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Chapter 57 by bla12 bla12

¿Qué pasa al día siguiente?

Normalidad antes de la tormenta

El sonido del despertador cortó como un cuchillo la frágil paz de la mañana. Magi se vistió mecánicamente con ropa holgada, la campera de May aún olía a cloro y taller, pero era su única armadura. El trayecto hasta el acuario fue un trance silencioso, cada paso la acercaba a la jaula conocida, pero hoy con un nudo de aprensión diferente en el estómago.

Al abrir su taquilla, se quedó paralizada.

Doblado con una precisión insultante, no estaba el bikini blanco, ni el uniforme de sirena. Estaba su uniforme. El short ajustado color caqui y la remera blanca mínima que May le había hecho usar días atrás, la que la había obligado a quitarse la ropa interior porque se marcaba demasiado. La que sentía como una segunda piel sucia y expuesta.

Pegada con un imán a la puerta metálica, una nota escrita con la letra pulcra y familiar de May:

«No olvides la ropa interior. La vas a necesitar más tarde.»

El mensaje era críptico, una amenaza envuelta en falsa precaución. Magi tragó saliva. ¿Necesitarla? ¿Para qué? La idea de lo que podría venir "más tarde" era peor que cualquier humillación inmediata. Pero algo en la precisión de May, en su naturaleza calculadora, la hizo obedecer de manera instintiva.

Revolvió en el fondo de su casillero, y allí, doblados con la misma precisión militar, encontró no una, sino dos prendas: una tanga mínima de encaje negro y un sujetador igualmente diminuto, de la misma tela casi inexistente. Se los puso con dedos temblorosos, sintiendo que cumplía una orden absurda pero inevitable. El conjunto era tan escueto que bajo el uniforme ajustado era como si no llevara nada, pero la sensación de la seda sobre su piel era un recordatorio constante de la orden.

Se vistió. La tela áspera del short le rozó las piernas, la remera se le ajustó al torso. Se miró en el espejo del vestuario. Ya no se vio a sí misma. Vio a una empleada, un uniforme, un objeto a la espera de ser usado.

El día transcurrió con una normalidad envenenada. Mientras limpiaba vidrios o alimentaba peces, los comentarios la alcanzaban como dardos envenenados envueltos en sonrisas.

—Oye, Magi, ¡qué bien se te ve el nuevo 'uniforme'! —le dijo un compañero de mantenimiento al pasar, con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Ayer con los pingüinos estuvo… divertido.

Una guía turística, conduciendo a un grupo de adolescentes, se detuvo cerca de ella y dijo en voz lo suficientemente alta:

—Y por aquí, nuestras expertas cuidadoras, que siempre están… sumergidas en su trabajo. —Las risitas del grupo siguieron a la guía, que lanzó a Magi una mirada de complicidad perversa.

Hasta el personal de cafetería murmuró cuando pasó:

—Dicen que los pingüinos no te soltaban, ¿eh? —comentó uno, y otro río—. ¡Deben haber confundido el bikini con un pez!

Cada palabra era un pequeño desgarro. No eran insultos directos, sino recordatorios. Le hacían saber que todos lo habían visto, que todos lo sabían, que su humillación era ahora un chiste interno, un secreto a voces del que ella era el centro involuntario. Magi trabajó con la cabeza gacha, la sonrisa forcejada pegada a su rostro como una máscara, deseando que el suelo se la tragara.

El turno terminó sin más incidentes, pero la nota de May y los comentarios (o miradas) habían dejado a Magi en un estado de tensión alerta, como un animal esperando el golpe que sabe inevitable. Cuando May apareció en la puerta del vestuario y, sin una palabra, hizo un gesto con la cabeza para que la siguieran, Magi, Lara y Cloe intercambiaron una mirada de resignación instantánea. No había que preguntar. Sabían a dónde iban.

Las condujo por los pasillos silenciosos hacia el estudio de fotografía que Magi ya empezaba a odiar. Pero esta vez, no estaba vacío. Un pequeño grupo de unos diez suscriptores, los mismos de la última vez, esperaba de pie, con copas en la mano y una expectación hambrienta en los ojos. Alexander Vance estaba entre ellos, apoyado contra una pared, observando con su expresión habitual de aburrimiento distante.

May subió a una pequeña tarima improvisada. Sonreía, con esa sonrisa de tiburón que anunciaba dolor.

—Bienvenidos, queridos suscriptores —anunció, con voz amplificada y falsamente cálida—. Para agradecer su lealtad, hoy tenemos un juego exclusivo. Un concurso de preguntas muy especial.

Su mirada barrió a Magi, Lara y Cloe, que permanecían de pie frente al grupo, vestidas aún con sus uniformes de trabajo—el short ajustado y la remera para Magi, atuendos igualmente reveladores para las otras dos.

—Las reglas son simples —continuó May—. Yo haré una pregunta a cada una. Si aciertan, ganan… nuestra admiración. Si fallan… —hizo una pausa dramática, disfrutando del suspense— … pagan con una prenda de ropa. Empezaremos por lo más básico. ¿Listas, chicas?

El aire se espesó. Magi sintió que la sangre huía de su rostro. En ese instante lo entendió todo. La nota. La advertencia. «No olvides la ropa interior. La vas a necesitar más tarde.» El conjunto negro que había encontrado.

No era una amenaza vaga. Era información crucial. May no solo anticipaba este concurso; orquestaba cada momento. Sabía que Magi perdería. Y le estaba diciendo, en su código perverso, que se asegurara de que las prendas que tendría que quitarse—la última línea de defensa—fueran las más mínimas y menos humillantes posibles. El conjunto de encaje negro no era una elección casual; era la estrategia dictada por su verdugo para minimizar el impacto de una humillación que era inevitable.

¿Cómo va el juego?

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