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Chapter 6 by Danz117 Danz117

What's next?

Sirvienta sin amo

Ana permanecía inmóvil en la silla, su cuerpo expuesto y brillante bajo la luz tenue que entraba por la ventana. Sus pechos subían y bajaban con cada respiración agitada, los pezones todavía hinchados e inflamados. Entre sus piernas, la evidencia de su excitación goteaba lentamente sobre el asiento de la silla

-¿Maestro? —repitió, su voz un susurro confundido—. ¿Maestro, está ahí?

Danz contuvo la respiración en la oscuridad del armario. Sus dedos todavía apretaban el cable desconectado, el corazón golpeando salvajemente contra sus costillas. Ana no se movía. No se cubría. Solo estaba ahí, sentada con las piernas abiertas, esperando.

—No... no puedo verle —murmuró ella, sus manos levantándose lentamente hacia su rostro—. ¿Maestro? ¿Por qué está todo oscuro?

Su voz tenía un matiz de pánico, pero su cuerpo permanecía en esa posición obscena —las piernas separadas, el torso desnudo, los pezones erectos apuntando hacia adelante como si todavía esperandoa órdenes. Danz observar cómo sus dedos se curvaban en el aire, buscando instrucciones que no llegaban.

—Estoy esperando —dijo Ana, su tono volviendo a esa monotonía perturbadora—. Estoy lista para su instrucción, maestro.

El aire del cuarto se sentía espeso. Danz podía oler el aroma de la excitación de Ana desde su escondite, esa mezcla embriagadora de sudor y fluidos que flotaba en el espacio cerrado. Su propia erección palpitaba dolorosamente contra sus jeans, y tuvo que morderse el labio para evitar gemir.

—Maestro, no entiendo —continuó Ana, sus manos bajando lentamente hacia sus muslos—. ¿Debo continuar? ¿Debo esperarlo?

Danz observó, fascinado y horrorizado, cómo los dedos de Ana comenzaban a moverse por su propia cuenta. Sus manos recorrían la piel suave de sus muslos, subiendo lentamente hacia el cinturón de liguero, trazando patrones que parecían automatizados.

—Mi cuerpo necesita... instrucciones —susurró ella, y Danz notó cómo sus caderas se arqueaban ligeramente, un movimiento involuntario—. Por favor, maestro. ¿Qué debería hacer?

La pantalla de la computadora permanece negra, muerta. Pero Ana actuaba como si todavía pudiera ver a ese hombre, como si todavía pudiera escucharlo. Su mente estaba atrapada en algún lugar entre el trance y la realidad, esperando órdenes que nunca llegarían.

Y entonces sus manos llegaron a su sexo.

Danz exhaló lentamente cuando vio los dedos de Ana deslizarse entre sus piernas, encontrando la humedad que ya estaba ahí. Ella gimió suavemente, un sonido que vino de lo profundo de su garganta.

— ¿Es esto lo que quiere, maestro? —preguntó al aire vacío—. ¿Quieres que me toque?

Nadie respondió. Pero sus manos no se detuvieron.

Sus dedos comenzaron a moverse en círculos, masajeando su clítoris hinchado con esa misma precisión mecánica de antes. Pero había algo diferente ahora —una desesperación en sus movimientos, como si su cuerpo estuviera tomando el control en ausencia de instrucciones.

—Ah... —el gemido se escapó de sus labios, más fuerte esta vez—. Maestro, siento... mi cuerpo siente...

Danz apretó los puños. Podía ver cómo los músculos del abdomen de Ana se contraían con cada movimiento de sus dedos. Sus pechos se balanceaban ligeramente con cada respiración, los pezones rojos e inflamados pidiendo atención. Y entre sus piernas, sus dedos trabajaban sin cesar, empapados en su propia excitación.

—No puedo... no puedo detenerme —jadeó ella, su voz ganando un matiz de desesperación—. Mi cuerpo quiere... necesita...

Sus caderas comenzaron a moverse rítmicamente contra su propia mano. Danz observó cómo arqueaba la espalda, cómo su cabeza caía hacia atrás, cómo sus pechos se elevaban con cada respiración entrecortada. El sonido húmedo de sus dedos llenaba el silencio del cuarto.

—Maestro, por favor... —suplicó al aire—. Por favor, deme permiso... permiso para...

Su voz se quebró en un gemido. Dos dedos desaparecieron dentro de ella, bombeando con urgencia. Su otra mano subió hacia sus pechos, apretando la carne suave, pellizcando el pezón endurecido con fuerza.

