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Chapter 14 by bla12 bla12

¿Cómo termina el día?

Pierde su ropa

La tarde en Studio Lumière había terminado con un silencio ominoso, cargado con el peso de la última humillación. Magi se encontraba en el vestidor, con la blusa ajustada pegada a su piel húmeda y la minifalda satinada sintiéndose como una burla cruel a su intimidad. El frío del aire acondicionado le erizó la piel, recordándole el calor de los focos que habían expuesto cada parte de su ser, cada rincón de su dignidad. Se apresuró a buscar su ropa habitual: la sudadera holgada que olía a hogar, los jeans desgastados que eran como una armadura, las zapatillas que la conectaban con la tierra. Pero no estaban. Su mochila había desaparecido. Buscó en cada rincón, moviendo las prendas colgadas de otras modelos con manos temblorosas, con una desesperación que se apretaba en su pecho como un puño de hielo.

Salió al estudio con una humillación en el rostro que no pudo ocultar, la vergüenza pintada en sus mejillas con un rubor que ardía. Elara la miró con una sonrisa gélida, una curva de labios que no llegaba a sus ojos, siempre evaluadores.

—¿Buscas algo, Magi? —preguntó, aunque sabía la respuesta. Su tono era dulce como el veneno.

Magi no dijo nada, simplemente asintió, sintiendo cómo su voz se había esfumado junto con su ropa.

—Ah, tu ropa. No está aquí. La mandé a la lavandería —declaró Elara, con una naturalidad devastadora—. Es hora de que te acostumbres a vestirte de forma elegante. No hay vuelta atrás para quienes pertenecen a Lumière.

Elara le dio la espalda, y se fue, dejando a Magi paralizada en medio del estudio vacío. Se sentía como un animal acorralado, despojado de su piel. No podía irse a casa con esa ropa, con esa minifalda que apenas le cubría lo esencial, con esos tacones que la convertían en una caricatura de sí misma. Se sintió expuesta, humillada, reducida a un adorno. El frío de la noche que se filtraba por las ventanas se sentía como una amenaza tangible.

Salió del estudio. El frío nocturno la golpeó con una fuerza brutal, haciendo que se estremeciera de manera incontrolable. El sonido de los autos era un eco de su propia desesperación. Cada paso en aquellos tacones era una tortura, un recordatorio de su vulnerabilidad. La minifalda se movía con el viento, una sensación obscena que la hacía consciente de cada centímetro de sus muslos expuestos.

La parada de autobús estaba a unas cuadras, pero cada metro era un suplicio. El taconeo de sus zapatos resonaba en las calles vacías, un ritmo que parecía burlarse de su deseo de pasar desapercibida. Las luces de los autos la iluminaban como focos de interrogatorio, y sentía las miradas de los conductores y transeúntes como dedos acusadores sobre su piel. El frío se le metió en los huesos, y un escalofrío de vergüenza le recorrió el cuerpo, más gélido que el viento de la noche.

El autobús era un microcosmos de todo lo que Magi detestaba. Cada rugido del motor, cada frenazo, cada balanceo, era una tortura calculada. Las puertas se cerraron detrás de ella con un silbido hidráulico que sonó a sentencia, atrapándola en una jaula de cristal y metal repleta de miradas.

El aire era pesado, cargado con el olor a humedad, a perfume barato y a la respiración cansada de decenas de personas. Magi se aferró a una barra vertical, el metal frío mordiendo su palma sudorosa. El primer movimiento brusco del autobús la lanzó hacia adelante, y su mano instintiva se disparó para sujetar la minifalda, un gesto inútil y revelador que solo atrajo más atención. Una risita ahogada, proveniente de un grupo de adolescentes en la parte trasera, le quemó las orejas.

Cada parada era una nueva oleada de personas que se apretujaban, empujando, invadiendo su ya diminuto espacio personal. Un hombre de traje, con el aliento a café rancio, se colocó detrás de ella, demasiado cerca. Magi podía sentir el calor de su cuerpo a través de la fina blusa, cada pequeño movimiento de él contra su espalda. Se encogió, tratando de hacerse más pequeña, de fundirse con el metal de la barra, pero era imposible. La minifalda, con cada sacudida del vehículo, se deslizaba unos milímetros más arriba, exponiendo la piel de sus muslos al aire viciado y a las miradas furtivas.

Fijó la vista en el anuncio publicitario frente a ella, un cartel de una colonia donde una modelo, irónicamente vestida con una sudadera holgada, sonreía con una libertad que a Magi le parecía de otro planeta. Trató de concentrarse en las letras, en el logo, en cualquier cosa que no fueran los ojos que sentía sobre su piel. Pero el vaivén del autobús era implacable. Un frenazo más fuerte la impulsó hacia adelante, y su pierna rozó la de otro pasajero. La sensación fue eléctrica, un contacto no deseado que la hizo estremecer de asco y vergüenza.

—Perdón —murmuró, sin atreverse a levantar la vista.

El hombre, un tipo con auriculares, ni siquiera la miró. Su indiferencia fue el golpe más duro. Su humillación era tan insignificante para él como el paisaje que pasaba por la ventana.

Desde la esquina de su ojo, vio el reflejo distorsionado de su figura en la ventana oscura. Una silueta fantasmagórica, pálida, con una mancha de satén escandalosamente corta y una blusa que se pegaba a su torso como una segunda piel sudorosa. Parecía una versión grotesca de sí misma, un maniquí desubicado y avergonzado.

En la siguiente parada, una mujer mayor se sentó en el asiento frente a ella. Sus ojos, rodeados de arrugas, escanearon a Magi de arriba abajo con una expresión que no era de curiosidad, sino de una lástima profunda y silenciosa. Esa lástima, ese reconocimiento de su vulnerabilidad, fue más humillante que las miradas lascivas o las risitas. La mujer apartó la vista rápidamente, pero el daño estaba hecho. Magi se sintió desnuda, no solo físicamente, sino emocionalmente, expuesta en su miseria más absoluta.

El viaje se convirtió en una eternidad. Cada segundo era una agonía de autoconsciencia. El tejido de la minifalda le rozaba la piel con una suavidad obscena. Los tacones le dolían, clavándose en la planta de los pies con cada balanceo. El escote de la blusa le recordaba que no llevaba nada debajo que no fuera la lencería impuesta por Elara. Era un recordatorio constante de que su cuerpo ya no era suyo, sino un objeto de exposición pública, un espectáculo no solicitado.

Cuando por fin llegó a su parada, el anuncio de la voz automatizada fue como un perdón divino. Se abrió paso entre la multitud, sintiendo cómo las miradas la seguían, cómo la minifalda se pegaba a sus muslos con el sudor del miedo y la vergüenza. Al bajar los escalones del autobús, un último tirón del viento le levantó el dobladillo, exponiéndola por completo durante un instante eterno antes de que las puertas se cerraran detrás de ella, dejándola sola en la acera, temblorosa y profundamente avergonzada, sintiendo que el autobús se llevaba consigo los últimos jirones de su dignidad.

¿Qué pasa el próximo día?

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