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Capitulo 7

Chapter 7 by K45

La marea blanca del bucle cuántico volvió a succionar la conciencia de Damián, arrancándolo del camerino de lujo y de la opulencia de la suite presidencial donde habitaba el cuerpo de la superestrella mundial. El zumbido de la interfaz parpadeó frente a sus ojos antes de desvanecerse: Nivel 6. La reparación automática del sistema del reloj de oro blanco se había completado con éxito, devolviéndole el control total de la interfaz.

Sin embargo, el salto no ocurrió como él esperaba. Justo en el microsegundo en que Damián intentaba seleccionar con su mente un contenedor de alto perfil cerca del estadio para continuar con su despliegue internacional, la puerta del camerino se abrió de golpe con el regreso abrupto de Chloe. Ese estímulo externo y el parpadeo de la secretaria interfirieron con la calibración cuántica del artefacto de manera accidental. El sistema registró una anomalía de proximidad de origen y, en lugar de mantenerlo en el entorno de la fama, lo arrastró de vuelta al punto de partida, pero en el contenedor más decadente del rumbo.

El despertar fue tosco, violento y carente de cualquier atisbo de finura.

Al abrir los ojos, Damián sintió de golpe el impacto de la Paradoxa del treinta de marzo a las 9:30 AM. El bucle temporal seguía intacto, pero el entorno de lujo se había transformado en una pesadilla de marginalidad. Se encontraba recostada en una cama matrimonial desvencijada, con sábanas amarillentas y desgastadas que olían a humedad, tabaco rancio y cerveza barata.

Al incorporarse, el mareo y una punzada de cruda alcohólica le partieron la cabeza. Damián miró a su alrededor: la habitación estaba en un desorden absoluto, con botellas de mezcal y cerveza vacías tiradas por el suelo, cajetillas de cigarros aplastadas y prendas de ropa barata y provocativa —un vestido de licra rota, tangas de leopardo y tops desgastados— esparcidas por toda la mugrosa recámara.

La asimilación biológica del Nivel 6 se completó en su cerebro en un segundo, revelándole la identidad de su nuevo contenedor con una crudeza brutal. Había caído en el cuerpo de Brenda, la mujer con la reputación más destructiva y promiscua de todo el vecindario. Una alcohólica empedernida que vendía su cuerpo al mejor postor por unas cuantas monedas o una botella, conocida por todos los hombres del rumbo por su absoluta falta de dignidad y su lascivia descontrolada.

Damián bajó la mirada para inspeccionar la anatomía de la mujer. El cuerpo de Brenda estaba completamente desnudo sobre el colchón. A diferencia de las formas perfectas de Evelyn o la densidad espectacular de Robyn, esta piel morena se sentía pegajosa, cubierta por una fina capa de sudor rancio mezclado con el olor a alcohol de la noche anterior. Sus pechos eran caídos, provistos de unas aureolas oscuras y grandes que reaccionaban con una sensibilidad tosca al tacto.

Pero lo más impactante y crudo llegó cuando Damián separó sus muslos largos y descuidados. Entre sus piernas, la intimidad de Brenda estaba completamente abierta, adolorida y chorreando una mezcla espesa y abundante de semen ajeno que se derramaba sobre la sábana sucia. Los residuos de los múltiples hombres que se habían turnado para usarla la noche anterior continuaban goteando de manera natural de su cavidad, dejando en claro la naturaleza puramente biológica y depravada del contenedor en el que el accidente del artefacto lo había atrapado para este nuevo inicio del treinta de marzo.

Damián se obligó a ignorar la punzada de la cruda alcohólica y la sensación pegajosa que cubría la piel morena de Brenda. Usando la fuerza bruta de su voluntad masculina de veintiún años, obligó a las piernas de la mujer a moverse entre el desorden de la recámara. Agachándose entre las botellas vacías, recogió del suelo un vestido de licra roja sumamente ajustado y corto, desgastado por el uso constante en las cantinas del rumbo. Decidido a mantener la misma línea de provocación absoluta, ignoró por completo las tangas baratas tiradas en la esquina; se colocó la prenda directamente sobre su cuerpo desnudo. El vinilo de la licra se adhirió de inmediato a la humedad de sus muslos y al rastro de semen ajeno que continuaba goteando de su cavidad.

