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Chapter 17 by bla12 bla12

¿Cómo termina el día?

Incidente en el autobús

—¿Qué pasa, Magi? ¿Por qué tan tensa? —La voz de Elara cortó el aire como un cristal, su sonrisa un gesto perfecto y vacío—. Termina tu trabajo. Tenemos mucho que hacer.

El resto del día fue una agonía meticulosa. Magi se movía como un autómata, su cuerpo en un estado de alerta máxima, cada músculo tenso como un cable. Cada vez que se inclinaba para limpiar un lente, sentía el estiramiento del material sobre su espalda, una exposición calculada. Cada vez que se estiraba para alcanzar un rollo de papel fotográfico en un estante alto, el body se elevaba, exponiendo aún más la piel de sus muslos al aire frío. El clima controlado del estudio ya no era solo una temperatura; era un actor más en su humillación, haciendo que su piel se erizara y que el material del body se pegara con un frio que calaba hasta los huesos. La cámara sobre el trípode, incluso sin un fotógrafo detrás, parecía un ojo cíclope que la observaba, inmisericorde, registrando cada instante de su vergüenza.

Al final de la tarde, Elara se acercó. Su voz era tan tranquila como la superficie de un lago envenenado, pero Magi podía sentir la tormenta bajo su superficie.

—Las fotos de la sesión de ayer han sido un éxito inesperado —comenzó, con una satisfacción que no pretendía ocultar—. Los clientes están particularmente fascinados con tu... expresión. La vulnerabilidad cruda. Es auténtica. —Hizo una pausa, dejando que las palabras se clavaran—. El lunes tenemos otra sesión. Y esta vez, serás la modelo principal.

Magi se quedó inmóvil, las palabras impactando contra ella no como un golpe, sino como una losa que la sepultaba. No era una promoción; era una sentencia. Se sintió exactamente como lo que era: un objeto que había sido utilizado, evaluado y encontrado apto para un propósito más específico, más obsceno. Un maniquí que sería sacado de su caja una y otra vez.

Elara la miró a los ojos, y en esa mirada, Magi sintió el crujido final de algo dentro de ella. Su alma, o lo que quedaba de ella, se quebraba en silencio.

Sin una palabra más, se dirigió al vestidor. Sabía lo que venía. Elara la siguió con la mirada, luego alcanzó un pequeño bolso de tela y se lo entregó. Magi lo abrió. Estaba vacío. No había ropa de calle, no había jeans, no había sudadera. El mensaje era claro y brutal: no había cambio. No había escape. El body no era una prenda; era su nueva piel, su nueva identidad forzada. Se puso sus zapatos, sintiendo la absurdidad del gesto, y salió del estudio.

El mundo exterior, antes un espacio de relativa normalidad se sintió de repente como un campo de batalla hostil. La vergüenza que había vivido en el estudio era íntima, contenida entre cuatro paredes. Esta, la de la calle, era pública, exponencial. El aire de la noche era frío, pero la piel de Magi ardía con el fuego de mil miradas. Caminó por las aceras con una prisa ciega y desesperada, como si al correr pudiera dejar atrás el uniforme que la delataba, pero cada paso era un recordatorio del roce del material, de lo expuesta que estaba.

La gente la miraba. Sus ojos no eran solo curiosos; eran instrumentos de evaluación, de juicio, de lascivia. Algunos susurraban entre sí, señalándola con la barbilla. Otros se reían abiertamente, sin disimulo. Pero los peores eran los que se quedaban en silencio, sus miradas fijas, pesadas como plomo, una plaga visual que la hacía sentir sucia, violada, reducida a un simple cuerpo en exhibición. El body era la prueba física de que había perdido toda agencia sobre su propio ser.

El viaje en autobús fue una eternidad de tortura consciente. Cada parada era una nueva audiencia, un nuevo conjunto de ojos que descargaba su peso sobre ella. Se sentó en el primer asiento disponible, con la cabeza gacha, los hombros encorvados en un intento inútil de desaparecer. Pero el body era un imán para la atención. Un hombre mayor se sentó pesadamente a su lado. Magi sintió un vacío helado en el estómago incluso antes de que él la mirara. Y luego lo hizo: con una sonrisa lasciva y desvergonzada, su mirada recorrió su cuerpo de arriba abajo. Pero no se quedó ahí. Su mano, áspera y fría, se deslizó descaradamente sobre su rodilla desnuda.

Magi se estremeció, un escalofrío violento que nada tenía que ver con la temperatura. La humillación trascendió lo emocional; se convirtió en una experiencia física, visceral, un asco que le subió por la garganta. Quiso gritar, quiso empujarlo, pero estaba paralizada, petrificada por el shock y una vergüenza tan profunda que la anulaba. El hombre se rio entre dientes, un sonido bajo y ruin, y no retiró la mano. Se quedó allí, su contacto una mancha repugnante sobre su piel, mientras Magi se convertía en estatua, rezando por que la parada llegara, por que algo, terminara con esto.

Finalmente, se bajó del autobús en su parada, sintiendo que el mundo entero era un infierno de miradas y manos no deseadas. Se arrastró por las calles de su vecindario, ahora familiarmente hostil, sintiendo cada par de ojos como un dardo envenenado. Llegó a su puerta, y al cerrarla con llave, el sonido del cerrojo no fue un alivio, sino el eco de su encierro. Se miró en el espejo del recibidor. La figura que la devolvía no era la de la mujer que había salido por la mañana. Era una extraña, con los ojos vacíos, vestida con la evidencia física de su sumisión.

El body ya no se sentía como una prenda. Se sentía como una segunda piel, una quemadura permanente, la materialización de su humillación. Se arrojó sobre la cama, pero ni siquiera allí encontró refugio. Su cuerpo ya no le pertenecía. Le pertenecía a Elara, a las cámaras, a los ojos de los extraños, a la mano de ese hombre en el autobús. El dolor ya no era una emoción; era una sensación física, un peso aplastante en el pecho, como si su alma se hubiera hecho añicos y cada fragmento fuera una losa que la mantenía clavada en el suelo, derrotada, en el lugar más bajo que había conocido. Y las lágrimas, al final, ni siquiera llegaron. Solo quedó el vacío helado de la rendición.

¿Cómo va la próxima sesión?

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