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Chapter 2 by Danz117 Danz117

Descubierto??

No

Mi cuerpo entero se tensó, esperando el grito, la acusación, el desastre inminente. Mari me había visto. El hombre en la pantalla sabía que yo estaba ahí. Todo se había terminado antes de empezar.

Pero entonces los labios de Mari se movieron de nuevo, y su voz salió suave, tranquila, casi mecánica.

"No, maestro. No hay nadie aquí".

Parpadée.

¿Qué?

"Está bien", respondió la voz distorsionada con tono satisfecho. "Continua entonces."

Mi respiración se detuvo. Mari había vuelto a girar la cabeza hacia la pantalla, su cuerpo retomando su ritmo anterior como si yo nunca hubiera existido. Sus manos volvieron a descender lentamente por su torso, trazando líneas invisibles sobre su piel sudorosa, y yo seguí ahí, pegado a la puerta, sin atreverme a moverme.

El corazón me golpeaba tan fuerte que estaba seguro de que ella lo escucharía. Pero Mari permanecía en su mundo, los ojos vidriosos y perdidos en la pantalla brillante, completamente ajena a mi presencia.

"Permiso, maestro", murmuró ella, sus dedos deteniéndose justo encima de su sexo.

"Adelante."

Sus dedos se deslizaron entre sus piernas, y un gemido suave escapó de sus labios. Era surrealista. Yo estaba a tres metros de ella, observando cada detalle de su cuerpo expuesto, y ella actuaba como si estuviera completamente sola en el universo. Sus pechos se movían con cada respiración agitada, los pezones aún hinchados y rojos de su sesión anterior. El sudor brillaba en su vientre plano, deslizándose hacia lugares que no debía imaginar.

Pero los

[imaginaba.

No](http://imaginaba.No) podía evitarlo.

Mari era hermosa. Siempre lo había sido, de esa manera que intentaba ignorar porque éramos amigos, porque crecí con ella, porque su madre me había visto usar pañales. Pero ahora, viéndola así, tan desnuda y entregada, no podía fingir que no sentía nada.

Sus caderas se movían en círculos lentos, rítmicos, siguiendo el ritmo que sus dedos marcaban. Sus muslos temblaban ligeramente, y sus labios estaban separados en una expresión de puro placer.

"Maestro", jadeó, "estoy cerca".

"Muy bien", respondió la voz. "Pero recuerda, no puedes terminar hasta que yo lo permita".

"Lo sé", susspiró ella, y hubo algo en su tono, algo que sonaba casi como gratitud. "Gracias, maestro."

¿Por qué le agradecía? ¿Por qué negarle su propio placer? No entendía esa dinámica, pero había algo en ella, en cómo su cuerpo entero se entregaba a esa voz desconocida, que me mantenía hipnotizado.

Mari continuó moviéndose, sus dedos trabajando con experiencia, mojándose con su propia excitación. El sonido era obsceno en el silencio de la habitación, resbaladizo y húmedo, y cada movimiento enviaba ondas a través de su cuerpo. Sus pechos rebotaban ligeramente con el movimiento, y yo tragué saliva, incapaz de apartar la mirada.

"Por favor", gimió ella, su voz quebrándose. "Por favor, maestro".

:Por favor qué?"

"Permítame terminar. Por favor."

La voz hizo una pausa deliberada, prolongando el momento. Mari temblaba, su cuerpo al límite, sus dedos moviéndose más rápido ahora, buscaba desesperadamente el alivio que le habían negado.

"Puedes terminar."

El grito de Mari resonó en la habitación, y su cuerpo se arqueó completamente, sus pechos apuntando hacia el techo mientras las ondas del placer la atravesaban. Sus muslos se apretaron alrededor de su mano, y su cabeza cayó hacia atrás, el cuello expuesto, las venas marcadas bajo la piel pálida.

Yo contuve la respiración.

Era la cosa más erótica que había visto en mi vida.

Mari se desinfló lentamente, su cuerpo relajándose por etapas. Sus respiraciones eran profundas y temblorosas, el sudor brillando en toda su piel. Mantuvo los ojos cerrados por un momento, una sonrisa suave en sus labios.

"Gracias, maestro," murmuró.

"Hasta la próxima sesión, Mari."

La pantalla parpadeó y la figura desapareció, dejando solo un fondo negro.

Yo seguí inmóvil, sin saber qué hacer. ¿Debería irme? ¿Debería hablar? ¿Qué demonios pasaba aquí?

Mari abrió los ojos lentamente, parpadeando como si despertara de un sueño profundo. Se estiró en su silla, sus brazos levantándose sobre su cabeza, y bostezó.

Luego giró la cabeza hacia la puerta.

Hacia mí.

"¿Danz?" Su voz era normal, suave, completamente diferente a la voz sumisa de hace momentos. "¿Cuándo llegaste?"

Me quedé paralizado.

"Eh... ahora," mentí, mi voz sonando extraña incluso para mí. "Vine a devolverte el control."

Levanté el control de videojuegos que todavía tenía en la mano, agradecido de tener algo que ofrecer como prueba de mi excusa.

Mari miró el control y sonrió, completamente despreocupada.

"Ah, gracias. Lo había olvidado completamente." Se levantó de la silla, y tuve que luchar para mantener la mirada en su rostro.

Estaba desnuda.

Completamente, totalmente, escandalosamente desnuda.

Y no parecía importarle en absoluto.

Caminó hacia mí, su cuerpo moviéndose con naturalidad, como si estuviera completamente vestida. Sus pechos oscilaban ligeramente con cada paso, y su piel todavía brillaba con restos de sudor.

"¿Te pasa algo?" preguntó, inclinando la cabeza. "Te ves raro."

"No, no," me apresuré a responder. "Solo que... estás..."

Miré hacia otro lado, mi cara ardiendo.

Mari soltó una risa suave.

"¿Estoy qué? ¿Desnuda?" Se encogió de hombros, completamente relajada. "Es mi casa, Danz. A veces hace calor. Además, somos amigos, ¿no?"

La brecha entre lo que acababa de presenciar y su actitud actual era tan enorme que me mareaba. Hace cinco minutos estaba gimiendo y sometiéndose ante una voz en su computadora. Ahora estaba ahí, parada frente a mí, comportándose como si nada hubiera pasado.

Como si no recordara nada.

¿Era posible?

"¿Estás bien?" pregunté, incapaz de evitarlo.

Mari sonrió, una sonrisa genuina y cálida.

"Claro que sí. ¿Por qué no estaría?" Tomó el control de mi mano, nuestros dedos rozándose brevemente. "Gracias por traerlo. ¿Quieres quedarte a jugar algo?"

La invitación era tan normal, tan completamente ordinaria, que casi me reía.

Casi.

Porque mientras ella caminaba hacia su armario para buscarse ropa, yo no podía dejar de ver la forma en que su cuerpo se movía, la curva de su espalda, la suavidad de sus caderas.

Y la pantalla negra de su computadora.

Donde una figura había controlado cada aspecto de su placer.

Mari se puso una camiseta grande y unos pantalones cortos, volviendo hacia mí con esa misma sonrisa inocente.

Entonces? ¿Jugamos?"

Asentí, todavía aturdido.

Pero mientras estábamos sentados en su cama, los controles en nuestras manos, yo sabía que algo había cambiado.

Ella no lo recordaba.

Pero yo sí.

Y sabía que volvería a esa puerta la próxima vez que ella dejara las cortinas corridas y la luz azulada de su monitor fuera de la única iluminación en su habitación.

Investigar

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