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Chapter 49 by bla12 bla12

¿Qué pasa cuando llega el socio?

Cena y sección de fotos

Las puertas de la suite se abrieron suavemente. Magi contuvo la respiración, esperando ver la figura de Alexander Vance, con su sonrisa fría y sus manos enjoyadas. Se había preparado mentalmente para su crueldad calculada, para la transacción que sabía inevitable.

Pero el hombre que entró no era Alexander.

Era delgado, de mediana edad, con un traje oscuro y caro que le sentaba a la perfección pero que no lograba darle la más mínima sensación de calidez. Llevaba gafas de diseño con lentes delgados que aumentaban ligeramente sus ojos, dándole una mirada de perpetua y analítica evaluación. No era el depredador lascivo que ella temía. No emanaba lujuria, sino una curiosidad intelectual gélida. Este hombre, que se movía con una economía de movimientos precisa, la observó como si examinara una escultura defectuosa en una galería, calculando su valor y sus fallos.

La sorpresa fue tan abrupta que desbarató por completo su frágil preparación. La tensión que había acumulado para enfrentarse a lo conocido se disipó, dejando un vacío lleno de confusión y un nuevo y más insidioso tipo de miedo. Lo desconocido siempre era peor.

—Magi. Soy el Sr. Valence —dijo, con una voz tan neutra, lisa y controlada como la decoración de la suite—. El vestido te queda adecuadamente. May aseguró que tu silueta encajaría con la estética que requería la velada.

Sus palabras no eran un halago. Eran una verificación, una confirmación de que las especificaciones del pedido se cumplían. Magi sintió que se ruborizaba, no por timidez, sino por una vergüenza extraña y profesional. Era un producto que pasaba control de calidad.

Una mesa minimalista, una losa de cristal esmerilado sobre acero cromado, fue servida por un mayordomo silencioso. Valence no comió; diseccionó. Su comida fue la reacción de Magi. Las preguntas comenzaron suaves, casi académicas, trazando el mapa de su vida antes del naufragio. Luego, el tono cambió. El académico se convirtió en cirujano.

—¿En qué momento exacto durante el evento de la subasta dejaste de sentirte una persona y empezaste a sentirte un lote? —preguntó, tomando un sorbo de agua. Su voz era clínica, sin malicia, lo que la hacía más penetrante.

Magi forcejeó con un bocado de pescado que supo a ceniza. «Cuando me despojaron de mi disfraz», pensó, pero las palabras se atascaron en su garganta. Solo un temblor casi imperceptible en su mano izquierda delató la respuesta. Valence lo anotó mentalmente.

—Durante la sesión de fotos para los socios, cuando los hombres de ojos vendados te palpaban... ¿La humillación fue mayor por el contacto físico no deseado o por la validación científica que May daba al acto? —continuó, como si leyera de un guion preestablecido.

Esta vez, un rubor ardiente le subió desde el escote hasta las raíces del cabello. La validación. Siempre la validación. Era el ácido que disolvía cualquier esperanza de que alguien la salvara. Un leve parpadeo rápido fue su única respuesta física, pero para Valence era un grito.

—Cuando May te obligó a limpiar su oficina desnuda, ¿qué fue lo que más te avergonzó, el acto en sí, o saber que Lara y Cloe te veían hacerlo, igual de expuestas que tú?

Aquí, la herida era demasiado fresca, demasiado profunda. Magi sintió que el suelo de la suite se inclinaba. La visión de las caras de sus compañeras, un espejo de su propia resignación, la golpeó con una fuerza casi física. Un hilo de voz, ronco, escapó de sus labios: —Que me vieran… —y acto seguido, apretó los maxilares, horrorizada por haber concedido esa victoria.

Valence esbozó una leve sonrisa, no de placer, sino de satisfacción intelectual.

—Interesante. Tu resistencia no se quebró de una vez. Se fracturó en capas, como una costra. May es una artesana. Sabe encontrar las grietas.

La cena fue una autopsia de su dignidad, y cada pregunta, un escalpelo que exponía nervios vivos. El postre, un amargo sorbete de cítricos, fue la conclusión del investigador. Magi se sentía vacía, escarbada, reducida a un caso de estudio.

Después de la cena, la suite se transformó con una eficiencia aterradora. Las luces cálidas se extinguieron y se encendieron focos profesionales de luz fría y dura. Un fondo negro de terciopelo fue desplegado, absorbiendo toda luz y esperanza.

—El vestido fue para la cena. Para la sesión, necesito autenticidad —declaró Valence, señalando el vacío oscuro del fondo.

Magi comprendió. Con movimientos lentos, torpes, como si sus miembros pesaran una tonelada, comenzó. Los dedos le temblaban al buscar el cierre oculto del vestido. La fina seda negra se deslizó por su cuerpo y formó un charco oscuro y aterciopelado a sus pies. Se quedó de pie, solo con la delicada lencería que May había elegido para ella. El aire acondicionado de la suite le erizó la piel. Las luces halógenas eran despiadadas.

Valence usaba una cámara de medio formato montada en un trípode, conectada a un ordenador.

—Gira —ordenó.

Magi obedeció.

—Ahora mira a la lente. No me des desafío, dame resignación. Muestra el vacío. El que acaba de nacer dentro de ti.

Magi alzó la mirada. Sus ojos, que antes brillaban con inteligencia y algo de rebeldía, ahora eran dos pozos oscuros y sin fondo. No había lágrimas, no había rabia. Solo una aceptación devastadora.

El clic del obturador era un sonido metálico y seco. Cada flash era un latigazo que no iluminaba su piel, sino su capitulación. La sesión no fue sobre erotismo; fue una documentación forense, un registro de la ausencia de lucha.

Cuando terminó, Valence se acercó al ordenador y revisó las imágenes en secuencia.

—Excelente. El contraste entre la expectativa social del objeto de deseo y la realidad psicológica del ser roto es… profundamente pedagógico. Un testimonio invaluable.

¿Cómo sigue la noche?

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