—¿Qué pasa, Damián? Te ves muy serio. Puedes decirme lo que sea.
Respiré hondo, preparando las palabras exactas para explicar la magnitud de mi proyecto sin abrumarla con tecnicismos inútiles.
—Tiene que ver con lo que he estado haciendo en el sótano todo este tiempo —comencé, mirándola a los ojos con total transparencia—. No solo eran simulaciones o programación. Logré desarrollar una tecnología funcional: una red de nanobots reprogramables que se inyectan en el torrente sanguíneo y se alojan en la corteza prefrontal del cerebro.
Valeria me escuchaba en silencio, sin interrumpirme, con una calma que me pareció inusual para el tema que estaba tocando.
—Esa tecnología altera la percepción y la conducta —continué con firmeza—. Causa lo que llamo falsa agencia: elimina las inhibiciones morales, reescribe la lealtad y genera un estado de sumisión y deseo inquebrantable hacia la persona que elijas. Y... ya la he utilizado.
—¿Con quién la usaste? —preguntó ella suavemente.
—Con Camila y con Renata, mis hermanas —confesé, sosteniéndole la mirada para asumir la responsabilidad de mis actos—. Ambas están bajo el efecto de los nanobots ahora mismo. Por eso su comportamiento cambió tanto, por eso me buscan y están dispuestas a hacer cualquier cosa que yo les pida dentro de la casa.
Hice una pausa intencionada, tomando sus manos entre las mías antes de decir la parte más importante.
—Pero quiero que sepas algo, Valeria: jamás usé esa tecnología en ti. Ni ayer, ni hoy, ni nunca lo haré. Te prometí que a ti no te manipularía, porque tú estuviste conmigo en las buenas y en las malas. Lo que siento por ti y lo que tú sientes por mí es completamente real. Jamás profanaría tu mente con una máquina.
Me quedé esperando su reacción. En mi mente evalué los escenarios lógicos: un ataque de pánico, horror por lo que le había hecho a mi familia, o una crisis moral que destruiría nuestra relación de golpe. Estaba preparado para contener cualquier estallido emocional.
Sin embargo, para mi absoluta sorpresa, el rostro de Valeria no mostró el menor signo de espanto o rechazo. Al contrario, sus labios se curvaron despacio hasta formar una sonrisa tranquila, casi juguetona, y dejó escapar una pequeña risita.
—No te preocupes, mi amor :D —dijo con total frescura.
Me quedé helado, mirándola fijamente sin terminar de procesar su respuesta.
—¿Cómo que "no te preocupes"? —pregunté, parpadeando con asombro—. Vale... te acabo de decir que modifiqué la mente de mis hermanas con tecnología avanzada. ¿No estás enojada, asustada o indignada por lo que te acabo de confesar?
Valeria soltó otra risita suave, incorporándose un poco más sobre la cama y arreglándose un mechón de cabello detrás de la oreja.
—No estoy enojada para nada, mi amor —respondió, mirándome con unos ojos desbordantes de una ternura misteriosa—. De hecho... hay algo que tú no sabes y que creo que ya es hora de que te cuente.
—¿Algo que yo no sé? —inquirí, frunciendo el ceño.
—Así es —asintió ella, sonriendo de lado—. ¿Recuerdas hace unos meses, cuando pasabas días enteros encerrado en el sótano sin comer ni dormir, súper concentrado en tus planos y en esas máquinas tuyas?
—Sí, claro. Estaba en la fase crítica del ensamblaje. Ignoraba todo a mi alrededor.
—Exacto. Bueno, hubo una tarde en la que fui a tu casa a buscarte —comenzó a relatar Valeria, trazando círculos en mi estómago con la yema del dedo—. Tu mamá me dejó pasar y me dijo que estabas en el sótano. Yo bajé despacio con una bandeja de comida porque sabía que no habías probado bocado en todo el día...
Me quedé pensando un segundo. En mi memoria recordaba haber encontrado platos de comida caliente en la mesa de entrada del taller durante esa época, pero siempre asumí que había sido Camila o Renata intentando que no me desmayara por inanición.
—¿Tú me llevabas comida? —pregunté.