Salió de la casa desordenada con pasos toscos, calzando unas sandalias de plataforma gastadas. El sol de las 9:35 de la mañana golpeó de lleno el rostro descuidado de Brenda, evaporando el rastro de alcohol de su aliento. Al llegar a la banqueta, Damián escudriñó la calle principal del vecindario y confirmó que la matriz cuántica funcionaba a la perfección. A lo lejos, vio caminar a su propio yo original: el Damián de veintiún años que apenas iba de regreso a la casa verde.

Damián calculó todo cronológicamente en un destello mental antes de interceptarlo. Sabía exactamente lo que vendría después en el tejido del treinta de marzo si el bucle seguía su curso natural: el shock de las fotos de Vanessa y de la señora Beatriz, el impacto digital de la altiva Evelyn y la monumental profanación internacional de la mismísima Robyn Fenty, el encuentro con su melliza en el cuarto y los misterios de Morgana. Toda la red de mujeres en las que había estado y estaría atrapado dependía de la estabilidad de ese joven confundido que caminaba por la acera.

Sin dudarlo, Damián forzó el paso de la alcohólica, cortándole el camino a su yo original justo antes de que este pudiera poner un pie en el porche de su casa.

Antes de que el Damián de carne y hueso pudiera reaccionar o expresar el asco natural que el vecindario le profesaba a la mujer, Damián la lanzó hacia el frente. Con las manos toscas de Brenda, lo agarró firmemente de la nuca y le plantó un beso sumamente lascivo, metiéndole la lengua con una desesperación carnal que sabía a tabaco y mezcal. Su yo original abrió los ojos de par en par, completamente petrificado por la audacia de la paria del barrio.

Sin romper el beso, Damián bajó las manos de la mujer, tomó las manos de su yo masculino con fuerza y, venciéndole la resistencia, se las llevó directo debajo de la licra roja. Obligó a los dedos de su verdadero ser a hundirse directamente en su vagina chorreando, haciéndolo palpar la cruda, pegajosa y abundante mezcla de semen de la noche anterior que empapaba su entrepierna desprotegida.

El Damián original se puso completamente rojo, un sonrojo violento de vergüenza y confusión extrema. Trató de apartarse con fuerza, asqueado y desconcertado por el contacto directo con la intimidad desbocada de la alcohólica del rumbo.

—Tú eres el único hombre con el que, de ahora en adelante, de dejaré tener sexo… —soltó Damián, modulando la voz rasposa, arrastrada y quebrada de Brenda, forzándola a humillarse por completo ante los ojos de su verdadero ser—. Sí, soy una gran puta… la más zorra de este maldito lugar, pero todo eso lo dejaré solo para ser tuya. Por favor… aunque ya estoy muy usada, aún puedo servir para ser tu zorra… Por favor, Damián, hazme tuya.

Para ese momento, el escándalo de la intercepción en plena calle ya había atraído las miradas de los alrededores. Una poca de gente del vecindario que se había reunido cerca de la esquina, incluyendo a un par de señoras que regresaban del mandado y al propio don Carlos desde la entrada de su tienda, observaban y escuchaban la cruda escena con absoluto asombro, murmurando ante la total e inexplicable sumisión de la mujer más degradada del barrio hacia el joven de la casa verde.

—¡Dejaré de beber, dejaré de fumar, dejaré todo lo malo que soy! —continuó Damián, forzando la voz quebrada de Brenda a sonar con una desesperación desbocada que hacía vibrar el vestido de licra roja—. Haré lo que sea para convertirme en una buena perra solo para ti... ¡Te lo juro!

Su yo original, con los dedos todavía húmedos por el flujo espeso y ajeno de la mujer, intentó zafarse del agarre con un tirón brusco, el rostro encendido de pura vergüenza mientras sentía las miradas pesadas de los vecinos sobre su espalda. Pero Damián apretó los dedos de la alcohólica con más fuerza sobre las manos del muchacho, clavándole una mirada intensa y desquiciada a través de los ojos de Brenda.

