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Chapter 32 by bla12 bla12

¿Cómo empieza el encuentro con Adrián?

Con un vestido revelador

La bolsa de papel satinado pesaba como un ladrillo en la mano de Magi. Dentro, doblado con una precisión que solo podía ser obra de Costa o de alguien bajo sus órdenes, encontró un vestido.

No era un atuendo para cenar; era un arma.

Era un vestido de satén de un rojo intenso y atrevido, tan vivo que parecía pulsante. El diseño era sencillo, casi minimalista, pero la tela y el corte lo convertían en una declaración. Tenía un escote halter profundo y la espalda completamente al descubierto. El tejido era tan fluido y fino que se adheriría a cada curva del cuerpo. Junto a él, había un par de tacones de aguja negros con una correa en el tobillo.

Pero lo más helador no era el vestido en sí. Era la ausencia de cualquier otra cosa. No había un sujetador, ni bragas, ni la ropa interior de encaje que había usado la noche anterior. La implicación era clara, brutal: el vestido estaba diseñado para ser usado solo, directamente sobre la piel.

Era un disfraz de lujuria. Un uniforme para el papel que se esperaba que interpretara: la de la chica audaz, irresistible, la que acepta invitaciones a apartamentos de lujo a altas horas de la noche.

Vestirse fue un acto de autonegación. Cada prenda práctica que se quitó—incluyendo la ropa interior—sentía como si fuera enterrando a Magi más profundamente y dejando salir a "Magda". La seda fría del vestido rojo contra su piel la hizo estremecerse. Se movía y la tela se deslizaba, dejando una sensación de desnudez expuesta.

A las 20:30 en punto, la furgoneta estaba allí. El viaje hasta Torres del Este fue silencioso. El conductor, el mismo de la noche anterior, no pronunció una palabra. Magi miraba por la ventana, viendo cómo la ciudad se transformaba en un paisaje de luces y cristal, un mundo alienígena de riqueza y privilegio.

El ático de Adrián ocupaba toda la planta superior. La puerta se abrió antes de que pudiera tocar el timbre. Él estaba allí, vestido con unos pantalones de lino claro y una camisa abierta en el cuello. Olía a colonia cara y a éxito.

—Magda. Pasa —dijo con una sonrisa amplia, apartándose para dejarla entrar. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el vibrante rojo del satén que parecía una segunda piel—. Veo que viniste... preparada.

El interior era tan lujoso y impersonal como había imaginado: diseño minimalista, muebles caros, obras de arte abstractas en las paredes. Todo gritaba dinero, pero ningún alma.

—¿Te gusta? —preguntó Adrián, sirviéndole una copa de vino blanco sin esperar su respuesta.

—Es... impresionante —murmuró Magi, aceptando la copa, pero solo mojando los labios. El **** era lo último que necesitaba.

—Lo mejor está arriba —dijo él, tomándola del brazo—. La azotea. Tiene las mejores vistas de la ciudad.

La guio hacia una escalera de caracol de acero y cristal que conducía al nivel superior. Al abrir la puerta, la brisa nocturna, fresca y cargada de la energía de la ciudad, le dio en la cara. La azotea era un oasis urbano: sofás bajos, una barra bien surtida y, en el centro, una piscina infinita cuyas aguas oscuras parecían fundirse con el cielo estrellado.

—¿Te gusta nadar? —preguntó Adrián, acercándose a la piscina y mirando el agua.

—No... no traje traje de baño —respondió Magi, sintiendo cómo el pánico comenzaba a trepar por su garganta. Esto era una trampa. Lo sabía.

Adrián se rio, un sonido suave y peligroso.

—Eso no es un problema aquí. —Se volvió hacia ella, su sonrisa era ahora una cosa lasciva y abierta—. Aquí las reglas son... diferentes. Más libres. —Su mirada se posó en el vestido rojo.

Magi sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Él no solo lo sugería, lo esperaba.

—No sé... —tartamudeó, retrocediendo un paso—. Hace frío.

—El agua está climatizada —replicó él, avanzando hacia ella—. Y yo te calentaré después. —Alargó la mano y le acarició la mejilla con el dorso de los dedos—. Vamos, Magda. Anoche me mostraste tu lado audaz. No me defraudes ahora.

Magi contuvo la respiración. La voz de Costa en su cabeza estaba en silencio. No había órdenes para esto, no había protocolo. Estaba completamente sola, frente a un depredador en su territorio, vistiendo la única prenda que su propia superior le había obligado a ponerse.

—Adrián, yo... —empezó a decir, buscando desesperadamente una excusa, una salida.

Pero su voz sonó débil y quebrada, y él solo sonrió más ampliamente, tomando su vacilación como coquetería.

—Shhh —susurró, acercándose más—. Relájate. Es solo un baño. —Su mano bajó de su mejilla a su hombro, deslizándose por el satén de la espalda expuesta —Quítatelo. Será mucho más cómodo para nadar.

Magi se quedó paralizada, atrapada entre el cielo frío de la noche, el agua oscura de la piscina y la sonrisa hambrienta de Adrián. La sugerencia de desnudarse por completo era más directa, más brutal que la expectativa de arruinar la tela. El vestido rojo se sentía como una prisión, pero también como el último velo entre ella y la humillación completa. Y supo, con una certeza aterradora, que iba a tener que tomar una decisión inmediata.

¿Se quita el vestido?

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