—Sí, varias veces —sonrió ella—. Pero esa tarde en particular estabas de espaldas, usando unos lentes gigantes y soldando algo en una mesa. Estabas tan metido en lo tuyo que ni me escuchaste entrar. Dejé la bandeja en la mesita de al lado y me quedé mirando todas las cosas raras que tenías sobre el escritorio. Había una especie de control o consola metálica pequeña, con varias pantallas digitales y dos botones principales.
Un escalofrío helado y repentino me recorrió la nuca al escuchar la descripción del dispositivo.
—El emisor directo de frecuencias cuánticas... —murmuré para mí mismo.
—No sé cómo se llama —continuó Valeria con total tranquilidad—, pero la curiosidad me ganó. El aparato estaba encendido y brillaba. Lo tomé con la mano para verlo mejor. Sin querer, con el pulgar presioné uno de los botones de la parte superior. Al instante, vi salir de una ventanilla de la consola una especie de rayo de luz blanca, súper fino y silencioso, que cruzó la habitación y te dio a ti directamente en la espalda.
Sentí que el corazón me daba un vuelco en el pecho.
—¿A mí? —exclamé en voz baja.
—Sí. Te dio a ti, pero como estabas usando esa careta pesada y haciendo tanto ruido con la soldadora, ni te enteraste. Yo me asusté muchísimo pensando que había arruinado tu invento —prosiguió Valeria, riéndose al recordar la escena—. Así que, en mi pánico por apagarlo, apreté el otro botón que estaba al lado... y al apretarlo, salió otro rayo de luz blanca igualito, pero esa vez me dio a mí directamente en el pecho.
Me quedé sin palabras, analizando a toda velocidad la arquitectura del programa que había diseñado para esa consola experimental. El primer botón activaba la fase transmisora: registraba los patrones neuronales profundos del sujeto objetivo (sus deseos subconscientes, sus fantasías reprimidas y sus ambiciones más oscuras). El segundo botón activaba la fase receptora: emitía una carga de ondas que reconfiguraba la empatía del usuario receptor para alinearlo de manera incondicional con la psique del emisor.
—Vale... —susurré, con la mente trabajando a mil por hora—. Ese dispositivo era el prototipo de sincronización de deseos...
—No tengo idea de qué sea eso en términos científicos, mi amor —dijo Valeria, mirándome con una devoción tan intensa y pura que superaba cualquier parámetro que yo hubiera calculado jamás—. Pero lo que sí sé es lo que sentí a partir de ese segundo. De pronto, Comprendí perfectamente lo que te gustaba, lo que deseabas en el fondo de tu mente... supe que querías tener un harén, que querías el control absoluto de tu entorno y que querías ser el único hombre en la vida de las mujeres que te rodean.
—¿Y no te opusiste a eso? —pregunté atónito.
—Al principio me pareció algo sorprendente —admitió ella con una sonrisa dulce—, pero conforme pasaban los dias, me di cuenta de que no me importaba en absoluto. De hecho, me pareció perfecto. Aún hoy no sé exactamente la razón técnica de por qué estoy tan de acuerdo con todo eso, pero dentro de mí sé una cosa con absoluta certeza: hago y haré cualquier cosa por ti, Damián. Si tú quieres un harén, si quieres tener a tus hermanas y a otras mujeres a tus pies, yo voy a estar ahí apoyándote, siendo tu compañera, tu cómplice y la reina que maneje todo a tu lado.
Escuchar sus palabras provocó un cortocircuito en toda mi lógica. Valeria no había sido infectada con nanobots invasivos ni tenía la mente reescrita de manera artificial como Camila o Renata. Había sido expuesta a la sincronización de deseos. Su mente conservaba toda su lucidez, sus recuerdos, su personalidad y su amor genuino por mí, pero su estructura moral se había adaptado voluntariamente para coincidir con mis fantasías más oscuras.
Era el equilibrio supremo: una reina auténtica, lúcida y consciente, que deseaba por voluntad propia el mismo imperio que yo estaba construyendo.
—¿De verdad estás dispuesta a estar a mi lado en esto, sabiendo todo lo que implica? —pregunté, tomando su rostro entre mis manos.
