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Chapter 47 by bla12 bla12

¿Qué pasa en el estudio?

Conoce a una persona muy particular

El crujir del cuero sintético y el susurro de la red eran una sinfonía de restricción con cada paso que Magi daba hacia el Studio Lumière. Los pantalones, tan ceñidos que parecían querer fundirse con su piel, le comprimían cada músculo, recordándole cada curva y cada respiración. El top de red, una jaula de hilos negros sobre su torso, le picaba en los pezones, que se endurecían no de placer, sino de una fría anticipación. Bajo la ropa de calle, el body blanco de «The Blank Canvas» se adhería a su piel como una segunda epidermis, la verdadera uniforme bajo el disfraz.

El Studio Lumière respiraba con una quietud anormal. El aire, cargado de polvo de maquillaje y ansiedad, parecía haberse espesado. Elara la esperaba, no en recepción, sino en la penumbra del pasillo que llevaba a los sets privados. Su mirada escrutó a Magi de arriba abajo, un destello de aprobación cruel en sus ojos.

—Bien. Has elegido la armadura correcta para la batalla —comentó, su voz un filo de hielo—. El cuero dice "no me toques", la red dice "pero mírame intentarlo". Es una contradicción deliciosa. —Se acercó y, con un dedo, ajustó el tirante del top, haciendo que la red se tensara sobre el seno de Magi—. Perfecto. Así.

—Elara, ¿qué pasa hoy? —preguntó Magi, incapaz de contener el temblor en su voz.

—Hoy, querida, llegas al verdadero meollo del asunto —respondió Elara, girando sobre sus tacones—. Un coleccionista. Muy especial, muy exclusivo. Alexander le mostró algunas de las... tomas preliminares. Quiere una sesión privada. Solo él, tú, y la cámara. —Hizo una pausa dramática antes de abrir la puerta del Set 3—. Quiere ser el primero en pintar sobre el lienzo en blanco.

El Set 3 era una celda de luz y sombras. En el centro, una silla de madera clara, de diseño ascético, estaba bañada por un foco cenital que creaba un círculo de claridad brutal. Todo lo demás estaba en penumbra.

Y allí, de pie justo fuera del círculo de luz, estaba él.

No era como Alexander. Donde Alexander emanaba poderío bruto, este hombre desprendía una autoridad silenciosa y gélida. Iba vestido con ropa de calle impecable pero discreta: un suéter de cachemira negra, pantalones de drill oscuro. Llevaba unas gafas de diseño cuyos cristales reflejaban la luz, ocultando sus ojos. En sus manos, sostenía con familiaridad una cámara Leica de metal negro, pequeña y mortíferamente precisa.

—Magi —dijo su voz. Era suave, grave, como el roce de un terciopelo caro sobre una herida—. Elara me habló de tu... evolución. —Su mirada, aun oculta tras los reflejos, recorrió el top de red y los pantalones de cuero con la intensidad de un escáner—. La elección es interesante. Una provocación que se defiende a sí misma. Pero es ruido. —Hizo un gesto despreciativo con la mano que sostenía la cámara—. Quítatelo. Todo.

Magi contuvo el aliento. El nudo en su garganta le impedía respirar. Miró a Elara, buscando una negativa que no llegó. Solo una leve inclinación de cabeza, una orden silenciosa.

Con dedos entumecidos, Magi comenzó a desvestirse. El crujir del cuero al despegarse de sus piernas sonó obscenamente alto en el silencio. El top de red se resistió, enganchándose en su pelo, en sus orejas, como si no quisiera abandonar su presa. Finalmente, cayó a sus pies, un montón informe de hilos negros y sintético brillante. Quedó solo con el body blanco de seda cruda, sintiendo el aire frío del set sobre sus brazos y piernas desnudos.

El coleccionista observó, inmóvil. —Eso también —ordenó, su voz tan suave como una bofetada.

Fue el momento más difícil. Despojarse de la última capa, de la piel que Lilith y Claudine le habían asignado. El body blanco se deslizó por su cuerpo con un susurro de seda, amontonándose en el suelo sobre el desorden negro de la ropa descartada. Quedó completamente expuesta bajo la luz cruda, sintiendo el polvo del estudio y el peso de su mirada oculta sobre cada centímetro de su piel.

Él alzó la Leica. El obturador sonó, un click metálico y solitario que resonó como un disparo en el silencio.

—Así —murmuró, y por primera vez, Magi detectó un atisbo de algo que podía ser emoción en su voz—. La verdad desnuda. Antes de la distorsión. Ahora, siéntate.

Magi se sentó en la silla de madera. La superficie estaba fría contra sus nalgas.

—No —corrigió él, con una paciencia infinita—. De lado. Apoya el brazo en el respaldo. No para cubrirte —aclaró, al ver su instintivo movimiento—. Para crear una línea. Una línea que lleve la mirada. Cruza las piernas, pero no para esconder, para elongar. Crea tensión. Siempre tensión.

La dirigió con palabras precisas y económicas. Cada orden era un pequeño ajuste: el ángulo de su muñeca, la inclinación de su cabeza, la curva exacta de su espalda. Y con cada micro-ajuste, el obturador de la Leica sonaba. Click. Click. Click.

No era una sesión de fotos. Era una disección. Una taxidermia en tiempo real. Él no buscaba capturar la belleza o el erotismo, sino la esencia misma de la vulnerabilidad forzada, la geometría de la sumisión. Su mirada, tras los cristales reflectantes, era tan intensa que Magi sentía que no la miraba a ella, sino a través de ella, hacia algo que solo él podía ver.

—Eres más de lo que prometían las fotos —comentó en un momento, bajando la cámara—. Hay una cualidad… quebradiza. Una promesa de fractura. Eso es infinitamente más valioso que la perfección. —Se acercó y, con el frío barril de la Leica, le levantó levemente la barbilla—. Cierra los ojos.

Ella obedeció. En la oscuridad de sus párpados, el click de la cámara sonó de nuevo, más cerca esta vez.

—Excelente. Ese abandono interno. El momento en que dejas de luchar incluso por dentro. Eso es lo que colecciono.

La sesión continuó. Él la movió por el set, siempre dentro del círculo de luz, siempre dirigiendo, siempre capturando. No la tocó con las manos, solo con la cámara y con palabras. No necesitaba hacerlo. Su voluntad era una fuerza tangible que la moldeaba.

Cuando finalmente bajó la cámara, Magi estaba exhausta, vaciada, reducida a un cascarón tembloroso.

—Es suficiente —declaró, con tono de conclusión—. El material es excelente. —Se volvió hacia Elara, que había sido un espectador silencioso en las sombras—. Envíame las selecciones. Y programa la próxima. Quiero trabajar con el contraste de luz y sombra sobre ese blanco. Ver hasta dónde puede aguantar la textura antes de romperse.

Salió del set sin mirar atrás, desapareciendo en la penumbra del pasillo.

Magi se quedó sentada en la silla, desnuda y temblando, rodeada por el naufragio de su ropa. El eco de cada click resonaba en sus huesos. El coleccionista no había comprado una imagen. Había adquirido los derechos de autor de su rendición. Y Magi supo, con una certeza que le heló el alma, que esta había sido solo la primera de muchas sesiones privadas. Él no quería el producto final. Quería el proceso. Y ella era su laboratorio viviente.

¿Qué pasa el próximo día?

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