—Y si no aceptas... —amenazó en un susurro áspero que se escuchó con total claridad en la acera—, te juro que voy a hacer un gran escándalo. Voy a ir directo a tu universidad, me voy a encuerar y me voy a masturbar en público enfrente de todos tus compañeros y profesores, gritando a todo pulmón que lo hago porque mi amo Damián me ordenó que lo hiciera. ¡A ver cómo limpias tu nombre después de eso!

El Damián real se quedó completamente pálido, helado ante la cruda amenaza de la mujer más inestable del rumbo.

Desde el interior de la mente de Brenda, el verdadero Damián —el titiritero del artefacto cuántico de Nivel 6— saboreaba la escena con un morbo puramente experimental.

«Lo siento, mi otro yo», pensó Damián en su cabeza, soltando una risa silenciosa mientras contemplaba el rostro desencajado de su propio cuerpo masculino de veintiún años. «Pero de verdad quiero ver cómo reaccionas cuando yo no estoy al mando de ese contenedor. Es algo que no he podido checar muy bien en este bucle y necesito saber hasta dónde llegan mis propios límites. Ya vi cómo fuiste de protector y tierno conmigo cuando estuve en el cuerpo de mi melliza... ¿pero cómo vas a reaccionar ante las exigencias de esta perra usada y degradada?».

La expectación en la calle era total. Las señoras del mandado se cubrían la boca con indignación y don Carlos observaba desde el mostrador, conteniendo el aliento. El Damián original miraba fijamente a Brenda, atrapado en una encrucijada pública y grotesca en este caótico reinicio del treinta de marzo.

El Damián original tragó saliva, sintiendo cómo la presión social y el asco biológico lo acorralaban contra la pared exterior de la casa verde. Sus ojos se pasearon con desesperación por los rostros de los vecinos que murmuraban en la esquina. La amenaza de Brenda de presentarse en su universidad a armar un espectáculo semejante no era algo que pudiera tomarse a la ligera; viniendo de la loca y alcohólica del rumbo, todos sabían que era perfectamente capaz de cumplirlo.

—Estás demente, Brenda... Suéltame ya —susurró el muchacho de veintiún años, con la voz trémula y el rostro ardiendo en un tono carmesí, intentando jalar sus manos para apartarlas de la intimidad empapada de la mujer.

Sin embargo, Damián, operando con la frialdad implacable del Nivel 6, no cedió ni un milímetro el agarre de los dedos pegajosos de Brenda. Obligó al cuerpo de la paria a dar un paso más hacia el frente, acortando la distancia hasta que el pecho caído de la mujer, cubierto por la licra roja barata, se aplastó directamente contra la playera del joven. El penetrante olor a alcohol rancio, tabaco y sudor de cantina inundó por completo las fosas nasales del Damián de la acera.

—No te voy a soltar hasta que me digas que sí, mi amo... —rogó Damián a través de la boca descuidada de Brenda, forzando un sollozo fingido que hizo que un par de lágrimas lavaran la mugre de sus mejillas de la mujer—. Mírame... estoy sucia, todos en este maldito barrio me han usado para vaciarse en mí, pero a partir de hoy me cierro para todos ellos. Si tú me lo pides, me hincas aquí mismo en la banqueta y limpio tus botas con mi lengua. Solo dime que me aceptas como tu perra.

Desde el plano mental, el Damián titiritero analizaba meticulosamente cada microexpresión de su yo original. Notó el conflicto interno: el Damián de la calle experimentaba una mezcla brutal de humillación pública, miedo al escándalo universitario y un sutil, aunque oscuro, destello de morbo masculino que empezaba a filtrarse por su mente al ver a la mujer más promiscua del rumbo arrastrarse de esa manera tan vil a sus pies. El experimento estaba dando frutos fascinantes. Sabía que su yo real nunca actuaría así por voluntad propia, pero la presión de la matriz cuántica del treinta de marzo lo estaba obligando a madurar una respuesta bajo una tensión extrema.

Don Carlos carraspeó desde el mostrador de su tienda, rompiendo el silencio tenso de la calle, mientras las señoras del mandado ya sacaban sus propios teléfonos, horrorizadas por la escena explícita que se desarrollaba a plena luz del día. El Damián original, acorralado y sintiendo el goteo constante de la entrepierna de la mujer humedecer la punta de sus propios dedos, cerró los ojos con fuerza, preparándose para dar la respuesta que definiría el curso de este caótico y decadente ciclo.