—Te lo dije ayer y te lo repito hoy, Damián —respondió Valeria, pegando sus labios a los míos en un beso lleno de pasión y complicidad—. Yo soy tu reina. Estuve contigo cuando no tenías nada, y ahora voy a disfrutar contigo de todo lo que estás creando. Si tus hermanas ya están listas en tu casa, entonces tenemos que planear cómo vamos a tomar el control del resto.
La rodeé con los brazos y la atraje hacia mí, sintiendo una ola de triunfo y satisfacción que superaba cualquier cálculo previo.
El escenario frente a mí se abría con una claridad impecable. Ya no estaba solo en la cúspide de este proyecto. Tenía a Valeria como mi mano derecha, una aliada consciente y totalmente devota que dirigiría el nuevo orden doméstico junto a mí.
—En ese caso, mi reina... —murmuré al oído de Valeria mientras ella sonreía y me abrazaba por el cuello—, hoy mismo regresamos a mi casa. Es hora de que conozcas tu nuevo reino y tomemos el control total del resto de la familia.
Punto de vista: Damián (26 años)
La confesión de Valeria había redefinido por completo las reglas de nuestro juego. Saber que ella no solo compartía mis ambiciones, sino que estaba dispuesta a actuar como la soberana y estratega de este nuevo orden, transformaba mi proyecto en un imperio compartido.
Valeria se separó despacio de mí sobre la cama. Con un descaro sugerente, apoyó una pierna en el colchón y abrió los muslos levemente, pasándose los dedos por la entrepierna para enseñarme el brillo denso y transparente que humedecía su piel.
—Mira lo que me haces sentir con solo saber todo lo que vamos a hacer juntos, mi amor... —susurró, con los ojos brillando de una excitación tan genuina como retorcida—. Me acabo de volver a mojar por completo.
—Me doy cuenta —sonreí, acariciándole la cara interna del muslo antes de darle una nalgada suave—. Pero guardemos un poco de esa energía. Tenemos mucho por hacer hoy.
—Está bien, mi rey —respondió riendo con ganas, incorporándose de un salto.
Nos pusimos ropa cómoda. Yo me vestí con un pantalón oscuro, mi playera negra y la chaqueta de cuero, asegurándome de llevar la pluma inyectora de nanobots perfectamente guardada en el bolsillo interior. Valeria eligió un vestido ajustado color rojo pasión que resaltaba la silueta de sus caderas y el volumen de sus Pechos, una figura impecable que dejaba claro de dónde provenían sus genes.
Tomamos sus maletas ligeras y bajamos las escaleras hacia la primera planta. Al llegar a la sala, la puerta principal se abrió y apareció Dulce, la madre de Valeria.
Al verla entrar, resultaba evidente la herencia física. Dulce era una mujer madura, de unos cuarenta y cuatro años, pero con una presencia imponente: alta, de tez clara, cabello castaño oscuro peinado en ondas elegantes y unas proporciones físicas exuberantes que desafiaban su edad. Llevaba un traje ejecutivo de falda ajustada que marcaba una cadera ancha, unos muslos turgentes y un busto prominente que acaparaba la atención de inmediato.
—¡Hola, mamá! —saludó Valeria, acercándose a ella para darle un beso en la mejilla—. Pensé que llegabas más tarde.
—Se adelantó la junta de la mañana, mi amor —respondió Dulce con una voz grave, madura y envolvente. Luego dirigió su mirada hacia mí, dedicándome una sonrisa amable pero inquisitiva—. Hola, Damián. Qué milagro verte por aquí. Hacía tiempo que no te aparecías por la casa.
—Buenos días, Sra. Dulce —saludé con educación, manteniendo una postura erguida y madura—. He estado bastante ocupado con los proyectos del taller, pero ya estoy de vuelta.
—Me da gusto. Valeria me tenía la cabeza llena hablando de ti estas últimas semanas —comentó Dulce, echando un vistazo a la pequeña maleta que su hija llevaba en la mano—. ¿Y esa maleta, Valeria? ¿A dónde vas?
—Voy a quedarme unos días en casa de Damián, mamá —explicó Valeria con total soltura—. Queremos pasar tiempo juntos y ponernos al día con varias cosas.
