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Chapter 11 by bla12 bla12

¿Cómo termina el día?

Sin más accidentes

La tarde en el Studio Lumière se estiró en una agonía lenta y silenciosa, cada segundo un latido doloroso de un corazón que anhelaba escapar. Cada movimiento de Magi era una decisión calculada, un acto de equilibrio sobre un abismo de vergüenza. Mantuvo los brazos firmemente pegados a los costados, los hombros tirantes hacia atrás en una postura antinaturalmente rígida, cada músculo de su cuerpo en tensión constante para evitar que los faldones del chaleco se balancearan y revelaran el vacío que había debajo.

No fue un trabajo; fue una danza perversa de autocontrol, un performance de restricción donde el escenario era su propio cuerpo y el único espectador era su carcelera. Al limpiar el polvo de un pesado reflector de arco, sus manos temblaron bajo el peso, los músculos de sus brazos ardiendo, pero no lo soltó. Dejarlo caer habría significado un movimiento brusco, una sacudida que podría desalinear la precaria armadura de tweed. En su lugar, contuvo la respiración y lo bajó centímetro a centímetro hasta el suelo, sintiendo cómo el esfuerzo hacía que su pecho, confinado y a la vez expuesto por el chaleco, se agitara con una peligrosa intensidad.

Al agacharse para recoger un tramo de cable, lo hizo no flexionando la cintura, sino doblando las rodillas en un profundo plié, manteniendo la espalda absurdamente recta, como una bailarina o una geisha en entrenamiento. El movimiento era torpe, ineficiente, y le provocó un calambre en el muslo, pero aseguró que la prenda no se abriera. La atención al detalle era su nueva y más exhaustiva prisión. Cada partícula de polvo que limpiaba, cada objeto que movía era un recordatorio de la partícula de dignidad que intentaba proteger.

Notó que Elara la observaba desde la distancia, recostada contra el marco de la puerta de su oficina con una copa de vino tinto en la mano. No había aprobación en su mirada, ni desaprobación. Solo una curiosidad clínica, la misma con la que un científico observa a una rata en un laberinto. Una sonrisa gélida, apenas un pliegue en los labios jugueteaba en su rostro cuando Magi lograba una postura particularmente difícil para evitar revelarse. La humillación ya no era un espectáculo de gritos y lágrimas; era una lección silenciosa, una prueba de fuego de su sumisión. Se trataba de ver cuánto de su voluntad podía quebrantarse no con fuerza bruta, sino con la imposición de una elegancia cruel.

Al final del día, Magi se sintió profundamente agotada. No por el trabajo físico, que, aunque duro era manejable, sino por el inmenso, agotador esfuerzo mental del autocontrol constante. Su mente era un campo de batalla donde cada instinto natural (agacharse, estirarse, respirar hondo) tenía que ser reprimido y recanalizado. El dolor en su espalda por la postura rígida era un eco sordo de la tensión que cargaba en su alma.

El silencio del estudio, una vez que los últimos asistentes se habían ido, era opresivo. Solo se escuchaba el leve zumbido de los equipos en standby y el crujido del tweed contra su piel cada vez que se movía, un sonido que ya le parecía el de sus propias cadenas.

Fue entonces cuando Elara se acercó. Sus pasos eran silenciosos sobre el piso de concreto pulido. Se detuvo frente a Magi, que permanecía de pie en el centro del estudio, inmóvil, esperando la siguiente orden, el siguiente capricho.

—Parece que el tweed te queda bien —comentó Elara, su voz un susurro sedoso que cortaba el silencio. Alargó la mano y, con los dedos, ajustó levemente la caída del chaleco sobre el hombro de Magi. El contacto fue breve, impersonal, como el de un sastre con un maniquí, pero a Magi le provocó un escalofrío—. Aprende a moverse contigo. O tú con él. —Hizo una pausa, dejando que sus palabras, cargadas de doble sentido, se instalaran en el aire—. El día ha terminado.

El chaleco de tweed, que antes era una burla, ahora era un recordatorio. Una promesa. Sin decir una palabra, Magi se dirigió al vestuario. Se quitó el chaleco, sintiendo el aire frío en su piel desnuda, y se puso su sudadera de siempre. Se sintió como un animal acorralado que había vuelto a su jaula, pero con la lección de que su vida ya no era suya.

De camino a casa, Magi se sintió como una extraña en su propia piel. El frío de la noche le recordó el calor de los focos del estudio. El sonido de los autos era un eco de la voz de Elara, serena y gélida. Llegó a su casa, y la cerró con llave, como si la puerta la protegiera del mundo que la había desnudado. Se miró en el espejo, pero no se reconoció. No era la misma persona que había salido de casa por la mañana. Se arrojó sobre la cama, sintiendo que su cuerpo no era suyo, que era de May, de Elara, de las cámaras, de los ojos de los extraños. Cerró los ojos, pero las lágrimas no llegaban. Su dolor no se sentía como un sentimiento, sino como un peso. Estaba allí, derrotada, en el piso de un lugar que parecía diseñado para quitarle la dignidad.

¿Qué pasa el segundo día?

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