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Chapter 3 by bla12 bla12

¿De dónde era el anuncio?

Academia de policía

El anuncio había sido discreto, casi escondido en un rincón del tablón de anuncios de la comisaría. No pedía experiencia. Pedía «capacidad de observación, resistencia física y discreción absoluta». Magi había enviado su currículum, una hoja austera que olía a papel barato y tinta de la biblioteca, sin esperar nada. La llamada llegó una semana después, con una voz áspera que le citaba para una evaluación. Lo que siguió fue un torbellino de pruebas físicas que dejaron sus músculos temblando, un test psicológico con preguntas incómodas que parecían escarbar en sus rincones más privados, y una entrevista con un oficial de mirada gélida que no sonrió ni una vez.

La carta de aceptación llegó en un sobre blanco y oficial. «Cadete Magdalena Rojas». Leyó su nombre una y otra vez, la letra impersonal contrastando brutalmente con el torrente de orgullo que le quemó el pecho. Lo había logrado. Por sus méritos. Había forzado una puerta que se le negaba. Se sintió, por un instante, poderosa.

Esa sensación se evaporó la mañana en que le entregaron el uniforme.

La estación de policía olía a limpio agresivo, a lejía y a metal pulido. El sargento de intendencia, un hombre con bigote y modales de máquina expendedora, le tendió un bulto azul oscuro de tela áspera.

—Talla estándar. Probablemente le quede grande. A todos les queda grande al principio —dijo, sin mirarla a los ojos—. Los vestuarios están al fondo a la derecha. Preséntese en el patio de formación en diez minutos.

El vestuario era un lugar frío, de baldosas blancas y azulejos desconchados. El eco de sus pasos sonó a soledad. Magi se encerró en uno de los cubículos y se desvistió con dedos torpes. Su sudadera de algodón suave, su jean gastado… se doblaron sobre el banco de madera como la piel antigua de un animal que muda. Era solo ropa, pero al quitársela sintió que se despojaba de una armadura, de su identidad.

El pantalón le quedó holgado en la cintura y largo en los tobillos, la tela áspera rozándole las piernas con una insistencia que prometía convertirse en irritación. La camisa, de un poliéster que no respiraba, le abultaba en los hombros y le quedaba larga en los brazos. Se abrochó los botones frente al espejo empañado del lavabo común.

La imagen que devolvía el cristal no era la de ella. Era la de un fantasma vestido de azul. Una muñeca mal encajada en un traje prestado. El cuello de la camisa le ****ía la nuca, la gorra le apretaba la frente, ocultando su melena rebelde que, por reglamento, ahora debía ir recogida en un moño severo. Se tocó la mejilla. Su piel morena, sus pecas, parecían más pálidas, menos significantes bajo la severidad del uniforme.

Se sintió ridícula. Una niña jugando a ser policía. La certeza incómoda del principio se transformó en un nudo de inseguridad que le oprimía la garganta. ¿Qué hacía ella, amante del silencio y los libros, en un lugar que resonaba con órdenes gritadas y pasos marciales? Su orgullo se había convertido en una pesadumbre de tela áspera y proporciones incorrectas.

Una voz áspera cortó el silencio desde la puerta del vestuario.

—¿Cadete Rojas? Se hace esperar. En el patio se valora la puntualidad por encima de la elegancia —era una mujer. Alta, de complexión sólida, con el uniforme impecablemente ajustado a un cuerpo que era pura eficiencia. Su cabello castaño recogido en una coleta tan tirante que estiraba la piel de sus sienes. Sus ojos, del color del acero, recorrieron a Magi de arriba abajo, y una mueca de desaprobación, casi imperceptible, curvó sus labios—. Ese uniforme es un desastre. Aprenderá a plancharlo esta noche. Por triplicado. Ahora, sígame. Su instructora tiene poca paciencia y menos tacto. Bienvenida al mundo real, cadete.

La mirada de aquella mujer no era como la de los profesores que corregían sus trabajos. No evaluaba ideas, evaluaba carne. Evaluaba debilidad. Y Magi sintió, con una claridad humillante, que acababa de ser leída, subrayada y encontrada deficiente.

Bajó la mirada, sus ojos verdes fijos en las botas nuevas que le crujían con cada paso. El orgullo era ahora una brasa apagada bajo la ceniza de la vergüenza. El cambio no solo había llegado. Vestía de azul y le quedaba grande. Demasiado grande.

¿Qué pasa el primer día?

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