Dulce arqueó una ceja, mirando a su hija y luego a mí. No había oposición en su rostro, solo la natural preocupación de una madre que conoce bien a su hija.
—Está bien, no hay problema —dijo Dulce, dejando sus llaves y el bolso sobre la mesa del recibidor—. Solo compórtate, Valeria. Y tú también, Damián, cuídamela mucho.
—Tenga por seguro que estará muy bien cuidada, Sra. Dulce —aseguré con tono firme.
Antes de que saliéramos por la puerta, Dulce tomó a Valeria suavemente del brazo y la jaló hacia un lado, inclinándose hacia su oído. Aunque intentó bajar la voz al mínimo, el silencio del pasillo me permitió escuchar el susurro con absoluta claridad.
—Oye... se ven muy acaramelados —le murmuró Dulce con una sonrisa pícara y maternal—. Dime la verdad... ¿usaron protección anoche y hoy en la mañana? Sabes que no quiero sorpresas.
Valeria se sonrojó de inmediato, poniéndose roja desde el cuello hasta las orejas, pero soltó una pequeña risita complacida mientras se acomodaba el vestido.
—¡Mamá! Sí, todo bien, no te preocupes por eso —respondió Valeria apenada, dándole un empujón cariñoso a su madre—. Ya nos vamos. Te hablo al rato.
—Que les vaya bien, chicos —se despidió Dulce agitando la mano mientras nos veía salir.
Punto de vista: Damián (26 años)
Caminamos hacia el Mustang aparcado en la acera. Le abrí la puerta del copiloto a Valeria, quien entró al vehículo acomodando su vestido rojo sobre los asientos de piel negra. Cerré la puerta, rodeé el auto y me acomodé en el asiento del conductor. Encendí el motor V8; el rugido grave del escape resonó en la calle pacífica mientras ponía primera velocidad y avanzaba hacia la avenida.
El trayecto hacia mi casa era de unos veinte minutos. Valeria iba a mi lado, mirando por la ventana con la barbilla apoyada en su mano, visiblemente pensativa. De pronto, se giró en el asiento, apoyando la espalda contra la puerta para mirarme de frente, con un brillo astuto y decidido en los ojos.
—Damián... —llamó mi atención con voz suave.
—Dime, mi reina.
—Estaba pensando en mi mamá... en Dulce —dijo, mordiéndose el labio inferior mientras cruzaba las piernas lentamente—. Ella vive sola en esa casa grande desde que se divorció. Se la pasa trabajando, estresada y sin nadie que la atienda como se debe.
La miré de reojo un segundo antes de regresar los ojos al camino.
—¿A dónde quieres llegar con eso, Vale?
Valeria se inclinó hacia mí, poniendo una mano sobre mi rodilla y apretando con suavidad.
—Quiero saber si podrías hacerle a ella lo mismo que le hiciste a tus hermanas Cami y Rena —soltó sin el menor rodeo, con una naturalidad pasmosa—. Con esos nanobots que tienes en la pluma inyectora.
Me quedé en silencio un momento, procesando la propuesta. Que la propia hija me pidiera someter a su madre al control de la falsa agencia era la prueba definitiva del alcance de la sincronización que había ocurrido en su mente.
—Dulce es una mujer atractiva y con un carácter fuerte —comenté tranquilamente—. Pero es tu madre, Valeria. ¿Estás completamente segura de que quieres que la someta a la red de nanobots?
—¡Totalmente segura! —respondió ella con una sonrisa entusiasta y complacida—. Piénsalo, Damián. Mi mamá tiene un cuerpo increíble, tú mismo la viste ahorita. Si le aplicas la sustancia, dejaría de ser esa mujer rígida y estresada, y se convertiría en una sierva más para tu harén. Además, imagínate tenernos a las dos... a la madre y a la hija, sirviéndote al mismo tiempo. Me encantaría ver cómo la pones a temblar de placer como lo hiciste conmigo.
La miré de reojo, apreciando la devoción absoluta con la que manejaba la situación.
—Si eso es lo que mi reina quiere, entonces lo haré —asentí con una sonrisa fría—. En cuanto consolidemos el control de mi casa con mi madre Elena y Sabrina, prepararemos el plan para Dulce. No nos llevará más de un par de días.