—Ah, ah, ah... —sus gemidos eran incontrolables ahora.

Danz sintió cómo su propia excitación amenazaba con consumirlo. La visión de Ana —su amiga, su vecina, la chica que había deseado en secreto durante años— perdida en el placer, tocándose salvajemente mientras pedía permiso a un hombre que no estaba ahí, era la cosa más erótica que había visto.

—Maestro, estoy cerca... tan cerca... —jadeó ella, sus caderas moviéndose más rápido—. Por favor, permítame... permítame venir...

Pero no había respuesta. Solo el silencio de la habitación y los sonidos húmedos de su cuerpo.

-¿Maestro? —su voz era pura agonía—. ¿Maestro, por favor?

Sus dedos no se detenían. Bombeaban dentro de ella con desesperación, buscando el orgasmo que su cuerpo gritaba por alcanzar. Pero algo en ella parecía incapaz de cruzar el límite sin permiso.

—No puedo... no puedo terminar sin... —sus palabras se convirtieron en gemidos incoherentes.

El sudor brillaba en su piel, haciendo que su cuerpo resplandeciera bajo la luz del atardecer. Sus muslos temblaban con el esfuerzo, sus pechos se movían violentamente con cada respiración. Y sus dedos seguían trabajando, empapados, resbaladizos, desesperados.

Danz no pudo evitarlo. Su mano se movió hacia su propia entrepierna, presionando contra la erección que amenazaba con romper su control. La culpa y el deseo guerreaban en su mente, pero la visión frente a él era demasiado poderosa.

Ana se arqueó completamente, su cuerpo tensándose como un arco.

—¡Por favor! —gritó—. ¡Por favor, alguien... cualquiera... deme permiso!

Las palabras golpearon a Danz como un martillo. Ella estaba pidiendo permiso. Cualquiera. A cualquier hombre que pudiera escucharla.

Y él estaba ahí. Escondido en la oscuridad.

[Observando.

Su](http://Observando.Su) mano se presionó alrededor de su erección a través del jean, y un pequeño gemido se escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo.

Ana se congeló.

Sus ojos se abrieron de golpe, enfocándose en la nada. Sus manos dejaron de moverse, aunque permanecieron en su lugar —una sobre su pecho, la otra entre sus piernas.

—Quién... ¿quién está ahí? —su voz temblaba—. ¿Maestro?

Danz contenía la respiración.

—Hay... ¿hay alguien más? —Ana giró la cabeza lentamente, escaneando la habitación oscura—. ¿Maestro trajo a alguien?

Sus ojos pasaron por el armario, por la rendija donde Danz estaba escondido. Por un segundo, sus miradas podrían haberse encontrado.

—Yo... mi cuerpo sigue necesitando... —murmuró ella, y Danz vio cómo sus dedos comenzaban a moverse otra vez, incapaces de detenerse—. Si hay alguien ahí... por favor... permítame terminar

invitación colgó en el aite

Danz sabía que debía quedarse callado. Que debía esperar a que todo terminara. Que salir ahora sería un desastre.

Pero su boca se abrió antes de que su cerebro pudiera detenerlo.

—Ven.

La palabra salió de su garganta, profunda.

Ana gimió, su cuerpo estallando en convulsiones inmediatas.

—¡Ah! —su espalda se arqueó completamente, sus pechos apuntando al techo mientras el orgasmo la atravesaba—. ¡Gracias! ¡Gracias maestro!

Danz observó, paralizado, cómo el cuerpo de Ana se sacudía con oleadas de placer. Sus dedos se hundieron profundamente dentro de ella, sus músculos contrayéndose rítmicamente alrededor de ellos. Un charco de fluidos se forma debajo de ella, goteando sobre la silla.

Y entonces, tan rápido como había comenzado, Ana se derrumbó.

Su cuerpo cayó hacia adelante, sus manos cayendo a los lados. Su respiración era entrecortada, irregular. Y cuando levantó la cabeza, sus ojos estaban diferentes.

Ya no vacíos.

Estaban confundidos. Aterrorizados.

—¿Qué... qué pasó? —su voz era la de la Ana que conoció—. ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy...?

Se miró a sí misma —su cuerpo expuesto, su lencería desordenada, el líquido brillante entre sus piernas. Y entonces giró la cabeza hacia el armario.

Hacia donde la voz había venido.

— ¿Quién está ahí? —preguntó, su voz aumentando en pánico—. ¿Quién dijo eso?

Danz sabía que no podía esconderse más.

Con el corazón golpeando salvajemente, empujó la puerta del armario y salió a la luz.

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