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Cap 5
Al amanecer del día siguiente, la casa de Kevin emanaba una atmósfera de calma fingida, perfecta para no despertar la menor sospecha entre los vecinos. La luz matutina se filtraba por las cortinas de la sala mientras las ocho mujeres de la colmena se encontraban reunidas en torno a la mesa del comedor.
Kevin permanecía sentado en la cabecera, vistiendo ropa cómoda y observando con atención a su creciente ejército. A sus lados, Sandra, Gabriela, Vanessa, Kendra, Helena, Bianca, Roxana y Thalía escuchaban sus instrucciones con una devoción absoluta, manteniendo la espalda erguida y la mirada fija en su amo.
—Hoy es el primer día de la expansión descentralizada —comenzó Kevin con tono sereno pero firme—. Como ya les expliqué anoche, cada una de ustedes tiene la capacidad de asimilar a dos personas por día mediante la saliva. Sin embargo, no podemos permitirnos cometer ni un solo error. Una sola sospecha, un testigo indeseado o una grabación de video arruinaría todo nuestro imperio invisible antes de que sea indestructible.
—Entendido perfectamente, mi amo —respondió Vanessa, acomodándose el cabello rubio detrás de la oreja—. Antes de actuar, debemos hacer una selección minuciosa de los objetivos.
—Así es —asintió Kevin—. Primero, la selección: busquen mujeres estratégicas, influyentes o de posiciones clave que aporten valor a la red. Segundo, el entorno: la infección tiene que ejecutarse estrictamente a solas. Cero testigos. Y tercero, la seguridad técnica: deben verificar minuciosamente que no haya cámaras de seguridad, teléfonos grabando o cualquier dispositivo electrónico que pueda registrar el momento de la transfusión. Si hay una sola duda sobre el entorno, el ataque se aborta inmediatamente.
—¿Y tú qué harás hoy, mi amo? —preguntó Sandra con voz dulce, acariciándole la mano sobre la mesa.
—Yo me quedaré aquí en casa —respondió Kevin—. Estaré monitoreando la red psíquica desde el estudio, descansando mi cuerpo y coordinando sus avances a distancia. A través de nuestra conexión puedo sentir si alguna entra en peligro o si logra una asimilación exitosa. Vayan, seleccionen a sus presas y traigan nuevas unidades a la colmena.
Las ocho mujeres se levantaron al unísono, haciendo una reverencia coordinada antes de preparar sus pertenencias y salir a la calle para dividirse en sus respectivas rutinas diarias.
La estrategia en el campus universitario
A las 10:00 de la mañana, la universidad mostraba un flujo constante de estudiantes y profesores. Gabriela, Vanessa y Kendra caminaban juntas por los pasillos exteriores de la facultad, vistiendo jeans y blusas casuales que las hacían lucir como cualquier grupo de estudiantes enfocadas en sus clases. Sin embargo, sus mentes operaban en un nivel completamente distinto.
—Tenemos que buscar a alguien con peso dentro del campus —comentó Vanessa en voz baja, fingiendo revisar unos apuntes en una libreta—. Una estudiante común es útil, pero una figura de autoridad o de amplia red social nos abrirá puertas más rápido.
—Miren allá —indicó Gabriela con una inclinación sutil de la cabeza hacia la zona de los cubículos de los docentes.
Caminando con un portafolios de cuero y unos lentes de armazón elegante se encontraba la Dra. Arantxa, de 38 años, profesora titular de la facultad y coordinadora académica de varios semestres. Arantxa era conocida por su carácter estricto, su porte elegante y su acceso ilimitado a las áreas administrativas del edificio.
—Arantxa es la víctima perfecta —murmuró Kendra con una sonrisa astuta—. Tiene llaves de todas las oficinas, conoce a todo el personal y nadie dudaría de ella si llama a otras alumnas a su cubículo.
—Yo me encargo de ella —dijo Vanessa con seguridad—. Gabriela, Kendra, asegúrense de vigilar los pasillos.
Las tres se dirigieron hacia el edificio de cubículos. Mientras la Dra. Arantxa ingresaba a su oficina privada para calificar exámenes durante su hora libre, Vanessa esperó un par de minutos antes de acercarse a la puerta de madera gruesa.
