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Chapter 82 by bla12 bla12

¿Cómo vuelven a su casa?

Un taxi compartido

La noche envolvía la ciudad en una falsa tranquilidad. Las luces de neón de los bares y los faroles amarillos pintaban franjas sobre el asfalto húmedo, pero para Magi y Julia, cada haz de luz era un foco que iluminaba su vergüenza. Caminaban pegadas la una a la otra, Magi solo en tanga, Julia con el top prestado de Magi y su tanga, intentando cubrirse con los brazos, sintiendo el pavimento frío y sucio bajo sus pies descalzos. Los escasos transeúntes las miraban con una mezcla de morbo, incredulidad y desprecio.

—No podemos... no podemos seguir así —sollozó Julia, sus dientes castañeteando tanto por el frío como por el pánico.

—Un taxi —murmuró Magi, su voz temblorosa pero decidida—. Tenemos que tomar un taxi.

Alzó la mano con un brazo que le pesaba como el plomo cuando vio las luces de un taxi aproximarse. El vehículo, un sedán viejo y con el aroma rancio a tabaco y aire envasado, se detuvo junto a ellas. El conductor, un hombre de unos cincuenta años con una gorra grasienta y ojos hundidos y alerta, bajó la ventanilla. Su mirada se deslizó por sus cuerpos semidesnudos con una lentitud obscena, una sonrisa lenta y dentada apareciendo en su rostro.

—Buenas noches, princesas —dijo, su voz ronca por el cigarrillo—. ¿Fiesta fuerte, eh? Suban, las llevo a donde quieran.

Abrir la puerta y hundirse en los asientos de vinilo gastado fue un alivio momentáneo. Pero la mirada del conductor por el espejo retrovisor era ahora una presencia tangible, pesada.

—¿A dónde van, tan... ligeras de equipaje? —preguntó, arrancando el auto.

Julia, temblando, dio su dirección en un susurro. Magi dio la suya después, intentando que su voz sonara firme y fracasando.

El trayecto fue una tortura. El conductor no dejaba de mirarlas por el espejo.

—Vaya, vaya, con lo caras que son estas zonas —comentó, silbando bajito—. Se ve que el negocio es bueno, ¿eh? ¿Cuánto cobran por una carrera tan... exclusiva?

Magi apretó los dientes, mirando por la ventana. Julia se encogió en el asiento, deseando volverse invisible.

—No somos lo que piensas —logró decir Magi, con más firmeza de la que sentía.

—Claro que no, claro que no —rio el hombre, condescendiente—. Solo digo que, para andar así por la vida, hay que tener valor. O necesidad. —En una curva, su mano "resbaló" del volante y rozó la pierna desnuda de Julia, que estaba más cerca.

Julia pegó un grito ahogado, retirando la pierna como si la hubiera quemado.

—¡No me toque!

—Tranquila, princesa, fue un accidente —dijo él, pero su sonrisa se amplió—. Las calles están mal. El auto baila.

Magi le lanzó una mirada furiosa por el espejo, pero él solo le guiñó un ojo. El resto del trayecto hasta el edificio de Julia fue un infierno de miradas, comentarios soeces y "accidentes" de manejo que resultaban en roces oportunos. Cuando por fin se detuvieron frente a su edificio, Julia estaba al borde del ataque de nervios.

—Baja rápido, Julia —urgió Magi, manteniendo la puerta abierta para que el hombre no intentara nada.

Julia salió del auto como un rayo y corrió descalza hacia la puerta de su edificio, sin mirar atrás. El conductor sopló, decepcionado.

—Qué mal agradecida. Y ahora tú y yo, preciosa. Solos.

Arrancó de nuevo, esta vez con más brusquedad. Magi se aferró al asiento, su corazón latiendo con fuerza. Ahora los comentarios fueron directos, las miradas más prolongadas.

¿Qué pasa cuando llega a su departamento?

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