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Chapter 77 by bla12 bla12

¿Qué pasa el próximo día?

Magi en su nuevo puesto

La luz de la mañana se filtraba por las persianas semicerradas de la oficina de May, iluminando motas de polvo que danzaban en el aire quieto. Magi se encontraba de pie frente al gran espejo de cuerpo entero que May usaba para sus "evaluaciones". No llevaba puesto el bikini blanco de sirena ni el uniforme ajustado de asistente de piso.

Llevaba el uniforme de secretaria personal de May.

El conjunto era una trampa de seda y lycra: una falda lápiz tan ceñida que le marcaba cada curva de las caderas y le obligaba a dar pasos cortos y precisos, y una blusa color marfil de seda artificial, con un escote en "V" profundo que se abría como una herida elegante sobre su pecho. La tela era finísima, sugerente, prometiendo transparencia con el más mínimo movimiento o cambio de temperatura. Debajo, por expresa orden de May, nada. Ni un solo gramo de tela adicional que interrumpiera la "línea visual limpia" que su jefe exigía.

—El puesto conlleva ciertas responsabilidades estéticas —había dicho May esa mañana, colocando las prendas en manos de Magi—. Atenderás llamadas de clientes muy especiales. Debes sonar profesional por teléfono y parecer accesible, en persona. La imagen lo es todo.

Ahora, Magi se observaba en el espejo. Se veía como una versión perversa de una ejecutiva, una fantasía de oficina llevada a su extremo más humillante. Cada inhalación era un recordatorio de la fragilidad de la blusa, cada exhalación, de la tensión de la falda sobre sus muslos.

—No te examines —ordenó la voz de May desde su escritorio, sin levantar la vista de unos documentos—. Ocúpate. La bandeja de entrada está lJulia.

Magi asintió, dirigiéndose a su nuevo escritorio, una pieza moderna de cristal y acero situada justo frente al de May. Cada paso era una restricción calculada. Al sentarse, la falda se estiró peligrosamente, subiéndose varios centímetros por el muslo. Se ajustó instintivamente, pero una leve tos de May la hizo detenerse.

—La eficiencia está en el movimiento económico, Magi. No en corregir lo inevitable.

Magi se quedó quieta, sintiendo el frío del cristal del escritorio a través de la fina seda de la blusa. Comenzó a trabajar, tecleando en la computadora, respondiendo emails. Pero su mente no estaba en las palabras. Estaba en la exposición constante. La sensación del aire acondicionado sobre su piel donde la blusa se abría, el roce de la silla de cuero contra la parte posterior desnuda de sus muslos donde la falda se había recogido.

La primera llamada importante llegó a media mañana. May le hizo una seña para que la pusiera en altavoz.

—Buenos días, habla Magi, la asistente personal del señor May —dijo, forzando una voz serena y profesional que contrastaba brutalmente con su vestimenta.

La voz al otro lado era masculina, grave y con un dejo de arrogancia. —Magi... Un nombre dulce para una voz tan dulce. May me habló de su nueva adquisición. Estoy ansioso por verla en persona en la cena de donantes.

Magi sintió que las mejillas le ardían. La mirada de May estaba clavada en ella, evaluando su reacción.

—El... el señor Henderson, por supuesto. Su nombre está en la lista —logró articular, manteniendo el tono profesional.

—Excelente. Y Magi... —la voz bajó a un susurro lascivo—, asegúrate de vestirte para la ocasión. May sabe lo que me gusta.

La llamada se cortó. Magi se quedó mirando el teléfono, sintiendo una oleada de náuseas.

—Henderson es uno de nuestros mayores benefactores —comentó May, como si nada—. Tu predecesor no supo mantener su interés. Espero que tú tengas más perseverancia.

El mensaje era claro. Su nuevo trabajo no consistía en redactar emails o gestionar agendas. Consistía en ser un señuelo, un premio visual para los clientes de May. Un paso más en su degradación, ahora envuelta en seda y llamado "secretaria".

El resto del día fue una tortura de micro humillaciones. Cada vez que se levantaba para entregar un documento a May, sentía todas las miradas del personal masculino del acuario clavadas en sus piernas, en el vaivén de la falda, en la profundidad del escote. May la hacía agacharse para recoger papeles "caídos", asegurándose de que la falda se estirara al límite. La hacía permanecer de pie junto a él durante llamadas, convertida en un mueble decorativo y viviente.

Magi sintió que la piel le ardía. No era solo la humillación de la exposición. Era la certeza de que había intercambiado una jaula por otra. Antes era un espectáculo para las masas. Ahora era un juguete privado, de uso exclusivo para la élite de May. Y el precio de su "ascenso" había sido vestir la ropa de su propia explotación y sonreír mientras lo hacía.

¿Cómo sigue el día?

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