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Chapter 84 by bla12 bla12

¿Qué pasa en el acuario?

La amenazan para buscar una nueva victima

El despertar en el apartamento de Evans fue un regreso lento a una realidad ajena. Magi abrió los ojos, encontrándose no en su cama desordenada, sino en una habitación de orden meticuloso y olor a naftalina. La gabardina de Evans seguía sobre ella como una segunda piel pesada, lo único que cubría su desnudez bajo las sábanas.

Al salir al salón, lo encontró ya despierto, leyendo el periódico con una taza de café en la mano, como si tener a su vecina semidesnuda durmiendo en su cama fuera la rutina más normal del mundo.

—Tienes que irte —dijo él, sin levantar la vista, su tono posesivo pero práctico—. El mundo exterior reclama su turno. Pero recuerda dónde has dormido.

Magi asintió, sintiendo el aire frío de la mañana en sus piernas desnudas al levantarse. Se ajustó la gabardina de Evans con fuerza, cruzándola sobre su pecho para cubrir la minúscula tanga, y salió al pasillo.

Caminó los pocos metros que separaban la puerta 3B de la suya, sintiéndose expuesta en ese breve tránsito, rezando para no cruzarse con nadie. Entró en su propio apartamento con urgencia. El aire estaba viciado, silencioso. No se detuvo a pensar. Corrió a su habitación, se quitó la gabardina pesada y se vistió con ropa limpia y holgada: unos vaqueros, una camiseta gruesa, algo que la hiciera sentir cubierta, blindada.

Dejó la gabardina de Evans doblada sobre una silla cerca de la entrada —una deuda pendiente que tendría que devolver— y salió de nuevo, esta vez hacia la calle, hacia el trabajo.

El trayecto al acuario fue una neblina. Al cruzar las puertas de vidrio, el olor a cloro y salmuera la golpeó, despertándola a su otra pesadilla. No hubo tiempo para procesar la noche anterior. Apenas había fichado su entrada cuando un guardia de seguridad la interceptó.

—May te quiere en su oficina. Ahora.

Magi caminó por los pasillos, sintiendo que pasaba de la jaula del lobo a la del tigre. Al entrar, el aire en la oficina de May era frío, acondicionado hasta el punto del malestar.

Magi permaneció de pie, las manos ligeramente sudorosas a pesar del clima gélido. May terminó de darle las instrucciones para reclutar a la nueva estudiante, Sofia. La tablet con el perfil de la joven escultora pesaba en las manos de Magi como un ladrillo de culpa anticipada.

May alzó la vista desde sus papeles. Su mirada, aguda y calculadora, se clavó en Magi no como una superior, sino como una científica observando una rata de laboratorio que había desarrollado una variable inesperada.

—Magi, espero que esta vez hayas aprendido la lección —dijo, su voz serena pero cargada de una amenaza subyacente—. Con Sofia, aplica la misma técnica. La empatía, la comprensión, la promesa de una salida... son herramientas excelentes. Pero recuerda: son solo herramientas. No son lazos.

Se levantó y caminó lentamente alrededor del escritorio, deteniéndose justo frente a ella, demasiado cerca. El perfume de May, una fragancia amaderada y cara, invadió el espacio personal de Magi.

—La conexión que desarrollaste con Julia fue... un descuido costoso. Un riesgo operativo. La sentimentalidad nubla el juicio, y en nuestro negocio, el juicio claro es lo único que separa el éxito del desastre. —Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran—. Sofia es un activo potencial. Una firma en un contrato. Un cuerpo para las performances. Nada más. —Su tono se volvió glacial—. Espero que no te encariñes tanto con esta como con la otra. Los favores especiales y los actos de solidaridad —escupió la palabra— tienen un límite muy claro, y ya cruzaste esa línea una vez. No habrá una segunda advertencia.

La amenaza era clara y personal. No se trataba solo de Sofia; se trataba de Julia. Cualquier muestra de genuina preocupación por la nueva chica sería interpretada como una debilidad y, lo que era peor, como un desafío a la autoridad de May. El castigo no solo recaería sobre Magi, sino que se extendería y multiplicaría sobre Julia, la "debilidad" original.

—Ahora —concluyó May, señalando la puerta con un movimiento elegante de su mano—. Ve y haz tu trabajo. Trae una nueva firma. Y recuerda, mantén la distancia profesional. La compasión es un lujo que mis empleados no pueden permitirse.

Magi asintió, incapaz de articular palabra. La orden era inconfundible: debía convertirse en el instrumento de destrucción de otra joven, pero esta vez sin el "lujo" de importarle. Tenía que mirar a Sofia y ver solo un número, un cuerpo, un recurso. Tenía que despojarse no solo de su ropa, sino de los últimos vestigios de su empatía para sobrevivir.

Al salir de la oficina, la tablet le quemaba las manos. May no solo la estaba forzando a reclutar a otra víctima; estaba exigiendo que lo hiciera con la frialdad de una verdadera depredadora. Le estaba ordenando que matara una parte fundamental de sí misma para probar su lealtad. Y lo más aterrador era que, al mirar el perfil de Sofia y ver sus sueños y sus deudas, Magi no sabía si podría obedecer.

Al salir del acuario, la luz del sol le dio en la cara, pero no sintió calor. Caminó hacia el café donde se encontraría con Sofia como un autómata. La advertencia de Julia resonaba en sus oídos: "Sobrevive. Como sea." ¿Incluía eso condenar a otra? Al entrar al café, vio a una joven con manos manchadas de arcilla y una expresión ansiosa, esperando en una mesa. Sofia. Magi respiró hondo, endureció su corazón como May le había ordenado, y se acercó con una sonrisa que no era suya. La conversación estaba por comenzar, y cada palabra sería un clavo en el ataúd de su propia humanidad.

¿Qué hace Magi?

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