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Chapter 47 by bla12 bla12

¿Cómo sigue el juego?

Con una alta apuesta

El aire en la sala privada era ahora una mezcla de brandy caro, sudor frío y una tensión electrizante. Magi, sentada solo con su lencería escarlata, sentía cada mirada de los hombres como un alfilerazo sobre la piel, pero su mente se mantenía enfocada en la batalla. El frío del suelo de madera se trepaba por sus piernas desnudas, un recordatorio brutal del precio de la derrota.

Roberto repartió las nuevas cartas con una sonrisa de satisfacción. Sus ojos, brillantes y voraces, no se despegaban del torso desnudo de Magi, anticipando la caída de la siguiente prenda.

Magi miró sus cartas con la fría concentración de una jugadora de high stakes. Su mente era un torbellino de cálculo desesperado. Había perdido la armadura; ahora solo le quedaba la voluntad.

La mano comenzó. Roberto apostó alto de inmediato, una jugada intimidatoria. Emilio, con su impasibilidad característica, igualó. Adrián los siguió. Todas las miradas se volvieron hacia Magi.

Era su turno. Igualar significaba arriesgar la única prenda que le quedaba en la parte inferior. Retirarse rompería la ilusión de "Magda", la chica audaz, la que no temía a nada. Ya había pagado un precio demasiado alto para retroceder ahora.

Con la voz un hilo, forzada a través de una garganta tensa, pero sin mostrar miedo, susurró:

—Veo.

Las cartas comunitarias se revelaron una a una. Un dos de tréboles. Un siete de corazones. Un as de picas. Magi no tenía nada. Su proyecto inicial era un fracaso. Roberto, en cambio, no podía disimular su entusiasmo.

—Subo la apuesta —anunció, deslizando una ficha imaginaria hacia el centro de la mesa—.

Magi no se inmutó. Ya lo había perdido.

Pero Adrián intervino, con un tono autoritario, inesperadamente protector.

—Basta, Roberto. Ya fue suficiente. Magda ya demostró su compromiso. No es necesario despojarla de... todo.

El rostro de Magi se encendió, pero no por vergüenza, sino por la furia contenida de la interrupción. No quería su piedad. No quería que él la rescatara. Quería demostrarles a todos que no se rompería.

—No —dijo Magi, con una voz más fuerte de lo que esperaba, mirando directamente a Adrián—. Me quedo en el juego. No me retiro.

Adrián la miró con sorpresa, la calma en su rostro se agrietó por un instante.

—Magda, no seas tonta. Ya no tienes prendas...

—Sí tengo —lo interrumpió ella, sus ojos fijos en él con una audacia que rozaba la insubordinación—. Subo la apuesta. Apuesto el tanga.

Un silencio absoluto y cargado de expectación cayó sobre la sala. Roberto se reclinó, con una sonrisa de lobo. Adrián la estudió, su mirada pasando de la furia por la desobediencia al deleite por la total falta de pudor.

—Yo me retiro —dijo Emilio, dejando sus cartas sobre la mesa con un gesto casual.

—Yo veo —dijo Adrián, con un tono grave.

Era Magi contra Roberto. Y ella estaba perdida, su mano era insignificante.

—Las cartas, preciosa —presionó Roberto.

Con una calma aterradora, Magi volvió a dejar sus cartas boca arriba. Un par de doses. Nada.

Roberto sonrió, mostrando un trío de sietes.

—Parece que la suerte no está de tu lado, cariño. Toca pagar. El tanga.

Magi se quedó inmóvil por un instante. No había sollozos, no había súplicas. Había aceptado el coste. Este era el final de la partida para ella.

Con movimientos que, aunque tensos, eran resueltos, llevó las manos a su cintura. Sus dedos encontraron la delgada tira de encaje. Un tirón. El tanga rojo, la última pieza de tela en su cuerpo, se deslizó por sus muslos y cayó al charco escarlata de su vestido y sujetador.

Quedó de pie, completamente desnuda, expuesta en cada parte de su ser. El aire frío la golpeó, pero ella no cruzó los brazos. Mantuvo la espalda recta, la mirada fija en el centro de la mesa. Había perdido, pero no se había rendido. La desnudez era total, la humillación física máxima, pero ella se había desnudado por voluntad propia, en un intento de ganar que la dejaba intacta mentalmente.

—Magnífico —susurró Roberto, bebiendo un trago de su brandy, sin intentar disimular su lujuria.

Adrián se reclinó en su silla, su sonrisa era una mezcla de triunfo y posesión, pero también de respeto forzado por su audacia. Ella había rehusado ser salvada, eligiendo la autodestrucción por honor.

—Bueno, creo que con esto la confianza queda más que afianzada —dijo Adrián, poniendo fin al espectáculo con la misma naturalidad con que lo había comenzado—. Roberto, Emilio, tenemos un viernes importante por delante. Es hora de centrarnos.

La reunión de negocios se reanudó como si nada hubiera pasado. Como si en el rincón no hubiera una mujer desnuda, temblando levemente, convertida en el precio pagado por una "confianza" que ella nunca pidió y que solo servía para sellar su propia condena. El juego había terminado, pero la partida principal, Magi lo sabía, estaba lejos de haber concluido. Y ella acababa de convertirse en una pieza mucho más valiosa en el tablero de Adrián.

¿Cómo termina el juego?

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