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Chapter 37 by bla12 bla12

¿Cómo hace Magi para volver a su casa?

Busca una alternativa

La brisa de la tarde golpeó a Magi con una crudeza que le erizó la piel apenas cruzó la puerta de servicio. El bikini, ahora seco pero áspero y sucio, se sentía como un ridículo disfraz. Pero fue el peso liviano y vacío del bolso sobre su hombro lo que le recordó la verdadera dimensión de su prisión.

A su lado, Cloe y Lara también contemplaban su propia desolación.

Cloe, con su bikini verde que parecía hecho de vergüenza solidificada, miraba hacia su casa, visible a apenas cinco cuadras de distancia. Un sollozo se escapó de sus labios, un sonido pequeño y roto que se perdió en el rumor de la ciudad. Sin mediar palabra, echó a correr. Sus pies descalzos golpeaban el asfalto con desesperación mientras las lágrimas nublaban su visión. En la cuarta cuadra, tropezó y cayó de rodillas sobre el concreto áspero, sintiendo el dolor agudo mezclarse con la humillación. Se levantó rápidamente, sangrando, y corrió los últimos metros hasta su edificio. Al cerrar la puerta de su departamento, se derrumbó contra ella, sollozando sin control, sintiendo que cada rincón de su pequeño hogar ahora estaba contaminado por la vergüenza.

Lara, en cambio, permaneció impasible. Su bikini azul era la única nota de color en su rostro pálido y vacío. Sin siquiera mirar a Magi, evaluó la situación con una frialdad que aterraba. Sus ojos se posaron en un grupo de turistas que salían de un bar cercano, cámaras en mano.

Con determinación helada, se acercó al grupo. —¿Fotos? —preguntó directamente a un hombre con una cámara profesional—. Cien dólares. Pueden tomar todas las que quieran. Aquí. Ahora.

Los turistas, entre sorprendidos y emocionados, aceptaron ansiosamente. Formaron un semicírculo alrededor de Lara, cuyos flashes comenzaron a iluminar su cuerpo semidesnudo en la oscuridad creciente. Ella posó con una profesionalidad espeluznante: sonrisa vacía, poses exageradas que mostraban cada curva del bikini azul. Los turistas reían, hacían comentarios en un idioma extranjero, se turnaban para tomarse selfies junto a ella como si fuera una atracción más de la ciudad.

Cuando el hombre con la cámara profesional le entregó el dinero, sus dedos rozaron los de ella con una familiaridad que hizo que Lara contrajera levemente la mandíbula. Sin una palabra de agradecimiento, tomó el billete y caminó directamente hacia un taxi que esperaba en la esquina. Había pagado su viaje con la misma moneda con la que trabajaba en el acuario: convirtiendo su cuerpo en espectáculo, en mercancía. Al subir al taxi, su reflejo en la ventana mostraba unos ojos que habían envejecido décadas en una tarde.

Magi, testigo de ambas escenas, sintió una punzada de algo entre la envidia y el asco. Ella no podía correr como Cloe, ni vender su imagen como Lara.

Fue entonces cuando vio el BMW negro, reluciente, estacionado en una zona reservada. Un hombre con traje caro hablaba por teléfono dentro. Con un nudo en el estómago y un sabor amargo en la boca, Magi se acercó. Golpeó suavemente el vidrio.

El hombre bajó la ventanilla, irritado. Su expresión cambió al verla, de enfado a curiosidad lasciva.

—¿Sí?

—Necesito un taxi —dijo Magi, su voz temblorosa—. Pero no tengo dinero. Te lo pagaré… como tú quieras. Ahora. Aquí.

El hombre colgó el teléfono. Sus ojos la desnudaron por segunda vez.

—Entra —dijo, accionando el seguro.

El BMW negro absorbió el sonido de la ciudad como un agujero negro. Magi se deslizó en el asiento del pasajero, el cuero frío un shock contra su espalda sudorosa. El hombre con el traje impecable ni siquiera la miró al principio. Arrancó el motor, un susurro de potencia contenida, y se incorporó al tráfico.

—Dirección —dijo, sin preámbulos.

Ella se la dio, su voz un hilo. Él asintió, concentrado en el camino. El silencio se espesó, solo roto por el suave zumbido del climatizador. Magi se sentía absurdamente expuesta, el bikini ridículo e insuficiente bajo su mirada periférica. Sentía una mezcla nauseabunda de gratitud por el rescate y odio hacia sí misma por necesitarlo.

Fue entonces cuando él habló de nuevo, sin apartar los ojos de la carretera.

—Quítatelo.

Magi lo miró, confundida. Una oleada de calor vergonzante le subió por el cuello.

—¿Perdón?

—El traje de baño. Estorbaba antes y estorba ahora. Quítatelo. El viaje es largo —su tono era plano, como si diera una instrucción sobre el aire acondicionado.

Un frío más intenso que el del cuero la recorrió. No era una petición. Era una condición. Tragó saliva, sus dedos encontraron el nudo del top con torpeza. Desabrocharlo le llevó una eternidad, cada segundo cargado de una vergüenza aguda que le quemaba las mejillas. El trozo de tela húmedo cayó sobre su regazo. Luego, con movimientos aún más lentos, se desprendió del bottom, deslizándolo por sus piernas hasta dejarlo junto al top. Se quedó completamente desnuda en el asiento, sintiendo el aire frío del climatizador recorriendo cada centímetro de su piel. Cruzó los brazos instintivamente sobre el pecho, un gesto inútil de pudor que solo acentuó su vulnerabilidad.

—Ahí no —dijo él, con una rápida mirada de desaprobación—. Las manos en el asiento. Quiero ver a lo que estoy dando un ascenso.

Magi, con el rostro en llamas y la dignidad hecha añicos, bajó los brazos. Los posó, palmas hacia abajo, sobre el frío cuero del asiento. Se obligó a mirar por la ventanilla, viendo cómo la ciudad, indiferente, pasaba a toda velocidad. Cada semáforo en rojo era una eternidad de exposición. Cada vez que el coche se detenía, sentía el peso de su mirada lateral, recorriéndola, estudiándola como un objeto exótico adquirido en una subasta perversa. Sentía una rabia impotente mezclada con una resignación profunda y amarga.

Él no tocó la radio. No habló. El único sonido era el de su propia respiración, que intentaba controlar, y el zumbido constante del motor. La humillación era lenta, metódica. No era un acto violento, sino una despersonalización gradual. Ella era un cuadro vivo en su galería privada, un paisaje mudo que observaba mientras conducía. El vacío en su pecho se expandía, ahogando cualquier atisbo de emoción que no fuera una vergüenza paralizante.

El viaje se le hizo interminable. La piel se le erizaba, no solo por el frío, sino por la exposición constante. Empezó a notar las texturas del asiento contra sus muslos desnudos, el cinturón de seguridad que le cruzaba el torso, frío e impersonal. Se sentía más **** que en el acuario. Allí, al menos, había una razón, una lógica retorcida. Esto era capricho puro. Poder ejercido por el simple placer de hacerlo. Y ella, al aceptarlo, se había convertido en cómplice de su propia degradación.

¿Qué pasa cuando llega a su casa?

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