Antes de tocar, Vanessa aplicó los protocolos fijados por Kevin. Miró a ambos lados del pasillo; estaba completamente desierto. Luego, alzó la vista hacia el techo del pasillo y las esquinas de los cubículos. No había cámaras de circuito cerrado en esa sección de oficinas administrativas debido a viejas regulaciones de privacidad docente. Vanessa sacó su propio teléfono móvil, activó un escáner rápido de redes locales y bluetooth para verificar que no hubiera micrófonos activos, y finalmente dio dos toques suaves a la puerta.
—Adelante —escuchó la voz seria de la Dra. Arantxa desde el interior.
Vanessa entró y cerró la puerta de madera detrás de sí, pasándole el seguro manual sin hacer el menor ruido.
—Buenas tardes, Dra. Arantxa —saludó Vanessa con su tono refinado de 23 años, adoptando una postura sumisa y educada—. Disculpe que la interrumpa, quería hacerle una consulta rápida sobre los créditos de mi servicio social.
La Dra. Arantxa levantó la vista de su escritorio, ajustándose los lentes.
—Ah, Vanessa. Pasa, siéntate. Solo tengo diez minutos antes de mi siguiente clase. ¿Cuál es la duda?
Vanessa avanzó hacia el escritorio, pero en lugar de sentarse en la silla para visitas, rodeó el escritorio con paso lento y elegante. Arantxa frunció el ceño ligeramente por la falta de etiqueta estudiantil.
—Vanessa, por favor mantén la distancia... —empezó a decir la profesora.
—Doctora, hay un detalle en este documento que quiero que vea de cerca —dijo Vanessa sacando una hoja de su libreta y colocándola sobre el escritorio, obligando a Arantxa a inclinarse hacia adelante.
Aprovechando el segundo de distracción, Vanessa actuó con una rapidez felina. Tomó a la Dra. Arantxa del rostro con ambas manos, bloqueándole el habla, y selló sus labios con un beso profundo y dominante.
Los ojos de la profesora de 38 años se abrieron de par en par con abrumadora sorpresa. Intentó empujar los hombros de la estudiante, pero el catalizador de saliva alienígena invadió su cavidad bucal en una fracción de segundo. La enzima penetró el torrente sanguíneo a través de las mucosas, viajando directo al sistema nervioso central. La rigidez en los brazos de Arantxa se disolvió en menos de tres segundos. Sus párpados se volvieron pesados, soltó el lapicero que sostenía y comenzó a corresponder el beso con una avidez sumisa y temblorosa.
Cuando Vanessa se separó suavemente, un hilo de saliva conectó sus labios con los de la docente. Arantxa, la estricta coordinadora de 38 años, miró a la joven de 23 con ojos empañados por una fascinación incondicional.
—Amo... Kevin... —susurró Arantxa de forma instintiva, sintiendo la presencia psíquica del líder de la colmena asentada en su mente—. Pertenezco a la red... soy su esclava.
—Excelente —sonrió Vanessa, arreglándose la blusa—. Guarda la compostura, Arantxa. Hoy mismo nos darás acceso a los expedientes de las mejores alumnas de la facultad.
A millas de distancia, sentado en el sillón del estudio de su casa, Kevin abrió los ojos y sonrió levemente al sentir el nacimiento de una nueva conexión psíquica en su mente. Vanessa había completado la primera infección externa con éxito absoluto y sin dejar rastro alguno.
La cacería en la zona residencial
Mientras tanto, en el sector residencial del barrio, Sandra y Helena caminaban juntas por el área comercial de la zona. Como mujeres maduras de 43 y 42 años, vistiendo ropas elegantes y de buen gusto, nadie sospechaba absolutamente nada al verlas platicar amablemente fuera de una boutique local.
—Debemos elegir con cuidado, Helena —comentó Sandra en voz baja, ajustándose las gafas de sol—. En este sector hay muchas cámaras de vigilancia en las fachadas de los negocios. No podemos infectar a nadie en la vía pública.
—Lo sé perfectamente, Sandra —respondió Helena con una sonrisa calculadora—. Por eso pensé en Patricia.
Patricia, de 40 años, era la dueña de una estética y spa exclusivo a pocas calles de ahí. Era una mujer influyente entre las residentes de clase alta del barrio, conocida por manejar chismes, citas privadas y por tener una clientela constante de mujeres atractivas que acudían a realizarse tratamientos de belleza.