El Damián original abrió los ojos, exhalando un suspiro cargado de una frustración y una impotencia absolutas. La mirada fija de los vecinos y el peso de la humillación pública terminaron por quebrar su resistencia. Sabía que no tenía escapatoria frente a una mujer que no tenía nada que perder; el riesgo de que Brenda cumpliera su palabra y destruyera su reputación en la universidad, arrastrando el nombre de su madre y de sus hermanos al fango, era un precio demasiado alto que no estaba dispuesto a pagar.

Apretando los puños, el joven de veintiún años clavó sus ojos en el rostro descuidado de la alcohólica y, levantando la voz para asegurarse de que todos los presentes en la acera lo escucharan con total claridad, sentenció:

—¡Está bien! ¡Lo acepto! —exclamó en voz alta, provocando un murmullo unísono entre las señoras del mandado que observaban desde la esquina—. Acepto lo que me estás pidiendo, Brenda. Pero me vas a escuchar muy bien: no vas a hacer absolutamente nada que me arruine a mí ni a mi familia. Si de verdad vas a ser mía y vas a dejar todas tus porquerías, vas a seguir mis reglas al pie de la letra. No quiero volver a verte tomando en las esquinas, ni fumando, ni metiéndote con nadie más de este maldito rumbo. A partir de hoy, haces lo que yo diga y cuando yo lo diga, ¿entendiste?

Las palabras de su yo original resonaron en la privada con una autoridad tosca y protectora que Damián, desde el interior del cerebro de la paria, procesó con un éxtasis absoluto de poder cuántico. El experimento había sido un éxito rotundo. Había logrado doblegar la moralidad de su propio ser real, obligándolo a asumir el control de la mujer más degradada del barrio bajo una amenaza pública.

Sintiendo los dedos del muchacho todavía humedecidos por el flujo espeso y ajeno que goteaba bajo la licra roja, Damián forzó los labios de Brenda a curvarse en una sonrisa llena de una devoción enferma y desquiciada.

—Sí, mi amo... lo que usted diga —susurró Damián a través de la boca de la alcohólica, dejando caer el cuerpo de la mujer de rodillas sobre el concreto caliente de la banqueta, justo a los pies de su verdadero ser masculino—. Gracias por salvarme... Prometo ser la mejor perra que hayas tenido en tu vida. Nadie más me va a volver a tocar.

Don Carlos se dio la vuelta en el mostrador de su tienda, negando con la cabeza en un gesto de total incredulidad, mientras la poca gente que se había reunido comenzaba a dispersarse, impactada por el pacto grotesco que se acababa de sellar a plena luz del día. El Damián original se quedó de pie, contemplando a la mujer arrodillada ante él, completamente ajeno a que la mente que controlaba ese cuerpo usado era la suya propia, operando desde el Nivel 6 del artefacto en este caótico e impredecible treinta de marzo.

El Damián original miró de reojo hacia la esquina, cerciorándose de que los vecinos finalmente empezaban a disolverse tras el espectáculo. El rostro le seguía ardiendo de la vergüenza, pero una nueva expresión de fría determinación, casi de un amargo instinto de propiedad, se asentó en sus facciones de veintiún años. Miró hacia abajo, donde el cuerpo de Brenda seguía de rodillas sobre el concreto.

—Párate de ahí —ordenó el muchacho con voz baja pero firme, sujetándola del hombro cubierto por la licra roja—. No quiero que mi mamá o Regina te vean entrar por el frente. Vete por el pasillo de la parte de atrás de la casa, por el callejón de servicio. Entra directo por la puerta de la cocina.

Damián, controlando los hilos biológicos de la alcohólica desde la interfaz del Nivel 6, obedeció al instante. Obligó a Brenda a ponerse de pie con un vaivén pesado de sus caderas, sintiendo cómo el rastro pegajoso de la noche anterior volvía a escurrir por sus muslos descalzos debido al esfuerzo.

