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Chapter 32 by bla12 bla12

¿Cómo sigue el día?

Segunda actividad de la suscripción

Al mediodía, May apareció en la puerta de la cafetería. No necesitó decir nada. Solo un gesto con la cabeza. La orden era clara. No hubo protestas. Solo el peso cansado de los cuerpos que se rendían una vez más.

Las guía por pasillos que Magi no conocía, descendiendo a un nivel inferior donde el ruido de las bombas de agua era un rugido sordo. May abrió una puerta metálica sin marca alguna.

La sala era blanca, iluminada por luces frías de neón que no dejaban sombras. Olía a antiséptico y a perfume caro. En el centro, tres sillas de dentista reclinables esperaban, junto a una mesa llena de productos y herramientas de metal que brillaban bajo la luz.

—Bienvenidas al quirófano de la belleza —dijo May, enfundándose unos guantes de látex negro con un chasquido—.

Comenzó con Magi. Aplicó un gel frío y brillante en sus hombros, el vientre, los muslos. Sus manos, expertas e impersonales, se movían sobre su piel como si estuviera limpiando un pescado para su exhibición.

—La mente en blanco es tu mejor aliada —murmuró May—. Desconecta. No eres tú. Es solo un cuerpo. Un objeto. Los objetos no sienten vergüenza.

Lara, desde su silla, abrió los ojos.

—Es más fácil si no luchas —dijo, su voz monótona—. Solo es un rato. Piensa en otra cosa.

Cloe observaba, paralizada, hasta que May le indicó que ocupara la tercera silla. Se recostó, rígida. May le aplicó el mismo tratamiento, y Cloe no opuso resistencia. Sus lágrimas resbalaron silenciosamente por sus sienes.

Luego, May se dirigió al armario empotrado. Al abrirlo, no reveló disfraces, sino tres conjuntos de armadura para una guerra perversa. Los sostuvo con reverencia, como un sacerdote mostrando los vestigios de un ritual.

May se acercó primero a Magi. En sus manos colgaba lo que parecía una piel de pez metamórfica. Era un bikini de escamas metálicas de un verde oscuro y profundo, como el abismo marino. Cada escama, individual y fría al tacto, estaba engarzada en una base de latex que se adheriría a su piel como una segunda epidermis. May se lo aplicó con meticulosidad, presionando cada pieza contra su torso, sus caderas, hasta que el traje cobró vida sobre su cuerpo, delineando cada curva con una precisión obscena. Luego, las correas. Eran de cuero negro, gruesas y rígidas, tratadas con aceite que olía a establo. Cruzaron su pecho y espalda, oprimiéndola levemente, y terminaron en pesadas argollas de metal níquel que golpearon sus caderas con un frío peso. No eran adornos; eran anclas.

Cloe fue la siguiente. May desplegó ante ella una prenda que parecía sacada del lodo de un pantano. Un taparrabos de piel sintética, áspera y de un marrón terroso que rasparía su piel con cada movimiento. El top era una cruel simulación de modestia: dos triángulos de red gruesa y tiesa, tan áspera como una esponja de lufa, que se anudaron en su cuello con una soga delgada. Dejaba sus costados, su espalda y su vientre completamente al descubierto. Por último, la capa. May colocó sobre sus hombros una capelina corta hecha de plumas artificiales, oscuras y húmedas al tacto. Al mover los hombros, las plumas se pegaron a su piel como algas muertas, goteando una humedad fría que le recorrió el pecho. Olían a agua estancada.

Para Lara, el proceso fue el más clínico. May desplegó un body enterizo de vinilo transparente color humo. El material crujió sordamente al estirarlo, como el sonido de un guante quirúrgico. Lara se incorporó y se lo enfundó como si fuera un vestido de noche. El vinilo, grueso y brillante, se selló alrededor de su cuerpo con un susurro adhesivo, ajustándose a cada contorno como una película sudorosa. Difuminaba los detalles íntimos tras un velo turbio, pero revelaba todo lo demás como una sombra distorsionada y sugerente. Por último, el collar. No era un accesorio; era una etiqueta. Ancho, de cuero negro, con una pesada placa de bronce grabada con "ESPÉCIMEN L-07". May lo cerró alrededor de su cuello con un clic metálico. Lara ni siquiera parpadeó.

Una vez vestidas, May las roció con un spray frío que hizo brillar las escamas, el vinilo y las plumas bajo las luces de neón, como si fueran piezas recién pulidas.

—Listas para su debut —anunció, con una sonrisa de satisfacción absoluta.

Abrió una segunda puerta al fondo de la sala. Tras ella, la "ruta privada tras las cascadas" estaba sumida en una tenue luz azulada que parpadeaba como el reflejo del agua. El sonido de una cascada artificial, ensordecedor y opresivo, llenó la sala. Y frente a ellas, de pie como espectros en la penumbra, un pequeño grupo de cinco miembros las esperaba. Vestían trajes impecables y sostenían copas de cristal fino. Sus miradas, ávidas y evaluadoras, las recorrieron de arriba abajo, estudiando cada detalle de sus cuerpos convertidos en mercancía. No había ansiedad en sus ojos, solo la curiosidad fría de los coleccionistas examinando una nueva adquisición.

Magi sintió cómo las argollas de metal en sus caderas pesaban como anclas. Cloe notó que las plumas de sus hombros goteaban sobre su pecho. Lara ajustó mentalmente su disociación. La derrota no era un sentimiento; era un hecho. Y la noche apenas comenzaba.

¿Qué pasa cuando llega el público?

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