Valeria soltó un suspiro de satisfacción pura, apretándome la pierna con fuerza mientras se inclinaba para darme un beso rápido en la mejilla.
—Eres el mejor, mi amor. No veo la hora de ver ese momento.
Punto de vista: Valeria (25 años)
Sentir cómo Damián aceptaba mi propuesta sin pestañear me provocaba una descarga de adrenalina por todo el cuerpo. Saber que no solo era su novia, sino su socia en este proyecto de dominación, me hacía sentir más poderosa que nunca. Mi madre Dulce siempre había sido una mujer dominante y autosuficiente, pero bajo el efecto de los nanobots de Damián, se convertiría en otra pieza perfecta para nuestro disfrute.
El Mustang avanzó a gran velocidad por la ciudad hasta entrar en la colonia de Damián. Aparcó el coche frente a su casa. El corazón me latía con fuerza, no por miedo, sino por la anticipación de ver el estado en el que se encontraban Camila y Renata.
Damián apaguó el motor y se giró hacia mí.
—Recuerda cómo actuar, Vale —me indicó con voz serena—. Ellas están bajo el efecto de la falsa agencia. Para Cami y Rena, su devoción por mí es lo más natural del mundo. Tú no debes mostrar sorpresa ni rechazo; actúas como la reina de la casa, y ellas se someterán a ti de manera automática porque me reconocen como la autoridad absoluta.
—Entendido, mi rey. Déjamelo a mí —sonreí, arreglándome el labio con un toque de labial antes de bajar del auto.
Tomamos mi maleta y caminamos hacia la entrada. Damián sacó sus llaves, abrió la puerta principal y ambos entramos al recibidor.
El ambiente dentro de la casa era extrañamente silencioso, pero impregnado de un aire distinto, cálido y sumiso. Apenas se escuchó el choque de la puerta al cerrarse, se oyeron pasos rápidos que bajaban desde el segundo piso.
Camila y Renata aparecieron en la sala casi al mismo tiempo.
Camila vestía un top muy corto y un short ajustado que dejaba ver su abdomen marcado, mientras que Renata llevaba unos leggins deportivos apretados y una blusa de tirantes que apenas contenía sus pechos voluptuosos. Ambas venían con caras de expectación y deseo, pero al verme parada al lado de Damián, sujetando su mano con firmeza, se detuvieron un segundo.
La reescritura de los nanobots en sus cerebros procesó mi presencia al instante. La red neuronal no generó celos ni hostilidad; reconoció mi estatus de reina al lado de Damián y ajustó su conducta para encajar en la jerarquía.
—Hola, Damián... —saludó Camila, acercándose con paso lento y sensual, mirando de reojo nuestra mano entrelazada—. Pensamos que ibas a tardar más en regresar.
—Hola, chicas —dijo Damián con voz firme y dominante—. Como ven, Valeria ha venido a quedarse con nosotros. De ahora en adelante, ella tiene la misma autoridad que yo en esta casa. Lo que ella pida, se hace. ¿Queda claro?
Renata dio un paso adelante, mirando a Damián con esos ojos cargados de devoción desinhibida que los nanobots le habían grabado a fuego. Luego me miró a mí y me dedicó una sonrisa sumisa pero complacida.
—Queda perfectamente claro, Damián —respondió Renata con voz rasposa, ajustándose la blusa de tirantes—. Si es tu reina, también es nuestra superior. Hola, Valeria... bienvenida.
Camila se acercó aún más, parándose frente a nosotros sin el menor pudor, con los pechos erguidos y la mirada encendida.
—Bienvenida a la casa, Vale —dijo Camila, dándome un beso respetuoso en la mejilla antes de dirigirle a Damián una mirada cargada de deseo—. Si necesitas algo, lo que sea, nos pides a Rena o a mí. Estamos aquí para servir a Damián... y a ti también.
Me quedé mirando a ambas hermanas. Ver a las dos deportistas de la familia, siempre tan orgullosas y distantes en el pasado, completamente rendidas y ofreciéndose a nosotros con total naturalidad, fue la confirmación física del poder que Damián tenía en sus manos.