—Y escúchame bien —añadió su yo original, dándole un leve empujón hacia el callejón lateral, fijando sus ojos en ella con una severidad implacable—. Lo primero que vas a hacer es meterte al baño del patio. Tienes que limpiarte por completo toda esa porquería que traes encima de los otros tipos. Te vas a tallar bien, te vas a quitar ese olor a alcohol y a tabaco, y luego vas a empezar a cumplir tu palabra de ser mi perra. Vas a limpiar la casa, vas a lavar la ropa y vas a hacer todo lo que yo te ordene. Quiero ver si es verdad que vas a cambiar solo por mí.

Una oleada de satisfacción retorcida inundó la conciencia del Damián titiritero al escuchar las órdenes de su propio ser real. El experimento de sumisión estaba marchando de una forma espectacular. Ver a su yo ordinario de la casa verde tomar el rol de amo absoluto con tanta naturalidad, imponiendo condiciones de limpieza y servidumbre a la mujer más usada del barrio, era un giro fascinante en la matriz del treinta de marzo.

—Sí, mi amo... como usted ordene. Me voy a dejar impecable para usted, se lo prometo —respondió Damián con la voz rasposa y arrastrada de Brenda, fingiendo una sumisión absoluta y temblorosa.

Giró el cuerpo de la mujer hacia el pasillo de servicio, arrastrando las sandalias gastadas sobre la tierra y la grava del callejón. Caminó deprisa hacia la parte trasera de la casa verde, sintiendo el aire fresco de la mañana golpear la licra roja que se le pegaba a las nalgas caídas y húmedas, lista para ingresar al terreno familiar y llevar la profanación de este contenedor al siguiente nivel bajo el mandato de su propio creador.

Damián, controlando el cuerpo de Brenda, avanzó por el pasillo de servicio con paso rápido y sigiloso. Sabía perfectamente que tenía que moverse con cuidado; un paso en falso y se toparía con Raquel, su madre, con su hermana mayor Miranda, o con Regina su hermana menor. Incluso podría alertar a Fernanda, su melliza, arruinando la sincronización exacta de la línea temporal de este bucle.

Se deslizó por la puerta trasera y entró directo al baño del patio. El espacio era pequeño, iluminado por una bombilla tenue. Damián abrió la llave de la ducha y comenzó a despojarse del vestido de licra roja. El agua fría golpeó la piel morena de la alcohólica, lavando el sudor rancio, el olor a tabaco y la abundante mezcla de semen ajeno que empapaba sus muslos. Con el jabón de barra, se talló con fuerza, restregando cada rincón de esa anatomía maltratada por los excesos hasta que el agua que corría hacia el desagüe quedó completamente limpia.

Mientras se secaba con una toalla tosca, Damián se paró frente al pequeño espejo empañado del baño y usó la mano de la mujer para limpiar el cristal. Al mirarse fijamente, se llevó una sorpresa.

A pesar de la mirada cansada y las sutiles ojeras de la cruda, Brenda en verdad era una mujer muy bonita. Poseía unas facciones latinas afiladas, unos labios carnosos naturales y una estructura ósea bastante atractiva. Lo único que la arruinaba por completo ante el vecindario era su estilo de vida descuidado, su adicción destructiva al alcohol, al cigarro y esa lascivia descontrolada que la llevaba a entregarse a cualquiera. Limpia, con el cabello castaño húmedo cayéndole por los hombros y la piel morena reluciente tras el baño, lucía como una mujer totalmente diferente.

Justo en ese momento, la puerta del baño se abrió una rendija con extrema precaución. El Damián original se asomó, con el rostro serio y la mirada alerta, asegurándose de que nadie anduviera cerca del pasillo.

—Ya muévete —le susurró el muchacho de veintiún años con tono seco y autoritario, clavando sus ojos en la desnudez limpia y reluciente de la mujer—. Tienes que subir a mi cuarto ahora mismo. Sube las escaleras rápido y con cuidado, no quiero que mi mamá, Miranda o Regina te vayan a ver dar una sola vuelta por la casa. Camina sin hacer ruido.

Damián, saboreando desde el interior del contenedor el tono de amo que su yo real estaba consolidando, asintió con una sumisión fingida pero impecable. Se enrolló la toalla húmeda alrededor del torso, cubriendo apenas sus pechos caídos y la estrechez de sus caderas, dispuesta a seguir las instrucciones de su verdadero ser para adentrarse en el corazón de la casa verde en este impredecible treinta de marzo.

