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Chapter 54 by bla12 bla12

¿Cómo termina el día?

Con un mensaje

May desde la puerta de servicio, lanzó a los pies de Magi, que aún tiritaba en el agua con el bikini empapado, una campera de mezclilla vieja y gastada.

—Por hoy basta —dijo, con una voz inusualmente plana, casi aburrida—. No hay más trabajo. Vete a tu casa.

Magi la miró, incapaz de creerlo. No había un "bien hecho", ni un "mañana será peor". Solo un despido frío y temporal. Agarró la campera con dedos entumecidos y se la puso sobre los hombros. La tela áspera y seca le provocó un escalofrío de alivio inmediato. Le quedaba enorme, olía a humedad y a taller, pero era una capa de invisibilidad que aceptó con gratitud animal.

Caminó hacia la estación de autobús con la cabeza gacha, la campera cerrada hasta el cuello a pesar del calor de la tarde. Cada paso era un esfuerzo.

El traqueteo del autobús era un martilleo sordo contra sus sienes. Magi iba encogida en el asiento del fondo, la campera de May (áspera, impregnada de olor a cloro, grasa y sudor ajeno) le envolvía como un sudario prestado. Bajo ella, la tela fría y húmeda del bikini se pegaba a su piel, recordándole cada segundo de la humillación entre los pingüinos.

De pronto, un pitido insistente y vibrante la sobresaltó, rompiendo el ritmo del traqueteo. Su móvil. Con manos lentas, rígidas, lo sacó del bolsillo interior de la campera, temiendo la luz que proyectaría en la oscuridad relativa del vehículo. Era un mensaje. El remitente: Evans. El texto, una sentencia concisa y deliberadamente vaga que cayó sobre ella como un peso: «Te espero esta noche.» Un cepo diseñado para atraparla mediante su propia imaginación y miedo. Guardó el móvil con brusquedad, sintiendo que el aire se le helaba en los pulmones.

Cada mirada de los pasajeros le quemaba, aunque fueran casuales, inocentes. Ella ya solo sabía leer lástima y morbo en los ojos ajenos.

Bajó del autobús frente a su edificio con las piernas entumecidas, no solo por el frío, sino por el peso de una fatiga que iba más allá de lo físico. La noche envolvía la calle en un silencio denso, roto solo por el zumbido lejano de la ciudad. Miró hacia arriba. La ventana de su apartamento estaba oscura, un rectángulo de negro absoluto. La de Evans, en el piso de al lado, mostraba el tenue resplandor amarillento de una lámpara de mesita. Él estaba despierto. Esperando.

Subió las escaleras con una lentitud funeraria. Cada escalón crujía bajo sus pies, anunciando su regreso como un tambor fúnebre. Se detuvo frente a la puerta de su apartamento, apoyando la frente contra la madera fría.

Con la mano temblorosa, sacó las llaves. El leve tintineo le sonó a explosión en la quietud del descansillo. Introdujo la llave en la cerradura, giró lentamente y empujó la puerta.

La oscuridad y el silencio absolutos la recibieron. Su apartamento estaba exactamente como lo había dejado: el desorden de una vida interrumpida, la cama sin hacer, un plato sucio en la mesita.

Un suspiro tembloroso de alivio inmediato escapó de sus labios, seguido de inmediato por una oleada de desazón aún más profunda. Se quitó la campera sudada y la dejó caer al suelo con un sonido sordo. Bajo ella, el bikini empapado le helaba la piel. Se lo arrancó con movimientos bruscos, casi violentos, y lo dejó tirado encima de la campera, como un caparazón desechado de su vergüenza.

Envuelta solo en la toalla que colgaba del baño, se dejó caer en el sillón desgastado. La oscuridad del apartamento ya no era un refugio. Cada sombra parecía moverse, cada crujido del edificio era un paso acercándose.

¿Qué pasa con Evan?

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