—Gracias, chicas —respondí con una sonrisa serena y superior, apretando la mano de Damián—. Sé que nos vamos a llevar increíblemente bien.
Punto de vista: Damián (26 años)
La integración de Valeria como reina regente en el núcleo familiar operó con una fluidez matemática. Las frecuencias de la falsa agencia en Camila y Renata no mostraron la menor anomalía; la jerarquía estaba establecida.
—Cami, lleva la maleta de Valeria a mi habitación —ordené serenamente.
—Sí, Damián, de inmediato —asintió Camila sin dudarlo un segundo, tomando la maleta de la mano de Valeria y subiendo las escaleras con paso ágil.
—Renata, ve a la cocina y prepáranos algo de tomar —añadió Valeria con tono seguro, poniendo a prueba su propia autoridad sobre la atleta.
—Claro que sí, Vale. Ahorita mismo se los llevo a la sala —obedeció Renata con una sonrisa dócil, encaminándose hacia la cocina sin la menor objeción.
Valeria y yo caminamos hacia el sillón principal de la sala y nos sentamos juntos. Ella se apoyó contra mi hombro, soltando una risita baja y llena de satisfacción al ver cómo las dos hermanas ejecutaban nuestras órdenes sin chistar.
—Es impresionante, Damián... verdaderamente impresionante —susurró Valeria al oído, acariciándome el pecho por encima de la chaqueta de cuero—. Funciona mejor de lo que imaginaba.
—Te lo dije. La precisión de los nanobots no falla —contesté con voz baja—. Ahora el siguiente paso es preparar el terreno para mi madre Elena y para Sabrina. Mi madre regresa del trabajo por la tarde, y Sabrina debe estar en su despacho arriba.
—¿Cuándo le vas a aplicar la dosis a Sabrina? —preguntó Valeria, mirándome con interés.
—Hoy mismo, antes de que llegue mi madre —respondí, sacando la pluma inyectora del bolsillo interior y mostrándosela en la palma de la mano—. Sabrina es analítica y pasa el día entero frente a sus computadoras. Le ofreceré un suplemento para la fatiga ocular o el estrés, y en cinco minutos estará en el mismo estado que Camila y Renata.
Valeria miró el pequeño dispositivo metálico con fascinación, pasándole la yema del dedo por la superficie fría.
—Y en cuanto termines con ellas dos... sigue mi mamá Dulce —recordó ella con una sonrisa maliciosa—. Ya quiero ver la cara que va a poner cuando empiece a sentir ese calor interno que me contaste.
En ese momento, Renata regresó de la cocina trayendo una bandeja con dos vasos de jugo helado. Se acercó a nosotros y colocó la bandeja en la mesa de centro, quedando de pie frente a mi sillón con las manos cruzadas a la espalda y una postura erguida que resaltaba la firmeza de su busto bajo la blusa deportiva.
—Aquí tienen sus jugos —dijo Renata, mirando a Valeria y luego a mí con esa necesidad constante de aprobación—. ¿Hay algo más en lo que pueda servirte, Damián? ¿O a ti, Valeria?
Valeria miró a Renata de arriba a abajo, disfrutando del control que ejercíamos sobre ella.
—Por ahora no, Renata, muchas gracias. Puedes ir a acompañar a Camila —respondió Valeria con elegancia.
—Entendido —asintió Renata, dándome una última mirada cargada de devoción antes de retirarse hacia el segundo piso.
Me giré hacia Valeria, tomándola de la cintura y atrayéndola hacia mí para darle un beso firme en los labios.
—Tuviste razón desde el principio, Valeria —le dije al separarnos—. Contar contigo como mi reina hace que todo este imperio valga diez veces más.
—Y esto es solo el comienzo, mi rey —respondió ella, arreglándome el cuello de la chaqueta con una sonrisa radiante—. Vamos a tener todo lo que queramos.
El plan avanzaba sin un solo tropiezo. En cuestión de horas, Sabrina caería bajo el dominio de los nanobots, seguida por mi madre Elena al atardecer. Y poco después, la exuberante Dulce se sumaría a nuestro harén bajo la orquestación de su propia hija. El control absoluto estaba a solo un paso de completarse.
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