El Damián original ejecutó su plan de distracción con precisión milimétrica. Cruzó la puerta principal de la casa verde haciendo el mayor ruido posible, llamando de inmediato la atención de Raquel, su madre, de su melliza Fernanda y de su hermana Regina, de dieciocho años, quienes se encontraban en la planta baja. Para asegurarse de mantenerlas completamente concentradas en él,

Aprovechando ese caos controlado, Damián obligó al cuerpo de Brenda a moverse como una sombra. La casa verde contaba con una ventaja arquitectónica perfecta para la infiltración: dos escaleras comunicaban con la planta alta, la principal que daba a la entrada y la de servicio ubicada en la parte de atrás, justo cerca de la cocina. Con la toalla firmemente sujeta y el vestido de licra roja en la mano, Brenda subió por los escalones traseros sin hacer el más mínimo ruido, deslizándose directo al pasillo superior hasta entrar en la recámara del muchacho.

Un par de minutos después, la puerta del cuarto se abrió y el Damián real entró a toda prisa, cerrando con seguro a sus espaldas. Estaba visiblemente alterado, con las mejillas encendidas en un sonrojo violento y una agitación evidente en el pecho.

—Ya estás aquí —susurró el joven de veintiún años, tratando de mantener una voz severa e implacable—. Escúchame bien, Brenda. Te voy a repetir las reglas una última vez. Te vas a quedar aquí metida y no vas a hacer ningún ruido. Si por alguna razón alguien de mi familia te llega a descubrir aquí arriba, vas a asumir toda la culpa, vas a decir la verdad de que tú te metiste a la fuerza y que yo no quería saber nada de ti. No voy a permitir que ensucies a los míos.

Mientras su yo original desahogaba toda su tensión soltando esa reprimenda autoritaria, Damián, desde el control del Nivel 6, decidió cortar las palabras con una acción puramente carnal. Con una lentitud sumamente provocativa, dejó caer la toalla al suelo, exponiendo la anatomía morena, limpia y esbelta de Brenda en una desnudez total y absoluta ante los ojos del muchacho. A pesar del discurso duro del joven, Damián notó de inmediato la brutal contradicción biológica de su propio ser: el Damián real tenía la mirada clavada en sus pechos y en su entrepierna, con una erección descomunal que marcaba su pantalón al máximo.

Sin darle tiempo a reaccionar, Damián se aproximó de rodillas hacia él. Con movimientos hábiles y decididos, le desabrochó el cinturón, deslizándole los pantalones y los bóxers hasta los tobillos, dejando al descubierto el miembro erecto y palpitante de su verdadero yo.

El Damián de la recámara soltó un gemido sordo, poniéndose aún más rojo al sentir la cercanía de la mujer. Damián abrió sus labios carnosos y metió la cabeza del pene en la boca de Brenda, comenzando a mamárselo con un ritmo rítmico, húmedo y sumamente lascivo, usando la saliva para lubricar toda la longitud del miembro. Entre cada succión profunda, Damián apartaba sutilmente la boca, usando la voz rasposa y sumisa de la alcohólica para sellar su destino:

—Mmm... sí, mi amo... de ahora en adelante solo seré para ti y para nadie más —susurró Brenda, mirando hacia arriba con ojos sumisos y devotos mientras volvía a deslizar la lengua por la base caliente—. Voy a ser tu buena perra... la única zorra que limpie tu verga todos los días. Úsame como quieras, mi amor.

El Damián original apretó los dedos contra el cabello castaño y húmedo de la mujer, atrapado por completo en el morbo y la intensidad de tener a la paria más puta del vecindario rindiéndole un culto tan bajo y explícito en la privacidad de su propio cuarto.

Damián incrementó el ritmo de las succiones, usando la boca de Brenda con una lascivia tan experta que el Damián de la recámara no pudo contenerse más. Con un gemido ahogado y los ojos en blanco, su yo original se arqueó hacia el frente, llegando a un clímax violento que inundó la garganta de la mujer con una densa descarga de semen caliente. Damián tragó con sumisión, saboreando el fruto biológico de su propia manipulación, y de inmediato se incorporó sobre el colchón.