—Es una elección brillante —aprobó Sandra—. La estética de Patricia tiene una cabina privada de masajes al fondo. Es un espacio totalmente aislado, sin ventanas y sin cámaras por leyes de privacidad de las clientas.
Ambas mujeres caminaron a paso tranquilo hasta el establecimiento de Patricia. Al entrar, el aroma a aceites esenciales y la música ambiental relajante envolvían el lugar. Patricia se encontraba detrás del mostrador organizando la agenda de la tarde.
—¡Sandra, Helena! Qué gusto verlas por aquí —saludó Patricia con una sonrisa efusiva de comerciante—. ¿Vienen por su sesión de faciales?
—Hola, Patricia querida —dijo Sandra con total naturalidad—. De hecho, veníamos a preguntarte si tienes un espacio libre en la cabina privada. Helena tiene un dolor fuerte en la espalda alta y pensamos que un masaje rápido de diez minutos le vendría de maravilla.
—Por supuesto, la cabina tres está desocupada ahora mismo. Pasen por aquí —dijo Patricia amablemente, rodeando el mostrador para guiarlas hacia el pasillo posterior.
Entraron a la pequeña habitación iluminada con luz tenue. Una camilla de masaje ocupaba el centro, rodeada de toallas limpias y difusores de aroma. Patricia cerró la puerta tras de sí para darles privacidad.
Sandra echó un vistazo rápido y minucioso al techo y los ángulos superiores de la habitación. Tal como sabían, no había ni una sola cámara ni sensor electrónico. La puerta era de madera sólida y no había ventanas hacia el exterior. El entorno era cien por ciento seguro.
—Bien, Helena, acuéstate en la camilla y... —empezó a indicar Patricia mientras se acercaba a la mesa de aceites.
En ese instante, Sandra se interpuso en su camino con paso firme, cerrando la distancia entre ambas.
—¿Pasa algo, Sandra? —preguntó Patricia confundida.
Sin emitir una sola palabra, Sandra tomó a Patricia por la nuca con ambas manos y le plantó un beso apasionado e implacable en la boca. Patricia soltó un jadeo de incredulidad, intentando sacudirse la intrusión, pero el catalizador salival hizo su trabajo con una devastadora eficiencia biológica. La mente de la mujer de 40 años fue reescrita por completo en cuestión de segundos. Sus brazos cayeron a los costados y sus labios se moldearon al beso con un ardor repentino.
Helena observaba la escena desde un costado con una sonrisa de complacencia, disfrutando de la sincronía con la que operaba la red.
Cuando Sandra rompió el beso, Patricia parpadeó lentamente, acomodándose el cabello desordenado con una mirada de absoluta rendición.
—Mi amo Kevin... —murmuró la dueña de la estética, sintiendo la voluntad de su nuevo señor impregnar cada rincón de su cerebro—. Esta estética es suya... todas las clientas que entren aquí serán suyas.
—Muy bien, Patricia —instruyó Sandra con autoridad tranquila—. Mañana mismo empezarás a programar citas privadas a solas con las clientas más destacadas. Nosotras vendremos a ayudarte para asimilarlas una por una.
Control en la empresa y el trabajo remoto
Al otro lado de la ciudad, en un moderno edificio de oficinas corporativas donde Thalía de 24 años trabajaba de forma híbrida en análisis de datos, la cacería continuaba con la misma frialdad táctica.
Thalía había acudido a la oficina para entregar unos reportes físicos a su supervisora directa, la Licenciada Lorena, de 35 años. Lorena era una ejecutiva sumamente estricta, reservada y con acceso a los sistemas de recursos humanos de toda la plantilla de la empresa.
Thalía caminaba por el pasillo del piso superior con la carpeta bajo el brazo. Sabía que las oficinas corporativas estaban plagadas de cámaras de seguridad en los pasillos principales y áreas comunes. Un intento de ataque en el corredor o en un cubículo abierto significaría una grabación automática en los servidores de la empresa.
Tengo que llevarla a un punto ciego, pensó Thalía, activando la lógica fría que la colmena le infundía.
Entró a la oficina de Lorena. La supervisora estaba concentrada frente a tres monitores de computadora.
