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Chapter 2 by cursedmadafakingwriter cursedmadafakingwriter

What's next?

The Alien Watch

Después de tragar las tostadas que le dejó Elena, Alex tomó las llaves del segundo vehículo. El auto era un Fiat Uno de 1994; destartalado. El parabrisas tenía grietas y las ventanas no bajaban por sí solas. Pero andaba y eso era lo importante, incluso para un quejica como Daniel.

En el trayecto no hubo mucha conversación entre ambos, pero antes de que Alex llegara al gimnasio, a Daniel le entró una llamada.

—¿Mi amor? —susurró él con pena, sosteniendo el teléfono cerca del oído próximo a la ventana—. Sí, ya estoy llegando.

No estaba en altavoz.

—¿En el sauna? Ah bueno, entonces yo…

Daniel se quedó callado un rato. Alex lo miraba de reojo. Veía como sus facciones aniñadas se arrugaban con desconcierto.

—Entonces… ¿Te espero en el área de crossfit?

Silencio una vez más.

—Ya veo, empezaste temprano —dijo—. No sabía que los saunas eran unisex. ¿Cómo está el entrenador?

Alex frenó de golpe.

—¡Mierda! —gritó Daniel al resbalársele el celular de las manos—. ¿¡Qué putas te pasa!?

Alex sonrió con torpeza y señaló hacia la ventana del asiento copiloto.

—Ya llegamos —dijo.

—Pues hubieras estacionado como una persona normal, imbécil.

Daniel recogió su teléfono, abrió la puerta y se marchó con su maleta sin mirar atrás, sumamente iracundo ya que la llamada se había colgado.

«Ciego pendejo, te están poniendo los cuernos en la cara y no te das cuenta», pensó Alex.

De cualquier forma, a Alex le encantaba ese tipo de cosas. Un par de veces había visto llorar a su hermano por infidelidades, y claro, también había observado como Elena lo consolaba como a un cachorro herido. Le gustaba imaginar las escenas: el sexo, la sorpresa del cornudo y luego el como la misma victima se bajaba los pantalones para masturbarse.

Daniel no era esa clase de persona (un amante del cuckolding), pero Alex ya quería verlo llorar. Al menos eso lo relajaba, obvio, poniendo a un lado el porno.

Y hablando de eso…

Alex condujo de regreso a casa. Honey Creek era un pueblo que, según sus palabras, estaba atestado de conservadores maricas y esposas insatisfechas. La mayor actividad comercial era la apicultura. Era una comunidad rural pequeña pero con ciertos matices modernos. Había una terminal terrestre, un centro comercial y un autocine que en pocas ocasiones proyectaban películas actuales.

Ya quisiera él que pusieran un filme de Savannah Bond, y que todos se pusieran a follar en los carros.

Cuando entró a su casa, una estructura inmensa de dos pisos (de clase media-alta), fue directo a su cuarto. Le importó un bledo los platos, la escoba, el trapeador. Tenía incluso que limpiar la piscina ubicada en el patio trasero, y sin embargo, lo primero que hizo fue desnudarse.

Necesitaba hacerse la paja.

No, no solo eso. Necesitaba untar aceite en su pinga, pararla bien, bajarse el prepucio y masajear de arriba abajo su longitud, sin correrse.

Puso un PMV (Porn Music Video) a volumen alto, aprovechando que estaba solo en casa, y se acostó en el colchón sin abrir las ventanas. Hacía tanto calor, que ya estaba sudando mares. Se untó las manos con la botellita de aceite de coco que estaba debajo de la cama, y empezó su sesión.

El televisor le mostraba una serie de videos cortados y puestos en ritmo con una canción bien sucia de reggaetón. Alex no se demoró un envolver su glande al ver a una mujer blanca haciendo twerking con un plug en el ano. Aquella carne temblaba al impacto de ambas nalgas, y el ruido “clap-clap”, aunque tenue, se emparejaba con el beat de la música.

—Eso es puta, sigue moviendo el poto…

La mano izquierda de Alex estaba en su tronco, mientras que la derecha, con lentitud, hacía un movimiento de enrosque alrededor de la cabeza.

Pudo haber continuado.

Normalmente sus sesiones mas largas de gooning eran de doce horas, pero un estruendo hizo que se levantara asustado.

Y no solo eso.

La casa entera tembló.

Ahora bien, nadie deseaba ser agarrado desprevenido por un movimiento telúrico. Sin embargo, Alex salió corriendo hacia el patio de la piscina con miedo, sin importarle su desnudez. Era el lugar más amplio, y confiaba con que los otros vecinos saldrían a la calle.

Al llegar ahí vio algo extraño.

Miró en la alberca un objeto esférico que de a poco iba perdiendo el rojo hirviente de la caída espacial. Y en el fondo, los azulejos estaban dañados.

—¡Oh, puta madre! ¡Elena me va a matar!