Abrió sus piernas morenas de par en par, mostrándole a su yo original la intimidad de Brenda, que ya estaba chorreando lubricación natural combinada con los restos de su excitación. Sin perder un segundo, se colocó encima del miembro todavía semierecto de su yo real y se autopenetró de un solo golpe, dejando escapar un jadeo húmedo. Damián comenzó a saltar sobre él como una loca, moviendo las caderas con un ritmo frenético y desbocado; sin embargo, consciente del peligro, agarró una de las almohadas de la cama y la mordió con fuerza, ahogando los gritos de placer de la alcohólica para no levantar sospechas en la planta baja.

De pronto, el crujido sutil de la madera en el pasillo exterior congeló el ambiente. Unos pasos ligeros se aproximaban a la puerta del cuarto.

Al escuchar esos pasos, un recuerdo vívido golpeó la mente de Damián: la memoria de cuando él mismo estuvo atrapado en el cuerpo de su melliza Fernanda, experimentando la conexión y los secretos de su propia sangre. El peso de la paradoja cuántica y la crudeza de la situación hicieron que los ojos de Brenda se llenaran de lágrimas reales, comenzando a llorar en silencio. Su yo original, al notar el llanto repentino de la mujer que hasta hace un segundo saltaba con frenesí, se mostró visiblemente preocupado.

—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? —le preguntó el muchacho en un susurro tenso, deteniendo el movimiento de sus caderas.

—Hay alguien afuera... —le susurró Damián con la voz quebrada de Brenda, pegando el rostro a su oído.

Para borrar la evidencia y terminar el ciclo carnal antes de ser descubiertos, Damián apretó los músculos de su entrepierna y aceleró los últimos saltos de forma salvaje, haciendo que su yo original llegara a un segundo clímax ráfaga. El joven se aguantó el grito de puro éxtasis, aferrándose a las sábanas mientras sus piernas quedaban completamente como gelatinas, temblando por el esfuerzo. Damián se separó de inmediato, conteniendo también su propio grito de satisfacción bajo la mordida de la almohada. Con el cuerpo empapado y a puras penas sosteniéndose en pie, se deslizó rápidamente hacia el suelo, escondiéndose en el estrecho espacio detrás de la cama.

Los pasos en el pasillo se detuvieron un instante frente a la puerta y luego continuaron de largo, alejándose hacia las escaleras principales. El peligro inmediato había pasado.

Fue en ese preciso momento cuando el teléfono del Damián original vibró sobre la mesa de noche. El joven lo tomó con manos temblorosas y desbloqueó la pantalla. Damián, observando desde su escondite detrás del colchón, vio la expresión del muchacho transformarse en una incredulidad absoluta: acababa de recibir una ráfaga de fotos y videos explícitos de su melliza Fernanda en poses sumamente sexys, usando ropa interior provocativa y masturbándose directamente frente a la cámara.

—No puede ser... Espérame aquí, no te muevas —murmuró el Damián real, completamente desencajado por el impacto digital de su hermana. Se subió los pantalones a toda prisa y salió de la recámara, cerrando la puerta con cuidado.

Damián, cansado del drama familiar de ese contenedor y sabiendo perfectamente la confrontación que ocurriría a continuación en la línea temporal del treinta de marzo, decidió dejar de prestar atención a los eventos de la casa verde. Levantó la muñeca izquierda de Brenda, haciendo aparecer la brillante interfaz digital del artefacto de Nivel 6. El sistema de reparación automática ya no mostraba errores y la restricción de distancia geográfica había sido completamente eliminada de los parámetros cuánticos. Podía saltar a donde quisiera.

«Ya fue suficiente de esta perra», pensó Damián con frialdad masculina.

De repente, un nombre del pasado cruzó por su mente: Sarah, su mejor amiga de la infancia. Ella vivía completamente al otro lado de la ciudad, en un entorno residencial totalmente ajeno al vecindario. Con la distancia fuera de la ecuación, Sarah era el contenedor perfecto para explorar una faceta completamente nueva y limpia del bucle. Sin dudarlo un segundo, Damián seleccionó el perfil de la joven en la pantalla holográfica y presionó el comando de transferencia, preparándose para que la marea cuántica lo arrancara de la recámara mugrosa de la alcohólica directo hacia la vida de su amiga del pasado.

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