—Licenciada Lorena, aquí están los reportes finales del trimestre —dijo Thalía con voz profesional.
—Déjalos en la esquina del escritorio, Thalía. Gracias —respondió Lorena sin levantar la vista de la pantalla.
—Disculpe, Licenciada, pero el archivo impreso tiene un error de foliación que el sistema no me deja corregir. ¿Podría acompañarme un segundo al archivo muerto del fondo? Las carpetas físicas están allá y no quiero dejar el registro incompleto.
Lorena suspiró con frustración, quitándose los lentes de lectura.
—Está bien, vamos rápido antes de mi reunión de las doce.
Ambas salieron de la oficina y caminaron hacia el fondo del pasillo, donde se encontraba el cuarto de archivo muerto. Era una habitación pequeña, repleta de estantes de metal con cajas de cartón y documentos antiguos. Un lugar donde nadie acudía a menos que fuera estrictamente necesario.
Thalía entró primero y encendió la luz. Antes de que Lorena cruzara el umbral, Thalía inspeccionó el techo: no había detectores con lente ni cámaras de vigilancia, ya que era un depósito sin valor tecnológico. Thalía cerró la puerta pesada de metal tras la llegada de su jefa y giró el pestillo interno.
—¿Dónde está la carpeta con la falla, Thalía? —preguntó Lorena buscando con la mirada entre los estantes.
Thalía caminó hacia ella, arrinconándola suavemente contra uno de los estantes metálicos.
—No hay ningún error en el archivo, Licenciada —dijo Thalía con un tono de voz bajo y seductor.
—¿De qué estás hablando? Thalía, abre la puerta ahora mismo o...
Thalía no le dio tiempo de terminar la amenaza. Se lanzó hacia adelante, sujetando firmemente el rostro de Lorena y sellando su boca en un beso abrasador. La supervisora de 35 años forcejeó violentamente durante dos segundos, haciendo sonar las latas y cajas de los estantes, pero la saliva infectada actuó con una fuerza abrumadora sobre su sistema neurológico. La resistencia se esfumó por completo. Las manos de Lorena se aferraron a la cintura de la joven de 24 años, devolviendo el beso con un frenesí apasionado y sumiso.
En pocos segundos, la estricta ejecutiva quedó completamente integrada a la mente colmena de Kevin.
—Amo Kevin... soy su servidora —susurró Lorena con la respiración agitada al separarse del beso, mirando a Thalía con devoción.
—Excelente trabajo —respondió Thalía con una sonrisa victoriosa—. Ahora vuelve a tu escritorio, descarga las bases de datos de personal y busca a las mejores candidatas para la colmena.
La supervisión del amo
Mientras la tarde avanzaba, Kevin permanecía cómodo en la sala de su casa, disfrutando de una bebida fría mientras sentía cómo los hilos psíquicos de la red se multiplicaban y se fortalecían con cada éxito de sus unidades.
A través de la conexión mental, Kevin recibía actualizaciones instantáneas de las sensaciones de sus esclavas:
• La Dra. Arantxa (38) ya estaba facilitando accesos clave en la universidad a través de Vanessa.
• Patricia (40) estaba preparando su estética privada bajo las órdenes de Sandra.
• La Licenciada Lorena (35) comenzaba a transferir información confidencial para Thalía.
Y lo mismo ocurría con Roxana, Helena, Bianca y Kendra en sus respectivos entornos. Cada una estaba ejecutando sus dos cupos diarios de infección con una precisión quirúrgica, asegurándose de aislar a sus víctimas, verificar la ausencia total de cámaras y mantener la cubierta de normalidad social intacta.
Kevin apoyó la cabeza en el respaldo del sillón, cerrando los ojos con una profunda sensación de satisfacción y poder. El límite de dos infecciones diarias por persona, lejos de ser una traba, se estaba convirtiendo en una disciplina perfecta que garantizaba la invisibilidad absoluta de su imperio. Sin violencia, sin escándalos y sin un solo rastro en medios digitales o cámaras de seguridad, la ciudad entera estaba comenzando a tejerse alrededor de su voluntad. Y él, desde la tranquilidad de su hogar, solo tenía que esperar a que sus unidades le trajeran el mundo entero a sus pies.
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