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Chapter 40 by bla12 bla12

¿Qué pasa después de la sesión?

Una invitación

El eco del beso aún le quemaba la piel del cuello. El recuerdo de quedar totalmente desnuda en el estudio, con su microbikini negro a sus pies, seguía siendo una tortura punzante. Magi se cubría temblorosa con una bata de utilería.

Lilith se acercó, ya vestida con su impecable traje de calle: cuero, tacones de aguja y esa aura de poder.

—Vamos, cervatillo. No te quedes ahí helada. Te invito a cenar —dijo Lilith, con un tono que no admitía discusión—. Necesitas algo fuerte después de… esto. Y yo me he ganado un trago.

Magi, con la mente aún entumecida, asintió mecánicamente. Cualquier cosa era mejor que el estudio.

Cuando Magi hizo un movimiento para dirigirse al vestuario a buscar su ropa de calle, Lilith la detuvo con un gesto despectivo.

—No te molestes con esa ropa insulsa. No me obligues a ver esa camisa de algodón sudada —dijo, arqueando una ceja—. Mira, si todavía tienes pudor, puedes ponerte de nuevo el microbikini negro. Estás empezando, tienes que acostumbrarte a la desnudez. Yo te presto algo mejor en casa. Pero no te vistas para mí. Ya te vi sin nada.

El comentario la golpeó. Lilith había logrado hacer que la desnudez fuera el uniforme y la ropa, el disfraz. Con las mejillas ardiendo, Magi se limitó a seguirla, solo con la bata.

El coche de Lilith era un deportivo bajo y silencioso, con interior de cuero que olía a dinero nuevo. El trayecto fue en silencio. Magi miraba por la ventana, viendo cómo los barrios normales de la ciudad daban paso a urbanizaciones cerradas con vigilancia las 24 horas.

La casa de Lilith no era una casa; era una fortaleza de cristal y acero incrustada en una colina con vistas a la ciudad. Las puertas se abrieron silenciosamente ante ellas. Al entrar, Magi contuvo el aliento. Todo era blanco, minimalista y de una limpieza abrumadora. El suelo de mármol pulido reflejaba la luz tenue de las lámparas empotradas. Obras de arte abstracto de gran formato colgaban de las paredes. El silencio era absoluto, roto solo por el leve zumbido del clima controlado. Olía a flores frescas y a vacío.

—¿Qué te parece? —preguntó Lilith, arrojando sus llaves sobre una mesa de diseño que costaba más que el año de alquiler de Magi—. Un poco diferente a tu… buhardilla, ¿no?

Magi no respondió. Se sentía como una mancha de barro en medio de tanta pureza estéril.

—Vamos, relájate. Ya terminó el trabajo por hoy —dijo Lilith, y por primera vez, su voz perdió un poco de su filo habitual. Sonaba casi… humana. Casi—. Ponte cómoda. Esa bata te debe oler a miedo sudado.

La condujo a un vestidor más grande que el apartamento completo de Magi. Armarios de madera clara se alzaban hasta el techo. Lilith abrió uno y revolvió dentro sin mirar, sacando una camiseta de seda negra, larga pero increíblemente corta, que terminaría a medio muslo, y unos shorts de seda minúsculos.

—Toma. Ponte esto. Es suave. Te sentará bien después de ese microbikini horrible. Y no te pongas nada debajo. La seda es muy liviana, no soporta costuras ni marcas. El baño está ahí. Date una ducha rápida si quieres. Luego cenamos.

Magi, aturdida por el lujo y la extraña amabilidad, obedeció. El baño era de mármol negro, con grifería cromada y toallas esponjosas. Se duchó con agua caliente, restregándose la piel como si pudiera lavar la memoria del beso, los susurros, y la completa desnudez ante la cámara. Al ponerse la camiseta de seda de Lilith, la tela, suave y fría, se deslizó sobre su piel como una caricia ajena. Los shorts eran tan cortos y la seda tan fina, que se sentía casi tan expuesta como con el microbikini, pero la falta de ropa interior y la ligereza del tejido hacían que su piel estuviera en contacto directo con la tela lujosa, una nueva forma de desnudez velada. Era infinitamente más amable que la licra áspera y rota, pero no menos reveladora.

Al salir, encontró a Lilith en la terraza, frente a una mesa baja con vistas al skyline iluminado de la ciudad. Había abierto una botella de vino tinto tan oscuro que parecía sangre. Dos copas de cristal fino esperaban.

—Ahora sí —dijo Lilith, llenando las dos copas hasta el borde—. Bebe. Necesitas esto más que yo.

Bebieron. El vino era pesado, afrutado y cargado de ****. Magi, con el estómago vacío, lo sintió subir a la cabeza de inmediato. Lilith no paraba de servirle.

—¿Sabes? —dijo Lilith tras su segunda copa, recostándose en el sofá de exterior—. Al principio pensé que eras patética. Y lo eres. Pero también hay… algo. Una raw material que Elara sabe explotar.

Magi, mareada por el **** y la surrealidad de la situación, la miró. La luz tenue de la terraza suavizaba los rasgos afilados de Lilith. Ya no parecía una depredadora, sino una diosa cansada en su Olimpo de cristal.

—Ella… ella me usa —logró decir Magi, su voz pastosa por el vino.

—¡Todos nos usan, querida! —rió Lilith, con una risa que sonó genuina por primera vez—. La diferencia está en el precio. Tú solo tienes que aprender a poner el tuyo más alto. O a disfrutar del juego.

Le llenó la copa de nuevo. Magi bebió. El mundo comenzó a difuminarse alrededor de los bordes. El lujo, el vino, la extraña camaradería forjada en la humillación… era un espejismo seductor. Por un momento, olvidó el beso, olvidó los susurros. Solo estaba ella, en la terraza de una diosa, bebiendo un vino carísimo, vistiendo su seda.

Lilith sonrió, viendo el efecto del **** en ella.

—¿Ves? No todo tiene que ser dolor. A veces solo es… transacción. Y después, hay copas de vino y terrazas con vistas. —Se inclinó hacia adelante—. Solo recuerda: mañana será otra sesión. Otro susurro. Otro beso. Pero esta… —dijo, levantando su copa hacia la luz de la ciudad— …esta es la recompensa.

Magi miró su propia copa, luego el skyline brillante. Era una trampa, por supuesto. Una bonita, sedosa y embriagadora trampa. Pero esa noche, con el vino entumeciendo su dolor y el lujo cegando su juicio, parte de ella quiso creer que quizás, solo quizás, valía la pena.

¿Qué pasa después de la cena?

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