Volteó la cara a la izquierda y contempló a una señora en bikini tomando el sol como si nada. Tenía los ojos cerrados, y roncaba como un guardia de seguridad que tomaba turnos nocturnos para alimentar a su familia. Alex se agachó un poco por si las moscas, y tocó con los dedos de los pies el agua de la piscina.

No estaba como para hacer sopa.

Se metió sin más y sustrajo el singular objeto. Luego, ya fuera del agua, tomó asiento en una de las sillas que habían por ahí junto una mesita de playa. Nadie habría tocado ese aparato. Nadie normal. Y nadie habría intentado abrirlo. Alex no era normal, y sus instintos de supervivencia se asemejaban a los de una cría de antílope en plena sabana.

La esfera se abrió sola.

—¡Ahhhhh! ¡La concha de tu hermana!

Alex dejó caer el objeto y se alejó casi tropezando. Después de tranquilizarse, hizo un checklist mental: no había un abrazacaras, tampoco una babosidad parasitaría o un gusano nematodo.

Dentro había un reloj.

—Hijo de perra, pero si es un Richard Mille —dijo bromeando, aunque obviamente el artefacto era mucho más que eso.

Solo hizo falta acercar la mano al objeto para que una vez más Alex se alejara del susto. Aunque esta vez no le funcionó su táctica de evasión. El reloj voló hacia él y se instaló en su muñeca derecha. Ahora sí, Alex temió que aquello que desconocía fuera una especie de abrazacaras dispuesto a chuparle la vida.

Y gritó.

La señora de al lado se levantó de su camastro atemorizada, casi cayendo a su piscina. Pensó que estaban matando a alguien. El sueño le hacía borrosa la visión, pero al pasar un par de segundos y ver a la casa de su vecino, notó a Alex como Dios lo trajo al mundo. Y el tipo no paraba de gritar, y tampoco de golpear el reloj que llevaba puesto.

Asqueada, la mujer vociferó:

—¡Por el amor de Dios, póngase algo exhibicionista!

Alex la miró de reojo. Lo único que separaban ambas casas eran unos arbustos que para nada eran altos.

—¡O-Oiga, no es lo que parece… en serio!

—¡Llamaré a la policía, degenerado!

Y antes de que ella se fuera, todo se detuvo.

Alex no. Respiraba, sentía el calor del sol, la vergüenza y también una luz neón que el reloj le estaba irradiando directamente a los ojos. Tan solo ahí se dio cuenta de que, lo que él había identificado como reloj, jamás le mostró la hora, sino una serie de símbolos. Y ahí, en el tiempo congelado, un símbolo en específico brillaba en la pantallita circular.

Un ojo púrpura.

—¡Usuario Identificado! —chilló el objeto en un español perfecto, y bajo una voz ronca pero femenina.

Alex frunció el entrecejo. No tuvo chance de emitir pregunta alguna, ya que de inmediato el reloj proyectó una serie de estadísticas en el aire.

[Chrono Hipnosis NV. 01]

[Usuario: Alex Bonet | 22 años]

[Raza: Humana]

[Sexo: Masculino]

[Usos para el NV. 02: 00 / 03]

[Uso NV. 01: 10 Minutos]

[Enfriamiento NV. 01: 12 Horas]

[Comando de Inicio: Chrono Hipnosis]

[Advertencia: Al finalizar los diez minutos, el efecto hipnótico cesa por completo. No se producen cambios permanentes en la personalidad, memoria ni voluntad del sujeto.]

Alex no podía dar crédito a lo que estaba viendo. Tener el poder de controlar la mente de otra persona es algo que solo sucedía en sus sueños más húmedos. Y además, nada lo detenía de ir a la casa de al lado y follar a su vecina en el tiempo detenido.

[Advertencia: El tiempo detenido para activar el comando dura un minuto.]

«Mierda».

—¡Estoy jodido! —gritó Alex.

El holograma se desvaneció, y una cuenta regresiva de sesenta segundos apareció en la pantalla del aparato.

Alex corrió de vuelta a casa y subió las escaleras hacia su habitación. Pudo haber dicho el comando y hacer esperar a su vecina en el lugar, pero eso habría consumido su valioso tiempo de hipnosis. Le quería hacer varias cosas, por lo que cada minuto debía contar.

Buscó como loco su celular en la cama. Lo halló en un filo contra la pared, y de nuevo salió al patio trasero.

Le quedaban treinta segundos. La adrenalina le había parado el pene, mas no podía nomás atravesar el muro de arbusto como si nada. Agarró unas tijeras de podar que justo estaban por ahí tiradas, y cortó lo suficiente para poder pasar al otro lado.

「03」

「02」

「01」

—¡Chrono Hipnosis! —exclamó Alex desesperado, al apenas pasar al patio de su vecina.

Las ramas le dejaron marcas en la piel grasosa, pero no hubo sangre.

El tiempo volvió a su curso.

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